NOCHE DE LUZ

En su serie del padre Carmody, Philip José Farmer se preocupa de investigar con ese escalpelo incisivo tan único que solo la CF puede permitir, lo que realmente significa creer, tener fe. En la única novela de la saga: Noche de Luz (1966), nos narra sobre un mundo —Alegria de Dante— donde los dioses son reales, y también los demonios, pero no a la manera cristiana sino al estilo extraterrestre.

En Alegría de Dante se profesa culto a la creadora universal Boonta, a su hijo bueno Yess, y a su hijo malvado Algul. Yess es un demiurgo viviente, un dios hecho carne que puede envejecer y morir al cabo de cierto tiempo, pero que hace todo el bien que puede entre su gente, el pueblo kareeniano. En cambio Algul es un monstruo, mata sádicamente a sus seguidores —si no se han matado entre si tratando de conseguir sus favores— y solo desea hacer el mal. Sin embargo estos demiurgos son abominaciones para la Iglesia Católica de la Tierra, y esta ha mandado al padre John Carmody, en el inicio de la novela un mercenario sin escrúpulos, a eliminarlo para derrumbar lo que consideran es una falsa fe. Sin embargo nada es tan fácil como parece, y la misión de Carmody se complicará por la naturaleza única del planeta y el inusual fenómeno que atraviesa una vez cada cierto tiempo: La Noche.

En la Noche, uno de los dos demiurgos que ha sido el reinante por un periodo de tiempo que se puede contar en siglos, debe morir, y renacer, o bien su contraparte nace para regir Alegría de Dante; pero a cambio la gente ve sus sueños y pesadillas más profundas materializarse al borde que la gente se vuelve árboles o de bronce, sátiros o miembros sexuales gigantes. Los cambios son tan extremos que hasta los muertos pueden escapar de la memoria de los vivos y cobrar carne y sangre y hasta existencia. Para evitar lo que sería una locura universal, los kareenianos toman drogas especiales y se dedican a dormir, o mejor dicho entrar en estado de hibernación durante la Noche para evitar ser transformados, a pesar de que los efectos son temporales; siempre hay una excepción y esta está formada por aquellos que en secreto pertenecen a una u otra facción de los demiurgos y desean procrear a su dios a través de un sueño colectivo de siete personas. Si Yess renace, un periodo de prosperidad reinará en Alegría de Dante, si Algul nace un periodo de destrucción se impondrá hasta que muera de muerte natural o lo maten durante la Noche y Yess lo reemplace…si no renace un nuevo Algul.

La misión de Carmody se complica cuando decide arriesgarse a pasar la Noche para matar a Yess, y es testigo de sus efectos desquiciantes en la población; de hecho ni él es inmune a la locura cuando ve a su esposa Mary —a la que matara hace mucho tiempo con sus propias manos— renacer cual pesadilla de Fuseli o ser Daliniano de su mente y recorrer junto a él, las calles del planeta en una misión que se hace cada vez más y más complicada. Al final Carmody alcanza el templo del demiurgo, pero su misión solo acaba de empezar. Es tentado por ambos bandos para ser el padre del siguiente dios vivo y que su mujer renacida por el capricho de la Madre Boonta sea su madre. Al final la decisión de Carmody terminará abriendo el boontismo al universo, y con eso quizás le haya hecho el mayor bien posible o el mayor mal. Eso no lo develaremos. Hasta ahí la primera parte del libro.

En la segunda parte se nos introduce de frente a la sociedad galáctica en la que el padre Carmody vive —convertido a la ficticia Orden de San Jairo tras un incidente de naturaleza oceánica en el instituto John Hopkins de la Tierra- y como sus superiores quieren que vuelva a Alegría de Dante porque su “hijo”, el nuevo demiurgo reinante, desea que TODA la población del planeta experimente la noche como una especie de purga y purificación de la que, estos sospechan, los sobrevivientes se esparcirán por el universo como misioneros de una Fe realmente universal cuyos milagros son fácticos. De hecho el boontismo es descrito en la novela tras los eventos de la primera parte como una religión que se esparce como fuego por la galaxia, convirtiendo a las personas y religiosos de numerosos credos y especies a su causa.

