|
Examinar la pinacoteca de Youll me obligó a
constatar un hecho: poseía varias (en ocasiones hasta 4) versiones de
diferentes escaneadores sobre sus obras, con una regularidad que iba más
allá de la coincidencia para manifestar respeto ante su calidad
interpretativa y pictórica… y también una reflexión sobre la relación entre
texto e imagen:
-
Como ocurre en
casi cada encuentro de texturas, la colisión de soportes provoca
no sólo múltiples cascadas de acontecimientos sensibles, sino
que deviene aterradora en sus infinitas vertientes: ¿cómo
podemos sin traicionarlas, graficar lo sugerido por las
palabras…? o ¿cómo logramos sin distorsionarlos plasmar en prosa
o verso, lo mostrado en dibujos, películas o fotomontajes?
-
A pesar de la
intención del autor de compartir, transmitir, comunicar, un
instante de uno de sus mundos creados o explicar algunos de los
procesos que lo hacen coherente y posible, segmentos importantes
yacen en las sombras, permanecen envueltos en la suficiente
ambigüedad, como para que —lectores o visionadores— podamos
soñar y recrearlos según nuestra experiencia, sensibilidad,
intuición e intelecto para convertirlos en el humus de nuestros
propios aportes.
-
Otrosí: la
historia de los géneros (fantástico, SF, horror) y su
vinculación con la mercadotecnia —dedicada a generar los
mecanismos de atracción ligados al impacto visual y la
insinuación (con frecuencia no tan subliminal) a través de
imágenes: la carátula de un libro, revista o álbum, o de otros
poderosos reclamos—, juegan a trazar mapas de enmascaramiento
más empapados con la virtud de una potente evocación que
impregnados de vibraciones explícitas, velando (y en simultánea
exhibiendo) los ganchos (o carnadas) que atrapen al posible
usuario en un juego de trampas especulares, con la ineludible
claridad para decidirlo a adquirir, pero con el suficiente
misterio que lo encante y lo haga sentir único por haberlo
captado, ese ambiguo mensaje que nos ofrece.
-
¿Estaremos
participando en la violación de alguna integralidad que debería
proteger a los autores y ayudando a segmentar la obra para
devorar los trozos apetitosos? No obstante, a pesar de las dudas
éticas, al agregar que la intertextualidad iniciada con los
procesos de masificación cultural desde el siglo pasado y los
nuevos dominios tecnológicos ofrecidos y su posterior e
intensificado despliegue en la actual postmodernidad (señalado
por Baudrillard y otros) nos permite escabullirnos de ese
conflicto y gozar con la mixtura de los batiburrillos
resultantes, aceptando que son distintos aspectos del mismo
fenómeno y no hay culpas ante su deglución y asimilación, sólo
sensaciones estimulantes o no, que procesaremos según los
carriles por donde transita nuestra conciencia.
-
Existe
similitud entre ambas expresiones artísticas; la cual, además de
residir en el empuje de la esencia humana que busca liberar la
estofa de sus sueños y pesadillas, estriba en su relación
compartida con la sorpresiva aparición de algo que hasta ese
momento no existía, con la actividad creativa que arroja en la
deriva filogenético productos y objetos que dialogan y expresan
versiones de quienes los crearon para goce de la humanidad.
Eximio portadista, unas
150 carátulas, numerosos escritores han recurrido a él, desde Arthur C.
Clarke, Ben Bova, Kevin J. Anderson, e Isaac Asimov hasta Leigh Richards,
John Barnes y Michael Stackpole. Si observamos a Stephen hallamos:
vigorosa composición, atiborrada de detalles, uso espléndido de la gama
del magenta (Alien Influences de Kristine K. Rusch) y el naranja
(Ambassador, the); en general, su aproximación al color se
convierte en un recurso magnífico, pero la emotividad y significado que
alcanza con estos dos es notable, recurre a túneles de luz para
construir el misterio en los bordes, apela a los centros de impacto
visual diferidos o sucesivos, uno oscuro en el margen cercano al
espectador y uno lejano envuelto en color, invoca poderosos amasijos
arquitectónicos que mezclan con desenfado postmoderno lo medieval con lo
futurista (un velero y un deslizante iónico en The Broken God de
David Zindel, trazando una dieta deliciosa para arquitectos y
fabuladores, quizás como continuación del que fue su primera comisión
como pintor: reconstruir históricas piezas de arte antiguo para la
catedral de Durham.
