BITIMAGEN: RIDDLED NIGHT

Examinar la pinacoteca de Youll me obligó a constatar un hecho: poseía varias (en ocasiones hasta 4) versiones de diferentes escaneadores sobre sus obras, con una regularidad que iba más allá de la coincidencia para manifestar respeto ante su calidad interpretativa y pictórica… y también una reflexión sobre la relación entre texto e imagen:

  1. Como ocurre en casi cada encuentro de texturas, la colisión de soportes provoca no sólo múltiples cascadas de acontecimientos sensibles, sino que deviene aterradora en sus infinitas vertientes: ¿cómo podemos sin traicionarlas, graficar lo sugerido por las palabras…? o ¿cómo logramos sin distorsionarlos plasmar en prosa o verso, lo mostrado en dibujos, películas o fotomontajes?

  2. A pesar de la intención del autor de compartir, transmitir, comunicar, un instante de uno de sus mundos creados o explicar algunos de los procesos que lo hacen coherente y posible, segmentos importantes yacen en las sombras, permanecen envueltos en la suficiente ambigüedad, como para que —lectores o visionadores— podamos soñar y recrearlos según nuestra experiencia, sensibilidad, intuición e intelecto para convertirlos en el humus de nuestros propios aportes.

  3. Otrosí: la historia de los géneros (fantástico, SF, horror) y su vinculación con la mercadotecnia —dedicada a generar los mecanismos de atracción ligados al impacto visual y la insinuación (con frecuencia no tan subliminal) a través de imágenes: la carátula de un libro, revista o álbum, o de otros poderosos reclamos—, juegan a trazar mapas de enmascaramiento más empapados con la virtud de una potente evocación que impregnados de vibraciones explícitas, velando (y en simultánea exhibiendo) los ganchos (o carnadas) que atrapen al posible usuario en un juego de trampas especulares, con la ineludible claridad para decidirlo a adquirir, pero con el suficiente misterio que lo encante y lo haga sentir único por haberlo captado, ese ambiguo mensaje que nos ofrece.

  4. ¿Estaremos participando en la violación de alguna integralidad que debería proteger a los autores y ayudando a segmentar la obra para devorar los trozos apetitosos? No obstante, a pesar de las dudas éticas, al agregar que la intertextualidad iniciada con los procesos de masificación cultural desde el siglo pasado y los nuevos dominios tecnológicos ofrecidos y su posterior e intensificado despliegue en la actual postmodernidad (señalado por Baudrillard y otros) nos permite escabullirnos de ese conflicto y gozar con la mixtura de los batiburrillos resultantes, aceptando que son distintos aspectos del mismo fenómeno y no hay culpas ante su deglución y asimilación, sólo sensaciones estimulantes o no, que procesaremos según los carriles por donde transita nuestra conciencia.

  5. Existe similitud entre ambas expresiones artísticas; la cual, además de residir en el empuje de la esencia humana que busca liberar la estofa de sus sueños y pesadillas, estriba en su relación compartida con la sorpresiva aparición de algo que hasta ese momento no existía, con la actividad creativa que arroja en la deriva filogenético productos y objetos que dialogan y expresan versiones de quienes los crearon para goce de la humanidad.

Eximio portadista, unas 150 carátulas, numerosos escritores han recurrido a él, desde Arthur C. Clarke, Ben Bova, Kevin J. Anderson, e Isaac Asimov hasta Leigh Richards, John Barnes y Michael Stackpole. Si observamos a Stephen hallamos: vigorosa composición, atiborrada de detalles, uso espléndido de la gama del magenta (Alien Influences de Kristine K. Rusch) y el naranja (Ambassador, the); en general, su aproximación al color se convierte en un recurso magnífico, pero la emotividad y significado que alcanza con estos dos es notable, recurre a túneles de luz para construir el misterio en los bordes, apela a los centros de impacto visual diferidos o sucesivos, uno oscuro en el margen cercano al espectador y uno lejano envuelto en color, invoca poderosos amasijos arquitectónicos que mezclan con desenfado postmoderno lo medieval con lo futurista (un velero y un deslizante iónico en The Broken God de David Zindel, trazando una dieta deliciosa para arquitectos y fabuladores, quizás como continuación del que fue su primera comisión como pintor: reconstruir históricas piezas de arte antiguo para la catedral de Durham.

