He querido mezclar en jolgorio
agitándolos con un pelín de osadía, a los comics eróticos de Alfonso
Azpiri y Frank Thorne, acaso filtrados por la estructura narrativa
de Gallego & Sánchez y la picardía de Philip José Farmer, pero me
ocurre con frecuencia que consciente del camino a recorrer llegó a
un resultado que apunta hacia otra dimensión, y cuya intención —es
evidente—, reposa en otros estímulos.
Si alguien hubiese imaginado la alianza
que se daría entre dos especies en apariencia lejanas y más tarde tan
funcionales, que compartiríamos naves, habitats, canciones, música y
sexo mientras nos expandíamos por la galaxia, sería considerado un
prospectivista insigne y si además anunciara que nuestros traductores
universales biológicos (“Trubis”) que nos daban tanta ventaja al
comerciar e intercambiar conocimientos con alienígenas y biomáquinas,
requerían un momento de éxtasis particular, de comunión, para
convertirse en lo que son, habría encontrado resistencia, ya que el
fluido funcionamiento entre humanos y “trubis” engaña a quien no conozca
la historia. ¿Qué quién soy para decirlo?: Uno de los miembros de la
expedición original que se tropezó con los “Trubis”, no por algo me
llaman ustedes el “antiguo”.
Recuerdo el momento en que todo se inicio: bajamos desde la
nave-madrastra en nuestras burbujas de exploración a un planeta tipo
Tierra de un sol G en fase Terminal, la luz color cerveza inundaba el
alma de melancolía, pero en una límpida laguna al pie de una cascada
decidimos desquitarnos. Nos divertíamos en jocunda orgía cuando sentimos
que un aro de ocelos nos espiaba. Y si, allí en la orilla, en los
árboles, en los peñascos, los vimos por primera vez. Al inicio parecían
obsesionados por las redondeces femeninas y giraban en torno a ellas
como satélites ebrios, —más tarde comprobamos que poseían un solo diseño
fisiológico y que para reproducirse no requerían de órganos sexuales y
como se aclaró a continuación, en cuanto a gustos, decididos
heterosexuales—.
Pero he aquí como ostenta su brillantez un genio, nuestro xenobiólogo en
jefe, que siempre andaba con cien ojos puestos en los sucesos, consideró
que existía interés mutuo intraespecie, y se animó a comprobarlo, para
lo cual propone que en lugar de ceder a la tentación inmediata de
descubrir maneras de usarnos en mutua algazara, planifiquemos un
experimento donde voluntari@s participen, para ejecutar coitos bajo
condiciones controladas en el laboratorio, en especial en el ovocitorio,
flexible, cálido y blando, en el cual radiaciones de cierto tipo
detienen la madurez de los óvulos y de los espermatozoides para que las
tripulaciones persistan —excepto accidentes— estables en guarismos
durante el viaje.
Destella en mi mente la primera vez: Tendida más que acostada sobre las
planchas del ovocitorio, con ligera tensión pero en lo fundamental
serena y alerta, esperaba la elegida por sorteo, poseía un categórico
nalgatorio que atrajo a bandadas de “trubis” a resbalar en su tangente,
a través de sus semihenchidos labios mayores se observaba como el rubí
de sus labios menores rodeaba la grieta oscura de su conducto vaginal,
mientras palpitaba como un corazón.
Recuerdo que sacudí la cabeza para despejarme del alud del deseo y
concentrarme en la indagación objetiva, se suponía que cada cierto lapso
se introduciría en la cámara un “trubi”, cada cual un ser ultradelgado,
tapizado de una suave pelambre blanquecina, de miembros inferiores en
perpetua doblez cual resorte comprimido y con los superiores como
cuerdas colgantes que culminaban en un puñado de minideditos
gordezuelos, lo notable era que del pequeño cráneo emergía una
trompetilla anillada que se bamboleaba (lo único grueso en ese
cuerpecillo) cubierta de mucosidad y de hilos de baba.
