LA NARRATIVA PERUANA EN TIEMPOS DEL COMETA HALLEY

I. La ciencia ficción en el Perú

La ciencia ficción es un género que parece ajeno a nuestro ambiente literario. No suele aparecer en los textos ni es parte del currículo universitario. Me permito citar textualmente las Palabras liminares del escritor argentino Carlos Abraham del número dos de la revista Nautilus, dedicada a la literatura fantástica, utopía y ciencia ficción, correspondiente a la edición de noviembre de 2004:

“En 1978, Elvio Gandolfo escribía: “La ciencia ficción argentina no existe. En nuestro país es una sucursal de lo fantástico”. La apresurada afirmación (que abre el primer intento de historización del género en su vertiente nacional) es producto, en principio, del desconocimiento de un amplísimo corpus textual que tiene sus orígenes en el relato “Delirio” y se extiende ininterrumpidamente durante los siglos XIX y XX.

En un plano más profundo, es producto del hecho de que los autores argentinos de ciencia ficción, hasta fechas relativamente recientes, se desconocían entre sí. A causa de la escasa difusión de los textos (por lo común, se trataba de ediciones autofinanciadas y de poca tirada), ignoraban la existencia de precedentes y de contemporáneos con similar orientación estética. No había continuidad creadora, no había influencia mutua.

Por lo tanto proponemos, como punto de partida de nuestro propio proyecto crítico-historiográfico, las siguientes tesis: 1- Existe la ciencia ficción argentina (con numerosos cultores, algunos de ellos con producción sostenida). 2-No existe una tradición de ciencia ficción argentina, al menos hasta la aparición del Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía (CACyF) en 1983, que reunió a los escritores del género. (Revista Nautilus Número 2, noviembre 2004, Palabras liminares, Carlos Abraham, pag.2)”

Punto por punto, el párrafo anterior bien podría aplicarse a la ciencia ficción peruana, (sobre todo las tesis de Carlos Abraham) obviamente, con las diferencias de caso: los orígenes de la ciencia ficción peruana (republicana) se remontan a 1843, con la publicación de la novela “Lima de aquí a cien años” de J.M. del Portillo en el diario “El Comercio”, donde imagina cómo serían las ciudades de Lima y Cusco en el entonces remoto año 1943. Tampoco contábamos con editoriales o revistas dedicadas al género, falencias que actualmente han sido suplidas por publicaciones en Internet y en formato físico, como las revistas Hydra (dedicada al análisis y al estudio de la ciencia ficción, el terror y la fantasía desde una perspectiva académica) y Argonautas, dedicada básicamente a publicar relatos y poesía de ciencia ficción.

Más aún, cabe precisar que gran parte del reciente interés y difusión de la ciencia ficción en nuestro ámbito se debe a la aparición de sendas revistas electrónicas sobre el tema, como Velero 25 y Ciencia Ficción Perú, que aprovechando los recursos que provee la Internet, han constituido un punto de partida tanto para aficionados como para investigadores. El sistema, si cabe llamarlo así, compuesto por partes inconexas, se completa y conecta recién en nuestro país en el siglo XXI: hay autores, lectores y reflexión, ya no olvidados o difíciles de localizar, sino asequibles para el público e interconectados unos con otros. Y gracias a la Internet, con proyección al extranjero incluso.

II. Definiciones de ciencia ficción. El gran desarrollo (que no nacimiento) de la ciencia ficción se produce en los Estados Unidos de América. Repercusiones de esta circunstancia.

Los lectores y autores de ciencia ficción enfrentan a veces un reto difícil: definir el género. Si partimos de la mera etimología del término “ciencia ficción”, descubrimos que procede de un neologismo acuñado en los Estados Unidos de América por Hugo Gernsback, el primer editor “consciente” de que publicaba un género distinto a los conocidos hasta entonces, al que bautizó en un principio como “scientifiction”. Gernsback fundó en 1926 la revista Amazing Stories, la primera publicación en el mundo dedicada exclusivamente a las historias de ciencia ficción. Dado el interés de Gernsback en difundir las ciencias mediante el uso de la ficción, mezcló ambos logrando el ya comentado “scientifiction”, que luego dio lugar a “science fiction”, nombre que devino en definitivo, al punto de ser utilizado incluso en otros idiomas distintos al inglés, y que en el ámbito hispano se tradujo como “ciencia ficción”.