Un ejemplo de casi geometría descriptiva o diseño de construcción lo
encontramos en Clade y su secuela Crache (Mark Budz) que por la
plasmación integra intriga y bosquejo, lo agrupa con otras realizaciones
similares donde se entrega con enorme entusiasmo a reconstruir
caracteres arquitectónicos: las resplandecientes torres de The Eyes
of Heisenberg (Frank Herbert), el mejunje estimulante de la hermosa
chica y el rascacielos que se lanza como aguja rodeado de cúpulas en
Lost in Transmission (Wil McCarthy), las esferas interconectadas de
Rama Revealed (A. C. Clarke & G. Lee), el conjunto de
edificaciones que evocan a Manhattan tras el fino rostro de una
sacerdotisa en Califers Daughters (Leigh Richards), como se
juntan en Garden of the Shaped (Sheila Finch) los observadores:
el ángel y la pelirroja doncella y la dorada ciudad encantada para
empujarnos a imaginar el relato, o la profunda carga victoriana de la
estación que compite en prestancia con las ultranaves que la utilizan en
Horizons Storm (lástima que sea de Kevin Anderson). Creo que
ilustraría con bravura la Nueva Crobuzon que nos propone China Mieville
en sus novelas sobre el planeta Bas-lag.
Recoge con precisión el estado de ánimo de la
novela, ya sea porque mi experiencia de primera lectura o por los
comentarios o síntesis revisadas: por ejemplo así me lo indican dos obras
poco conocidas de Frank Herbert, The Green Brain, que posee un
sortilegio distintivo con esa nave averiada que cae en la cuenca del
Amazonas mientras los miembros del cerebro verde no le quitan ocelo; o
Hellstrom's Hive con la energía generada por las relaciones sexuales
convertido en un haz que rompe el firmamento. O la pesada majestuosidad que
expone el rey en Letters from Atlantis (Robert Silverberg) se
aproxima a la sensación que transmite su lectura; Limit of Vision
(Linda Nagata) y Lord of Snow and Shadows (Sara Ash) ostentan el
valor adicional de mostrarnos distintos tratamientos de seres vivientes,
extraño y fantasioso el uno y muy realista el otro; es tan sensato el
diagrama de The Martian Race (Gregory Benford) que de inmediato nos
ponemos el sombrero de la NASA, la imagen alberga la fuerza de la verdad… o
por lo menos del paradigma científico admitido; el abigarramiento,
encaramamiento y resemantización —ya fuere heroica o ecológica— de Murasaki
o To the Land of the Living (ambas de Robert Silverberg) lo
transforman en un epítome de lo que Stephen obtiene cuando decide que rendir
homenaje a un autor.
Isaac Asimov será uno de sus preferidos, elige momentos y situaciones para
potenciar el contenido, así: la insolente limpieza de las superficies de la
megalópolis subterránea y la transparencia de los tubos de desplazamiento
chocan contra la tensión que embarga a los detectives Elijah Baley y Daneel
Olivaw en la semipenumbra de los corredores (The Caves of Steel),
estableciendo el juego entre dos propuestas: la terráquea decadente y por
ocultarse en el fondo, furtiva y la estelar, que se lanza pujante al vacío
cósmico, como ocurre con frecuencia, el dibujo dice mucho más si lo
interpelamos que mero signo. Algo similar ocurre con The Naked Sun al
abrirse la camisa Olivaw y mostrar su cerebro positrónico al otro robot para
que le crea, ídem en The Currents of Space, donde el centinela que se
desplaza al fondo vigilando la nave de exquisitas líneas crea con la negrura
de la esquina del dibujo, el misterio que emana de la probable catástrofe
que sacudirá a Florina. En Foundation, sentimos el poderío
intelectual de Hari Sheldon sentado en la cápsula temporal y refinando aún
más la psicohistoria. En Foundation and Empire sobrecogen las
navecillas sorteando ágilmente los pistones y émbolos de mantenimiento de la
cubierta de Trantor. En Foundation's Edge el viento sacude el cabello
de la agraciada visitante para recordarnos que cada planeta huele diferente.