Un ejemplo de casi geometría descriptiva o diseño de construcción lo encontramos en Clade y su secuela Crache (Mark Budz) que por la plasmación integra intriga y bosquejo, lo agrupa con otras realizaciones similares donde se entrega con enorme entusiasmo a reconstruir caracteres arquitectónicos: las resplandecientes torres de The Eyes of Heisenberg (Frank Herbert), el mejunje estimulante de la hermosa chica y el rascacielos que se lanza como aguja rodeado de cúpulas en Lost in Transmission (Wil McCarthy), las esferas interconectadas de Rama Revealed (A. C. Clarke & G. Lee), el conjunto de edificaciones que evocan a Manhattan tras el fino rostro de una sacerdotisa en Califers Daughters (Leigh Richards), como se juntan en Garden of the Shaped (Sheila Finch) los observadores: el ángel y la pelirroja doncella y la dorada ciudad encantada para empujarnos a imaginar el relato, o la profunda carga victoriana de la estación que compite en prestancia con las ultranaves que la utilizan en Horizons Storm (lástima que sea de Kevin Anderson). Creo que ilustraría con bravura la Nueva Crobuzon que nos propone China Mieville en sus novelas sobre el planeta Bas-lag.

Recoge con precisión el estado de ánimo de la novela, ya sea porque mi experiencia de primera lectura o por los comentarios o síntesis revisadas: por ejemplo así me lo indican dos obras poco conocidas de Frank Herbert, The Green Brain, que posee un sortilegio distintivo con esa nave averiada que cae en la cuenca del Amazonas mientras los miembros del cerebro verde no le quitan ocelo; o Hellstrom's Hive con la energía generada por las relaciones sexuales convertido en un haz que rompe el firmamento. O la pesada majestuosidad que expone el rey en Letters from Atlantis (Robert Silverberg) se aproxima a la sensación que transmite su lectura; Limit of Vision (Linda Nagata) y Lord of Snow and Shadows (Sara Ash) ostentan el valor adicional de mostrarnos distintos tratamientos de seres vivientes, extraño y fantasioso el uno y muy realista el otro; es tan sensato el diagrama de The Martian Race (Gregory Benford) que de inmediato nos ponemos el sombrero de la NASA, la imagen alberga la fuerza de la verdad… o por lo menos del paradigma científico admitido; el abigarramiento, encaramamiento y resemantización —ya fuere heroica o ecológica— de Murasaki o To the Land of the Living (ambas de Robert Silverberg) lo transforman en un epítome de lo que Stephen obtiene cuando decide que rendir homenaje a un autor.

Isaac Asimov será uno de sus preferidos, elige momentos y situaciones para potenciar el contenido, así: la insolente limpieza de las superficies de la megalópolis subterránea y la transparencia de los tubos de desplazamiento chocan contra la tensión que embarga a los detectives Elijah Baley y Daneel Olivaw en la semipenumbra de los corredores (The Caves of Steel), estableciendo el juego entre dos propuestas: la terráquea decadente y por ocultarse en el fondo, furtiva y la estelar, que se lanza pujante al vacío cósmico, como ocurre con frecuencia, el dibujo dice mucho más si lo interpelamos que mero signo. Algo similar ocurre con The Naked Sun al abrirse la camisa Olivaw y mostrar su cerebro positrónico al otro robot para que le crea, ídem en The Currents of Space, donde el centinela que se desplaza al fondo vigilando la nave de exquisitas líneas crea con la negrura de la esquina del dibujo, el misterio que emana de la probable catástrofe que sacudirá a Florina. En Foundation, sentimos el poderío intelectual de Hari Sheldon sentado en la cápsula temporal y refinando aún más la psicohistoria. En Foundation and Empire sobrecogen las navecillas sorteando ágilmente los pistones y émbolos de mantenimiento de la cubierta de Trantor. En Foundation's Edge el viento sacude el cabello de la agraciada visitante para recordarnos que cada planeta huele diferente. En I, Robot, la actitud consciente que expresa lo alejan y al mismo instante lo acercan a las Tres Leyes de la Robótica, ya que suponemos a que se debe su gesto de rebeldía: cumplirá con proteger a los seres humanos al costo de su destrucción (vislumbre equivalente acontece con la tierna escena de The Robots of Dawn).

