BITIMAGEN: DREAM OF APPLES

Me aproximo admirado a las obras de los artistas que elegimos para la galería y el bitimagen porque me embarga la convicción de que, allí, sintetizada de algún modo en un conjunto de imágenes vibra la visión de una persona creadora que sintetiza y colectiviza los mundos que visita con su mente y reproduce con sus instrumentos. Y brota una concurrencia, ya que en secuencia, decidimos ampliar el marco de sus derivaciones y lo damos a conocer a quienes visitan la web de Velero 25, y aunque es evidente que la relación que establecemos se da a través de su universo de representaciones pictóricas, en las pocas ocasiones que nos comunicamos en el año para mostrarles lo que pergeñamos a partir de las mismas, es irrebatible que lo arreglado puede clasificarse en la sección: “amores desinteresados”.

¿Porqué los seres humanos realizamos acciones que en apariencia no representan ventaja alguna? (si lo extendemos a la totalidad de la actualización de Velero 25 y sumamos los lapsos que median entre una y otra, significan esfuerzos que casi podrían filtrarse como/por altruistas, situación usual para centenas de miles de webs que inundan internet). Creo que apunto a compartir el goce que me colma cuando descubro las obras, a vibrar en armonía con los visitantes por el puro placer de participar en ese momento de epifanía, de alegría ante las formas que se desparraman gozosas, de éxtasis ante la belleza de un cuerpo de mujer, (no las excluyo de la contemplación, me coloco al margen de la insondable complejidad del alma femenina y dejo que extraigan su línea, ya que cuando las oigo intercambiar consejos para verse bonitas se que aprecian esa hermosura en las otras).

Se que una breve introducción que pespuntea y une filosofía del arte y erotismo, reflexión íntima e introspección —si, en ese sentido de la inteligencia intrapersonal (al estilo propuesto por Howard Gardner) de desnudar sus algoritmos— puede parecer alejada de la operación de catar la sutileza de las siluetas excitantes, saborear mapas epiteliales de variopintas coloraciones y degustar redondeces que obnubilan, pero afirmo que por el contrario se replican como reflejos, como concavidad y convexidad, y se interpenetran con ese ritmo dulce que impregna la danza de la vida y que deberíamos practicar a diario.

Ha transcurrido además un lapso apreciable desde mi último aporte en esta sección, por eso aprovechando el meandro de esa ausencia cavilo sobre su significado y al prestar atención a aspectos que se combinan (belleza femenina y apetito venéreo) de una manera que bordea lo exquisito pero se corona en la muscular, o se conjugan (trascendencia personal y anhelo carnal) quizás mucho más de lo que quisiéramos, sobre todo cuando constatamos que se requiere de una sexualidad practicada con asiduidad para no caer en ofuscaciones o paroxismos que den al traste con nuestras opciones de vida. Y entonces compruebo que esa aproximación ejecutada desde diversos ángulos sobre los dibujos que comento, anudan las cuatro instancias nombradas: con la belleza como estandarte convocatorio llegó a la realización trascendente aunque sea momentánea, en un instante relampagueante de pura esencia, nutrido por ese apetito que definía Berlanga para la literatura erótica pero que puede ser extensivo al grafismo (en mi circunstancia con una mano en el Mouse y la otra… ¿en el diseño digital?) que encuentra en la orilla del anhelo un extravío más que una cogitación, y que no obstante el goce de la mirada, organiza también reflexiones que reubican la posible distracción y la justifican, entonces recuerdo una frase genial que aparecía en SexHumor, la revista argentina de Ediciones de la Urraca: el músculo más potente para practicar el sexo es la mente… o la actividad imaginativa, y eso es lo que trato de entregar junto al dibujo, un paquete de frases que quieren comunicar, propulsar el magín a territorios inexplorados, ya que ni siquiera una línea añado al cuadro, salvo mi interpretación de algunos elementos dispares, pero que pretendo creer reveladores de una u otra manera.

