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En la vida humana sólo
unos pocos sueños se cumplen;
La gran mayoría de los sueños se roncan
Jardiel Poncela.
Introducción
El ser humano tiende a recurrir a su potente imaginación cuando carece de
conocimiento más seguro y fiable sobre ciertas cosas. Por ejemplo, durante
muchos siglos, el rayo era la manifestación del enfado de Zeus hasta que se
descubrió su explicación científica: una diferencia de potencial eléctrico
entre el cielo y la tierra...
Afortunadamente, la ciencia, con sus explicaciones seguras y fiables, nos
permite un mayor control del mundo que nos rodea. Siguiendo la vieja idea de
Francis Bacon en su NOVUM ORGANUM (1620), nuestro conocimiento de la
naturaleza ha de servir para dominar el mundo. Así, saber cómo funciona el
rayo permite inventar el pararrayos y limitar los efectos de una tormenta. Y
lo logra con mucha mayor eficacia que ofreciendo a un dudoso Zeus
sacrificios de todo tipo para reclamar su benevolencia y evitar que,
enfadado, nos lance sus demoledores rayos.
También los planetas (como ocurre con tantos otros fenómenos que han sido
objeto del estudio científico: robots, clones, viajes espaciales, etc.), han
sido objeto del imaginario popular antes de la llegada del conocimiento
científico en sí. Las manifestaciones más características han sido las de la
ciencia ficción. La ciencia ficción es una narrativa específica, nacida en
el siglo XIX y desarrollada básicamente, en literatura y cine, a lo largo
del siglo XX. En adecuada definición de Isaac Asimov, la ciencia ficción
sería esa narrativa especializada en "estudiar la respuesta humana a los
cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología". Lo que proporciona tanto
el aspecto humano que da interés a las narraciones de ciencia ficción, como
la reflexión sobre el alcance y el efecto de los conocimientos
tecnocientíficos.
Respecto de la imaginación popular en torno a los planetas, el ejemplo más
significativo lo ofrecen, como no podía ser de otra manera, los planetas más
cercanos a la Tierra en el Sistema Solar: Marte y Venus. Aunque no son los
únicos: Júpiter, Mercurio y el cinturón de asteroides también han ocupado la
imaginación de los escritores de ciencia ficción aunque, de momento, en este
resumen, nos limitaremos a Marte y Venus.
Marte
Tim Burton lo vio claro y así nos lo mostró en MARS ATTACKS!: la imagen
tópica del extraterrestre ha sido siempre la de esos supuestos "marcianos"
que, desde los mal interpretados "canali" de que hablara Schiaparelli en
1877, han poblado la imaginación de muchos: los "marcianos" son bajitos,
verdes, cabezudos y, todo hay que decirlo, según Burton resultan más bien
perversos y malvados.
Hoy sabemos que Marte es muy distinto de lo imaginado por Percival Lowell en
su libro MARTE (1896). Para Lovell, Marte era un mundo frío, árido y lleno
de rojos desiertos, pero con unas escasas áreas de tierra cultivable
perfectamente capaces de sustentar la vida. Por eso Herbert G. Wells, en LA
GUERRA DE LOS MUNDOS (1898), hacía llegar de Marte una amenaza que, años más
tarde, Orson Welles convertiría en pánico generalizado en toda Norteamérica
cuando, en 1938, realizó la famosísima versión radiofónica de esa novela.
Setenta años después de Lowell, los datos del Mariner VI (llegada a las
cercanías de Marte en julio de 1965) nos aportaron la evidencia de lo que
muchos ya sospechaban: un planeta extremadamente frío, casi sin atmósfera y
sin vida. No hay marcianos. Después hemos ido aprendiendo más y más datos
sobre el vecino planeta.
Pero, mientras tanto, la ciencia ficción ha usado y abusado de Marte como
posiblemente no haya hecho con ningún otro lugar del universo. Ese Marte
imaginado contempló las extravagantes aventuras de John Carter, escritas por
Edgar Rice Burroughs (el creador de Tarzán) a la busca de otros ambientes
exóticos para las aventuras de sus protagonistas cuando África empezaba a
parecer agotada en este sentido. La serie se inicia
con UNA PRINCESA DE MARTE (1912), una heroína tal vez guapa pero, por
cierto, de piel rojiza y reproducción ovípara...
