EL DESENCAJADO

Roger Zelazny, ganador de los premios Hugo (El señor de la luz; ¡...y llámame Conrad!) y Nebula. Poseedor de un estilo muy personal y en ciertos casos un poco difícil de cara al lector pero lleno de fuerza y originalidad.

 

Jackson devolvió la mirada al general.
—¡No quiero ponerme en posición de firmes, y puede usted irse al diablo! — dijo.
El general enarcó las cejas.
—¿Qué es lo que le pasa?
—Quiero salir de este gallinero.
—Ya le dije la semana pasada que he aprobado su traslado.
—No es eso lo que yo quiero decir.
—¿Qué entonces?
—Yo no soy el coronel Jackson y usted no es el general Paine. Este puesto sólo existe en mi mente, y deseo cambiar mi pensamiento.
El general suspiró.
—Está bien, Jackson; es su prerrogativa. ¿Y qué será esta vez? ¿La Armada?
—Quiero dejar todo lo militar... actuar en lo civil, en algo agradable.
—Nómbrelo.

El doctor Jackson se quitó sus guantes de goma y los tiró a una esquina. Miss Mayor, asombrosa a pesar de lo almidonada, fue por detrás al doctor y rodeó su pecho con sus maravillosos brazos, ai par que oprimía su mejilla contra su cuello.
—Eres famoso ya, Jack, Cuarenta y cuatro operaciones del cerebro en un mes... todas ellas delicadas y complicadas, y todas ellas logradas... ¡Vaya marca que has establecido!
—¡Está bien! ¡Está bien!
—¿Qué pasa, Jackie? ¿Es que he hecho algo?
—¡No!
—¿Por qué gritas entonces? ¡Oh!, debiera haberme dado cuenta de que estás cansado a más no poder. Después de una operación como esta última, cualquiera...
—¡No estoy cansado!
—¡Debes estarlo!
—¿Cómo puedo estar cansado sin haber hecho nada?
—No te comprendo...
—¡Al diablo si no!
—No me gusta, Jackie, que emplees palabras soeces.
—Entonces vete a esa esquina y conviértete en una mesa con un jarro de crisantemos encima.
—¿Qué quieres decir?
Ella dio la vuelta en torno a él y Je miró con fijeza en los ojos. Al punto se convirtió en la más encantadora y más deseable mujer de la creación.
—¿Qué es lo que te ocurre, de todos modos? — preguntó ella.
El se mordió el labio.
—Con un jarro de crisantemos — repitió.
—¿Estás seguro? — suspiró ella.
Él asintió.

