DIASPORA

Greg Egan (Perth, 1961- ) vuelve por todo lo grande al campo de la Ciencia Ficcion Hard en España con esta novela de 1997. En un universo donde el software cibernético y el hardware orgánico han dividido a la humanidad en subespecies aparentemente irreconciliables, una catástrofe cósmica será la excusa perfecta para volverlas a unir, y a la larga, será el principio de una nueva era de descubrimientos científicos y de encuentros de primer contacto con seres realmente extraños. Pero sobre todo es una obra sobre el Yo y las decisiones que tomamos.

En un futuro a mil años de aquí, la humanidad se ha dividido en tres grandes grupos: los "carnosos" o fleshers, usuarios de un sofisticado hardware orgánico que les ha servido para remodelarse en varias ramas de post-humanidad (hasta el punto que existe un grupo que ha involucionado al nivel de los simios para no verse involucrado en las complejidades de la sociedad); los “gleisners”, cuerpos robóticos de extrema sofisticación capaces de albergar mentes artificiales autoconscientes y el tercer y último grupo, los “ciudadanos”, IAs basadas en personalidades humanas que habitan las polis, un sistema de servidores en tiempo real que cubre todo el sistema solar y con increíbles capacidades de poder de procesamiento. Al principio de la novela, la comunicación entre ciudadanos carnosos no se ha efectuado en décadas, a pesar de que los gleisners son un medio más que idóneo para mantener un contacto constante, y en ese periodo, los logros de ambos bandos en ciencias biológicas y físicas han superado los sueños más salvajes.

La trama principal comienza con la creación de un “huerfano”, una inteligencia artificial autoconsciente sin una entidad progenitora propia, quien se hace llamar Yatima. El proceso por el que Egan nos hace ver a través de los ojos del recién nacido, su evolución y crecimiento y su proceso de pensamiento, son realmente conmovedores y dolorosos, por no decir merecedores de cualquier premio Nobel, si la reputada Academia buscase a los pensadores modernos donde están, y no donde creen que se encuentran (después de todo no le dieron el Nobel a Borges ni a Lem). Yatima rápidamente se adapta a su nuevo mundo virtual, a través de ejercicios de exploración mental simplemente maravillosos que cualquier ser humano de nuestra época puede efectuar, aplicando un poco de matemática, pero que para el huérfano son el principio del mundo. Avanzado este punto, debemos aclarar una cosa que hará de más fácil lectura esta novela. En el mundo de los ciudadanos uno puede ser un “el”, una “ella” o si es indiferenciado, un “ve” como Yatima y junto a vis estudiamos el complejo mundo informático del mañana lleno de maravillas sin final, como las Minas de la Verdad; pero (y siempre hay un pero en estas situaciones), cuando un amigo suyo
Inoshiro, otro ciudadano lo convenza de visitar a los carnosos solo para ver que han logrado en todo este tiempo, una noticia aterradora llega al sistema solar. La colisión de dos estrellas de neutrones cercanas a la vecindad interestelar local se ha acelerado de manera inexplicable, y parece ser que físicas de dimensiones superiores se hallan implicadas. Después que una oleada de radiación gamma a escalas astronómicas barre el sistema solar, es solo con la destrucción de la Tierra y la muerte de casi toda la humanidad física que la historia realmente comienza. Cuando la especie humana como un colectivo digital debe explorar las estrellas en búsqueda de respuestas a la catástrofe que casi la aniquiló.