El primero en ingresar tenía una mancha dorada en la estrecha espalda
(para que sirviera de probable identificación), deambulo breves
instantes y tras unos cuantos segundos, su trompa empezó a pulsar al
ritmo de la vulva sin que en apariencia su mirada se dirigiera al órgano
susodicho, en admirable sintonía. El siguiente episodio en ocurrir fue
tan rápido que sólo la revisión de los sensópticos corroboraría lo que
pareció suceder, se propulsó con sus resortadas piernas aterrizando
sobre los rotundos muslos de nuestra compañera, con sus filamentosos
brazos ensanchó la brecha genital e introdujo de un golpe la
trompetilla, un ruido de succión lo acompañó desde ese momento.
La voluntaria había trasegado ralentizadores y depresores de la líbido
antes del experimento (se trataba de establecer una relación con los
“trubis” no de gozar mientras durara el evento) que debían en teoría
protegerla e insensibilizarla de manera parcial, no obstante, sus poros
se abrieron exhalando un aroma increíble, mezcla de canela y mandarina,
los vellos se erizaron y la respiración se convirtió en jadeante, las
mamas protuberaron y la piel se rubefaccionó, un temblorcillo se instaló
en la musculatura superficial difundiéndose en ramalazos por el torso,
aunque el rostro permaneció entre estático e inmutable, cual si
estuviera hipnotizada.
Mi propia erección era ya incómoda, cuando terminó la sección chupar y
absorber, en este caso escamas epiteliales para nutrirse y lubricar que
caracteriza sus incursiones en los nidos de “mirmecos” (hormigas
locales) empezó la de martilleo, maniobra destinada a alcanzar el
aposento de la reina y aspirar las ricas sustancias que allí se apiñaban
para deleite de la reina y facilitar la postura y nutrición de
huevecillos; el sonido era ahora de chapoteo, el “trubi” extraía una y
otra vez el instrumento y volvía a insertarlo más bien en metida ruda,
con tanta eficiencia que hasta el propio diminuto cráneo desaparecía en
el conducto; cuando era extraído, por un instante se veía el redondo
túnel que acababa de abandonar en rojos contrastados desde los
brillantes del borde hasta los densos y prietos del fondo y antes que
colapsara era vuelto a ocupar por la henchida cornetilla, tras un par de
centenares de oscilaciones el “trubi”, como más tarde reseñaríamos,
irrumpió a la “primera fase de la maduración”, sus subsistemas
ingresaron a funcionamiento lento hasta que se paralizó, las postreras
embestidas fueron agónicas, casi en cámara lenta podíamos seguir los
acontecimientos y de repente se sumergió en la matriz y sólo las patas
emergieron, la vulva repleta era probable que estuviera transitando
hacia el dolor moderado.
Interrumpimos el experimento, habíamos creído que se dedicarían a
olisquear, a masajear y quizás, que era la esperanza de much@s a
introducir un poco la trompetilla por algún agujero. No previmos que se
pondría tan dura y henchida y que sería tan rápido y preciso en su
intuición. Comprobamos a posteriori que a partir del acto sus
metabolismos habían cambiado, con altísimo intercambio químico y
molecular, dilatados segmentos del ADN humano y “trubi” residual se
despertaron, finalizado el intercambio la mujer ganaba un aroma que
seducía y obnubilaba, leve ensanchamiento de los poros para expelerlo y
una sensibilidad vaginal que se acrecentaba con la práctica, pero era
crucial que repitiera con cualquier “trubi” en un lapso determinado (un
período menstrual) para no perder tales atributos.
