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En 1966, la autora
ubicada en el teatro y el mainstream (apenas un manojo de relatos y una
novela en la CF) se despide del mundo de las letras con esta extraña
distopía dedicada a una persona con una capacidad extravagante… e
infecunda: sabe al dedillo, invariablemente, con exactitud pavorosa las
coordenadas de aquellos movimientos que desplegara durante la jornada,
siguiéndolos mediante giros relacionados con una fuente peculiar, la
emisión de un mensaje ET. Luego Friedberg se dedicará a la enseñanza de
las matemáticas... en una escuela pública de New York; y aunque he
buscado su bibliografía no hay señales de regreso. Sea lo que fuere que
la empujó a tomar esa decisión o si fueron los procesos de alguien que
decidía su existencia sobre marcos poco habituales, es cierto que
abandona las salas del palacio de la literatura para nunca retornar.
Cargada de melancolía y ya en ese instante añorante de algo que nunca
sucedió: el advenimiento de la paz mundial y un sistema global de
gobierno, consigue conmovernos. La emoción está servida y nos estremece
a pesar de intuir lo que ocurrirá, no es entonces por trabajar la
sorpresa, sino por la forma habilidosa con que entrelaza los hilos de su
discurso y por exhibir en descripciones reconocibles, puestas en escena
muy similares a lo que imaginamos que ocurría en un evento de la NASA o
de la Agencia Rusa para el Espacio, gracias al cine o los documentales
que nos atrapa; y no se aleja tanto de los hechos para que sean
irreconocibles, pero tampoco articula rígidamente los elementos
trascendentes de su andamiaje provocando que envejezca su lectura.
Apenas ingresé a su obra le encontré simultáneamente enganches con Ana
Kavan y John Wyndham en la forma de presentar su tema y en el estilo.
Observo que logró penetrar el velo ideológico de su momento (estábamos
aún en la Guerra Fría) y obtiene que creamos en su relato de lo que pudo
haber sido, la manera de ofrecerla está diseñada por un procedimiento
tal que termina esquivando lo político y privilegiando las relaciones
entre los personajes, lo cual no es de extrañar tomando en consideración
los orígenes de su autora en la dramaturgia.
Uno tiene la sensación de que debe buscar huellas o segmentos que hayan
enmohecido, ya que lanzar desde 1966 una mirada inédita al siglo XXI
tiene sus inconvenientes tanto desde la prospectiva como desde la
historia para el entorno que se desea construir, sin embargo la elección
de tratar a sus personajes con sensibilidad y hasta con complicidad y
cariño le permite esquivar airosamente la probable falla, por eso
podemos leerla como un ejercicio de algo que nunca ocurrió pero pudo ser
si las circunstancias lo consintieran; quizás al apostar por los valores
ecuménicos de lo literario en lugar de la fuerza predictiva del género,
admite hoy leerse con agrado.
Las computadoras están acotadas y ocupan un lugar en la organización
tecnosocial, más bien aprovecha para introducir una serie de tecnologías
que nunca fueron a semejanza de los televisores con pantalla redonda de
Gernsback y que le prestan un encanto demodé a sus páginas sin que sean
anacrónicas; a pesar de lo proferido anteriormente sobre la magra
prioridad de los pronósticos, Green Bank aparece cual anticipo de
Arecibo y las reflexiones de Gertrude sobre la exploración espacial son
tan certeras que anonadan, por ejemplo, su aserción de la suspensión de
los vuelos espaciales tripulados, que sólo serán retomados en el siglo
XXI (crucemos los dedos para que cumpla su visión)
En algún momento también resonaban ecos, por su indisoluble apuesta por
la fraternidad, que la conectaban con ciertos relatos de CF soviéticos,
pero de inmediato se diferencia porque se mantiene firmemente anclada en
“su” actualidad construida, sin caer en la trampa de la ideología
justificatoria. No existen en ningún momento referencias a la violencia
o a la policía, si alguien desea desaparecer, tal decisión se sustenta
en su derecho a la privacidad aunque posea amplificadas cualidades, o lo
consideren famoso por cualquier motivo, y no será interferido en sus
motivos (a contrapelo de las sociedades de control propuestas por otros
de CF y explicadas por Deleuze y Guattari desde la sociología). Su
faceta apegada a la psicología le proporciona cobertura a las acciones
expuestas y eventualmente enriquece la interpretación de los
acontecimientos.
