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La larga obra de Paul M. Anthony
Linebarger, mucho mejor conocido por su pseudónimo Cordwainer Smith
(1913-1966) se puede prácticamente hablando, resumir en su ciclo o saga
de La Instrumentalidad de la Humanidad, el cual se constituye en
un titánico esfuerzo por narrar una historia futura coherente y, sobre
todo, consecuente con los valores humanos, según su parecer.
Editorialmente hablando, la obra de Smith ha sido editada y compilada en
varias ocasiones, resultando incluso de extensiones de cuentos. En el
caso de la novela que hoy nos ocupa, es la consecución de un proceso de
construcción que se inicia con dos cuentos: The boy Who Bought old
Earth (en la edición de Galaxy Magazine de Abril 1964) y The
store of Heart’s desire (en la Edición de Mayo del mismo año de
Worlds of If) que luego se convirtieron en The Planet Buyer
(1965) y The Underpeople (1968) respectivamente, fusionadas en
una sola novela (Norstrilia) en 1975, ello quizás debido al
esfuerzo de la viuda de Smith, Genevieve Linebarger. En español, tras
varias ediciones sueltas, fue compilado todo el ciclo de la
Instrumentalidad en cuatro volúmenes por Ediciones B, como parte de su
colección NOVA ciencia ficción.
Si hemos de hablar de lo que inspira y nutre este esfuerzo literario
dentro de la mente del autor, corresponde quizás pensar en su larga
estancia en China así como en su trabajo de profesor de ciencias
políticas en la Universidad Johns Hopkins que tiene una influencia
notable en la concepción de esta historia futura, en la que el logro
tecnológico, las concepciones científicas o las ideologías políticas no
son tan preponderantes como el imperativo de servir al hombre en
cuanto especie, y con ello, el servir a la supervivencia de su modus
vivendi, quizás, per saecula saeculorum, de lo humano.
En este contexto, emerge la Instrumentalidad como el autoritario, cruel
y despiadado “gobierno” de los mundos. No podemos encontrar una
definición clara de qué es ni a que sirve esta Institución, menos aun de
su Organización interna, salvo quizás por medio de la analogía, y donde
más fuerte resuena es en la definición de Imperio, propia de las
autocracias chinas.
Sin embargo, si bien la autocracia china garantiza una uniformidad de
principios y propósitos ¿cómo mantener su sostenibilidad en un universo
caracterizado por la diversidad? Aquí Smith toma directamente de los
estilos de gobierno más recientes, específicamente, del Pluribus Unam
de los padres fundadores norteamericanos, que se refiere a la
preservación de una unidad de principios culturales (los del señorío de
la Instrumentalidad) frente a diversas organizaciones con un variado
rango de patrones organizacionales e intereses sociales.
Lo anteriormente expuesto nos lleva, inevitablemente, al planeta
Norstrilia o conocido como Vieja Australia del Norte, un nombre
que, mas que honrar la memoria de un país o un gobierno, honra a la
constitución de una nación, y con ella, una forma específica de ser y
hacer.
Este es el caso de los pastores y granjeros norstrilianos, quienes,
desde su anterior —y desastrosa— experiencia en la colonización del
planeta Paraíso VII, han encontrado en este planeta su bendición y
maldición, y es que las ovejas transplantadas a este mundo han sufrido
una extraordinaria mutación por un virus que, al parecer, no afecta a
los humanos, a partir del cual han aprendido a obtener la droga
Santaclara, mejor conocida como stroon, que otorga nada menos que
la inmortalidad a quien la toma, es decir, la posibilidad de vivir miles
de años cuando el estándar ordinario (y obligatorio) impuesto por la
Instrumentalidad es de cuatro siglos.
Con estos hechos en consideración, resulta obvio saber que el tesoro de
los norstrilianos es la materia más codiciada de la Galaxia sin lugar a
dudas, por lo cual la sociedad de vieja Australia del Norte debe
mantenerse siempre alerta, considerando además los casi ilimitados
recursos monetarios que provienen del comercio de la Santaclara, esto es
más que factible, y sin embargo insuficiente, dado que las verdaderas
defensas de Norstrilia se hallan más dentro que fuera de esta.
La primera es su rígida organización social, que selecciona
rigurosamente a los que deben ser considerados como “señores y
propietarios” de los latifundios familiares del planeta, hecho esto en
una ceremonia simbólica donde sólo se usa la voz hablada, no las ya
desarrolladas facultades de la telepatía (conocidas como audir y
linguar) y donde se juzga con rigor, dureza y total
impersonalidad, una prueba para la que hay aplazamiento, pero no
escapatoria, y es que se trata de separar a los niños de los hombres.