Ahora bien, Egan, en una de esas jugadas escatológicas a las que tanto nos tiene acostumbrados, nos introduce a una teoría física alternativa al modelo actual de la Teoría del Todo o Teoría-M, la Teoría Kozuch. Mientras que la Teoría-M juega con 7 u 8 dimensiones extra dependiendo del modelo, la Teoría Kozuch es más discreta y solo emplea 6 dimensiones extra. Además implica que las partículas elementales obtienen sus propiedades no de la aún sin explicar "gravedad cuántica" y las supercuerdas, los santos griales de la física fundamental moderna, sino de las diferentes interacciones entre las bocas de hoyos de gusano a escala planck, que crean dichas partículas. La gran búsqueda a lo largo de la novela por parte de los ciudadanos será el ampliar la boca de uno de estos agujeros de gusano a escala macroscópica para obtener el viaje instantáneo a las estrellas. Uno de los proyectos poco menos que astronómicos que usarán para ese fin será la Forja, un superacelerador de partículas que cubre todo el sistema solar, recurso que ya usara de manera similar Joe Haldeman en su novela Paz Interminable.

Dicho viaje los llevará a la Diáspora del título, una búsqueda de fenómenos exóticos por toda la galaxia a velocidades sublumínicas en nanosondas que albergan cientos de ciudadanos y polis de información enteras. Egan es extremadamente crítico de las sociedades futuras normalmente representadas por el género, donde hay exotismo, pero la tecnología no ha servido para nada a la hora de cambiar evolutivamente su destino. Habla del concepto de los imperios galácticos como ideas que solo se le pueden ocurrir a bacterias, y no habla mucho mejor de las conquistas alienígenas por recursos. Además las varias posthumanidades que el autor plantea son realmente fascinantes, no tanto por su exotismo, sino por su alienación. Por ejemplo hay carnosos que han decidido dejar a un lado las habilidades cognitivas que distinguen a los humanos y volverse en una nueva especie de antropoides, o ciudadanos que han ralentizado tanto su percepción del tiempo que pueden disfrutar de un viaje interestelar de siglos como si fuese cosa de un fin de semana. Y claro está, las físicas exóticas que el autor se molesta en explicarnos, no son lo menos desarrollado en esta excelente novela. Leyendo su ciencia ficticia, crees estar leyendo un tratado verídico de ciencia, tanto por su amenidad como por su erudición. Y que van a encontrar vida alienígena, lo harán; después de todo, uno de los propósitos de la Diáspora es encontrar a alguien que pueda explicarles que demonios le pasó a la Tierra, y como volver a evitarlo, pero sobre todo es una búsqueda de la identidad en un universo enigmático donde solo podemos vernos a nosotros mismos a través de los ojos del Otro. Más aún, Egan llega a especular la creación de conciencia alienígena de simulación dentro de los ambientes virtuales de las Polis (piensen en ello como las creaturas del videojuego Spore con inteligencia). Y que hay bichos raros en esta novela los hay.

Para empezar están las Alfombras de Wang, organismos aparentemente primitivos encontrados en la estrella Vega, gigantescas “alfombras” orgánicas monomoleculares, sin inteligencia aparente, pero donde se realizan operaciones de computación a escala ínfima que hacen realidad el viejo sueño de la Máquina de Turing, el computador con capacidad infinita. Y desde luego que hay una raza de seres recontrapoderosos, de los que solo se ven sus obras, los llamados ‘Transmutadores’, cuyos rastros se encuentran en el planeta Orfeo: un mundo totalmente artificial, pero
y en esto Egan viola una vez más las convenciones del género no por ser alguna clase de mundo mecánico, como Trantor¸ o los gigantescos artefactos de la ingeniosa saga de la saga de El Universo de Herencia de Charles Sheffield, sino porque cada átomo que lo compone es un isótopo ultraestable, imposible de obtener en la naturaleza. Para una mente científica como las de los ciudadanos es un botín de estudio imposible de dejar a un lado. Pero no es solo el mero hecho que Orfeo simplemente exista, como una prueba ineludible de la presencia de una inteligencia alienígena muy superior a los humanos, sino que la información que Orfeo contiene sobre cataclismos como el que destruyó la Tierra, y la prueba perfeccionada que muestra sobre la Teoría Kozuch, como un método para acceder a dimensiones espaciales superiores, será lo que llevará la Diáspora de la posthumanidad al siguiente nivel: descubrir que ha sido de los Transmutadores y huir a un plano superior donde el estallido de las estrellas del núcleo de la galaxia no afecte las polis.