Marte fue también el planeta donde Stanley Weinbaum imaginó uno de los seres
más curiosos de la ciencia ficción de todos los tiempos: Tweel, el
pseudo-avestruz de UNA ODISEA MARCIANA (1934). Y fue también el referente
poético de ese Marte imposible pero entrañable de las
CRÓNICAS MARCIANAS
(1950) de Ray Bradbury que tanto gustaron a Jorge Luis Borges. Y ello sin
olvidar las irónicas y divertidas peripecias de esos marcianos incordiantes
y chismosos de MARCIANO, VETE A CASA (1955) de Fredric Brown, o ese
iluminado mesías marciano que lo revolucionaba prácticamente todo en
FORASTERO EN TIERRA EXTRAÑA (1961) de Robert A. Heinlein.
Imaginación desbordada que se refería a Marte sin atender a su posible
realidad, aunque hubiera curiosas excepciones como LAS ARENAS DE MARTE
(1951) de Arthur C. Clarke que, desgraciadamente, no marcaron la pauta.
Pero los Mariner y el Viking lo cambiaron todo. En los años setenta, la
ciencia ficción comprendió que, a falta de marcianos, si ha de haber vida en
Marte habrá que modificar o bien al ser humano o, mucho más agresivamente,
alterar toda la ecología planetaria marciana para que pueda albergar con
comodidad la vida nacida en la Tierra.
En el primer caso, Frederik Pohl, en HOMO PLUS (1976), postula el uso de la
cirugía y nuevos órganos artificiales para completar aquello que nos ha
proporcionado la evolución.
Para explorar y vivir en Marte, el Homo sapiens deberá convertirse en un
nuevo ser (ese Homo plus del título), un cosmonauta cyborg, mitad humano y
mitad robot con mayores pulmones para respirar una atmósfera enrarecida,
ojos multifacetados adaptados para ver en la gama de los infrarrojos, una
piel casi acorazada, alas añadidas para incorporar baterías solares que
alimenten su mitad cibernética, y un largo etcétera de modificaciones. Ese
sería el precio de querer habitar el planeta rojo.
Más recientemente, la imprescindible adaptación del ser humano para poder
vivir en Marte se resuelve con la ayuda de la nanotecnología en obras de
gran brillantez temática y estilística como MARTE SE MUEVE (1993) de Greg
Bear.
La otra posibilidad es la "terraformación planetaria", uno de los más
descomunales proyectos de ingeniería biológica que el ser humano ha
imaginado: modificar la entera ecología de un planeta para que, en el menor
tiempo posible, desarrolle unas condiciones adecuadas para que los seres
humanos podamos vivir en él. Fue el fallecido Carl Sagan quien abordó el
tema de la terraformación en su interesante libro de divulgación científica
LA CONEXIÓN CÓSMICA (1973). Y una reciente trilogía de Kim Stanley Robinson:
MARTE ROJO (1991), MARTE VERDE (1992) y MARTE AZUL (1996), es, hasta la
fecha, la mejor muestra de esa necesaria y escalonada transformación del
planeta rojo hasta convertirse en otro maravilloso planeta azul, hijo esta
vez de la tecnología del Homo faber terrestre.
Venus
El caso de los presuntos "canales" de Marte que nunca existieron, es un
ejemplo claro de un error que, por diversas razones, se difunde y pervive
durante muchos años.
Pero, al menos, en el caso de Marte, existen las viejas observaciones de
Schiaparelli y esa referencia a unos posibles "canali" de los que él mismo
hablara en 1877. No es demasiado extraño que, buscando precisamente esos
canales, Percival Lowell imaginara haberlos encontrado y la imagen de un
Marte surcado por canales y posiblemente habitado haya pervivido mucho años.
Mucho peor ha sido lo que ha pasado con Venus. A los ojos de los primeros
astrónomos que lo estudiaron, el planeta que los clásicos asociaron al amor
ofrece una imagen brillante y sin relieves. A finales del siglo XIX y
principios del XX, Venus era un misterio para los observadores. Muy pronto
se concluyó que estaba cubierto de una capa permanente de nubes. Si se veían
nubes, tenía que haber agua y, seguramente por eso, el Venus de la
imaginación popular se convirtió en un planeta oceánico dominado por las
aguas y, como complemento, la posibilidad de inmensas junglas de lujuriosa
vegetación.