Impresionan sus naves, compactas, expandidas o reticuladas, con frecuencia rigurosas en su contorno, plagadas de detalles significantes, sean estelares (Dark and Hungry God Arises, a - R.S. Donaldson) o submarinas (Dragon in the Sea, the - F. Herbert), terrestres (The Quiet Invasión) transitando por una torturada orografía u observadas desde una estación espacial (Eternity's End - Jeffery Carver) o casi orgánicas Forbidden Knowledge (Stephen R. Donaldson), la gama que nos revela apuntan a una cuidadosa labor de investigación y a un cariño enorme por los temas de la CF. No es inmune al humor, quede como muestra Experiment with Gravity, donde unos ET ayudan a Ben Franklin a realizar un experimento; tampoco a lo psicodélico (Summer of Love), ni al romanticismo, enunciado en rostros, ojeadas y kinésica de Star Crossed, Windhaven (G.R.R. Martin & Lisa Tuttle), Ship of Destiny y Ship of Magic.

En las portadas de C.J. Cherryh, consigue impregnarlas de las pautas de acción y sentido físico que la caracterizan: El rictus decidido y la osadía flagrante, la biología convergente y las alianzas interespecies, los espacios abiertos de la naturaleza, las aves cruzando el cielo, prestan un encanto aventurero y rítmico a Cloud's Rider (C.J. Cherryh); la belleza prieta y el aristócrata blondo que aparecen en Defender y Precursor son aliciente para la exploración de sus páginas. Ya ingresando en la fantasía relucen sus bellas Boudica a caballo con tatuajes faciales y corporales ya sea tocando un cuerno, empuñando una lanza o esgrimiendo una espada. Igual sucede con las dedicadas a Vallery Leith (que por cierto parece estar vetada en los buscadores por que no arrojan nada de ella): The Way of the Rose con su atosigante oposición entre el musculoso ángel y la fiera guerrera, o Riddled Night, con la protagonista espantando a los espectros de la cueva de hielo con su sable, o The Company of Glass, que suma al encanto de sus macizos muslos y poderoso busto, el llamado a reflexionar de sus marcas parietales y los minaretes que se elevan en medio de una torturada orografía de rocas erosionadas. Siempre quedará en la memoria el bombazo de Exile's Challenge (Angus Wells) con esa amazona de casco cornado que domina su bravía montura y cuyas piernas invitan aunque su lanza nos repela (tuve la suerte de haberlo visto escaneado por Abraxsis, que permite absorber al panorama de la historia que nos cuentan).

Le encanta jugar rudo y pescar elementos que contrasten y propulsen tanto las grafías como sus significados, observemos Emerald Eyes (Daniel Keys Moran) y comparemos la lobreguez del entorno y el blaster que empuña el soldado con la resplandeciente cabecita del bebé (recuerden el comentario anterior sobre centros de impacto visual) que reorganiza el material plástico desde su redonda coronilla. O sigamos a Viriconium (M. John Harrison) donde el huevo que eclosiona contrasta con los engranajes que lo sostienen. O mantengámonos alertas y examinamos a Candle (John Barnes), en medio de la nieve los exploradores se adaptan y sería la Tierra sino fuesen visibles el extraño armamento, el cohete en el fondo y a una segunda mirada esa luz fría y blancoazulada de una estrella ajena que no coincide con la cálida y amarilla de nuestro sol. Continuemos con Playing God (Sarah Zettel) y la plácida relación que se palpa entre la terrícola y el alienígena, ambos intelectuales de polendas que intercambian información… y quizás flujos.

El encanto femenino desborda cuando lo asume. Aúnan a sus cuerpos esculturales la valentía (Ghost Legion), a facciones perfectas el compañerismo (Gardens of the Moon - S. Ericsson) a siluetas torneadas la decisión de actuar (Gravity Dreams - L.E. Modesitt). Las miradas de sus féminas son abrasadoras, basta con acercarnos a la mujer enigmática de Blue, o a la beldad de apetecible torso de Blindfold para corroborarlo. Estamos servidos y en abundancia. Por eso no me dedicaré a detallar la ingente obra que nos ha dejado en fantasía más allá de los ya referidos en el texto.