Desde un punto de vista histórico, la ciencia ficción ha tenido muchos antecedentes. Hay quienes incluso quieren remontar sus orígenes a los mitos griegos, cuando no a compilaciones de relatos como “Las mil y una noches”. Sin embargo, modestamente, consideramos que con propiedad se empezó a escribir relatos y novelas que se encuadran en el género recién desde el siglo XIX. Así, sus orígenes estarían antes en Europa que en los Estados Unidos de Norteamérica, pero fue en este país donde el género eclosiona en una pléyade de revistas, novelas que reflejan un número difícil de calcular de autores y editores de primera y segunda filas, y ello tan solo en la primera mitad del siglo XX. Autores que han sido traducidos a casi todos los idiomas, y que se siguen reeditando. Los nombres de Isaac Asimov, Arthur C. Clarke y Ray Bradbury, por poner solo tres ejemplos, no sonarán extraños incluso al oído de cualquier lector, aficionado o no a la ciencia ficción.

Es por ello quizá que suele confundirse la historia de la ciencia ficción con la “historia norteamericana de la ciencia ficción”, pues son los escritores anglosajones los que mayor predicamento tienen en el denominado fandom. Pese a los interesantes desarrollos del género en ámbitos no angloparlantes, la preferencia del público se decanta ostensiblemente por novelas y cuentos de autores ingleses, norteamericanos, canadienses y australianos.

Lógicamente, este auge creativo engendra también su contraparte reflexiva o académica. Desde hace tiempo, la ciencia ficción ha intentado mirarse a sí misma y, desde el seno de sus creadores, esbozar una y otra definición. Ahora bien, dada la naturaleza mutante del género (característica que, justamente, impide su degeneración en subgénero), las diversas definiciones de lo que es ciencia ficción (las hay incluso que abogan por un cambio de nombre, a estas alturas, esfuerzo inútil) varían de un autor a otro. Parece que bien podríamos quedarnos con la definición atribuida al autor norteamericano Norman Spinrad:

Ciencia-ficción es lo que se publica en las revistas y libros de ciencia-ficción.

Entre ésta definición y las otras, aproximadas o no, hay una gran distancia con la proporcionada por el Diccionario de la Real Academia Española, que se puede consultar por Internet. Hela aquí:

Género de obras literarias o cinematográficas, cuyo contenido se basa en hipotéticos logros científicos y técnicos del futuro.

Si bien es bastante limitada (la ciencia ficción puede tratar sobre el pasado o sobre presentes alternativos, además del futuro; y puede obviar lo científico para reemplazarlo incluso por lo seudocientífico, como la telepatía y los llamados poderes extrasensoriales; además, esta definición deja de lado la especulación sobre vida extraterrestre, tan cara al género), tal parece que esta es la definición que maneja la mayoría del público, incluso el aficionado.

El principal problema con esta definición, es que tiene un claro sesgo pro occidente anglosajón, que deja fuera del género a aquellos ámbitos donde estos “hipotéticos logros científicos y técnicos del futuro” no tienen cabida. En el contexto mundial, sólo ciertos países han logrado un desarrollo científico y tecnológico autónomo y en continuo avance, de modo que, volviendo a la definición, sólo se podría escribir ciencia ficción con propiedad desde estas realidades. En países como el nuestro, con un desarrollo científico incipiente y una casi total dependencia tecnológica de otros países, podría concluirse que estamos impedidos de escribir ciencia ficción. Esto es completamente falso, como lo prueban los constantes hallazgos de novelas y relatos publicados a lo largo del siglo XX, no solo en el Perú, sino en otros países. Nuestro subdesarrollo no nos impide “cienciaficcionalizar”.

