Este articulo fue
escrito por Kim Stanley Robinson en homenaje al fallecido Charles
Sheffield —uno de los mas conspicuos cultores de la C-F hard— y
publicado en un libro dedicado a difundir las bondades del Ascensor
Espacial.
En 1989, cuando empecé mi novela Marte
Rojo, estaba viviendo en Washington DC. Poco después de mi llegada,
yo había sido invitado a almorzar por
Charles Sheffield, y rápidamente
se estableció como una tradición el almorzar juntos una vez al mes, con
Roger MacBride Allen, salir de casa y hablar de la ciencia, la
ciencia-ficción, y las cuestiones del día. Así que cuando hablé con
Charles y Roger sobre mi historia de Marte, Charles me propuso
introdujera un ascensor espacial en mi escenario, como un ingenioso y
práctico método de levantamiento de carga contra la fuerza de gravedad
del planeta, lo que era más fácil de establecer en Marte que en la
Tierra.
Después del almuerzo leí sobre los ascensores espaciales en la novela de
Charles La telaraña entre los Mundos, y en
Fuentes del Paraíso de
Arthur C. Clarke, y en algunos documentos técnicos que Charles me
presto. Pude ver que era una idea realmente buena, si la humanidad
intentara habitar Marte, o hacer algo realmente importante en el
espacio, un sólido mecanismo elevador como un ascensor sería de gran
ayuda. Asimismo, en cuanto a la narración, el concepto sigue siendo
bastante oscuro y subutilizado, a pesar de la introducción del concepto
en la comunidad de la ciencia-ficción por
Sheffield y
Clarke, a fines
del decenio de 1970, en las novelas que ellos escribieron, al mismo
tiempo, sin ser conscientes de lo que el otro estaba haciendo. El
evidente atractivo de la idea, en términos del mundo real práctico, es
el atractivo visual del "sentido de la maravilla" de la ciencia ficción,
y las posibilidades arguméntales, me convencieron de que debía incluirla
en mi historia.
Un ascensor espacial es únicamente práctico cuando su extremo planetario
se encuentra cerca del ecuador, y el ecuador en Marte cruza el borde del
cráter del Monte Pavonis, el intermedio entre los tres grandes "volcanes
principescos" de Tharsis. Así que tomé la decisión de ubicar allí mi
estación, a pesar de que los 27 kilómetros extras de altura fuesen
insignificantes en comparación con la longitud total del cable y también
me pareció que sería un lugar atractivo para los nuevos marcianos. La
vista desde el borde sería espectacular, y la ciudad que surgiría en
torno a tan importante vínculo con el planeta de origen, sin duda, se
convertiría en una gran ciudad. Llamar Sheffield a la ciudad fue algo
obvio de hacer, en honor a Charles no sólo por la introducción de la
idea en la ficción y su ayuda al escribir sobre el cable, sino también
por empezar una pequeña broma en referencia a la secundaria ciudad de
Sheffield, en Inglaterra, donde un famoso metalurgista estaba
sufriendo un escándalo con su participación en la fabricación de un
extremadamente largo tubo de metal para Sadam Hussein, quien,
evidentemente, quería que le ayudara a construir una especie de cañón a
lo Julio Verne.
Al asteroide ancla en el extremo superior de mi cable le di el nombre de
Clarke, ya que me pareció lo justo, y más tarde Sir Arthur me dijo que
le complació verlo. Fue un firme defensor de mi novela cuando se
publicó. Nunca he oído hablar mucho a Charles en relación a mi
denominación de la ciudad Sheffield, pero veo que él debe haber tenido
la oportunidad de revisar el apéndice de
La Telaraña entre los Mundos en
algún momento posterior, ya que en la versión publicada hay una breve referencia, con su típico seco ingenio acerca de la destrucción de
la ciudad cuando el cable cae.
Este cataclismo de la caída del
ascensor espacial me parecía una
progresión lógica del argumento; estalla una revuelta en el que las
fuerzas están luchando por liberarse del control terrestre, el
ascensor
espacial es el vínculo más fuerte que representa el control. Así que
se vino
abajo.
También en este caso Charles fue una gran ayuda para mí. Todavía
recuerdo la brillante mirada en sus ojos cuando le pregunté en un
almuerzo −¿Si el cable fuera a caer, que desastre ocasionaría?− Él no respondió
de inmediato, pero llego más tarde, con un puñado de hojas con los
cálculos que había impreso a partir de su computadora; Charles fue el
principal científico que trabajo en poner en el espacio los satélites de
la empresa Earthsat, y su
cálculos nunca fueron improvisados. Todos los detalles de mi
catástrofe se derivaron de lo que él me dijo que sus cálculos habían indicado que
pasaría, en vista de mis condiciones iniciales.
