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En la prolongada e interesante obra de
Clifford D. Simak (1904- 1988) es posible encontrar varias intenciones y
preocupaciones, que, cual motivo creativo, las animan: las diferencias
culturales (expresadas en cuentos como Cortesía) los miedos
comunes a la obliteración y a la alteridad (o lo desconocido, expresado
en obras como Toda la Carne es Hierba) y las posibilidades de
realidades alternas, espacios más allá de nuestro propio marco de
percepción, exactamente en la línea conceptual de la mecánica cuántica,
aunque sin dejar de lado una profunda consideración por la condición
humana, a la cual no transgrede invadiéndola con artilugios tecnológicos
(tal como otros autores contemporáneos, como Greg Egan, hacen a la
primera de cambio, cosa que puede deberse a su formación como físico y a
que los adelantos en biotecnología se dieron recién desde la década de
1970 en adelante) pero en la cual lo inusual, como resultado de algo que
emerge de la propia trama de la historia, aparece.
Y este algo casi siempre impone algún tipo de restricción y/o limitación
a un grupo de personas (un pueblo, una ciudad, toda la civilización) que
genera una ola de cambios, una movilización, piezas que se mueven al tan
improbable como certero azar de un destino que, prefigurado en la mente
del autor —pero nunca en la del febril lector, ya atrapado en la
lectura— aparece ineludible una vez revelado.
En este caso, nos ocupa El tiempo es lo más simple (Time is the
simplest thing, 1961) se inicia con una restricción: sencillamente,
nunca podríamos ir a las estrellas, ya que los cinturones de Van Allen
(recién descubiertos en 1958, tres años antes por el Explorer 1)
imponían un mortal peaje a quienquiera que se atreviese a atravesarlos
en pos de ganar el espacio exterior (o la órbita siquiera) por lo que
otros medios tuvieron que establecerse.
Y es así como apareció El Anzuelo, una agencia encargada de usar
“talentos excepcionales” para adentrarse en el espacio ya no física,
sino mentalmente, encontrando un universo en el cual muchas
posibilidades se dan y es una de estas posibilidades la que le da al
protagonista de esta historia, un agente del Anzuelo llamado Shepherd
(Rebaño) Blaine quien, en uno de sus “viajes” (¿vuelos?) encuentra a un
inesperado ser quien le ofrece “intercambiar su mente con la suya”
Este es el inicio de una serie de peripecias que harán a Blaine hacer de
voz de la conciencia en el cual conocerá a una singular gama de
personajes y el autor nos dará su particular visión sobre un mundo en el
siglo XXII, una particular coyuntura en la que el anzuelo ha asumido un
tiránico monopolio sobre el conocimiento, que, para colmo de males no es
resultado de la investigación concienzuda y ética y epistemologicamente
meditada, sino como resultado de un saqueo de las diversidad de otros
mundos y, si bien se da a entender en el texto que se hace con fines de
“beneficio para la humanidad” ello resulta bastante cuestionable por
decir lo menos, ya que si el conocimiento se usa para beneficio de la
gente, pero con un intermediario comercial exclusivo, no estamos
hablando de beneficios sociales, sino de simple y sencillo abuso de
poder.
Esta tendencia de uso de un poder monopólico por parte del Anzuelo ha
causado la reacción contraria en la gente, el Anzuelo es repudiado y
detestado, y sus agentes como mínimo, tolerados bajo la mayor
incomodidad, derivando en una especie de nuevo oscurantismo, donde, a
falta de un nuevo chivo expiatorio, los seres humanos con habilidades
paranormales (parakinos) son los nuevos apestados, además de que la
relación de estos con el omnipresente Anzuelo sólo agrava la situación.
Aquí cabe preguntarse acerca de la importancia del papel de la ciencia
(fracasada por su incapacidad de llegar a las estrellas, y por ende,
desacreditada) en la generación del conflicto, en especial en su papel
social, ya que el conocimiento divulgado elimina barreras para la
comprensión, cosa exactamente lo contrario de lo que el autor señala.
Es sorprendente como Simak defiende y sostiene la existencia de seres
con habilidades mentales paranormales, definiéndolos como el resultado
de la evolución ¡interesante mundo este donde, junto con viajes
interplanetarios, tenemos brujas, hombres lobo y balas de plata! Así,
Simak nos trae a un terreno intermedio, en el que la fantasía pura y
dura y la ciencia ficción de mejor cuño se mezclan y, de algún modo,
generan una buena mezcla.
Así —y como también se nota en su posterior obra Toda la carne es
hierba— el drama se ve en tres aspectos o corrientes que se
superponen entre sí: tenemos primero el particular mundo interior de
Blaine, que de oveja del rebaño —y gracias a la “cosa color de rosa” y
sus particulares capacidades, como la de elevar el metabolismo o
desplazarse cuánticamente—, se vuelve el ermitaño brujo que comienza a
ofrecer nuevas posibilidades a un mundo polarizado entre “opresores” (El
Anzuelo y sus acciones buscando “el mejor interés” para la humanidad)
liderados por el sombrío y manipulador Kirby Rand, quien pragmáticamente
defiende sus intereses y los “desplazados” o “normales” liderados por el
ex agente del Anzuelo Lambert Finn, quien conspira para provocar la
ruina del Anzuelo al costo que sea, aunque eso incluya la destrucción de
todos los parakinos como él.
Estos tres impulsos colisionan entre sí, dando como resultado una
escalada de conflicto de la que nadie está a salvo, aunque Simak, no
siendo un escritor de tendencias épicas, toma la opción de la solución
de menor costo para el conflicto. Como es usual en sus estilo, no acepta
la salida fácil (la destrucción de un bando por el otro) ni el
mantenimiento del Statu Quo (excesivamente costoso y a la larga,
ineficiente, como la historia de los gobiernos totalitarios ha
demostrado) a cualquier precio, sino una tercera salida que aparece como
un rayo de esperanza para los parakinos.
Sin embargo, tal propósito no sería posible sin la contribución a la
saga de Blaine de otros personajes interesantes, por ejemplo, la
entrometida —y comprometida— periodista Harriet Quimby, quien lo saca de
más de un lío, o el desertor del Anzuelo Godfrey Stone,
Puede ser interesante relacionar esta idea de la “huída” de los
parakinos con el rapto de los justos mencionado en el Apocalipsis,
aunque dudo que tal paralelismo haya sido implicado intencionalmente por
el autor. Siendo más probable que se trate con esto de la esperanza de
un mundo nuevo, ideal, en el que las restricciones que nos atosigan (por
ejemplo, un ghetto para parakinos en el pueblo de Hamilton, al alcance
de la furibunda población del pueblo de Belmont) desaparecen, cosa que
también se puede asociar con el tema de la evasión de la realidad que se
le achaca constantemente a la ciencia ficción desde las arenas del
mainstream.
Y sin embargo, Simak se las arregla para redondear en el final una obra
compleja e interesante, definitivamente no para el lector conforme con
la comodidad (por lo menos, las primeras cien páginas) sino ahíto por
cuestionarse, sobre tal vez cuales son los limites de nuestras
cosmovisiones y en que sentido ellos se convierten en terribles
simplificadores que, más que señalar nuevos caminos (como hace Blaine al
final de la obra) nos encierran en círculos viciosos, que deben evitarse
siempre.
© Isaac Robles; 23-06-07.
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