El cohete descendió al desierto irisado como una flor de rojo tallo volviendo a su semilla. A poco se desvaneció el rojo y la vaina de acero estuvo posada sobre las Llanuras Jackson. El profesor Jackson salió al Mundo Jackson y husmeó el frío aire azulenco de noviembre. Examinó el aparato que llevaba y luego habló en el micrófono que tenía en la garganta.
—Todo está en orden. Podéis salir.
Sus tres compañeros, atezados a pesar del largo viaje, delgados, altos y con una entremueca y sonrisa enseñando los dientes, salieron a zancadas por la escotilla y miraron en derredor, con aire de cabal atrevimiento y competencia.
—¡Por Dios que tenías razón, Doc! ¡Es habitable!
—Claro que lo es. Jackson, nunca se equivoca.
Jackson asintió de manera formularía y procedió a orientar el mapa fotográfico.
—Las ruinas están por aquí— apuntó.
Todos se juntaron a él, siguiendo su paso.
Algo le estaba royendo la mente, hormigueando en la base de su cerebro.
Al cabo de cosa de media hora hicieron alto junto a una valla de mellados monolitos.
—¡Vaya paraje sobrenatural!— exclamó Masón, arrastrando las palabras según el acento de Tennesee.
Un grito ululante procedió de arriba y Masón se desplomó, escupiendo sangre. La lanza, impulsada con enorme fuerza, le había atravesado de parte a parte. Jackson se echó de bruces al suelo.
Thompson chilló y tosió, lanzando un escupitajo.
Con su arma barrenadora en la mano, Jackson lanzó una mirada a Wolf,
—¿Conseguiste echar un vistazo a quien lo hizo?
—Sí — murmuró el interpelado —. Y hubiese preferido no hacerlo. Era horrible... todos aquellos brazos, aquella piel verde, aquellos ojos de sabandija...
Thompson vació sus pulmones por última vez.
Otro grito agorero, más próximo. Jackson se arrastró como un gusano a la derecha y luego quedóse inmóvil, a la espera.
El más débil de los sonidos, de metal besando a la piedra...
Se puso en pie de un salto, apretando el gatillo de su arma, que despidió un chorro de llamas.
El ser cayó, babeando. Un licor verdoso goteaba del gran boquete que su disparo le había abierto en su sección media.
...Y algo en su nuca estaba hormigueando.
—¡Doc, hay más de ellos!
Oyó el crepitar de la pistola de Wolf y el siseo de la carne friéndose. Dos de las criaturas cayeron.
Cuatro más se hallaban deslizándose por el declive en su dirección. Se volvió y disparó hacia Wolf. Luego se echó su arma al hombro.
—Adelante — gritó una voz dentro de él —. Estoy ansioso por ver cómo escapas de ésta.
Los extranjeros estaban ya casi sobre él, cuando surgió de detrás de una roca una gran forma silbante, deslizándose en su dirección. Aquellos seres se detuvieron, profiriendo breves gritos y luego, volviéndose, se retiraron a la colina.
Él siguió.
—Muy bien — dijo la enorme serpiente —. Pasable de todos modos.
Bajó basta casi su altura, escudriñándole.
—Estoy cansado de mantener suspensa la incredulidad — dijo él.
La serpiente pareció suspirar.
—Siento curiosidad por saber si yo podría ser muerto por uno de ésos — dijo Jackson.
—Es fisiológicamente posible — respondió la serpiente—,pero está prohibido. ¿Qué es lo que te pasa, de todos modos?
—¿No podrías tan sólo dejarme despertar?
—No.
—¿Por qué no? Me gustaría saber por qué estoy aquí.
—Tales recuerdos no existen. Nunca lo sabrás. Tenía que ser así.
—¿Y voy a soñar por siempre?
—Durante el resto de tu vida.
—¿Cuál es el problema de la población?... ¿Los otros planetas inhabitables, el viaje interestelar imposible, y la gente apilada como montones de tacos de madera en ataúdes de cristal?
—No podría decirlo.
—¿Y tú eres la máquina, hablando a través de un electrodo en mi cráneo, alimentándome, programando la realización de mis deseos?
—Si lo quieres así...
—Pues no. ¿Estoy en coma? ¿Tuve un accidente? ¿Es ésta alguna especie de terapia de drogas?
—Llámalo como desees.
—¿Cuándo despertaré?
—Estás despierto.
—Eso es lo que tienes que decir tú. Sea la especie de máquina que seas, es lo que te han programado.
—¿Por qué preguntas entonces?
Echó una mirada en derredor en busca de su arma. Había desaparecido.
Mas súbitamente la halló en sus manos.
—Si quieres matar a la serpiente, ¡adelante!
Rápidamente la volvió hacia su propia cabeza. Y se desmayó.
—No, no puedes.
Sus manos le cayeron a ambos lados.
—¿Podría ser esto el infierno.
—Sí lo quieres...
—¿No puedo despertarme?
—¿Estas seguro de que es eso lo que deseas? Hay ciertas disposiciones...
—Deseo intentarlo.
—Sea pues.

La tapa transparente de la caja se abrió sobre él. Sentía sus músculos como fideos, seca la garganta y tenía atravesado su brazo izquierdo con agujas, haciéndolo semejante a la piel de un erizo. Al cabo de un largo rato logró retirar sus brillantes puntas. Manteniendo su brazo muy encorvado, las lesiones subsistían bajo la presión directa. Tendió su mano izquierda tras su cabeza. Notó un electrodo sujeto a su afeitado cráneo.
Al moverse para retirarlo, una voz resonó en su cabeza.
—Sí la realidad te desilusiona, tiéndete de nuevo... reemplaza las agujas y el contacto.
—No quiero — murmuró, zafándose de todo.
Se puso con esfuerzo en pie y partió a la busca de alguien.

* * *

—Había sido el único medio de resolver el problema de la población — le dijo Mannerung —. Sumir a todos en sueño, ser despertados a intervalos por científicos para destinarlos al vuelo interestelar, mantener una tripulación esquelética al servicio del Reguiador. Dejar a los cincuenta billones de durmientes soñar bajo vidrios... así están mejor de lo que estarían nunca despiertos.
—Se requiere ser de una clase especial — le había dicho el doctor — para preferir lo mundano a lo extraordinario, el aburrimiento a la satisfacción de sus deseos. Naturalmente han de ser adoptadas disposiciones para tales seres. Si un soñador se halla suficientemente incomodado, el Regulador le permitirá despertar. Siempre podemos encontrar algo que haga él. Hay mucha menor tarea en el mantenimiento de la maquinaria. Si eso es lo que deseas, eres elegido. Puedes empezar por reemplazar algunas válvulas en ese dispositivo de subsección.
Le pasó un plano.
—Aquí está el diagrama. Las señaladas en rojo son las que han de ser reemplazadas. Cuando hayas acabado con eso puedes comenzar a enderezar el compartimiento de almacenaje. — Señaló al mismo —. Es un lío. ¿Estás seguro de que es esto lo que deseas?
—Sí — respondió Jackson —. Lo otro era... parasitismo. Resultaba demasiado bueno y demasiado inútil.
—Está bien, entonces hazlo.
Con un tarareo de contento, Jackson se dispuso a intervenir en las válvulas.
Sabiendo finalmente el sueño que Jackson deseaba, Mannerung no suspiró.

© Roger Zelazny
Titulo Original: Misfit
Tomado de: Anticipación
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