En I, Robot, la actitud consciente que expresa lo alejan y al mismo
instante lo acercan a las Tres Leyes de la Robótica, ya que suponemos a que
se debe su gesto de rebeldía: cumplirá con proteger a los seres humanos al
costo de su destrucción (vislumbre equivalente acontece con la tierna escena
de The Robots of Dawn).
Impresionan sus naves, compactas, expandidas o reticuladas, con frecuencia
rigurosas en su contorno, plagadas de detalles significantes, sean estelares
(Dark and Hungry God Arises, a - R.S. Donaldson) o submarinas
(Dragon in the Sea, the - F. Herbert), terrestres (The Quiet
Invasión) transitando por una torturada orografía u observadas desde una
estación espacial (Eternity's End - Jeffery Carver) o casi orgánicas
Forbidden Knowledge (Stephen R. Donaldson), la gama que nos revela
apuntan a una cuidadosa labor de investigación y a un cariño enorme por los
temas de la CF. No es inmune al humor, quede como muestra Experiment with
Gravity, donde unos ET ayudan a Ben Franklin a realizar un experimento;
tampoco a lo psicodélico (Summer of Love), ni al romanticismo,
enunciado en rostros, ojeadas y kinésica de Star Crossed,
Windhaven (G.R.R. Martin & Lisa Tuttle), Ship of Destiny y
Ship of Magic.
En las portadas de C.J. Cherryh, consigue impregnarlas de las pautas de
acción y sentido físico que la caracterizan: El rictus decidido y la osadía
flagrante, la biología convergente y las alianzas interespecies, los
espacios abiertos de la naturaleza, las aves cruzando el cielo, prestan un
encanto aventurero y rítmico a Cloud's Rider (C.J. Cherryh); la
belleza prieta y el aristócrata blondo que aparecen en Defender y
Precursor son aliciente para la exploración de sus páginas. Ya
ingresando en la fantasía relucen sus bellas Boudica a caballo con tatuajes
faciales y corporales ya sea tocando un cuerno, empuñando una lanza o
esgrimiendo una espada. Igual sucede con las dedicadas a Vallery Leith
(que por cierto parece estar vetada en los buscadores por que no arrojan
nada de ella): The Way of the Rose con su atosigante oposición entre
el musculoso ángel y la fiera guerrera, o Riddled Night, con la
protagonista espantando a los espectros de la cueva de hielo con su sable, o
The Company of Glass, que suma al encanto de sus macizos muslos y
poderoso busto, el llamado a reflexionar de sus marcas parietales y los
minaretes que se elevan en medio de una torturada orografía de rocas
erosionadas. Siempre quedará en la memoria el bombazo de Exile's
Challenge (Angus Wells) con esa amazona de casco cornado que domina su
bravía montura y cuyas piernas invitan aunque su lanza nos repela (tuve la
suerte de haberlo visto escaneado por Abraxsis, que permite absorber al
panorama de la historia que nos cuentan).
Le encanta jugar rudo y pescar elementos que contrasten y propulsen tanto
las grafías como sus significados, observemos Emerald Eyes (Daniel
Keys Moran) y comparemos la lobreguez del entorno y el blaster que empuña el
soldado con la resplandeciente cabecita del bebé (recuerden el comentario
anterior sobre centros de impacto visual) que reorganiza el material
plástico desde su redonda coronilla. O sigamos a Viriconium (M. John
Harrison) donde el huevo que eclosiona contrasta con los engranajes que lo
sostienen. O mantengámonos alertas y examinamos a Candle (John Barnes),
en medio de la nieve los exploradores se adaptan y sería la Tierra sino
fuesen visibles el extraño armamento, el cohete en el fondo y a una segunda
mirada esa luz fría y blancoazulada de una estrella ajena que no coincide
con la cálida y amarilla de nuestro sol. Continuemos con Playing God
(Sarah Zettel) y la plácida relación que se palpa entre la terrícola y el
alienígena, ambos intelectuales de polendas que intercambian información… y
quizás flujos.
