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Michael Bishop
(Lincoln, Nebraska, 1945 - ), no solo es un genio en el campo de la
ciencia ficción antropológica (como lo demuestran sus obras Solo un
Enemigo, el Tiempo [1982] y Antiguo de Días [1985]), sino además un
aficionado de aquellos que preferirían ser fusilados a dejar el género
de la CF como lo demuestra La Ascensión Secreta o Llorad, Philip K. Dick
ha Muerto, obra de 1987, recientemente reimpresa por la Factoría de
Ideas, que vamos a reseñar.
Todo comienza con una muerte, la infame embolia que le da a Philip K.
Dick en 1982, y acaba con su vida, pero un poder superior ordena que el
destino del buen Phil no haya terminado ahí, una extravagante forma de nanomáquinas astrales hace un duplicado de él que tiene una misión.
Cambiar el mundo. Hasta ahí una obra normal de Dick (independientemente
de que la novela haya terminado por fagocitar en los primeros párrafos
al autor), pero cuando vemos en que mundo ha muerto la versión 1.0 de
PKD, entonces nos damos cuenta que algo anda intrínsecamente mal con el
curso de los eventos históricos.
Verán, es 1982, pero una versión que solo podría gestarse en pesadillas:
los EE.UU. ganaron la guerra de Vietnam; tienen una exitosa base
permanente en la Luna, puesto que nunca dejaron a un lado la carrera
espacial; Cuba ha sido invadida y Fidel ejecutado en 1975. La población
afroamericana fue forzada a emigrar a África. Famosos cantautores
opuestos a la guerra como Joan Baez y Bob Dylan fueron detenidos por el
Estado y desaparecidos junto a miles más. Y el payaso en jefe de este
circo de los horrores es Richard Milrose Nixon, alias el Rey Ricardo
para la gente que le teme, amo y señor de la nación más poderosa de la
Tierra y represor supremo del planeta. En este universo, fue la
literatura mainstream de Philip K. Dick lo que fue reconocido por la
crítica, mientras que su obra de CF permanece como literatura subversiva
ante los ojos de las autoridades.
Desgraciadamente Phil 2.0 ha perdido la memoria, y tiene que hacer un
ejercicio de anamnesia, redescubrir la “memoria de los arquetipos”
platónica, para recordar su misión y asegurarse de estar en los tiempos
y espacios necesarios para curar la doliente realidad. Es por eso que
lleno de dinero astral (si Virginia, el dinero también deja fantasmas),
entra al consultorio de la psiquiatra Lia Pickford para empezar a
reclutar a sus agentes y recordar su misión antes de desvanecerse del
todo del continuo espacio tiempo ante los incrédulos ojos de Lia. Cuando
comenta eso a su marido Cal, uno de los pocos nativos americanos que
quedan, cuyos padres fueron víctimas de la administración del Rey
Ricardo, nos enteramos que su esposo guarda una colección ilegal de
novelas de CF de Dick, de sus tiempos de universitario aficionado a la
CF, que bien pudo haber escrito en otro universo; novelas como El Sueño
Acusador de Harper Mocton o Allanador Nocturno, que a medida que se
desarrolla la novela se nos presentan como obras que solo el genio
incomprendido de Phil pudo haber creado. Y en eso reside la fuerza de la
novela; en no ser un simple pastiche dickiano sino en tomar los temas de
Philip K. Dick y usarlos con mitad genio mitad locura como lo hacía el
ya legendario californiano, y darle a lo que parecía una rama agotada
del género, una vida nueva.
Resulta que, como buena novela dickiana, los personajes son perdedores
por naturaleza, son los derrotados, los vencidos, los aplastados de la
Historia con mayúsculas, son la gente que solo conoce el lado oscuro del
Sueño Americano en este USA de pesadilla. Gente como Cal chantajeado por
poseer una colección de libros “subersivos”; el mayor Gordon Vear de la
base lunar de Braunville, elegido para la primera misión a Marte,
consciente que la humanidad dejo de funcionar como especie hace mucho; o
el vietnamita americanizado Lone Boy, temeroso de perder su categoría de
ciudadano norteamericano en cualquier momento, y que, por lo tanto,
responde con violencia a cualquier intento de socializar con él;
exactamente la gente sobre la que escribía Philip K. Dick. Y claro, como
toda buena historia de Dick, debe tener sus malos con poder para usar y
abusar. No solo el Rey Ricardo, el cual durante la mayor parte de la
novela es una figura impersonal del mal, sino también la actriz y
promotora de los Centros de Americulturización en Libertad (léase
Archipiélago Gulag a la americana), Grace Rinehart y su marido, el
senador conservador y reaccionario Hiram Bertheholt, quienes se deleitan
en destruir lo poco de bueno que tienen la vida de las personas a su
lado solo para satisfacer sus pulsiones de poder y manías obsesivas.
Pero lo que esta novela tiene que no tienen las novelas de Dick es
humor. Digamos no más que la escena en la que cierta mandamás muere,
parece salida del mejor cine de humor negro de John Waters (quien sería
otro desaparecido en este mundo). Y claro está, hasta se permite incluir
el género de superhéroes al mostrar la desesperada batalla final del
justiciero Daredevil contra el villano Kingpin, quien sucumbe ante la
entropía universal que afecta a este universo.