La sonda Mariner II, lanzada el 27 de agosto de 1962, llegó a unos 30.000
kilómetros de Venus el 14 de diciembre del mismo año. Nos enseñó que no
había líquido alguno en la superficie de Venus, y que las nubes observadas,
formadas en su mayoría por dióxido de carbono, creaban un enorme efecto
invernadero que mantenía en la superficie temperaturas de varios centenares
de grados centígrados. Posteriormente, en 1964, con estudios realizados con
ondas de radar se averiguó que Venus completaba una rotación cada 243 días
(en realidad, 18 días más que la duración de su año) y, lo más curioso, esa
rotación era en dirección contraria a la del resto de los planetas.
Con toda seguridad, al menos para los intereses de la imaginación, tal vez
era preferible el poético planeta oceánico con mucha vegetación. Resultaba
fácil imaginar en él la continuación de las aventuras de descubrimiento que
en la Tierra ofrecieron durante el siglo pasado las por entonces ignotas
tierras de África.
Así lo hizo, por ejemplo, C.S. Lewis en PERELANDRA (1943) donde un Venus
oceánico, con grandes islas de vegetación flotante, era el ambiente ideal
para rediseñar y actualizar el mito de Adán y Eva. La idea de las islas
flotantes de Venus parece proceder de otro autor británico: Olaf Stapledon,
quien en su obra ÚLTIMOS Y PRIMEROS HOMBRES (1930) ya habla de islas
flotantes en Venus. Y lo hace como consecuencia de lo sugerido en "El último
juicio", un artículo de 1927 del biólogo J.B.S. Haldane (también británico)
quien sugería que Venus podría ser un hogar adecuado para la humanidad
cuando la Tierra dejara de ser habitable.
Con el devenir de la imaginación volcada al espacio que representa la
primera época de la ciencia ficción, Venus fue escenario de todo tipo de
aventuras como las de LOS MERCADERES DEL ESPACIO (1953) de Frederik Pohl y
Cyril M. Kornbluth con un Venus inevitablemente húmedo y con minas en las
que el protagonista debe reconstruir su futuro personal amenazado en una
civilización excesivamente dependiente de la publicidad y el consumo.
Incluso Isaac Asimov recurrió al Venus oceánico como escenario de una de las
aventuras de Lucky Starr, el Ranger del Espacio que protagonizó una serie de
novelas para adolescentes publicadas en los años cincuenta y que, al
principio, iban firmadas con el seudónimo Paul French. La fama de Asimov ha
hecho que se reediten a menudo esas novelas pese a los errores astronómicos
que ahora sabemos que contienen. Desde 1970, Asimov obliga a que se publique
una breve introducción de dos páginas aclarando el carácter irreal del Venus
que nos presenta, por ejemplo en LOS OCÉANOS DE VENUS (1954), al igual que
exigió cuando se reeditó la novela de esa misma serie ambientada en Marte:
LUCKY STARR: EL RANGER DEL ESPACIO (1952).
Conocida ya la realidad, otros autores de ciencia ficción han abordado la
dura tarea de imaginar un Venus habitable por los humanos y, por
consiguiente, la difícil terraformación de un planeta hoy muy alejado de
poder permitir la vida humana en su superficie. El más interesante de esos
esfuerzos puede ser el que realizó Pamela Sargent con VENUS OF DREAMS (1986)
y VENUS OF SHADOWS (1988), y cuyo éxito en Estados Unidos ha hecho que, años
después, apareciera el volumen que cierra la trilogía: CHILD OF VENUS
(2001).
Pero muchos, terrible paradoja, siguen prefiriendo ese Venus oceánico y
aventurero que conocieron en su infancia, cuando el Mariner II todavía no
había destruido los viejos sueños de aventura con la ayuda de la más cruda
realidad...
Planetas inventados: la imaginación controlada
Pero no basta con la
imaginación desbordada en torno a planetas realmente existentes. La ciencia
ficción cubre más facetas.
Uno de los más serios problemas a los que se enfrentan algunos autores de
ciencia ficción, es el imaginar de forma coherente nuevos entornos
planetarios. El problema incluye diversos aspectos que han de ser analizados
con rigor en función de los conocimientos astronómicos y cosmológicos de que
disponemos.
