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El texto de
contraportada es ya un llamado a la añoranza inmediata, aún no he
terminado de leer los Asimov de Robel y ya le rinden homenaje a su
singladura. La erosión del tiempo o el inevitable oscilar de la Ciencia
Ficción en español entre el éxtasis o la miseria, de la plétora a la
hambruna, pueden influir para la desaparición de las revistas, es
posible que gracias a Internet se haya alcanzado una homeostasis que sin
la presencia de la red retornaría a su pendular recursividad, de allí
que este ejemplar deferente y casi nostálgico se convierta en un
referente de cierre para quienes deseamos complementar su ciclo.
Arranca Domingo con “Revista Asimov, lo que quedo en el tintero”
una velada requisitoria del propio Domingo Santos —a quien por el ímpetu
que percibo al leerlo, he llegado a considerar como alguien próximo—,
contra la precariedad del quehacer editorial (si por allá llueve…).
Termina rompiendo otra lanza en ese Flandes que ha enterrada tantas
iniciativas atómicas y hasta virtuales y se lanza de nuevo a la
palestra. Se da maña para recordar a
Nueva Dimensión
y esbozar una semblanza de Juan José Aroz, culminándola con un enunciado
que, por lo menos a mi, me impulso de inmediato a la faena de
comentarla.
Cuando siete de ocho te impresionan y cuatro son trascendentes (Bayeto,
Cruz & Hernández, Gallego & Sánchez, Planells), lamentas que no se
dilapiden más y que AJEC no le pidiese a Santos incluir otros similares
para ampliar el volumen; también palpas que más allá de tu goloso
deleite el tomo tiene la dimensión justa y sabes que te encuentras ante
una crestomatía que linda con lo ejemplar, de una altura profesional
digna y comparable con celebradas compilaciones USA, que de una u otra
manera terminan por ser el norte hacia donde dirigimos nuestras brújulas
al momento de contrastar. Por si acaso, los otros cuatro (incluido el de
desenlace previsible) se desenvuelvan con oficio, poseen suficientes
cualidades para seducir en otro ramillete, ante el bombazo conseguido
por el resto, ceden terreno en nuestra emoción y memoria.
El fluir del tiempo: Domingo Santos
Reconocerse a si mismo y propulsarse en ese examen para continuar en la
brega signan a este relato clásico y militante, como una declaración de
principios casi testimonial, donde la denuncia de la codicia se aúna al
rechazo de la manipulación de las conciencias a través de un medio
insospechado: los sueños, y nos indica que ahora que la virtualidad
posibilita la aparición de universos virtuales, ha llegado para los
grupos de poder que medran en el secreto y el capital transnacional el
momento de apoderarse de nuestros íntimos momentos y colocarlos al
servicio de la ganancia. Las peripecias funcionan como un antiguo
mecanismo de relojería, donde cada rubí destella lo suficiente para
alumbrar hasta el brillo del próximo, nos deslizamos hasta un final, que
combina una cierta ingenuidad que enaltece con un anhelo permanente de
mejorar la condición del prójimo, una muestra de esa ciencia ficción
social que provoca escozor en las conciencias. Es inevitable que surjan
enlaces hacia “The Cell” donde asimismo se religan suelos y
realidad virtual apuntando a un FBI controlador onírico y hacia
Christopher Priest en “Sueño programado” o Jacintos de
Chelsea Quinn Yarbro.
Mi Diario: Joseph E. Alamo
Pulso narrativo formidable. Cada línea transmite información proyectada
al estilo hipertexto, siempre va más allá del hecho aludido,
convirtiéndola en ramificaciones de un espejo quebrado. Lenguaje
adaptado a la psiquis del relator (sobreviviente avezado no puede ni
eludir ni borrar las huellas del shock post-traumático), por eso las
repeticiones y el uso continuo de ciertos verbos que corre paralelo al
deterioro de las lealtades y los valores. Rinde deferencia poco
disimulada al perro, nuestro lobo casero, como aliado que nos acompañará
trascendiendo la hermandad forjada según los datos de Savoleinen (Science,
22 de Noviembre del 2002, pág. 1610), hace 25 mil años atrás contra
enemigos ET, retornándole al sitial que perdieron cuando abandonamos la
organización de cazadores recolectores. Algunas imágenes perecen crudas,
eventualmente en venideros relatos el estilo deberá evolucionar para
captar con delicada sensibilidad las palabras justas que vigoricen una
descripción o para emitir una metáfora, a pesar de lo proferido no
quedan dudas sobre su potencia y versatilidad (en ese contexto la escena
del chihuahua puede parecer tosca, funciona engarzada en el subtexto
como poderoso reclamo que apuntala las sensaciones de los martirizados
sobrevivientes). A pesar de ser postapocalíptico y tomar ciertas
temáticas presentes desde
El Eternauta
(Mítica historieta argentina, creación de Oesterheld y Solano López)
hasta Galouye (Lords of Psychon y The City of Force), sin
olvidar al fallecido Rafael Pinedo y su excelente performance en “Plop”
posee originalidad en el planteamiento y fuerza en la ejecución.