Para Vess, los modales, la manera como nos presenta su obra, es esencial. No podemos dejar de pensar en que aparece como alguien muy culto que proclama que el placer aunque no siempre es recíproco, si es conveniente para degustar sus propuestas, una cierta complicidad se teje entre el mirón y el artista y ambos parecemos preferir un deleitarse en los bordes de lo imaginario y no regodearse en la médula blanda de la anatomía.

Como dirían las madres de mi generación ya cincuentona, los suyos son “desnudos decentes”, aquellos que pueden ingresar a la sala o a la habitación de las núbiles doncellas, no obstante contar con su carga de molicie y constatar que en su perlado rubor existe una nota de riesgo, controlado quizás, pero presente, que surge con frecuencia sólo a una segunda mirada.

En apariencia los cuerpos en Vess no son objeto de deseo, ni drásticos convocan a definiciones de mieles oscuras ni evanescentes a éxtasis de claras brisas, pero siempre, aunque subrepticio, el lobo del apetito venéreo se desliza y de repente nos sentimos corriendo por un bosque de sugerentes siluetas, donde no sólo nos interceptan gráciles doncellas que sugieren caricias etéreas sino grávidas matronas repletas de jugo muscular que nos tientan con el contenido de sus organismos cual canastas de frutas variadas a ser servidas y degustadas.

Su estilo y la geometría de las formas que nos presenta, con la vida latiendo en ellas pero acotada, nos empuja al inicio a plantearnos dicotomías: cuerpos como templos a venerar y apenas rozar con labios o falanges, o cual amasijos temblorosos de piel caliente, sangre pulsante, carne que exuda fluido y nervio que vibra, pero luego comprobamos que se torna apacible y discurre por otros cauces que no obligan a tensionarse, ya que para Vess la autenticidad del erotismo no se encuentra en los extremos, ni explícito con exageración ni demasiado diluido, no se desespera por plasmar sus obsesiones como podría ser lo que sucede con Luís Royo o con Dorian Cleavenger, por ejemplo.

Prefiere modelar, esculpir sus féminas y conducirnos a la epifanía eludiendo el paroxismo. El poder de sus imágenes no se mide por el impacto inmediato que nos provoque, sino por la manera de incorporarlo, por las facultades que ponemos a funcionar una vez que ha trascurrido la visualización para apropiárnoslas, y quizás por su proximidad a los trazos de la belle epoque nos lleva a un terreno cultural donde Mucha o Toulouse-Lautrec se yerguen frente a lo que vemos y tienen mucho que decir, y es que con frecuencia la ausencia de ciertos elementos es también presencia, significa elegir y orientar el mensaje dentro de una tendencia, y a ello dedica Vess su intención.

Figuras de porcelana, casi tanagras, brotan de sus instrumentos dotadas de humanidad por los cuatro costados, por contradictorio que pueda parecernos, pero es demasiado vivaz para dejar que cualquier límite lo agarrote y estalla en colores pastel para inundarnos de afán y premura, con un ceñido y saludable clasicismo, muestra por allí la huella del art deco, más allá la sombra de Fragonard o de Boucher, los clásicos franceses.
 

Talento excepcional para transmitir la fluidez de la fantasía, envuelta en el vino fuerte de los mitos, coexisten un dramatismo suave y un pavor que se muestra un tanto cohibido en las esquinas del encuadre, el dibujo parece reventar desde el fondo del cuadro y brotar completo sin que bocetos o trazos de guía sean necesarios, lo cual lo convertirá en uno de los artistas capaces de plasmar los episodios de Neil Gaiman en páginas de puro deleite, como esa viñeta de Books of Magic donde Tim se recuesta sobre un montón de astillas de hueso que funcionan cual colchón de encaje óseo, mientras el personaje siniestro se yergue en lo alto de la escalinata.

