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Prácticamente todas las reseñas y
comentarios existentes en la red sobre esta novela coinciden en una sola
cosa: ninguna o ninguno le hace justicia. El lector que tenga la suerte
de hacerse con un ejemplar de “Rihla” se encontrará con una obra de esas
cuyas imágenes no se apartan de la mente por largo tiempo.
Supongo que, en lo que a mí respecta, manifiesto un entusiasmo
sospechoso por ésta novela debido a mi origen sudamericano. Puede ser
—uno de los puntos positivos de “Rihla” es su visión de los pueblos
aborígenes americanos, tan cruda y admirable al mismo tiempo—, aunque no
es lo mismo ser peruano que mexicano.
Pero nos estamos perdiendo en detalles. Mejor centrémonos en una de las
novelas de fantasía (y acaso ciencia ficción, si resultase cierto que la
magia esconde el conocimiento de leyes científicas desconocidas) más
fascinantes de los últimos años. El paquete completo es un bocado más
que apetecible para quienes podemos denominarnos “latinos”, de ambos
lados del charco: involucra a andaluces, granadinos, turcos, eslavos y
mexicas. Sin contar los seres no-humanos, y no me estoy refiriendo a
animales…
La historia se inicia con las pesquisas del intelectual —faquih o
erudito— granadino Al Ayzar, peninsular de ancestros romanos. En el
decadente reino de Granada de fines del siglo XV, conseguirá un
antiquísimo mapa que señala la existencia de un territorio desconocido
para la sociedad de su tiempo, situado entre la India y Europa. Además
de riquezas y eventuales aliados, dicha tierra podría ser la clave de un
antiguo misterio.
Convencido de la existencia de esa tierra incógnita, Al Ayzar decide
aventurarse en las aguas del temido océano Atlántico, para lo cual reúne
una tripulación entre aguerrida y enigmática —guerreros abencerrajes, un
piloto cristiano, un turco que manifiesta poseer un oscuro conocimiento
de la magia, acorde con su más que sorprendente identidad, sugerida al
lector de manera inequívoca—, dispuesta a seguir al faquih en su
aventura.
Bastaría lo escrito hasta el momento sobre Rihla para afirmar que
estamos ante una de las novelas más imaginativas que se hayan escrito.
No es cosa de todos los días imaginar una expedición musulmana a América
anterior al viaje de Cristóbal Colón. Y por si no lo saben, Juan Miguel
Aguilera tiene una gran capacidad para dotar de verosimilitud a lo que
cuenta. Uno no puede más que pensar que, efectivamente, las cosas
pudieron haber ocurrido así…
Pero la verdad es que lo anterior no es más que el principio. El viaje
al nuevo mundo está lleno de aventura y acción trepidante, sin dejar de
lado el aspecto fantástico que nos gusta tanto. Nada más pisan tierra
americana —o más precisamente méxica—, nuestros héroes inician un nuevo
ciclo de aventuras que bien podría haber dado lugar a la división de
Rihla en dos partes (negocio seguro para la editorial, digan que
no). El hecho es que TODO lo que ocurre en el nuevo mundo es algo que
literalmente lo pone a uno al borde del asiento, sin ánimo de soltar el
libro ni un instante.
Además del inicial y cruento contacto con guerreros mexicas, Al Ayzar
tomará contacto con otros aspectos de dicha, llegando incluso a dudar de
su propia fe musulmana al descubrir el asombroso cúmulo de conocimientos
que sobre el planeta y el espacio exterior tienen los mexicas,
accediendo a una realidad oculta de resonancias lovecraftianas. Es
tentador seguir escribiendo sobre los intentos de Al Ayzar por entender
la cultura mexicana, que al principio le repele y aterra, pero que al
mismo tiempo lo tienta con aquello que buscan los eruditos de todos los
tiempos: el conocimiento. Más allá de la sangre y la guerra, o tal vez
como parte de ambas, hay una verdad cuyo develamiento puede ser tanto o
más aterrador que cualquier sacrificio humano.
Hay que felicitar también al autor por no haberse dejado amedrentar por
el “politicorrectismo” que consiste en ocultar o disimular ciertos
aspectos de las culturas precolombinas que no suelen considerarse parte
de ningún “legado cultural”. En Perú, por ejemplo, los textos escolares
de mi infancia incidían en tratar sobre las maravillas arquitectónicas
de los incas y en su magnífica capacidad de previsión. Pero pocas veces
se mencionaban las prácticas realizadas sobre los vencidos en las
numerosas guerras que tuvieron con pueblos vecinos, ni que tuvieron la
costumbre de realizar sacrificios humanos (la llamada “momia Juanita” es
uno de ellos). El reciente estreno de Apocalypto de Mel Gibson y
las consiguientes reacciones de algunos espectadores contra su supuesta
visión denigrante de los americanos precolombinos nos demuestra que, por
el momento, seguimos sin conocernos realmente, sin aceptar lo bueno y lo
malo que tienen todos los seres humanos de todas las épocas.
Apocalypto, a veces , permite visualizar algunas de las escenas
descritas en Rihla, y otras veces, palidece frente a algunas
descripciones de sacrificios humanos encontradas en el libro.
El autor se ha documentado bien acerca de las costumbres de los antiguos
pueblos mesoamericanos, además de la particular cosmovisión que se
encontraba detrás de las mismas, magistralmente utilizadas para crear
una cosmosivión propia y muy imaginativa. Puede resultar incongruente
considerar civilizado a un pueblo que literalmente adora verter sangre,
ya sea propia o ajena, pero todo tiene su explicación. No olvidemos que
incluso una institución capaz de matar, torturar y quemar vivos a seres
humanos, como la Inquisición, tuvo detrás suyo un trasfondo
religioso-cultural que permitía a sus ejecutores dedicarse a tan
infamantes tareas con la conciencia tranquila, creyendo —al menos tal
era el objetivo manifiesto— cumplir la voluntad de Dios y el objetivo de
la religión: salvar las almas de los hombres.
A menos que, como en “Rihla”, exista una verdad más allá de todo lo
imaginable. No por nada, la portada de la excelente edición de Minotauro
pone “un viaje iniciático al nuevo mundo”. Tal vez nosotros mismos
debamos empezar ese viaje.
© Daniel Salvo; 24-05-07.
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