La fuerza del destino: José Carlos Canalda
Connie Willis en “Por no mencionar al perro” ya abordó el tema
destacando su costado frívolo, William Tenn tiene un relato que funciona
de manera bastante parecida (El descubrimiento de Morniel Mathaway),
y Michael Moorcock, en un paisaje que bordea el sacrilegio para los
cristianos, reemplaza a Jesús por Karl Glogauer en una aproximación
similar. Cuando uno encuentra sus neuronas atiborradas de narraciones
afines, de inmediato se decanta para apreciarlo hacia el aporte
específico, aquí la singularidad se extravía y pese a manar su sustancia
con facilidad, y realizar su faena ajustando el tratamiento al toro
literario a las suertes de capa, la promesa previa que ha querido pactar
con el lector se desvanece, da la impresión de haberlo leído antes, en
algún momento anterior; ocurre que la tentación de usar figuras señeras
de la historia, por la general, otorga una carga adicional y lastra el
curso de las ocurrencias desgastándolas y empalideciéndolas, aunque
queramos colorearlas, en especial cuando el personaje evocado es nada
menos que Leonardo Da Vinci.
La ausencia de oscuridad no significa presencia de luz:
Juan Carlos Planells
A pesar de que su producción no es magra, cuando nos acercamos a un
texto como el ofrecido uno quisiera que se prodigue más. De una factura
limpia y pulida, donde controla y dosifica su materia prima ficcional al
detalle, deviene en un auténtico placer tropezarse además con ideas
espectaculares y romperse la tuberosidad tibial mental con sus fértiles
especulaciones, donde correlaciona el “inconsciente colectivo” propuesto
por Karl Gustav Jung y
la explicación morfogenética de
Rupert Sheldrake,
con la consciencia ET y sus formas de disponer del espacio y de
comunicarse, por ejemplo en este párrafo que linda con lo superlativo “…
es posible que seamos incapaces de reconocerlas si damos con ellas, por
que no esperaremos que lo sean. Puede que tratemos de posarnos en alguna
de ellas y no las reconoceremos como tales. Pasaremos a su lado y no
sabremos que son monumentos u obras de arte construidas por alguna raza
ya olvidada, sin duda extinguida” y que recupera ese sentido de la
maravilla y de la terrible incertidumbre acerca de si podremos
comunicarnos o no con los ET (muy en la línea recorrida por Stanislaw
Lem); luego, uno siente que lo levanta hasta el punto de levitar, tanto
que provoca detenerse para efectuar ejercicios de reflexión, pero el
destilar de lo mencionado en la historia siempre jala y termina por
ganarnos. Culmina con una tranquila tarde familiar que se contrapone a
una estructura inicial signada por o por pasmo, la invasión psíquica, la
posesión o la enfermedad, en la cual mientras se degustan manjares se
piensa y se argumenta sobre los avatares de la exploración espacial en
forma agradable y eficiente estableciendo un contrapunteo anticatártico
para un final muy logrado.
Kretacic Rap: Ariel Cruz & Vladimir Hernández
Bordea lo sublime… sino que con mesurada ecuanimidad a pesar de los
aparentes excesos; más largo reiteraría y agotaría, lo cortan cuando
deben y nos obligan a desear (algo común a los relatos elegidos para la
recopilación consiste en el aliento exacto y el tamaño óptimo).
Conservan su militancia anticapitalista y no se llaman a engaño, pueden
bromear al respecto, sin olvidar que presentan estrellas, que a pesar de
la simpatía que susciten o no, están sujetas a sus determinaciones
sociales y como tales serán un símbolo representativa de una sociedad de
consumo y despilfarro, es muy factible que toquen tópicos respecto a los
dinosaurios y los cantautores de rap y sus empleados, lo cual no
entorpece su habilidad para describirlos con energía y cierta belleza,
los llenan de tanta vitalidad, los embuten de tanto dinamismo, que
quedamos atrapados en la interesante e incitante malla de la historia
ofrecida. Fluido, raudo y vibrante, podemos tomarle a cada lapso el
pulso a la acción. Insertan los gadgets tecnológicos al compás de los
sucesos, así ni se notan ni se sienten impostados, y se van combinando
al milímetro con lo cotidiano sin provocar efecto de extrañeza, lo cual
demuestra dominio del tema, investigación meticulosa y dosificación
proporcionada. Los flashbacks cargan de tensión el hilo narrativo
principal y nos colocan en situación expectante, sin que logremos
evadirnos del asombro. Creíble, veloz y empapado de realidad nos sacude
inmisericorde sin apenas dejarnos respirar. Adrenalina pura en grandes
dosis, adictivo, deudor de
Jurassic Park,
film al cual rinde una desenfadada deferencia. Demuestran que la
indagación de fondo requerida para la verosimilitud, los dioramas
interpretativos y esclarecimientos científicos han sido incorporados con
vigor y elegancia, equivalentes a las imprescindibles sacudidas con que
se baila el hip hop. Genuina cadencia integradora de argumentos y tramas
que en facha parecen lejanos, con su magín se articulan sin esfuerzo
visible y con donaire sinigual. Máxima calificación.
