LA EDAD DE ORO: 1939-1940

Verdaderamente, muchas ideas y prejuicios acerca de la ciencia ficción norteamericana de la llamada Edad de Oro se me han caído al piso luego de leer esta excelente antología. En lugar de encontrar historias primitivas, anglocéntricas, machistas y demás términos peyorativos, la selección hecha por Isaac Asimov y Martin H. Greenberg muestra una sorprendente variedad de registros y, sobre todo, una gran "madurez" en lo que a temática y tratamiento de personajes se refiere. Para quienes creíamos que la "nueva ola" de los sesentas y setentas recién incorporaba temáticas "serias" a la ciencia ficción, esta antología nos cae como un balde de agua. ¿Qué más se puede decir de los antologados? Simplemente, maestros.
Además de los cuentos, la dupla Asimov & Greenberg nos obsequia con sendas introducciones, correspondientes a los años 1939 y 1940, que nos ayudan a entender el ambiente que se vivía en EE.UU. y en otras partes del mundo durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Sólo una interrogante: ¿Trotsky murió de un derrame cerebral?

1939

Introducción


El día ha muerto, Lester del Rey
Si bien no sabemos a ciencia cierta cómo funciona la evolución, ni cómo fueron los probables contactos entre los neandertales y los cro-magnon, espero que nuestros ancestros hayan demostrado en su oportunidad la misma compasión que algunos de los personajes de este melancólico relato.

El hombre deforme, L. Sprague de Camp
Me imagino el placer que deben haber sentido los lectores de esta historia al momento de su publicación. Por cierto, no menor al que puede obtenerse de su lectura incluso en nuestro poco dado a las maravillas siglo XXI. El hombre deforme del título pasa por ser un infeliz fenómeno de circo, hasta que se descubre que es un ser único en su género, portador entre otras cosas, del don de la inmortalidad…

Destructor negro, A.E. van Vogt
Un episodio de la novela “El viaje del Beagle espacial”. En un planeta cuya civilización se ha extinguido hace mucho tiempo, una astronave de la Tierra recoge a un ser de apariencia felina, capaz de atravesar la materia. El ser comienza a devorar a los tripulantes de la nave. Según dicen, la película Alien está inspirada en este relato.

El halo equivocado, Henry Kuttner
Parece que en los años treinta los escritores y editores de ciencia ficción no se hacían problemas a la hora de “precisar” si un relato era de ciencia ficción, fantasía o terror. Supongo que la terminología “narrativa conjetural”, impulsada entre otros por Sergio Gaut vel Hartman, sería de más utilidad a la hora de clasificar este humorístico relato, sobre un ángel encargado de repartir halos a las personas buenas de la Tierra, y que por error le otorga un halo a la persona equivocada. ¿Cómo se hace para ser un santo, si no se desea serlo?

Respirador de éter, Theodore Sturgeon
Es evidente que al momento de escribirse este relato, la televisión aún estaba en sus inicios. Y ciertas teorías científicas también, como aquella que da origen al término “éter”. Pero, vaya sorpresa, antes de la advenimiento de la Internet y del espectacular desarrollo de la informática que vivimos actualmente, Sturgeon se las arregló para anticipar el nacimiento de una inteligencia (artificial), surgida de las transmisiones a través del espectro radioeléctrico (la de términos que uno aprende leyendo las Normas Legales del diario El Peruano). Y Sturgeon también nos advierte de que nada vale la inteligencia si no está acompañada de una personalidad equilibrada. O al menos, de sentido del humor…

Peregrinación, Nelson Bond
Esta historia tiene la rara cualidad de no envejecer, pese a que muchos de sus fundamentos, entre ellos el miedo a la destrucción total de lo que conocemos como civilización, hoy en día ha pasado a un segundo plano (es decir, nos estamos destruyendo pero ya no importa). Además, es una suerte de guiño (o burla) al feminismo militante, recordando al bello sexo que hacen falta dos para bailar un tango. Y que ambos sexos pueden compartir muchas cosas, como la ingenuidad, la ignorancia, la arrogancia, el amor y otras yerbas. Eso si, el final es impactante.

