IN MEMORIAM

Este relato de José B. Adolph esta incluido en su antología "Los fines del mundo", colección de cuentos de diversa factura, entre los cuales se incluyen algunos de Ciencia-Ficción, muy al estilo del autor. 
Lo publicamos aquí a modo de tributo al autor recientemente desaparecido porque como él lo menciono en una entrevista: "...
lo interesante no soy yo. En cualquier caso, sería lo que escribo."

En aquel tiempo, cuando comenzó el proceso de olvidar, yo creía que sólo se trataba de mí: Isabel, fugada a otro continente, se había despedido de nuestra relación con una mezcla de compasión por nuestro tiempo y de tensa y dolorosa anticipación de su encuentro con Ricardo. «Lo nuestro fue hermoso», me dijo al partir rumbo al aeropuerto. Quizás esa frase sea lo último que olvide.

Me propuse odiarla y no pude. Pero muchas noches después comencé a descubrirme buscando inútilmente en mi rebelde memoria primero su rostro y luego su nombre que, para mi sorpresa, acabo de reencontrar hace pocos minutos al escribir estas primeras líneas, junto al del hombre que ama ahora, si es que ha logrado retrasar su propia desmemoria. Sus facciones aún me eluden: su cabello era negro, lo recuerdo, pero ¿y sus ojos, sus labios, su estatura, su vello púbico? Perdidos, supongo que para siempre. Pero este sufrimiento es otra débil memoria que, así lo espero, pronto me abandonará del todo.

¡Qué difícil se va haciendo este hurgar en la esquiva memoria! Hasta ciertas palabras comienzan a huir, como ella hace siete meses. Si alguna vez fui escritor, enfrento ahora la fuga de los vocablos, la incertidumbre de este quizás último texto. No habrá quien sepa cuánto me cuesta anotar esto. Si antes fui, como escribieron algunos críticos, un esforzado pero nunca exitoso prófugo de la mediocridad literaria —y posiblemente de la humana— pronto dejaré también esa pugna. Ni siquiera sabré que tales (y otras) guerras existen, ni quiénes las combaten ni menos para qué.

¿Me gustó recibir ayer —ayer o anteayer— una breve carta de Isabel? Eso no lo recuerdo, pero en estos momentos me gusta: es volver al barrio de la niñez, con sus casas crecidas y sus alegrías melancolizadas. Aquí la tengo:


Querido Antonio:

Ese es tu nombre, ¿verdad? Estoy aterrada, como todos. Sólo sé que debo escribirte, recordar que tuvimos algo. Ricardo, generosamente distraído, me asegura que te amé mucho, quizás tanto como ahora a él. Por alguna razón me aferro a eso y no conozco la razón. ¿Vives, estás bien? ¿Me recuerdas? Y si me recuerdas, ¿cómo? ¿Con amor, afecto, indiferencia, odio?

Ricardo hurgó en mi agenda —antes eso me molestaba, te confieso— y encontró tu dirección. «Escríbele», me dijo. «¿Por qué?» le pregunté. Y: «¿Quién es?». Su mirada fue extraña: «Fue tu pareja antes de conocernos.»

¿Es cierto? Escríbeme, cuéntame qué fuiste para mí. Algo en esa idea me intranquiliza. También me inquieta no tener pasado, sobre todo ese pasado, tampoco sé porqué.

Te quiere recordar,

Isabel.


Sobre la mesa, La República. Sus titulares de primera página son:

¿Virus o bacteria?

Gobiernos, médicos y laboratorios en desesperada lucha contra el tiempo

Febril búsqueda de antídoto y/o vacuna


Dije que me gusta releer esas líneas de una mujer que estaba olvidando. Evidentemente, la enfermedad —si es realmente una enfermedad y no, como a veces pienso, sencillamente la extinción de la especie— avanza irregularmente. La que más ha olvidado parece ser Isabel y el que menos Ricardo; yo, Antonio, estoy entre ambos. Recuerdo que amé a alguien cuyo nombre acabo de recuperar aunque no sus rasgos. Al leer la carta aún no reconocía el nombre de Isabel y menos el de Ricardo. Éste sabe quién soy o fui; ¿sabrá quién es él? ¿Sabrá quién o qué fue o es para él Isabel?

Lo que pasa afuera me deja de interesar. Sé que caen gobiernos, que se clausuran instituciones, que los hogares se disuelven y la gente grita y no recuerda por qué grita. Pronto ya no habrá diarios (¿cómo escribir? ¿cómo leer, entender, aplicar?) ni ejércitos, ni amores u odios (¿cómo persistir en los afectos?). Sólo quedará un presente que se contrae y minimiza.

En algún lugar hay, por ahora, una Isabel que quiere recuperarme sin saber cómo ni por qué, un Ricardo cuya indiferencia lo vuelve generoso y estoy yo, a quien le cuesta cada vez más encontrar un motivo para intentar retener una memoria. El olvido genera indiferencia: te entiendo, Ricardo, ahora que ni a ti te interesa que te entiendan. En cuanto a ti, Isabel, me duele estar dejando de sufrir por tu ausencia y por tu olvido. Es un viejo, sutil, incómodo dolor que no termina de encontrarse a sí mismo ni menos a comprenderse.

Debo ir a comer, me dicta mi estómago, probablemente el último receptáculo de mi memoria. ¿Todavía funcionará hoy ese restaurante de la esquina, cuyo nombre me elude?

¿Qué significa «eludir»?

* * *

© José B. Adolph; 2003
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(1938-2008)
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