Sin embargo ya dije que hay humor, y también hay esperanza. Eso lo
demuestran las irreverentes y heterodoxas manifestaciones de Phil dentro
del universo material, cual espíritu burlón de ectoplasma que anima y da
fuerzas para seguir adelante a las “tropas” que ha reclutado para
reescribir el universo. Una muestra de ello son las irónicas apariciones
de Kenneth Strout, el enano negro psi (otro elemento vital para las
novelas del californiano: los psíquicos) que el descarnado Dick usa en
su nuevo estado espiritual, como médium, para atormentar al personal de
Braunville, cual marciano burlón de Marciano, Vete a Casa (1955) de Fredric Brown.
Y es que, como repito, Michael Bishop no se esfuerza en hacer una novela
que sea una copia de la obra de Philip K. Dick, busca hacer una novela
al estilo de Dick. Se notan los rápidos cortes de planos con los que
Bishop —al estilo de Dick— apresura la acción sin explicación previa. Y
los cambios ambivalentes en la realidad personal de los personajes, así
como el narrador en tercera persona omnisciente. Pero a la vez, mantiene
un nivel de calidad muy superior a las obras de Dick, debido a las
circunstancias personales de su autor (para empezar que está cuerdo),
sin dejar por ello de ser un magnífico homenaje al filósofo de la CF
moderna.
De hecho, cuando toda la esperanza parece perdida en la novela,
siguiendo la poco menos que terrible ejecución lineal de las diferentes
tragedias de sus personajes, es que comienzan las fracturas en la falsa
realidad, y las incoherencias comienzan a amontonarse para que Phil y su
séquito de seguidores comiencen la batalla final —que, créanme deja a El
Exorcista como una película de terror para adolescentes en crudeza y
locura psicotrónica— contra el mal que amenaza devorar su realidad:
Richard M. Nixon.
El final, si es que tal cosa tiene esta novela, es un final típicamente
dickiano. La realidad personal sale del abismo donde estaba y se
estabiliza para asentarse en un mundo mejor (en eso tiene otro punto de
encuentro con Fred Brown, puesto que el final se asemeja mucho a
Universo de Locos [1949]), pero lo que Dick ha aprendido a lo largo de
sus experiencias, lo que Sivainvi quiere explicarle, es que a pesar de
que la nueva realidad parece un paraíso, no es sino otra trampa de Maya,
la señora de la ilusión, que ciega a la humanidad para que se deleite
con los placeres terrenales y no disfrute de la gracia de la presencia
divina. Por lo tanto Phil debe dedicarse a reescribir el mundo, aunque
eso le tome otro Kalpa de Bhrama.
La América del Rey Ricardo es uno (pero no el peor) de los peores mundos
posibles, pero recuerden, en un omniverso de posibilidades siempre habrá
algo peor. Quien sabe si Phil ha muerto y renacido en todos esos
universos y ya nos ha salvado, haciéndonos saltar secuencialmente,
gracias a la intervención benévola de Sivainvi que lo ha convertido en
su campeón, su adalid para salvar a la humanidad de sus errores y
llevarla finalmente al estado inmaculado de pureza del que cayó hace
mucho. El pecado original no fue un acto “malvado”, ante los ojos de
Dick fue un error cósmico, el primer error del Creador (los que hayan
leído su famosa exégesis lo entenderán mejor) al dejar que su miedo de
nacer lo sobrecogiera. Vamos que el trauma de tipo Grof lo tenemos
todos. Concluyendo, las líneas finales de la novela son realmente
conmovedoras porque muestran como quizás nuestra redención esté en
nuestra imaginación. Que nuestra capacidad de soñar mundos distantes y
situaciones insólitas sean la forma más efectiva de combatir y denunciar
las tiranías. Que, en resumen, la libertad del ser humano se defina por
su capacidad por concebir la ciencia-ficción.
Lo irónico del mundo pesadillesco de la novela es que los grandes sueños
de Dick y la CF se cumplen: Dick es un escritor reconocido y laureado;
Star Trek no fue suspendida en su segunda temporada, sino que continua
viva y bien; y los primeros pasos para explorar el sistema solar se han
dado. Aún así, como dice el filósofo, ¿de que le sirve a un hombre ganar
el mundo si en el proceso ha sacrificado su alma? La misión de Phil no
solo lo redime a él de su cobardía de no enfrentarse al sistema opresor,
nos redime a todos nosotros y nos lleva a actuar contra las injusticias
del mundo “real” en que vivimos a la manera de los 36 Lamed Wufkins, los
36 hombres justos que, sin saberlo, con cada acto de compasión y
entrega, dando lo mejor de ellos, impiden que Dios en su cólera nos
destruya a nosotros oh viles pecadores. Cada uno de nosotros es un
Hombre Justo en la medida que denunciamos la corrupción, el
totalitarismo, la represión y pagamos el precio por ello. Dejamos a un
lado las comodidades, es cierto pero a cambio ganamos una riqueza
espiritual y una fuerza de voluntad solo comparable a las religiones
orientales. Y tengan fe, que vamos cambiando el mundo de a pocos aunque
nos lleve mucho esfuerzo, o bien es el mundo el que nos cambia con las
experiencias buenas o malas que nos da. Pero la sombra de Philip K. Dick
se erige sobre todos nosotros como la persona que se atrevió a rasgar el
velo de la realidad y a preguntarse que sería darse una vuelta por el
universo de al lado. Cierto, estoy en un arranque místico, pero que les
puedo decir, no en vano yo soy uno de los seguidores del californiano.
© Daniel Mejía; 30-01-10.
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