Es un problema que incluye diversos y variados aspectos: desde la dinámica
de sistemas solares con más de una estrella, a la forma en que las estrellas
afectan la formación de los planetas, pasando por los efectos de la masa, la
gravedad y el campo magnético del planeta en cuestión, etc. Y todo ello sin
olvidar el complemento que pueda representar la bioquímica de una posible
vida planetaria y la forma en que las condiciones físicas del planeta y de
su sistema solar influencian la evolución de la vida.
No son problemas banales ni sencillos y, aunque muchos autores (literatos en
suma) evitan detenerse en ellos, hay también brillantes especialistas en
imaginar mundos diversos e intentar hacerlo de forma respetuosa con lo que
la ciencia actual conoce.
Uno de los autores que más destaca en este campo es Hal Clement, quien, en
MISIÓN DE GRAVEDAD (1953), describe la vida en las duras condiciones del
planeta Mesklin, un planeta con un gran gradiente de gravedad y con unos
curiosos habitantes.
El planeta Mesklin, casi en forma de disco y con gran velocidad de rotación,
es grande y muy denso. La gravedad en su superficie varía enormemente desde
3g en el ecuador hasta los 700g de los polos. Los océanos son de metano
líquido y la nieve es amoníaco congelado. En esas condiciones de pesadilla
viven los "mesklinitas" quienes, debido a la práctica bidimensionalidad de
sus vidas (mirar hacia arriba es algo incluso físicamente difícil a causa de
la gravedad), han tenido que desarrollar una curiosa cultura y una sociedad
perfectamente acordes con las condiciones de su entorno. La novela es un
perfecto ejemplo de la construcción coherente de un mundo en el que las
condiciones físicas representan una dificultad adicional para la vida.
La problemática de una gravitación exagerada ha sido recogida y actualizada
por el Dr. Robert L. Forward en HUEVO DEL DRAGÓN (1980). En un evidente
homenaje a la obra de Clement, el Dr. Forward especula con la posible vida
de unos seres francamente distintos que habitan nada más y nada menos que en
la superficie de una estrella de neutrones.
Las condiciones en la estrella de neutrones son, evidentemente, infernales.
Sesenta y siete mil millones de veces la gravedad terrestre han comprimido
la estrella a una esfera de sólo veinte kilómetros de diámetro que
experimenta una revolución (un "día") en sólo 200 milisegundos. Y, por si
ello fuera poco, además la fuerza del campo magnético (un billón de gauss),
altera los núcleos de la corteza y, también, las reacciones químicas
habituales en nuestro mundo son reemplazadas por nuevas reacciones de
neutrones.
En ese mundo imposible, el Dr. Forward imagina que existe vida, la de los "cheela",
los seres ameboides de la corteza de la estrella, que experimentan en una
hora el equivalente de más de cien años de vida terrestre. Los detalles
técnicos de su anatomía y biología son también verosímiles por su correcta
adaptación al difícil mundo en que viven.
Como era de esperar, (e incluso agradecer) la novela dispone de un
interesante "Apéndice técnico" donde el autor, investigador en el campo de
la astronomía gravitatoria, expone el posible fundamento de ésas que, a
primera vista, parecen especulaciones un tanto exageradas.
Se trata, en ambos casos, de algunos de los mejores exponentes de la mejor
ciencia ficción hard, de esa ciencia ficción no siempre tan abundante como
sería de desear, que intenta especular coherentemente al amparo de los
conocimientos científicos disponibles. Una forma amena de sugerir
especulaciones en torno a la ciencia por medio de una trama de aventuras que
las hagan aún más amenas. El verdadero núcleo de la ciencia ficción.
Planetas inventados: la imaginación desbordada
A veces los autores de ciencia ficción imaginan cosas francamente
sorprendentes.
A mediados de la década de los cincuenta, un astrónomo famoso, Fred Hoyle,
especuló novelísticamente con la idea de lo que pudiera ocurrir si una masa
de materia interestelar pudiera llegar a estar dotada de inteligencia. La
idea que Hoyle planteara en LA NUBE NEGRA (1957), fue retomada recientemente
por otro autor de ciencia ficción, el veterano Frederik Pohl, en EL MUNDO AL
FINAL DEL TIEMPO (1990).