No sólo se aproxima a Dragonlance (además de la multitud de dragones que ofrece, aporta las carátulas de muchos libros de la serie ya sean de Margaret Weis, Tracy Hickman o Don Perrin) dibuja comics (Earth), no desprecia recrear un clásico del horror de los 50’ apoyando la puesta en escena de Archaeota Time's Black Lagoon por Paul DiFilippo, o presenta su versión de Batman y Superman, no desdeña ni a los Aliens ni a los Depredators, tampoco las interminables franquicias de Star War y Dune, eso si, siempre con gran profesionalismo. Asimismo allí están la trilogía de El Budayén de George Alec Effinger, la serie de los Asesinos de Robin Hobb (asimismo destacan Golden Fool con esa espalda que a esbeltez apetitosa multiplica efecto con un tatuaje tan intrincado como fastuoso y Mad Ship por el combate con el dragón oceánico) o la saga Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin para demostrarlo. Si, es variado, es inmenso, es Youll.

Cuando ilustra a Ian McDonald, ya sea en Terminal Café (con su bóveda despojada de gravedad para que los alas deltas la recorren sin daño) pero sobre todo con Broken Land, al seducirnos con la geografía sin igual que el autor levanta en torno a la protagonista y que aunque está descrita en la novela, Youll le entrega un resplandor especial como si con el corazón ebrio se lanzara a la representación de un evento múltiple del cual la lámina panorámica que espectamos es una piel. La tonalidad miel de esa arquitectura viviente, que parece derramarse como almíbar, que se enfrasca en evaginar formas cada vez más asombrosas hacia el farallón aéreo, casi megaparásitos de carnepiedra rojizoamarillenta, extrayéndolas desde sus inagotables y protoplasmáticas profundidades constituidas probablemente por fábricas de nanocomponentes; ese amoroso cuidado por el detalle, espuma de nácar aglomerada en formas insólitas: encías retraídas, espículas, dientes, burbujas, cilios, tejidos diversos; las cúpulas que crecen como pétalos y se orientalizan por un instante, el crepúsculo en cuyo centro late una amenaza derramándose sobre el paisaje y resonando en las edificaciones, la intimidación un tanto salvaje que emana de los helicópteros quitinosos, los suficientes toques de oscuridad como para inquietarnos; así, que verla sentada allí mientras levanta la barbilla con gesto teñido de audacia y frunciendo los deliciosos labios con determinación, contemplando en lontananza la extraña dulzura de las nubes rosas del atardecer pero con un toque de angustia, nos provoca cortejar su atención en sordina para que nos permita acariciarla invisibles; o en concupiscente perturbación acorde con la sensación que agobia desde el cuadro, y brota una línea de violencia por que nos ignora y ansiamos entonces desgarrar las telas de su blusa, su hot pant, su cinturón elástico, sus polainas moteadas, y luego dejar que nuestra cabeza rebote en sus muslos (simétrica a la testa parlante que la acompaña evocando las de Futurama), los cuales —a pesar de la distancia a que la ha colocado Youll— presentimos jugosos y queremos libar el vino de su vientre.

© Luís Bolaños; 23-06-07.

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"...Eximio portadista, unas 150 carátulas, numerosos escritores han recurrido a él, desde Arthur C. Clarke, Ben Bova, Kevin J. Anderson, e Isaac Asimov hasta Leigh Richards, John Barnes y Michael Stackpole. Si observamos a Stephen hallamos: vigorosa composición, atiborrada de detalles, uso espléndido de la gama del magenta (Alien Influences de Kristine K. Rusch) y el naranja (Ambassador, the); en general, su aproximación al color se convierte en un recurso magnífico, pero la emotividad y significado que alcanza con estos dos es notable, recurre a túneles de luz para construir el misterio en los bordes, apela a los centros de impacto visual diferidos o sucesivos, uno oscuro en el margen cercano al espectador y uno lejano envuelto en color, invoca poderosos amasijos arquitectónicos que mezclan con desenfado postmoderno lo medieval con lo futurista (un velero y un deslizante iónico en The Broken God de David Zindel, trazando una dieta deliciosa para arquitectos y fabuladores, quizás como continuación del que fue su primera comisión como pintor: reconstruir históricas piezas de arte antiguo para la catedral de Durham...."

 

Junio 2007

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