Más tarde, cuando leí que Phobos está a sólo unos pocos millones de
años, de frenar tanto que caería a la superficie de Marte, se me
ocurrió que Phobos también podría ser una base utilizada para el control
de Marte, y, por tanto, podría ser otro peligro para mi rebeldes, de modo
que en el siguiente almuerzo sorprendí a Charles de nuevo con otra
pregunta: ¿Cuánto tiene que reducir Phobos su velocidad para que ocurra
el accidente?
Pude ver por su expresión que él pensaba que yo tenía una actitud
peligrosamente destructiva hacia las glorias del sistema solar, pero
eso le divirtió también. El mes siguiente él llego con otro
grueso lote de impresiones en papel, evaluando las alternativas.
Viéndolo desde un punto de vista de ingeniería parecía complacido por lo que
se podía hacer. Y así lo hice.
En el momento en que pensé acerca de lo que se necesita para poner a Deimos fuera de su órbita,
él estaba más allá de ser sorprendido por la
pregunta. Volvió una tercera vez a realizar los
cálculos necesarios y me trajo las impresiones. Le gustaba hacer ese tipo de trabajo
para su propia ciencia ficción, y también le gustaba ayudar a otros
escritores. Inevitablemente yo jamás pude incluir todos los
detalles que me había proporcionado, pero me alegra pensar que las
descripciones que escribí fueron respaldados por cálculos reales.
Todavía tengo los resultados de sus cálculos, los atesoro como regalos y
recuerdos de la mente analítica de Charles y de su generosa naturaleza.
La caída del cable del ascensor a finales de Marte Rojo se convirtió en
la firma de la novela, y las escenas son suficientemente bien recordadas, he escuchado, que cuando se
evalúan los ascensores espaciales,
con frecuencia se plantea la caída del cable como un grave peligro y se
hace referencia a las escenas de la novela. Esto es
lamentable. En el libro he hecho el cable más grueso de lo que debía de
ser, precisamente con el fin de aumentar la magnitud de la destrucción,
cuando este cae, y lo tenía construido por gente que construyó
el mecanismo de destrucción, en caso de que se requiriese. Además, el accidente se produce cuando la atmósfera de Marte
es tan delgada que no puede quemar el cable antes de alcanzar el suelo.
Todos estos son aspectos de la trama y la historia particular de mi
novela, y no se puede generalizar los peligros que se tendrían que pagar por cada
ascensor espacial que se postule construir.
De hecho, incluso en mi novela el cable caído (que en la caída no
produce enormes daños en todo caso) se sustituye por otro, y más tarde en
la historia, los terrestres construyen el suyo también. Estos
funcionan perfectamente, y se convierten en una parte indispensable de
la historia de la humanidad que habita en el sistema solar.
Me parece que son una parte natural y casi inevitable de cualquier
sólida historia futura de la humanidad en el espacio. Los rápidos
avances en la
ciencia de los materiales, predichos por Charles en su propio libro,
significan que en realidad el cable en sí será tan ligero que no
representaría un peligro para nadie en el suelo, incluso en el sumamente
improbable caso de una caída, la espesa atmósfera de la Tierra quemaría
el cable que ardería, como una
estrella fugaz. Así que la escena en Marte Rojo, aunque aún
estoy muy satisfecho con ella como una escena de una novela, no
representa un peligro que deba ser parte de cualquier objeción seria
para
proceder a la construcción de un ascensor espacial en el mundo real, ya
sea en Marte o la Tierra.
Las ventajas evidentes de un
ascensor espacial opacan sus posibles peligros, ya sean reales o los exagerados
en la ficción. Espero que
los ascensores espaciales sean construidos en la Tierra, en Marte, y
en cualquier otra parte donde exista una gravedad que deseamos vencer.
Realmente es cuestión de cuanto antes mejor, porque si llegara a
suceder, sería una de las mejores señales de que podría haber una sana
civilización humana en el espacio, poniendo a nuestro alcance los recursos del
sistema solar y, por tanto, reduciendo en algunos frentes la presión
ambiental sobre la pobre madre Tierra. Y si alguna vez ocurre, espero que los
constructores nombren a uno de los puntos de amarre como Sheffield, en honor
de una de las personas más inteligentes y más amable que he conocido
jamás. Yo lo echo de menos.
©
Kim Stanley Robinson; 2006
Tomado de:
Lifport - The Space Elevator: Opening Space to Everyone
Traducción para Velero 25: Ariel Alba
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