Otra idea un tanto paradójica y no menos sorprendente es la de imaginar una
mente única a nivel planetario. Uno de los mejores ejemplos de ello es el
descrito en SOLARIS (1961), la magistral novela de Stanislaw Lem que, diez
años después, dio lugar a una dilatada y reflexiva versión cinematográfica
dirigida por Andrei Tarkovski y mucho después, otra, estadounidense esta
vez, protagonizada por George Clooney. Y conviene destacar que la novela de
Lem se escribió incluso antes de la hipótesis Gaia de James Lovelock, quien
ve también a nuestro propio planeta como un descomunal organismo vivo, un
todo viviente, coherente, autorregulador y autocambiante, sometido a las
reglas de la homoestasis.
Solaris es un curioso planeta que órbita entre dos soles, uno rojo y otro
azul. Es evidente que tal supuesto es arriesgado. Sabemos que, en esas
condiciones, la órbita no puede ser estable y que, tarde o temprano, el
planeta será engullido por uno de los dos soles.
Pero, nos cuenta Lem, eso no ocurre con Solaris. Milagrosamente la órbita
permanece estable y lo lógico es suponer que algo o alguien colabora a ese
hecho insólito según la mecánica celeste.
Solaris es un planeta cuyo diámetro sobrepasa en un quinto el diámetro de la
Tierra, pero que dispone de una masa varias veces inferior a la de nuestro
planeta. La superficie de Solaris está cubierta por un océano tachonado de
innumerables islas, a modo de altiplanicies. Pero todas esas islas suman una
superficie que es incluso inferior a la de Europa. Se trata, evidentemente,
de un mundo acuático.
En la hipótesis de Lem, ese océano es una formación orgánica, una entidad
compleja que viene a representar toda la vida existente en Solaris: un único
habitante pero gigantesco. Una vida que parece haber evolucionado no sólo
para adaptarse al medio, sino para dominarlo. Efectivamente: la razón última
de la imposible estabilidad del planeta parece residir en ese océano al que
los físicos, sin por ello asignarle la categoría de ser vivo, han denominado
"máquina plasmática" por haber encontrado cierta relación entre los procesos
que tienen lugar en ese océano y el potencial de gravitación medido
localmente. La estabilidad de la órbita se explica en cierta forma a
expensas de generar un misterio mucho mayor.
Tanto la novela como las versiones cinematográficas, parecen orientadas a
sugerir los inevitables límites del ser humano y de su capacidad de
comprender lo intrínsecamente distinto. En realidad,
SOLARIS viene a ser un
caso extremo de "contacto con inteligencias extraterrestres" (otro tema
especulativo muy propio de la ciencia ficción) y, en el fondo, una reflexión
que bordea la metafísica en torno a si existe o no una verdad absoluta.
Inevitablemente seres tan distintos como ese océano y el humano protagonista
parecen condenados a no comprenderse.
Lem imagina, consecuentemente, una nueva ciencia, la "solarística"
construida en torno a las raras experiencias que surgen en un mundo como
Solaris donde incluso las mediciones de los aparatos electrónicos muestran
una actividad fantástica agravada por el hecho de que esas mediciones nunca
resultan ser repetibles. Posiblemente la interacción de ese misterioso
océano altera los datos y amenaza incluso a un hecho capital en la ciencia
observacional moderna: la postulada capacidad de poder repetir los
experimentos. Un postulado que, simplemente, no se da en Solaris, lo que,
implícitamente, deja en mal lugar a
la ciencia como herramienta última de conocimiento. La "solarística" empieza
a alzarse como una nueva fe disfrazada de aspectos científicos, como una
posible nueva religión de la era
cósmica.
De una arriesgada hipótesis planetaria, Lem extrae como consecuencia un
interesado análisis de los límites propios del ser humano. Límites
individuales cuando las mentes de los protagonistas rehusan aceptar sus
creaciones mentales que parecen haberse convertido en reales en Solaris; y
límites como especie incapaz de superar las barreras del propio
antropocentrismo. La comprensión de la inteligencia alienígena resulta
imposible al margen de nuestro propio marco de referencia cultural y
filosófico, evidentemente limitado.
Planetas inventados: la imaginación disciplinada
Pero no basta con la imaginación controlada o desbordada propia de la
ciencia ficción. Incluso en ámbitos más cercanos al desarrollo de la
tecnociencia, cuecen las habas de la imaginación más fecunda y, al menos por
esta vez, en cierta forma disciplinada. Y Epona es uno de los mejores
ejemplos.
EPONA es un planeta nuevo. Una posibilidad maravillosa para explorar y poner
a prueba el alcance de nuestros conocimientos científicos. Un verdadero
reto.