Ese estado de gracia se prolonga a lo largo de su obra en diversas expresiones: la clásica organización del espacio en Circe y su piara (robusto roble, cueruda bruja y lamentables cerdos); paisajes neblinosos con árboles retorcidos y espinudos; músculos en ensortijada agonía y ojos horripilados; el costado tenebroso o desvalido que emerge de Spiderman y sus dinámicas persecuciones del Duende Verde; sirenas dolientes que entonan endechas rodeadas de peces (Daughter of the Sea); la reciedumbre infantil de Rose cuando desentraña los guiones creados por Jeff Smith; el fantástico encanto de Círculo de Gatos; la alegre cabalgata de las hadas y demás seres feéricos en “Companions of the Moon” cuajada de reminiscencias shakespereanas; la prodigalidad vegetal que brota de la carne de Corn King; la sangrienta gracia y la ineluctable alegría que emana de Death; o el dinamismo en Sherwood, donde Robin de los Bosques cabalga para la eternidad logrando una tridimensionalidad tremenda con su salto ecuestre; o la capacidad cienciaficcionera en Simbionte, en la cual la interfase interespecie se manifiesta en ese cuello reptiliano que se estira mientras el humano adaptado lo cabalga con ruedas de agua en las manos concitando poderes tecnológicos que simulan la magia.

Hay que prestar especial importancia a los árboles, que en ocasiones llenan de motivos a los trazos desplegados en el cuadro desplazando a las frágiles figuras humanas como ocurre en “Dryad’s Song”; o se tornan tiernos como Swamp Thing cuando en el interior de su corteza abriga al cuerpo de su amada dormida. Otra característica de sus obras es que parecen estar preñadas de sentido, henchidas de significado, y que desean entregarlo a quienes las miren, manifestándose ya sea como luminosidad, o frutas, o sentimientos, o actitudes.

Transitemos a nuestra dama: Tendida que no atravesada, la heroína yace esplendorosa sobre el cauce del manantial que brota de una poderosa testa botánica, esparciendo luz que brota de su dermis, con el busto henchido, el pelo florecido, la sonrisa plácida, las caderas maduradas con trazos que acarician y que encierran su pubis como si fuera un tarro de miel, el bosque se levanta encrespado a su alrededor creciendo en columnas que le brinden protección y sombra, las manzanas distribuidas en torno suyo contribuyen con su rojo relumbre a teñir la escena con cierto deseo esquivo, a tentación sintetizada, a primigenia remembranza mujeril, que el musgo manso, la cinta de agua, la tierra mullida, el aire sin brisas, contribuyen a trasladar a un lugar dichoso pero fresco y sereno, donde no existe más engaño que el proporcionado por el amor, y… agua fluyendo, briofita suave, pomas crujientes, luminosidad difusa ¿acaso no evocan un encuentro erótico… o por lo menos el compás de espera entre un asalto y otro?

© Luís Bolaños; 23-08-09.
 

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"...Prefiere modelar, esculpir sus féminas y conducirnos a la epifanía eludiendo el paroxismo. El poder de sus imágenes no se mide por el impacto inmediato que nos provoque, sino por la manera de incorporarlo, por las facultades que ponemos a funcionar una vez que ha trascurrido la visualización para apropiárnoslas, y quizás por su proximidad a los trazos de la belle epoque nos lleva a un terreno cultural donde Mucha o Toulouse-Lautrec se yerguen frente a lo que vemos y tienen mucho que decir, y es que con frecuencia la ausencia de ciertos elementos es también presencia, significa elegir y orientar el mensaje dentro de una tendencia, y a ello dedica Vess su intención... ...atravesada, la heroína yace esplendorosa sobre el cauce del manantial que brota de una poderosa testa botánica, esparciendo luz que brota de su dermis, con el busto henchido, el pelo florecido, la sonrisa plácida, las caderas maduradas con trazos que acarician y que encierran su pubis como si fuera un tarro de miel, el bosque se levanta encrespado a su alrededor creciendo en columnas que le brinden protección y sombra, las manzanas distribuidas en torno suyo contribuyen con su rojo relumbre a teñir la escena con cierto deseo esquivo, a tentación sintetizada, a primigenia remembranza mujeril..."

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Setiembre 2009

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