La segunda es su política de sancionar gravando con draconiana severidad
cualquier importación del exterior, por mínima que sea, lo cual
desalienta a cualquier señor a alterar el orden social (nuevos productos
generan nuevos gustos, y con ellos nuevos conceptos y alternativas, que
llevan a cuestionar el statu quo) es decir, se vive en un estado
de Dictadura Económica que impide cualquier tipo de salto prigogínico de
complejidad, y con ello, un nuevo paradigma que amenace su
preponderancia, por lo que los señores y propietarios son inmensamente
ricos por el stroon con dinero que no pueden gastar ni liquidar,
por lo cual algunos prefieren el exilio para disfrutar de sus riquezas
en algún otro mundo con la promesa de no regresar.
La tercera, mencionada en la novela pero explicada en un cuento del
mismo nombre, son los misteriosos y temibles mininos de mamá Hitton.
Y es así donde nos encontramos con Rod Mc Ban número ciento cincuenta y
uno, protagonista del relato, un enfant terrible no puede audir
ni linguar como se debe, sino lo hace en banda ancha, lo que lo
convierte en una bomba telepática y un reenviado tres veces a la
infancia, para poder ser rejuzgado en su aptitud o descartado, y que,
pese a apenas pasar la evaluación, ve como una conspiración de un
prominente funcionario del gobierno amenaza su vida y sus propiedades,
ante lo cual, no le queda otra más que conspirar junto con la misteriosa
computadora heredada de su abuelo buscando una salida y que es el inicio
de la aventura. Sin saber, desde luego, que el desventurado McBan va a
ser una pieza en el ajedrez de muchos poderes, que definen las líneas de
intención o de fuerza de la novela.
La primera es, para variar, la Instrumentalidad, que sabe que sacudir la
gallera de vez en cuando es útil para mantener funcional a la sociedad,
máxime si en la Tierra se vive una época llamada de redescubrimiento
del hombre, en la que se busca que el hombre retome las costumbres,
imperfecciones y limitaciones de antaño que, al parecer, son lo único
que la da forma a lo humano. Y entre estas las maquinaciones de los
Señores Dama roja y Jestocost, cada uno con su particular agenda y que
sirve, inevitablemente, a los intereses de la Instrumentalidad.
La segunda es la acción del subpueblo, animales modificados para tener
forma humana y creados con el propósito de servir a los seres humanos y
hacer todo lo que los seres humanos no consideran digno de hacerse, de
la misma manera que los esclavos de antaño o los emigrantes de países
subdesarrollados en los países desarrollados, toman los trabajos de más
baja calificación. Algo que une al subpueblo y lo nuclea, es la
conciencia de saber que sus vidas no tienen ningún valor para sus
amos, “sub-persona enferma o dañada debe ser descartada sin dilación
alguna” lo cual es propicio para la aparición de una organización
socio-religiosa fuerte y que tiene especial preponderancia en el destino
de los llamados “Hombres-verdaderos”
La tercera es la misma transformación que sufre Rod McBan, que pasa de
ser un palurdo temeroso y acomplejado al inicio de la trama, a un
personaje de carácter, forjado por las experiencias vividas, su
confrontación consigo mismo en La Tienda de los deseos de corazón y en
especial por la compañía de aquella legendaria y preciosa sub-persona
llamada G’mell, la más bella de las muchachas de placer de Terrapuerto,
y pieza clave en las estrategias tanto del Señor Jestocost como del
A’telekeli, líder espiritual del subpueblo. Mancuerna que,
involuntariamente quizás, contribuyen a crear el mito silencioso de “El
hombre que compró la tierra” más silencioso aun por los ardides de la
Instrumentalidad para sepultar el asunto bajo toneladas de confusión.
La cuarta, si cabe, es el discurso de firme corte político que sostiene
Linebarger: primero, en la defensa de las autocracias y en las
sociedades cerradas como garantía de supervivencia de una nación en el
tiempo (y de todas las tropelías que sus gobernantes cometan in
nomine statu quo) y segundo: en lo referente a la glorificación de
la falibilidad del ser humano, definido esencialmente por su
imperfección y corrupción, siendo estas mucho más reales y contundentes
que todos los edificios que la literatura, la ciencia y la tecnología
han creado para refugiarnos de nuestra propia naturaleza (y que algunos
llaman con acierto artificialeza) y que resultan ser, como
Primero Descartes y luego Freíd y Fromm descubrirían, sólo ficciones.
En lo referente a lo estrictamente literario, la obra combina tramos de
enorme agilidad con pausas reflexivas que rayan en la modorra,
tachonados de segmentos de un gran belleza que son, lamentablemente,
pocos y a todo alrededor, discursos de cerrada defensa de una u otra
posición, demostrando que, al final somos marionetas en el juego de
fuerzas mayores, ya sean estas sociales, económicas, biológicas o
históricas, tal vez este sea el verdadero mensaje del autor y por este
merece reconocimiento.
© Isaac Robles; 2009.
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