En homenaje a
"Ventana" de Bob Leman, motivado por una de las ideas de Greg Egan
en "Cuarentena" y condimentado con algo de Stephen King.
Creo que he cometido un error. Un
científico puede perpetrarlos, un cazador, no. Fui a trotar al
bosquecillo que rodea a la universidad la noche que funcionaría por
primera vez nuestro cableado de redes cuánticas. Su instalación
significa que nadie podrá observarnos sin ser bloqueado ni penetrar en
nuestras dimensiones sin que los sensores lo capten y lo aíslen.
En el momento exacto que la malla se tendió sobre la realidad un impulso
que parecía provenir del aire me levanto y me sacudió, arrojándome sobre
el césped. Del golpe quedé semidesvanecido, pero la pronta ayuda de un
par de estudiantes que agazapados sobre el prado se degustaban en mutuo
contubernio permitió que me derivaran rápido a la clínica universitaria.
Tres días después retorné al lugar del accidente para comprender que me
ocurrió.
Sentí una presencia, alguien se ocultaba en la vegetación, salté por
encima del parterre cercano, reboté un par de veces y apresé al
vouyerista en un santiamén con cierta sorpresa de mi parte. Lo solté de
inmediato, el individuo delgado pero apetitoso, temblaba y gemía en una
jerigonza que al inicio no comprendí, pero a medida que el oído se
habituaba empecé a discernir una especie de español macarrónico repleto
de modismos extraños y giros dialectales estrechos. Con cuidado lo
agarré por el hombro y lo llevé a una pérgola dotada de cómodas
mecedoras. Aterrorizado, el frágil sujeto insistía en repetir las mismas
frases, cual si su reiteración las convertiría en comprensibles.
Me concentré y extraje la siguiente narración: "Hace tres días salí a
trotar por el parque para descansar de las tensiones motivadas por la
faena académica cuando de repente una fuerza desconocida me lanzó a una
elástica y blanda melaza gris que me sujetaba y me provocaba calambres,
me desmayé varias veces antes de adquirir conciencia, en apariencia me
hallaba en el mismo parque, aunque cubierto de una gelatina viscosa que
ya se disolvía, no obstante cuando aún conmocionado tomé la ruta
habitual para retornar a mi residencia ingresé a un paraje desconocido:
calle amplia revestida de un asfalto donde rebotaba al caminar y
flanqueada por caserones de granito incrustados de guijarros, con
exuberantes jardines repletos de plantas fantásticas, reinaba un
silencio apabullante, y sin embargo, al arribar al cruce vislumbré un
trío de personas en relativa cercanía, al aproximarme comprobé que eran
corpulentos, de cabezas aproximadamente cúbicas, mandíbulas enormes y
pétreas, y miembros (en especial las piernas que equivalían a la mitad
de su estatura) gruesos y cilíndricos.
Se encontraban ocupados en sus quehaceres, que me resultaron
incomprensibles, sensación que creció en grado superlativo cuando uno de
ellos se encaramó en lo que clasifiqué como un vehículo impulsado por
aire ya que se abrió una especie de vela, otro sacudió su valija que se
hinchó y expulsó un par de matraces repletos de un líquido
resplandeciente que deposito en una hornacina antes de continuar a
saltos su camino y el tercero empezó a trotar en zig-zag, acuclillándose
y estirándose en saltos alternados; al ser el más próximo, pude observar
como estiró una lengua violácea y dilatada hasta el caracol de la oreja
lamiéndolo con un chasquido, el pánico me invadió y me sumergí en las
sombras. Lo ocurrido me sugería no sólo que me encontraba extraviado
sino que corría peligro.
Retrocedí y me refugié en el bosquecillo, y aunque no reconocí a las
alimañas que deambulaban tampoco se aproximaron a olerme o a mirarme, no
me atreví a consumir frutas (sus colores son tan vivos que parecen
demasiado tridimensionales) ni setas (tan abundantes que cubren extensas
áreas con sus bruñidas corazas), el hambre, el cansancio y el
nerviosismo me están liquidando, a su arribo me sentí impelido a
aproximarme, un ramalazo de intuición me zarandeó, sentí que lo
reconocía y en simultánea confusión la memoria me negaba su nombre, me
pongo en sus manos y que suceda lo que haya de suceder."
Quizás algunas frases me las inventé, las completé o las acomodé a lo
que quería oír, a mi también me parecía conocido en esa forma vaga de
los sueños, me invadía la extrañeza de la situación pero también el
apetito empezó a recorrer mis músculos y órganos, poco más o menos que
sin pensarlo abrí al máximo mi boca y extraje mis dentaduras, el terror
que se dibujo en sus facciones lubrico mi dentellada y sentí la suave y
orgiástica dulzura de sus líquidos corporales incorporándose a mis
multibolsas linguales, entretanto… tuve la incómoda sensación de
asomarme a un espejo y casi identificarme.
Mientras paladeaba la carne crujiente e ignorados sabores asaltaban mis
papilas ningún proceso de razonamiento cruzó por mi mente, pero cuando
el festín estuvo consumado las corrosivas dudas del análisis hincaron su
aguijón. Si la destreza de la paciencia imponía su primado y reemplazaba
al disfrute fácil de alimentarme, como expectativas entre las que oscila
el cazador: comer a lo largo de un periplo o embutirse ahora, acaso un
resultado no esperado por los científico que crearon la malla podría
brotar de los pliegues de esa armadura cuántica y engalanar la
investigación con el mayor regalo que cualquier especie puede recibir:
un festín interminable.
Deduje sorbiendo los postreros fluidos y masticando los restos, que
acabábamos no sólo de perder un excelente coto de caza, sino que la
probabilidad de haber devorado a mi yo de un universo alternativo,
tendía a la máxima.
©
Luís Bolaños;
2007
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