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Este libro debería
comenzar con la advertencia “las cosas no son lo que parecen”. Y no es
que el libro sea una decepción, todo lo contrario, pero parece que lo
fuera… Así como, según la contraportada, parece que se tratara el tema
de la nave generacional (estupendamente desarrollado por Brian Aldiss en
La nave estelar y por Gene Wolfe en El libro del sol largo,
pentalogía que alguna vez quisiera completar), cuando en realidad no es
así.
La metáfora más a la mano que se me viene a la mente para describir este
libro es la de un hueso. El lector pareciera tener al alcance un hueso
mondo y lirondo, sin una hilacha de carne, tirando a seco… cuando de
repente, el hueso se rompe y entonces nos damos cuenta que dentro tenía
un sabroso y húmedo tuétano.
Por que La oscuridad más allá de las estrellas tiene un inicio
aparentemente pobre, a saber, un fallido intento de exploración
espacial, con unos equipos cuya precariedad hace ver al primer descenso
en la luna como una parafernalia digna de las películas de James Bond.
Igual ocurre con el interior de la nave Astron, cuyo nivel de
sofisticación y adelanto tecnológico parece surgido de una película de
ciencia-ficción de los años cuarenta. ¡Hasta utilizan papel!
Para colmo, el protagonista principal, Gorrión (la mayoría de personajes
tiene nombres de aves o de personajes de la Biblia y las obras de
William Shakespeare),
quien participó en el fallido intento de exploración extraterrestre del
inicio, ha perdido la memoria, y se la pasa dos tercios y algo más de la
novela tratando de recuperar sus recuerdos y rehacer su vida, lo que nos
brinda una visión de primera mano de los entreveros aparentemente
intrascendentes de los demás tripulantes. No hay mucho que contar: la
nave fue enviada al espacio en búsqueda de vida extraterrestre, no
habiendo tenido éxito en esta misión, pese a los miles de años que lleva
viajando por el cosmos. La tripulación, compuesta por los descendientes
de los primeros astronautas y el capitán, genéticamente alterado para
ser inmortal (¡!), está más que harta y aburrida de este viaje
aparentemente inútil, en una nave prácticamente sin secretos y en vías
de convertirse en chatarra.
Vamos, que a diferencia de las novelas de Aldiss y Wolfe, la nave no se
ha convertido en el mundo, no hay un olvido inmemorial ni una nueva
sociedad en la Astron: todos los tripulantes no son más que aburridos
técnicos encargados del mantenimiento de un inmenso armatoste acaso
perdido en las profundidades estelares, resentidos de esta vida, del
destino terrible que les supone nacer, crecer y morir dentro de una nave
cuya misión se ha revelado un fracaso.
Hasta que ocurre el milagro, el acontecimiento clave (y no nos referimos
a un encuentro con seres extraterrestres, que a estas alturas sería un
Deus ex Machina
de lo más despreciable) la rotura del hueso que nos permite dejar los
“aparentemente” y adentrarnos en los “realmente” de esta novela, que se
dispara a un ritmo vertiginoso en el cual todos los misterios y enigmas
(lo que Gorrión ha olvidado, el porqué de la inmortalidad del capitán,
lo vetusto de la nave y otros múltiples detalles) son resueltos, al
tiempo que se produce un giro de ciento ochenta grados (literalmente) en
TODO: la Astron ha llegado a un punto de no retorno, pues se encuentra
frente a una especie de muro, un espacio totalmente vacío que es
descrito como la oscuridad más allá de las estrellas. ¿Encontrarán al
fin la vida extraterrestre que motivó su búsqueda? ¿Podrán siquiera
atravesar ese espacio? ¿Y si del otro lado tampoco hubiera nada…? Como
fuegos de artificio, aquí y allá surgen nuevos enigmas y sus
sorprendentes respuestas, que pondrán al lector tan frenético como los
personajes de la novela.
Por cierto, la imagen del final es esperanzadora y aterradora al mismo
tiempo, y perfectamente coherente con el desarrollo de la historia.
© Daniel Salvo; 05-05-08.
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