Este breve
comentario fue escrito por José B. Adolph en referencia a su relato
"In memoriam" y es a la vez una aguda reflexión acerca de la
Ciencia Ficción, la literatura y la intelligentsia literaria. Es una
lastima que el maestro Adolph haya partido pero su legado queda con
nosotros.
Inteligencia y poesía no siempre viajan
juntas. Y si lo hacen, no necesariamente llegan al mismo puerto. Por lo
demás, la primera viaja en avión y la segunda en un frágil velero, lo
que no significa que la inteligencia sea más rápida o eficiente y menos
aún que sea más seguro su arribo a destino.
J. G. Ballard, un escritor inglés nacido en Shanghai, demostró que es
posible convocar simultáneamente a la inteligencia y a la poesía,
convencerlas de ir de la mano utilizando el mismo vehículo e inclusive
lograr que arriben a una meta común.
¡Y qué vehículo! La anticipación o ciencia-ficción, mirada durante
décadas por encima del hombro por los gurús literarios, tan
estúpidamente conservadores tantos de ellos, tan incapaces de
diferenciar entre una estrella y una pulga, sobre todo si la estrella es
nueva o se sale de los parámetros establecidos por ellos mismos.
En uno de sus magistrales relatos de psicoficción, Ballard describe una
humanidad que se aproxima a su desaparición. El síntoma principal es que
la gente comienza a dormir cada vez más: se acerca la entropía final,
simbolizada en un mandala de piedras que el científico protagonista de
la historia va construyendo penosamente en sus momentos decrecientes de
vigilia. Quizás sea esa historia la que me ha sugerido la idea de un
final de la especie humana que no sea ni un bang termonuclear o
químico-biológico ni un crunch astronómico, sino el resbalar, por una
suave pendiente, hacia la extinción en un humillante silencio. En la
versión de Ballard, roncar antes de morir. En la versión hamletiana,
dormir, quizás soñar...
Ballard es un obseso de la muerte de la especie. Desde «Playa Terminal»
(un hombre solitario en un atolón del Pacífico donde se ha experimentado
con bombas termonucleares) hasta sus relatos de una inundación
planetaria, de una sequía planetaria, de un superviento planetario, de
un fuego planetario, de una congelación planetaria, Ballard suele matar
al homo sapiens, no a individuos. Hasta su novela autobiográfica —de la
que se hizo (¡oh, milagro!) una maravillosa película— sobre su infancia
en una China invadida por los japoneses, es el monstruoso ballet de una
muerte colectiva.
Curiosamente recordé todo eso (es decir, recordé al maestro Ballard)
después de escribir este cuento en el cual una extraña enfermedad
provoca la paulatina pérdida de la memoria en los humanos. Avergonzado,
me califiqué de plagiario. Más aún porque ese cuento debía formar parte
de una serie de relatos, quizás llamada Los fines del mundo o algo por
ese estilo, en la que —como en un Ballard de imitación— nuestra
sobrevalorada especie, enferma de un optimismo tan agresivo como
injustificado, desaparecería por diversos motivos, todos de origen
psíquico: además de «mi» enfermedad del olvido colectivo, afectarían a
la especie en cada cuento de la serie el «enloquecimiento» (en un relato
la esquizofrenia, en otro la paranoia generalizadas), la anorexia, la
bulimia, la saturación de información, el cáncer o el Alzheimer (ambos,
en mi opinión, de origen psíquico), y un largo etcétera.
Esos cuentos nunca serán escritos, por una razón obvia: vergüenza de
plagiario honesto. Pero sobre todo porque Ballard es Ballard y yo soy,
ay, sólo yo.
©
José B. Adolph; 2003
Tomado de
Cyberayllu
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