LOS GENOCIDAS

Definitivamente, sólo un genio como Thomas M. Disch pudo haber logrado una obra maestra, plena de imágenes poderosas, con aparentemente poco elementos argumentales. Por cierto, la magnificencia de “Los genocidas” no altera para nada lo sombrío de la trama.

Estamos en un futuro no muy lejano, en el que unas gigantescas y misteriosas plantas, probablemente de origen extraterrestre, se han adueñado de la Tierra. Surgen por doquier, se adueñan de toda la tierra cultivable posible y son inmunes a todos los esfuerzos de los seres humanos por erradicarlas. A medida que se convierten en plantas gigantescas, absorben los nutrientes del suelo, acabando con toda otra forma de vida, animal o vegetal. Las ciudades comienzan a morir, y las pocas bandas de humanos sobrevivientes tratan de permanecer con vida en lo poco que queda de los antiguos campos de cultivo, siempre amenazados por las plantas.

En tan apocalíptico escenario, las medidas de supervivencia solo pueden calificarse como extremas. El canibalismo y la endogamia no son los peores aspectos de la existencia en el mundo post–invasión, sino el regreso a formas de organización basadas en el fundamentalismo religioso, la autoridad paterna y la negación de la racionalidad como criterios para la toma de decisiones. Y es que en una situación así, cualquier noción de racionalidad caería en un relativismo extremo.

El grupo de sobrevivientes que protagoniza la novela no está compuesto por héroes ni villanos, sino por hombres y mujeres comunes y corrientes. Están el líder religioso, los jóvenes frustrados, la niña que quiere vivir y el forastero culto pero sospechoso a los ojos de los campesinos, quienes conforman el grueso de los sobrevivientes.

Todos ellos deben hacer frente a una situación irreversible, y si bien intentan, cada quien a su manera, hacerlo de la mejor forma posible, en el fondo saben que no hay salida alguna, y que cada día los acerca más al final.

Así, vemos cómo el predicador –que no sacerdote- Anderson, fungiendo de líder de una improvisada tribu humana, intenta inculcar en la gente la noción de las plantas como castigo divino, sin tomar en consideración que caer bajo su despótica autoridad puede ser un destino peor. Aunque es temido por todos, pocos aceptan de buen grado su liderazgo, incluso sus propios hijos.

La situación de esta tribu, asentada en algún punto geográfico de los Estados Unidos, se ve alterada con la llegada de un ex ingeniero, un hombre instruido cuya inteligencia y sagacidad es capaz de alterar la percepción de la autoridad impuesta por Anderson. A esto se suma la aparición de los “incineradores”, objetos capaces de volatilizar en segundos a cualquier ser viviente. Los humanos descubren que en el nuevo estado de cosas, se han convertido en una suerte de insectos para las gigantescas plantas invasoras, insectos que podrían ser dañinos para las mismas, como lo prueba el nuevo lugar de residencia de los (pocos) miembros del clan Anderson: el cálido interior de una planta gigante, en donde pueden hallar, para su sorpresa, agua y alimento.

¿Es el fin de la humanidad, tal como la conocemos? ¿O el inicio de una nueva era? En todo caso, parece claro que siempre estarán ahí, junto al ser humano, el autoritarismo y la brutalidad, enfrentados a la libertad y al amor, para que podamos elegir.

© Daniel Salvo; 09-02-07.
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Marzo 2007

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