Epona es el tercer mundo de un sistema planetario centrado en la estrella
Taranis, originalmente 82 Eridani. Taranis es una enana amarilla (G5 V en la
secuencia principal) que tiene, aproximadamente, unos cinco mil millones de
años. Tal y como su nombre original indica, la estrella se encuentra en la
constelación de Eridani, y se halla a unos 21 años luz de nuestro Sol.
En ese sistema solar, los cuatro planetas más interiores son de naturaleza
rocosa, con tamaños que van desde, aproximadamente, 0.1 a 2.0 veces la masa
de la Tierra, y densidades en el rango de 3.8 a 6.4 g/cm3. En concreto,
Epona, el único de esos planetas que está dotado de vida, tiene una masa
0.55 veces de la Tierra, una atmósfera oxigenada de unos 0.577 bars de
presión media, y sus continentes parecen ser de roca silícea. Epona dispone
de un clima templado y hay mares y océanos de agua.
Tras esos cuatro planetas rocosos, el sistema de Taranis incluye otros
cuatro planetas gaseosos con masas que van desde 5.9 a 206 veces la de la
Tierra y con densidades en el rango de 0.7 a 2.4 g/cm3. El grupo está
dominado por el gigante Borvo (con un 65% de la masa de Júpiter al que, en
cierta forma, se parece). Sirona, el último planeta del sistema es parecido
a Tritón y está formado por hielos.
Además de muchas informaciones sobre el sistema planetario y las
características generales de cada uno de los planetas, se conoce bastante de
la geología de Epona, el planeta más estudiado del sistema. También, como en
la Tierra, en Epona la evolución ha generado diversas especies vivas que
interaccionan en una ecología compleja no siempre evidente.
La mayor diferencia del sistema de Taranis con el de nuestro Sol o, si se
quiere, de Epona con nuestro planeta Tierra es el grado de realidad. Epona y
el sistema planetario de Taranis son criaturas de la imaginación. No existen
en la realidad. Sólo son posibles en el universo de los estudiosos y
especialistas dedicados a la creación y estudio de mundos (world builders),
a menudo al servicio de los escritores de ciencia ficción. Con toda
seguridad, de entre los muchos experimentos mentales posibles, el de Epona
es uno de los más completos y realistas.
Todo empezó cuando los miembros de Contact celebraron su congreso de 1993.
Contact es una organización educativa con raíces en la ciencia ficción. En
una de sus actividades, COTI (Cultures Of The Imagination), un grupo de
especialistas preparó con gran detalle las características de un mundo
alienígena inventado, mientras que un segundo grupo trabajó aisladamente en
la futura historia humana hasta hacernos alcanzar el viaje interestelar.
Después, en el congreso anual de Contact, se simuló un primer contacto entre
ambas culturas. Es una actividad francamente divertida y, además, de gran
interés científico.
En 1993, Martyn J. Fogg utilizó un sofisticado programa informático de
creación propia para generar un complejo sistema planetario en torno a esa
hipotética estrella llamada Taranis. La riqueza de esa simulación fue tal
que las 72 horas del congreso resultaron insuficientes. Pronto se decidió
crear un boletín (COTI Mundi Newsletter) que se envió a un amplio grupo de
interesados en la "construcción de mundos". Lo demás ya es historia: más de
una treintena de especialistas de todo tipo (biólogos, químicos, astrónomos,
antropólogos, escritores de ciencia ficción, artistas, etc.) desarrollaron
hasta
el extremo más inesperado las posibilidades, de todo tipo pero esencialmente
astronómicas, geológicas y ecológicas, del sistema planetario de Taranis.
Hoy en día, Epona ya no queda restringida a Contact. Desde 1995 los
participantes en la creación y desarrollo de Epona han formado un grupo
llamado precisamente WorldBuilders que prosigue el estudio y el desarrollo
de Epona. Una actividad que sólo cabe etiquetar como "divina" o, al menos,
de ese tipo de poderes parece reclamarse...
Y ése es solo un primer boceto de un posible mundo, de un nuevo planeta
creado y habitado por la potentísima imaginación humana. Por ahora uno de
los casos más característicos de los innumerables planetas de ficción.
© Miquel Barceló, 2004
Dpto. de Lenguajes y Sistemas Informáticos
Universidad Politécnica de Cataluña
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