El encanto femenino desborda cuando lo asume. Aúnan a sus cuerpos
esculturales la valentía (Ghost Legion), a facciones perfectas el
compañerismo (Gardens of the Moon - S. Ericsson) a siluetas torneadas
la decisión de actuar (Gravity Dreams - L.E. Modesitt). Las miradas
de sus féminas son abrasadoras, basta con acercarnos a la mujer enigmática
de Blue, o a la beldad de apetecible torso de Blindfold para
corroborarlo. Estamos servidos y en abundancia. Por eso no me dedicaré a
detallar la ingente obra que nos ha dejado en fantasía más allá de los ya
referidos en el texto.
No sólo se aproxima a Dragonlance (además de la multitud de dragones
que ofrece, aporta las carátulas de muchos libros de la serie ya sean de
Margaret Weis, Tracy Hickman o Don Perrin) dibuja comics (Earth), no
desprecia recrear un clásico del horror de los 50’ apoyando la puesta en
escena de Archaeota Time's Black Lagoon por Paul DiFilippo, o
presenta su versión de Batman y Superman, no desdeña ni a los
Aliens ni a los Depredators, tampoco las interminables
franquicias de Star War y Dune, eso si, siempre con gran
profesionalismo. Asimismo allí están la trilogía de El Budayén de
George Alec Effinger, la serie de los Asesinos de Robin Hobb
(asimismo destacan Golden Fool con esa espalda que a esbeltez
apetitosa multiplica efecto con un tatuaje tan intrincado como fastuoso y
Mad Ship por el combate con el dragón oceánico) o la saga Canción de
Hielo y Fuego de George R.R. Martin para demostrarlo. Si, es variado, es
inmenso, es Youll.
Cuando ilustra a Ian McDonald, ya sea en Terminal Café (con su bóveda
despojada de gravedad para que los alas deltas la recorren sin daño) pero
sobre todo con Broken Land, al seducirnos con la geografía sin igual
que el autor levanta en torno a la protagonista y que aunque está descrita
en la novela, Youll le entrega un resplandor especial como si con el corazón
ebrio se lanzara a la representación de un evento múltiple del cual la
lámina panorámica que espectamos es una piel. La tonalidad miel de esa
arquitectura viviente, que parece derramarse como almíbar, que se enfrasca
en evaginar formas cada vez más asombrosas hacia el farallón aéreo, casi
megaparásitos de carnepiedra rojizoamarillenta, extrayéndolas desde sus
inagotables y protoplasmáticas profundidades constituidas probablemente por
fábricas de nanocomponentes; ese amoroso cuidado por el detalle, espuma de
nácar aglomerada en formas insólitas: encías retraídas, espículas, dientes,
burbujas, cilios, tejidos diversos; las cúpulas que crecen como pétalos y se
orientalizan por un instante, el crepúsculo en cuyo centro late una amenaza
derramándose sobre el paisaje y resonando en las edificaciones, la
intimidación un tanto salvaje que emana de los helicópteros quitinosos, los
suficientes toques de oscuridad como para inquietarnos; así, que verla
sentada allí mientras levanta la barbilla con gesto teñido de audacia y
frunciendo los deliciosos labios con determinación, contemplando en
lontananza la extraña dulzura de las nubes rosas del atardecer pero con un
toque de angustia, nos provoca cortejar su atención en sordina para que nos
permita acariciarla invisibles; o en concupiscente perturbación acorde con
la sensación que agobia desde el cuadro, y brota una línea de violencia por
que nos ignora y ansiamos entonces desgarrar las telas de su blusa, su hot
pant, su cinturón elástico, sus polainas moteadas, y luego dejar que nuestra
cabeza rebote en sus muslos (simétrica a la testa parlante que la acompaña
evocando las de Futurama), los cuales —a pesar de la distancia a que
la ha colocado Youll— presentimos jugosos y queremos libar el vino de su
vientre.
© Luís Bolaños;
23-06-07. |