Oh, estrella brillante, Jack Williamson
Williamson podía y se atrevía con todo. Nadie como él para escribir una novela de acción trepidante y, acto seguido, escribir otra burlándose de la anterior (la vacuna perfecta contra la petulancia y el fascismo, creo). Un pobre marido (imposible no sentir empatía por él) obtiene el don de materializar cualquier cosa que piense con nitidez. Un don que lo convertirá en víctima antes que en el feliz ganador que siempre deseó ser. Me pregunto si los guionistas de Married with children se inspiraron en este relato para diseñar al personaje Al Bundy.

Inadaptado, Robert A. Heinlein
Luego del humor de Williamson, nos ponemos firmes para saludar al maestro Heinlein y sus muchachos dispuestos a conquistar el universo a punta de esfuerzo, inteligencia y el convencimiento de estar destinados a ganar SIEMPRE. Un grupo de mineros espaciales (trabajan en asteroides) descubre que tiene entre ellos a un sujeto aparentemente poco idóneo para la ruda labor a la que está destinado. Sin embargo, las burlas se convierten en vítores cuando EL MUCHACHO demuestre para qué es realmente competente.

1940

Introducción

La pistola automática, Fritz Leiber
Al diablo las convenciones del género, habrá dicho alguna vez Leiber. Ahora voy a escribir un cuento cronológicamente situado en plena depresión norteamericana (los ambientes y personajes de La pistola automática parecen extraídos de la serie animada “Don Gato y su pandilla”), un grupo de maleantes, el típico jefe matón y traicionero… y una pistola que es algo más que una pistola. No hay forma de abandonar este relato una vez empezada su lectura.

Franqueo pagado al paraíso, Robert Arthur
El título lo dice todo. Unas estampillas emitidas por un país de ubicación incierta llegan a manos de los protagonistas. Cuando intentan venderlas, nadie las adquiere por considerarlas falsificaciones. Sin embargo, sus fantásticas propiedades nos harán ver que El Dorado puede ser más que una leyenda, y que siempre es bueno aprender geografía.

It (Ello), Theodore Sturgeon
Cuando quería ser aterrador, Sturgeon lo lograba a conciencia. Sin explicación alguna, una cosa comienza a caminar y a aterrar cuanto ser viviente se encuentra a su paso. El truco está en que lo hace con la mayor ingenuidad del mundo, duplicándose el efecto de miedo por lo imprevisible de su conducta. El misterio detrás de su origen funciona a modo de inquietante epílogo.

La carretera imposible, Oscar J. Friend
Este es uno de los cuentos que me han dejado perplejo, al punto de estar por deshacerme de algunos libros que he leído sobre ciencia ficción, sobre la Edad de Oro norteamericana, sobre el espíritu ingenuo y optimista previo al estallido de la bomba atómica… En su afán de saber, el hombre puede comportarse con absoluta crueldad. Pero en este caso, superó todas mis expectativas. Aunque quien sabe en qué nos convertiríamos si tuviéramos la oportunidad de ver el destino de la humanidad en un museo.

Butilo y el respirador, Theodore Sturgeon
Continuación de Respirador de éter. La aparición de una inteligencia artificial y su posterior desaparición sumen a los primeros contactados en el desasosiego, hasta que a alguien descubre lo que ya sabemos: que la televisión también puede apestar.

Su eminencia, L. Sprague de Camp
León Sprague de Camp siempre ha sido para mí un autor difícil. Tengo que releer sus cuentos para entenderlos y disfrutarlos. No se si esto se debe a su manera de escribir, a la traducción o a mis limitadas dotes de lector. Es que el hombre mezcla de todo: osos con inteligencia aumentada que dan clases en Yale, decanos avaros, catedráticos resentidos y estudiantes de ciencias más dispuestos a cometer trastadas que a estudiar. Añádase un despliegue de inventos de origen desconocido, cuyo único propósito es dejar en ridículo a un profesor poco apreciado, y a un genio que sólo recupera la lucidez cuando está ebrio. Descacharrante.

© Daniel Salvo; 06-06-07.
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La edad de oro 1939-1940

Los relatos que hicieron historia antes de los premios Hugo
Martínez Roca, Barcelona, 1988
Colección dirigida por Alejo Cuervo
Traducción de Rafael Marín Trechera, Cecilia Filipetto y Francisco Blanco
Diseño cubierta: Gees/Hoverstad
Ilustración: Chichoni
El arte de John Zeleznik
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