Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982) estudiante de Literatura en la
UNFV. Narrador y poeta.
Se dedica a la escritura de relatos de diverso género con predominio
del horror, la fantasía y la ciencia ficción. Es director de la
revista Argonautas de fantasía, misterio y ciencia ficción
que nació en noviembre de 2006 y el día de hoy ya va por su cuarta
entrega. Ha publicado relatos en las revistas Argonautas números 1,
2, 3 y 4; las revistas-e: Ciencia Ficción Perú y Velero 25. Tiene
pendiente la publicación de una antología que reunirá lo mejor de la
ciencia ficción peruana de los últimos años. Miembro del grupo
Coyllur de fantasía, terror y ciencia ficción desde el año 2007.
Hace poco ha publicado el libro: “Historias de ciencia ficción”,
que cuenta con 12 relatos del género y de donde se ha extraído la
presente historia que tiene evidentes paralelismos con Helen
O'Loy y El cinturón del robot.
—¡Ya no te soporto! ¿Entiendes? ¡Ya no
deseo estar contigo!
El hombre no dejaba de gritar a su pareja irritado sobremanera bajo las
diáfanas luces de la sala principal de la casa. Ella bajaba la mirada y
lo escuchaba agredirla sin decir nada, hasta que por fin habló:
—¿Por qué? Al principio era diferente, no sé por qué me has llegado a
odiar de esa manera, no sé que te hice para que me digas esas cosas.
—¡Tú lo sabes bien! —siguió gritándole él mientras se acercaba a ella y
se alejaba a su vez dando vueltas en la habitación—. Eres muy fría, no
eres una mujer de verdad...
—Sí, tienes razón, perdóname.
—¡Ya ves! ¡A eso me refiero! Siempre me das la razón en todo, no puedes
pensar por ti misma, eres insoportable, al menos la anterior...
—¡Vas a compararme con ella! —gritó por primera vez la figura femenina.
—No, perdóname, pero esto no va más, tú no eres para mí y yo no soy para
ti, tenemos que poner fin a esto de una vez, nos estamos torturando. De
verdad perdóname, quizá yo soy mas culpable que tú por todo esto...
—No me odies por favor, no me odies, nunca quise hacerte sentir tan mal
pero soy así, no pude adaptarme a ti por más que lo intenté, eres
demasiado complejo, los hombres son muy complejos y tienes razón... no
soy una verdadera mujer.
—No te odio y el problema no es ese, tal vez una mujer de verdad me
hubiera creado muchos más problemas... pero...
—Pero... -respondió ella mirándolo con lágrimas en los ojos que
resbalaban suavemente en su hermoso y pálido rostro.
—Pero todo es mi culpa, debo intentar otra cosa, seguir adelante, solo,
por un tiempo y después, tal vez, tendré que...
—¿Reemplazarme?
—Pues...
Él no sabía porque se sentía tan mal con su pareja, ese era el final,
tenía que acabar de una buena vez. Ya no debía darle más vueltas al
asunto, pero sentía pena por ella, habían compartido muchas cosas, sobre
todo en la intimidad, mucho más en el hogar por la ayuda que su consorte
le brindaba, mas su vida con ella se había tornado vacía, desabrida,
monótona, eso había provocado que la dejara de amar.
—Entonces acaba con mi vida de una vez -dijo ella mirándolo fijamente.
—Eso haré, perdóname.
—No te disculpes, puedes terminar con esto cuando quieras, es tu
derecho.
—Lo sé —respondió él. Se acercó lentamente, la sujetó de los hombros
mientras ella agachaba nuevamente la mirada resignada ante lo que
vendría a continuación. Él fue muy delicado, la besó en la cabeza de
cabellos rojizos y lentamente se situó detrás de ella observándola con
detenimiento, halló el pliegue casi invisible que se hallaba bajo su
nuca, introdujo su dedo, encontró el diminuto botón rojo, lo apretó y la
desconectó. Su pena por ella había desaparecido. Ahora sentía pena por
sí mismo.
******
El ingeniero Martínez colgó el teléfono.
—¿Quién era? —preguntó su socio el doctor Saldarriaga.
—Era José Solari, nuestro conocido cliente, dice que ha desconectado a
su acompañante, el modelo XT-24 y que desea retornarlo cuanto antes.
—Ese es uno de nuestros mejores modelos, ¿te dijo que pasó? —preguntó el
doctor visiblemente consternado.
—Simplemente se aburrió, pero de seguro en poco tiempo se llevará otra
de nuestras chicas.
—Creo que es la cuarta vez que le enviamos un modelo, ¡ese hombre es
difícil de satisfacer!
—Me recuerda aquella época, cien años atrás, cuando contábamos con las
mujeres.
—Pero ese asunto ya ha debido quedar zanjado, no puedo creerlo, los
mismo conflictos están apareciendo, convocaremos a una reunión mañana,
tenemos que hacer algo.
—Deja de preocuparte, la próxima vez le enviaré un modelo más adecuado,
le haré una búsqueda psicológica más intensa a nuestro hombre para
hallarle la pareja correcta.
—Lo que ese tipo necesita es un psiquiatra.
—Su ficha médica dice que es un hombre normal, el problema debe ser
otro, aunque...
—¿Aunque qué?
—No es la primera vez que alguien se queja...
—Lo sé, esta es la devolución veintinueve, nuestra empresa podría
venirse abajo.
—No lo creo, somos los mejores fabricantes de modelos-pareja del país,
tendremos que solucionar el verdadero problema... el problema del amor.
—¿El amor? ¿Y como solucionaremos ese problema?
—No lo sé, ese ha sido el problema real desde hace siglos, milenios,
desde antes que se extinguieran las mujeres y tuviéramos que
reproducirnos mediante la ingeniería genética.
—El amor es un mito, murió hace siglos Martínez.
—¿Ah sí? Pues yo tengo una pregunta para ti: ¿Qué es el amor?
—No tengo la más mínima idea.
—He ahí el problema —dijo pensativo el ingeniero, mientras una
escultural androide entraba a la oficina con una bandeja de refrescos y,
dirigiéndole una sensual expresión, le dijo: “hola mi amor” y le dio una
pequeña mordida a su oreja izquierda que él, como nunca antes, sintió
helada.
© Carlos Saldívar;
2008
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