EL INVENCIBLE

¡Hombres!... Y solamente hombres sobre cubierta
Silvio Rodríguez D.

No resulta inusual en la obra del maestro Stanislaw Lem (1921-2006) la confrontación de la humanidad (y con ella, de sus preconcepciones y modelos decididamente antropocéntricos pese a lo supuestamente “objetivo” de la ciencia) frente a lo alienígena, con los efectos y consecuencias que esto produce en los personajes en particular y en su concepto de “vida” e “inteligencia” en general.

El Invencible (1964) es una novela que nos introduce a estos mismos temas, pero desde una perspectiva ligeramente distinta a otras obras del mismo autor como Solaris o Retorno de las Estrellas y esta es más bien la de lo forense.

Y es que El Invencible es una nave exploradora, con una vasta tripulación de alta calificación surcando los confines del espacio en búsqueda de lo “desconocido” y que, en este caso tiene una cara bastante concreta.

La historia se inicia cuando los tripulantes de la nave en mención llegan a un planeta en la constelación de Lira (Regis III) en el cual misteriosamente, ha desaparecido otras nave de exploración, El Cóndor.

Entonces, el viaje de El Invencible es un viaje que más que salvar a alguien, pasa por el estudio del planeta y de las causas de aquello que le haya pasado a los infortunados tripulantes de El Cóndor y de cómo aprender de ello en el proceso.

Siendo así, ya desde el inicio del texto se da a entender que algo anda mal, al encontrarse una superficie desértica en el planeta, pese a que la composición de la atmósfera es amigable para la vida y es más, las proporciones de metano y oxígeno en esta sugieren que el planeta es una gigantesca bomba de tiempo que podría estallar a la primera de bastos y sin embargo, esto no ha ocurrido.

Y luego, los misterios se comienzan a suceder uno tras de otro: una construcción metálica enorme y que no parece tener sentido, los restos de El Cóndor y su tripulación, que parecen haber muerto por ninguna causa explicable, una misteriosa nube metálica y varios incidentes en que los exploradores pierden totalmente la memoria son indicaciones que algo siniestramente incomprensible aguarda en el planeta.

Lem rompe varias lanzas en este relato, no sabemos si como innovador o como ilustrador de los conocimientos de otros contemporáneos, veamos:

Primero, el discurso del Biólogo Lauda acerca de la naturaleza de los autómatas del planeta hace una referencia implícita a la especulación teórica de las llamadas Máquinas de Von Neumann, que plantea la capacidad de reproducción de estas como un requisito para el logro de una tarea, pero va más allá, al plantear, en base a la Cibernética de segundo orden, la capacidad de estos autómatas para evolucionar independientemente.

Esta idea de evolución paralela y artificial no sólo es controversial, sino sorprendente en la medida que va en contra de la idea tradicional (como el astronauta Horpach plantea en el libro) que la evolución conduce a formas cada vez más complejas y que el sistema nervioso es la clave que decide quienes han de supervivir.

Esta idea, sin embargo, cae por tierra al hablar de condiciones no homogéneas y de especies que parasitan otros ecosistemas, en la misma medida que una plaga o una especie ajena a un nicho ecológico determinado puede terminar por crear un escenario de lo que Frank Herbert llamaría “El Pegote gris” en el que esta especie es capaz de aniquilar toda forma de vida en el entorno.

De haberse producido esto por la invasión de una especie biológica, eventualmente esta invasión habría conducido a la extinción del invasor por agotamiento de recursos, pero cuando la fuente de energía principal para los autómatas resulta ser la radiante de la estrella que les hace de sol, esto se hace extremadamente difícil, es decir, se vuelve una especie dominante en el planeta por su adaptabilidad y extremada eficiencia energética, un hueso extremadamente duro de roer frente al cual los exploradores humanos poco pueden hacer.

Con esto nos acercamos a otra idea bastante típica del autor, que es la incapacidad del contacto con lo alienígena, y su paralelo en la realidad terrestre: la incapacidad de conocer en realidad al otro, frente a la alteridad todo lo que podemos hacer es especular y obrar como si tales alternativas o decisiones tomadas reflejan en realidad el conocimiento aproximadamente real sobre aquello que suponemos cierto.

Otra idea provocadora parte del párrafo anterior, que es la incapacidad de la ciencia para entender con exactitud los fenómenos (es decir, definirlos, esto interpretado como ponerles un límite) lo mejor que los científicos pueden hacer en la obra es especular y debatir sobre cuál es la causa de todo lo que ocurre y esto nos lleva a dos aspectos a considerar, el llamado principio de falsabilidad de Popper, en el que se afirma que la ciencia sólo puede probar la falsedad de una causa o fenómeno, mas no su realidad y, en segundo lugar, la descripción de Luhmann de la ciencia como un cuerpo consensual, es decir, la ciencia es lo que los científicos afirman que es ciencia, pensamientos arraigados que chocan contra una realidad monolítica y alienígena por donde se le mire.

Mención aparte merecen los personajes, y la relación particular entre el Asistente Rohan, asaz protagonista de la historia y Horpach, el viejo astronauta capitán de la nave, pragmático y curtido por la experiencia a la cual se suma una buena cantidad de técnicos y asistentes y científicos que entran y salen raudamente de escena, derrotados por los autómatas o sencillamente retornados al polvo metafórico de ser “otros más que no entienden lo que pasa.”

En resumen, una novela inquietante, narrada con la frialdad de un escalpelo y que introduce a un cuerpo de ideas provocadoras que pueden estremecer o sencillamente hacernos dar cuenta que la mayor parte de nuestras suposiciones son necesariamente antropocéntricas y que la verdad del universo está más allá, tal como la verdad de un crimen está más allá de las evidencias recolectadas en una escena en por ejemplo, la serie CSI, hay una cualidad de verdad que debe encontrarse y que está en la interpretación objetiva de la evidencia, pero la pregunta permanece ¿Cuán objetivos podemos ser?

© Isaac Robles; 30-05-08.
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Julio 2008

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