Además está la intriga de un tal Fratt quien busca venganza sobre Carmody, comenzando por el asesinato de su esposa Anna. Todo esto llevará al buen padre a un viaje por la galaxia de la Tierra al mundo en el límite de la galaxia bien llamado El Trampolín en el extremo de la galaxia, y de ahí a Alegría de Dante, en el que veremos el auge del boontismo en el universo. A la vez sabremos muchas cosas sobre el pasado sucio de Carmody como mercenario y ladrón, especialmente sobre su golpe más grande, el robo del Fuego Perene del Starinof, la mayor joya de la galaxia, y tendremos una aparición como secundario de su Némesis, el hábil detective Raspold, quien se ha enterado que junto a los esfuerzos de Carmody por ir a Kareen y desacreditar en la raíz el boontismo, se esta planeando un intento de asesinato del demiurgo reinante por partes desconocidas.

Una vez en Alegría de Dante, Farmer se deleita en mostrarnos un poco de la receta que los USA aplican a las naciones tercermundistas en el “progreso” que ha sufrido el planeta desde su ausencia, a la vez que nos deleita con una de esas sociedades exóticas que solo el autor sabe crear. Para ahorrar un largo proceso al lector (y eso que esto es una novela relativamente corta pero muy intensa en sus imágenes y contenido), se revelará la identidad de Fratt a Carmody, no sin pasar por ciertas….experiencias por decir lo menos que recuerdan a las películas de la franquicia de Saw. Luego participará en un furioso y espectacular combate entre las dos facciones beligerantes en el planeta: la de Yess, y la de Algul, ambas deseando como siempre la predominancia de su dios, lo que ocurre después derrumba por completo la fe de John en el Dios Padre y le lleva a preguntarse si la Madre Boonta fue la responsable de su experiencia religiosa que lo convirtió a la Fe. El silencio de los Cielos cierra magistralmente esta novela.

En cierta forma se puede establecer un paralelo entre John Carmody y su contraparte, el jesuita Ramón-Ruiz Sánchez, de la novela Un Caso de Conciencia (1958) de Jim Blish. Como Sánchez, Carmody es testigo de lo que es a la vez un milagro y un anatema fáctico. Para uno es la existencia del planeta Lithia, para el otro lo es la Noche. Mientras que Farmer explora la sexualidad latente de los religiosos, Blish explora más a fondo lo que significa creer. Ambos son puestos a prueba por sus superiores para que denuncien el falso milagro y reafirmen lo que debería ser la verdadera fe. Mientras que Sánchez lo logra mediante un acto de xenocidio destruyendo el planeta creado por Satán, Carmody fracasa al enfrentarse al boontismo que se presenta como la verdadera fe universal. Y en cierta manera Farmer sale mejor parado que Blish en términos de antropocentrismo, porque si en la novela del segundo autor se reafirmaba la noción de Dios como divinidad universal, en esta obra que reseñamos, se la cuestiona y nos llegamos a preguntar tras leerla si allá afuera no puede haber una especie depositaria de la Verdad universal en términos platónicos. Si las fes de la Tierra son falsas, ¿deberemos buscar nuestras respuestas en las estrellas? En esa línea Farmer es un precursor del cuento El Campo de Visión (1973) de Úrsula K. LeGuin y ambos coinciden en lo mismo: las religiones de la Tierra no son sino retazos o parodias de la Fe que viene de las estrellas.

En ese caso dan una limpieza brutal pero muy necesaria al cerrado marco de referencias paradigmático en el que el hombre occidental moderno vive hoy, creyendo que su civilización es el centro del universo, cuando existe un océano de diversidad a su alrededor sin que se de cuenta. Y la obra de Farmer a la vez que encaja dentro del marco de una obra de CF típica es a su vez una obra magnífica de CF religiosa y antropológica donde el objeto de estudio no es otro inasequible sino el propio ser humano y su orgullo, su hubris que siempre lo llevará a la caída por creerse el centro de la creación. Como bien lo explicaba el inmortal Stanlislaw Lem en sus obras: si queremos comprender el espacio exterior, debemos primero entender el espacio interior. El mérito extra de Farmer es que sin perderse en las disquisiciones ontológicas del polaco, logra decir lo mismo dentro de una obra llena de acción y salpicada de referencias al buen amor. Y como en las obras de Lem, no hay final feliz ni explicación de los enigmas, uno tiene que aceptar en el caso del primer autor la otredad de los aliens, y en el caso del segundo el misterio que nos impone la Fe. Ceder a un final feliz sería una solución fácil para resolver una crisis de fe, pero tener el coraje para mostrar algo que no tiene respuesta pragmática sino que se deja al criterio del lector es posiblemente la mejor manera de exponer algo tan delicado. En resumen una obra de muchas lecturas a muchos niveles y que hará las delicias del lector, una de esas raras obras que concilian religión y CF sin caer en el maniqueísmo y que muestran una actitud tolerante a la hora de tratar sus temas que este mundo de extremos necesita urgentemente.

© Daniel Mejía; 2009.
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