Entonces, aparte de la ciencia y la técnica, existen otros factores que permiten la creación de obras de ciencia ficción, y me atrevería a decir, son condicionantes de la misma. Para los casos que se presentan como ejemplo, está una circunstancia histórica de ámbito mundial ocurrida en 1910, a saber, el paso del cometa Halley.

III. El año 1910. El cometa Halley. El temor por los supuestos efectos de su paso sobre la Tierra. Efectos de ese miedo: las ficciones apocalípticas El día trágico de Clemente Palma y El fin de la raza de Eduardo Herrera.

El cometa Halley, llamado así en honor al astrónomo Edmond Halley, recorre una órbita que lo acerca a la Tierra cada 76 años aproximadamente. Por lo tanto, su paso por las inmediaciones de nuestro planeta en 1910 era un hecho previsto y esperado.

Sin embargo, las observaciones científicas de la época llevaron a la población mundial a una conclusión aterradora: en esta oportunidad, la Tierra atravesaría la cola dejada por el cometa (lo que de hecho ocurrió el 18 de mayo de 1910). Esta circunstancia convertía el paso del cometa Halley en un acontecimiento inquietante, más allá del mero espectáculo visual que el mundo esperaba contemplar. ¿Qué efectos traería para nuestro mundo sumergirse en los gases y restos de un cometa?

La ciencia tiene avances y retrocesos, y muchas veces se mueve en base a hipótesis y teorías erróneas. Ello forma parte de su método, evitando así convertirse en dogma. Empero, eso no impide el predicamento que puedan tener estas conclusiones, sobre todo cuando hablamos de la sociedad. Peor aún: a veces el lenguaje científico, al no ser objeto de fácil comprensión, puede dar lugar a interpretaciones erradas (como el caso de los “canales” en Marte) o contradictorias.

Así, tenemos por ejemplo lo comunicado por Camilo Flammarion, uno de los más eminentes astrónomos de la época:

“Pero se me preguntará: ¿qué puede ocurrir si la Tierra se encuentra sumergida en la cola del Cometa de Halley? Todo depende de la constitución del Cometa… pero creo que no hay motivo de alarma. (…) Puede suceder que observemos interesantes fenómenos eléctricos y magnéticos, producciones de auroras polares, borrascas especiales, lluvia de estrellas errantes, resplandores etéreos de las regiones superiores de la atmósfera, mientras que los astrónomos del otro hemisferio estudiarán el paso del núcleo planetario por delante del disco solar para determinar su naturaleza y densidad… La fecha del 18 de mayo será memorable para los anales astronómicos; yo la espero con verdadero placer” (Camilo Flammarion, “Juicios de Flammarion – Los cometas” La Defensa, 14.II.1910. (Reproducción de un artículo de Le Petit Journal)

Estas afirmaciones de Flammarion, entre otras, no contribuyeron a tranquilizar a la opinión pública, sino todo lo contrario. Los fenómenos meteorológicos mencionados se interpretaron como evidencia de alteraciones cataclísmicas. Más aún, al poner “creo que no hay motivo de alarma”, logra el efecto contrario, a saber, engendrar en la mentalidad de la época la idea de que, efectivamente, algo iba a ocurrir con el paso del cometa Halley, algo que los científicos no querían revelar, o peor aún, ni siquiera estaban preparados para comprender.

Para colmo, en 1910 su proximidad fue tal que la Tierra atravesó la cola del cometa. Esta coincidencia fue la que provocó un pánico generalizado en numerosos países, donde la prensa sensacionalista habló de un posible envenenamiento a causa de la presencia de gas cianógeno en el cometa. Como ya vimos, en vano los científicos trataron de tranquilizar a la sociedad al advertir que la densidad de la cola cometaria era nula y, por tanto, el riesgo también. En su pico más elevado, el miedo desembocó en suicidios y otros incidentes, pero el cometa Halley no envenenó a nadie. Su paso en 1986, en cambio, fue casi inadvertido debido a su lejanía.

Esta histeria colectiva, que ni siquiera pudo evitarse en países tecnológica y científicamente más desarrollados que el Perú, no dejó de tener efectos en nuestro país. Sería interesante una investigación histórica al respecto.