Siendo una novela de “primer contacto”, o de “señales” en la línea de “Contacto”
(Carl Sagan), se distancia por su enfoque, ya que la kinésica especial
del protagonista Derv Nagy, depende de un llamado proveniente de una
estrella oscura a unos 8 años luz de distancia Gertrude es capaz de
mezclar los saltos ornamentales y las piscinas con los automóviles
aéreos y las multitudes de las convenciones, en una suave “love story”
entre dos seres extraños por sus cualidades. Las anécdotas que salpican
no sólo la gimnástica dedicación de Derv sino las propias actitudes de
los académicos enfrentados al fenómeno nos hablan de una sociedad
permisiva y blanda, de ninguna manera policial.
Muy bien estructurada, cada uno de los capítulos se desenvuelve en torno
a una idea básica que al articularse sucesivamente trazan una ruta con
una potente lógica interna que diluye cualquier defecto en el devenir
tecnológico difundido en medio de los incidentes, auténtico motor de la
narración que nos instala cómodamente en un mundo alternativo con esas
características tecnológicas. Resalta que siendo sus héroes
norteamericanos originarios de Europa Oriental, se comportan cual
ejemplos de cosmopolitismo y terminan morando en una unión de países que
prefigura la actual Comunidad Europea y su expansión hacia el este, tal
y como la describiera Jacques Attali en esa intensa reflexión que fue “Milenio”.
Recorre la vida de Nagy, quien se inicia como un niño con un don
especial y culmina como un adulto consciente de sus facultades y de la
posible incomprensión de su entorno, que se oculta para no ser rechazado
como una especie de mutante (con similar matiz que Silverberg por la
carga de sufrimiento que implica o Sturgeon, por compartir la audacia
madura del experimentador seguro). Existe una cierta similitud entre la
aventura y notoriedad de sus padres, primeros astronautas en practicar
coitos a gravedad cero (Alexei Panshin repetiría la peripecia en “Cielo
azul”), pero agregar la gestación y el parto que le proporcionan
densidad y problematizaciones éticas diversas (aunque probablemente se
encuentren reñidas con la ciencia: ya han salido varias investigaciones
referidas a la impotencia que asolaría a los exploradores de una
episodio marciano) sustentan dimensiones de afecto, en especial con su
madre.
Aunque no se detiene a describir su presentido gobierno mundial, señala
importantes iniciativas científicas en el antiguo Tercer Mundo (la
estación de Nigeria tiene tanto importancia como la de Green Bank en la
exUK), no constan fronteras y algo notorio consiste en otorgar
continuidad al actual sistema escolar; tampoco, reiteramos, prefigura la
omnipotencia cotidiana que tendría la computación.
La carátula requiere de un comentario adicional, Patrick Woodroffe opta
por las siglas CCCP (URSS en cirílico) para el casco del astronauta y
del fuselaje de la estación orbital, ya que hasta ese momento de la
edición (y por tanto de cada uno de sus componentes) se aceptaba a la
CCCP como eterna y no se cuestionaba su existencia. Tanto Orson Scout
Card (en la saga de Ender) como Greg Bear (en su Trilogía de Thistledown)
continuarán esgrimiendo similar ordenamiento esquemático de las
correlaciones de fuerzas internacionales. Lo señalo por que justamente
la autora apuntaba a diluir esas diferencias y a presentar un planeta
unificado y en calma, aunque en ningún momento aborda como se lograba
transitar de la ONU a esa comunidad de naciones sin pretensiones y que
constituye un benévolo gobierno mundial. Altamente recomendable para
quienes desean acercarse a una CF más influenciada por la emoción
social, y próxima en intenciones al mainstream.
© Luís Bolaños; 23-02-07.
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