Como siempre, Egan nos planeta ejercicio mental tras ejercicio mental, y si ya era difícil seguir la lógica detrás de la vida diaria de los ciudadanos en 4 dimensiones, inténtenlo en 5 o 6, puesto que a esos niveles de locura creativa llega el escritor australiano. Los ciudadanos, cuando no están acostumbrándose a versiones virtuales de dimensiones extra de sus cuerpos, prueban la versión física. Y, en vez de caer en la locura absoluta como los personajes de Lovecraft, disfrutan bastante haciendo toda clase de experimentos con su nueva condición.

Diáspora nos convence que otra humanidad, a través de la ciencia y la tecnología, a través del shareware y la libertad de pensamiento, son posibles. Que no debemos dejarnos ceder ante imperativos biológicos o culturales, que se puede hacer una versión 2.0 de todo, múltiples, hasta infinitas versiones del ser humano, pero que no por eso perderá sus mejores cualidades, su curiosidad, su cultura, su historia. Al contrario, las apreciará al tener un repertorio de posibilidades más extenso de lo que cualquier filósofo de la antigüedad podría haber soñado, para experimentar, sentir y maravillarse.

Entiéndanlo; el australiano se molesta en hacer una novela de CIENCIA pura y dura, donde el razonamiento científico y no un Deus Ex Machina barato salve el día o a lo menos cree una contingencia ante el problema planteado. Y eso sobrepasa con mucho a lo que la mayoría de las novelas del género han planteado alguna vez. La fantasía científica común palidece ante una de las novelas mejor planteadas de ciencia dura (aunque Egan admite que su ciencia es totalmente falsa), y es reemplazada por una creatura exclusivamente de la modernidad, no del romanticismo ni de la contracultura. No se intenta derrumbar ningún mito aquí, ni de probar algún dogma. Solo demostrar que la civilización, en su ritmo de desarrollo científico actual, puede lograr maravillas y milagros cuando se lo propone, y cuando no ponemos nuestros intereses mezquinos de por medio.

Como ya les dije antes esta novela es sobre decisiones, y como estas nos cambian
ya sea para bien o para mal para siempre. Como en el caso del carnoso Orlando, que comete un error fatal al no aceptar la catástrofe que destruye la Tierra y que luego se sorprende de su propio suicidio, como personalidad de ciudadano duplicada en una de las diversas polis de la Diáspora; del amor condenado entre Paolo hijo informático de Orlando y de Vianca, ante los resultados poco menos que cósmicos que se obtiene de la búsqueda de inteligencia alienígena; y de la decisión que toma al final Yatima de recorrer casi infinitas capas de dimensiones superiores para resolver de una buena vez por todas el misterio de los Transmutadores, imponiéndose como embajador de la cada vez más dispersa humanidad.

Y es que la ciencia que Egan maneja llega a cambiar el destino de la especie humana, mostrando que es el poder de cambiarnos a nosotros mismos a través de la aplicación de la razón y el pensamiento científico lo que nos caracteriza y destaca como especie, y no la creencia mágico-religiosa en algún tipo de ‘magia’ o de ‘deidad’. Es la capacidad de entender quienes somos y que queremos, el simple hecho de plantearnos el amasijo de casi infinitas posibilidades de porque estamos aquí, lo que nos ha llevado a donde estamos y, lo que nos llevará a donde debamos estar, ya sea la ciega extinción o la edad de oro técnica y social; eso lo deja bien patente el autor en este trabajo y lleva a la novela
en mi humilde opinión a destacar bien por encima del trabajo estándar de ciencia-ficción y la vuelve en un nuevo clásico, tanto dentro del plano de la CF como de la literatura en general, debido a los recursos narrativos únicos que plantea, la novedad de su aproximación a tópicos que uno creería muertos, y personajes que literalmente han trascendido su humanidad plasmados de una forma creíble y moderna. En resumen, un trabajo de calidad.

© Daniel Mejía; 19-01-10.
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