En lo que cabe en nuestras manos, consideramos que en un primer plano, la sociedad peruana se vio presa del mismo temor que otras sociedades, lo que en un segundo plano nos lleva a considerar que, si bien existían obvias diferencias y contrastes entre los países, nos encontrábamos ante un evento que borraba dichas diferencias y nos ponía a la par con todo el mundo. Digamos que ante una posible catástrofe mundial, todos los peruanos pasamos a ser ciudadanos del mundo, con los mismos riesgos y también las mismas posibilidades o atribuciones. En el caso bajo estudio, este miedo mundial, acogido y asimilado por nuestra sociedad de principios del siglo XX, anterior aún a la llamada República Aristocrática, sirvió de empuje a la evolución del género de ciencia ficción, tan aparentemente fuera de lugar en un país en el que aún pervivían instituciones anacrónicas, con una sociedad que apenas estaba despercudiéndose de hábitos y prejuicios coloniales.

El paso del cometa Halley en 1910 engendró, en primera instancia, el cuento “El día trágico”, escrito por Clemente Palma entre abril y mayo de 1910, siendo publicado en cuatro entregas en la revista Ilustración Peruana, con el seudónimo de Klingsor. Dicho cuento sería incluido en la segunda edición de sus Cuentos malévolos (1913). En dicha narración, se nos describe las vicisitudes del protagonista (el ingeniero Oliverio Stuart) y su familia (su esposa Gladys Harrington y su madre Ruth) ante el paso de nuestro planeta a través de la cola del cometa, compuesta entre otros elementos, por el mortal gas cianógeno. Los protagonistas se ponen a salvo en un refugio subterráneo, una cava o bodega de vinos previamente habilitada con alimentos, oxígeno y algunos animales domésticos. Desde dicho refugio observan los cambios en la atmósfera que se producen al pasar la Tierra a través de la cola del cometa. La muerte de un gallo por efectos del gas cianógeno, que el protagonista observa a través de una claraboya, será la señal definitiva de que todo ha concluido para la humanidad. Luego de unos días, abandonan el refugio para contemplar una ciudad muerta. Sin embargo, como sobrevivientes, Oliverio Stuart y Gladys Harrington, sienten que encarnan la esperanza del futuro de la humanidad, asimilando su victoria sobre la muerte a una nueva versión del Génesis bíblico. Gladis le comunica a Oliverio que está embarazada, ante lo cual éste exclama:

“Loco de alegría levanté en mis brazos a Gladys, que se reía de mi felicidad y entusiasmo, y la llevé al jardín; allí, frente a la caricia ardiente del sol, me arrodillé, y besando con beso casto los flancos nobles de mi esposa, murmuré esta oración:
- ¡Bendito sea el fruto de tu vientre! ¡Yo te saludo, Eva Mater! ¡Yo te saludo, humanidad futura!” (El día trágico, penúltimo párrafo)

No sorprende hallar, también en Ilustración Peruana, otro relato hasta ahora poco conocido, perteneciente al género de ciencia ficción en su vertiente catastrofista (al igual que El día trágico). Se trata de El fin de la raza, cuya autoría corresponde a Eduardo Herrera, de quien es de lamentar que la política editorial de la época no incluyera alguna noticia o referencia biográfica, de modo que de Eduardo Herrera tenemos tan solo el nombre.

El fin de la raza fue publicado en el número 32 de la revista Ilustración Peruana, en la edición del 21 de abril de 1910, apenas unos días antes del paso del cometa Halley. El tema y el estilo narrativo del cuento no pueden ser más lúgubres: se sitúa en un futuro terriblemente lejano, cuando el sol se ha enfriado y la Tierra está cubierta por hielos perpetuos. Sólo queda una ciudad, de ciclópeas estructuras, que alberga a los últimos supervivientes de la humanidad, un anciano, un hombre y una mujer. El anciano dirige una larga alocución a la joven pareja, expresando sus temores respecto a su porvenir. Ninguna esperanza se vislumbra para ellos, y su unión y posterior fruto no serán más que el cumplimiento de un imperativo ahora carente de sentido, el de la reproducción. La descendencia de esta unión heredará una Tierra agonizante, un yermo mundo muerto. A diferencia de El día trágico, cuya última entrega se publicó con posterioridad al paso del cometa Halley, y que tiene un final bastante deslucido y supuestamente humorístico (Clemente Palma precisa que se trata de una ficción y que el paso del cometa Halley será inocuo); en el cuento de Herrera no hay salvación posible. Si bien el estilo hoy nos sonaría entre pretencioso y grandilocuente, mantiene un tono elegíaco adecuado para las circunstancias:

“Ha sido una muerte triste la del planeta; una muerte triste y lenta, de frío, en la inmensidad, abandonado para siempre por el sol envejecido. Enormes capas de hielo cubre (sic) las ciudades florecientes y las grandes naciones. Y la tierra no es ya sino un vasto cementerio helado que gira eternamente entre la harmonía (sic) de los astros y la infinita tristeza de un cielo sin luz.” (Ilustración Peruana, numero 32, página. 185).

Ambos cuentos guardan semejanza en cuanto a la fecha de publicación original, esto es, entre abril y mayo de 1910; y ambos aluden a una catástrofe capaz de acabar con la vida en la Tierra (el gas mortal de El día trágico, el enfriamiento del sol en El fin de la raza). Además, guardan una curiosa similitud en cuanto a protagonistas: en el cuento de Palma tenemos al ingeniero Oliverio Stuart, su esposa Gladys Harrington y su suegra Ruth, mientras que en la narración de Herrera los personajes carecen de nombre, pero son igualmente tres, una pareja joven y un anciano. Las catástrofes que suceden en ambos cuentos son de orden natural (el paso del cometa, el enfriamiento del sol). Además, es de notar que ambos relatos desembocan en una suerte de necesidad reproductiva: frente a la muerte, la vida lucha por continuar. Para Palma, el embarazo de Gladys Harrington supone una nueva esperanza, se convierte en una nueva Eva. En cambio, en El fin de la raza, no podemos sino apiadarnos del sombrío futuro que espera a la descendencia de la última pareja de seres humanos en un mundo condenado.

Sería interesante un estudio de las posteriores ediciones de Ilustración Peruana y otras revistas de la época, a fin de confirmar si los relatos comentados significaron el inicio de una tendencia en la publicación de relatos asimilables al género, o fueron la manifestación y exorcismo del miedo real que fuera provocado por el paso del cometa Halley en 1910.

IV. Conclusión:

La ciencia ficción no es un género exótico en nuestra producción literaria. Tampoco es una evasión de la realidad. En 1910, a causa de un evento astronómico (el paso del cometa Halley), en el Perú y el mundo se desata un desmesurado temor por los posibles efectos del paso del cometa; y es precisamente en ese año que se publican El día trágico y El fin de la raza. El miedo originado por el paso del cometa es el desencadenante, en este caso, para que se escriba este tipo de ficción en nuestro país; a diferencia de los Estados Unidos de América y otras naciones, en las cuales el desarrollo del género tiene como bases el avance científico y tecnológico.

©
Daniel Salvo; 2008

BIBLIOGRAFÍA:

.- ABRAHAM, Carlos. Palabras liminares. Nautilus. Número 2: 2-3. Buenos
   Aires, noviembre de 2004.
.- HERRERA, Eduardo. El fin de la raza. Ilustración Peruana. Año II, Nº 32:
   185-187. Lima, 24 de abril de 1910.
.- MARTIN DEL CASTILLO, Juan Francisco. El cometa Halley en 1910
   (Prensa, Ciencia y Sociedad en Las Palmas de Gran Canaria). Boletín
   Millares Carlo, ISSN 0211-2140, Nº. 20, 2001, pags. 171-189
.- PALMA, Clemente. El día trágico. Narrativa Completa, t. I.: 344-372.
   Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2006.
.- SCHOLES, Robert y RABKIN, Eric S. La ciencia ficción: historia-ciencia-
   perspectiva. Taurus, Madrid, 1982.

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Setiembre 2009

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