En simultánea, el “trubi” ingresaba a una fase de hibernación y
transmutación (“segunda fase de la maduración”) donde se desinflaba y
podía ser extirpado, y culminaba después en un despliegue de cualidades
que asombraba, mientras se iban manifestando las nuevas pautas
conseguidas (“tercera fase de la maduración”): su físico se mantenía
similar, pero sutiles agregados lo convertían en un ser diferente, el
cráneo se ensanchaba, la trompetilla se acortaba y cornificaba
albergando una lengua que elevaba su performance sexual con las hembras
homo sapiens, y de insectívoro crepuscular pasaba a tener un alto
coeficiente intelectual, don de lenguas y facilidad para producir los
sonidos propios de aquellos con quienes nos topábamos en el vasto
espacio interestelar. También necesitaba practicar coito interespecie
para mantener ágil la mente y las traducciones correctas, recordemos que
el coito intraespecie no los ampara y tampoco se reproducen una vez que
forman parte de una singladura espacial, ya que las condiciones para ese
proceso sólo se dan en su planeta.
No ha faltado algún burócrata despistado que ha sugerido desde su
reducto sin experiencia de campo que las naves llevan sobrecupo de “trubis”,
que no se requieren tantos traductores, pero la felicidad de nuestras
compañeras y de nosotros mismos es trascendental para continuar con los
negocios y la investigación cósmica, con las mejoras introducidas por el
comercio carnal entre “trubis” y mujeres, como efecto secundario los
hombres envueltos en dichas actividades adquirimos (mientras coexistimos
en el mismo ambiente) un moderado priapismo, una capacidad aumentada
para controlar el orgasmo y empatía, eso se comprueba en la armonía que
reina y en las excelentes relaciones y condiciones de la vida cotidiana
en las nave, ha desaparecido por ejemplo, ese horrible olor a pedo
reciclado y a proteína podrida que se pegaba a las paredes, reemplazado
de manera permanente con los aromas exhalados por los cuerpos femeninos
que inundan sus pasillos y que ya aprendimos nos provocan las
variaciones quimiosensibles descritas; asimismo sabemos que no sólo tras
el encuentro colectivo diario para ayuntarnos se eleva la
sensoproductividad, la cual se mantiene en los ciclos sucesivos de
vigilia y crionizaje (para ambas especies el efecto es salir en la misma
condición que entraron), y que del mismo modo durante el clímax
alcanzamos esa mente colectiva que quisieron Carlos Gustavo Jung y
Gautama Buda y que preconizaron Ken Wilber y Fritoj Capra.
¿Que si existieron voluntari@s para un anal?, si, abundantes, pero los
“trubis” persistieron en su opción heterosexual, hay quienes afirman que
si la posición hubiese sido de decúbito ventral otro gallo cantaría (por
aquello de la teoría morfogenética de Sheldrake, una vez que la mente
colectiva de una especie sufre la impronta de un comportamiento sus
especimenes la practicarán), pero aquí culmino mi remembranza afirmando
que lo presenciado por diversos indagadores, lo vivenciado en lo
personal y lo que continua sucediendo en el planeta de los “trubis” no
deja resquicio a la menor duda: ambas especies nos necesitábamos, no
sólo éramos complementarias, florecemos como el epítome de la simbiosis,
para poder convertirse en “trubis” tienen que introducirse en una vulva
humana y resurgir metamorfoseados (algunas envidiosas especies
competidoras han robado especimenes sin pasar por la ordalía de la
penetración pero han fracasado con ignominia y estolidez).
La prueba de la introducción (como se denomina al primer coito) se ha
tornado en un acontecimiento significado para ellos y nosotros, en un
auténtico salto cuántico; así, de posibles mascotas simpáticas brincaron
a nueva especie sentipensante, que tal poder transformador el de la
vagina que los convierte en los mejores traduinterpretadores… y además
exclusivos.
Sin embargo, queda para el análisis una nota un tanto lóbrega, otra
lectura del acontecimiento, ya que hay quienes empiezan a sugerir que
son los “trubis” quienes nos han convertido en sus amuletos sexuales.
© Luís Bolaños;
2008
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