La isla: Pablo Dobrinin
El autor parece referirse a si mismo y llegar establecer una relación
simétrica con el protagonista pintor, en una aproximación que posee un
regusto dunsaniano y autobiográfico, los sueños de su existencia son el
humus literario sobre el cual levanta su andamiaje, fascinante y
sugerente, donde no faltan los detalles del vuelo y de la introspección.
Aceptando que es recomendable e intenso, no comulgo con el entusiasmo
del colector al presentarlo, es una alegoría demasiado suave, cuyo
compromiso es etéreo, ganaría fuerza con algo decisivo. La idea de la
isla, no importa quien la organicé —hay una sospecha que trastrueca las
categorías cristianas— es bella. Hay imágenes que penetran, más a pesar
de ser tan corto algunas de las disquisiciones lo enlentecen y hasta lo
alargan, acaso faltó podarlo un poco para mayor claridad.
Cachorros: Roberto Bayeto
Excelente. A diferencia del anterior de Dobrinin y de su “La venganza
de los niños” (que a su militante requisitoria adiciona dureza
sangrienta y tampoco llegó a persuadirme) no objeto ninguno de los dos
relatos que le he leído este año, me han gustado e impactado, a pesar de
estar en desacuerdo con la teoría científica que sostiene a “En la
tierra donde viven los dragones” tengo que aceptar que se torna
inolvidable con escenas de antropología rarísima y el sentimiento que
las acompaña. Cachorros está presentado como el testimonio de una niña
especial —Ekaterina— y nos golpea cual puñetazo en un marco político que
no podemos afirmar que hemos abandonado, tal vez por eso se siente como
una pincelada de un fresco colosal, un detalle de una puesta en escena
grandiosa cuya comprensión apenas si alcanzamos a rozar y de la cual nos
gustaría que se refirieran otras fábulas y leyendas. Acompañado de
perceptiva agudeza diluye el terror que emana al impregnar el curso de
las acciones de sabor infantil y así las preña de potencia. La
expositora se empina por encima de su edad con una malicia y una
capacidad para observar y procesar información excepcionales. Y es que
en eso devienen los manipulados, en seres que raspan la paradoja o se la
llevan de encuentro. Valioso y peligroso, porque a pesar de los
incidentes terribles que explica, los degustamos y para quienes fuimos
marxistas nos rememora el abandono, empero confirma que mantenemos el
odio al capital, vivo y aleteando en nuestra conciencia, y que ese es
justo uno de los “leitmotiv” que propulsan la guerra genética descrita
entre las grandes potencias, mezcla de “arte sobre el cuerpo”, pavor
conceptual y probeta como fuente de desgracias; siento que funciona
mejor como realidad alternativa que como prospectiva o profecía
realizable.
Una de vampiros: Eduardo Gallego & Guillem Sánchez
Notable, sugerente y con un ritmo próximo al vodevil y al musical
humorístico, a pesar de que algunos de sus elementos constituyentes
pueden pasar por predecibles se articulan muy bien con las costumbres
expuestas, con los comportamientos puntualizados y con las actitudes
mostradas por los moradores de ese planeta sumergido en la tecnología de
avanzada y la insensibilidad (ya se que el maestro Asimov rompió fuegos
con sus célebres urbes subterráneas, sin embargo el tono jocoso y
paródico de la dupla es un valor agregado excepcional), demostrando que
se puede jugar con cartas abiertas justo para escamotearte al borde de
la conciencia el dato que te permitiría captar la respuesta al enigma
propuesto. Grávido de gracia y agilidad, chorrea, impregna y salta
alegre embelesando, uno quisiera que fuera dilatado para maravillarse
con creces; hay que apuntar como otro éxito, la precisa medida de sus
páginas, calculadas con tal rigor que no provoca sensación de llenura y
en simultánea presión psicológica nos impulsa a buscar que otro texto
tenemos de los autores para “revisarlo” (eufemismo por carcajearnos).
Despliega un arsenal de trucos y evoluciona con lógica implacable,
caemos con los cadáveres cuya sangre se ha succionado, nos embarullamos
como las víctimas que se van amontonando, viajamos sin descanso de
sorpresa en sorpresa, precedidos siempre por el vampiro en cada
insuperable y atractivo episodio, la puesta en escena cautiva, con
secuencias formidables que demuestran probado quehacer en el manejo y
armado de situaciones, adecuada construcción de personajes y sapiencia
literaria en los detalles (siempre suficientes para espolearnos, nunca
excesivos como para permitir orientarnos). La ambigüedad se derrocha en
el enunciado de cierre que culmina con una frase acojonante, muy en la
línea de los seriales, no obstante con una dignidad que lo aleja de los
mismos.
© Luís Bolaños; 28-09-07.
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