Robert A.
Heinlein escribió estas palabras en 1952 y las pronuncio ante una
audiencia de radio nacional en la transmisión de una entrevista
llevada a cabo por Edgard R. Murrow.
Su esposa, Virginia Heinlein, las leyó en público cuando aceptó en
su nombre la medalla de servicio público distinguido el 6 de Octubre
de 1988, premiándolo póstumamente.
No voy a hablar de creencias religiosas sino
de asuntos tan obvios que ha caído fuera de estilo el mencionarlos. Creo en
mis vecinos, conozco sus errores, y sé que sus virtudes sobrepasan
largamente sus fallos.
Mencionemos al Padre Michael, a una casa de distancia, no soy de su credo,
pero sé que la bondad y la caridad y la amabilidad dedicada brillan en sus
acciones diarias. Creo en el Padre Mike. Si estoy en problemas, iré con él.
Mi vecino de al lado es un veterinario. Doc saldrá de la cama después de un
largo día de trabajo para ayudar a un gato callejero, sin pago —no es
prospecto para ello— creo en Doc.
Creo en la gente de mi pueblo. Puedes tocar en cualquier puerta en nuestro
pueblo diciendo: "tengo hambre," y serás alimentado. Nuestro pueblo no es
una excepción. He encontrado la misma voluntad caritativa en todas partes.
Pero por aquel que dice "a rodar contigo —tengo la mía," hay cien, mil que
dirán "Seguro, compañero, siéntate."
Sé que a pesar de todas las advertencias sobre los autoestopistas puedo
salir a la carretera, pedir un aventón y en algunos minutos un camión o auto
se detendrá y alguien dirá, "sube chico - ¿qué tan lejos vas?"
Creo en mis compatriotas ciudadanos. Nuestros titulares están salpicados de
crímenes cuando por cada criminal hay 10000 hombres honestos, decentes y
amables. Si no fuese así ningún niño viviría para crecer. Los negocios no
podrían continuar día a día. La decencia no es noticia. Se entierra en los
obituarios, pero es una fuerza más grande que el crimen. Creo en la paciente
galantería de las enfermeras y los tediosos sacrificios de los maestros.
Creo que en la no vista e interminable lucha contra adversidades
desesperadas que continúa silenciosamente en casi cada hogar en el país.
Creo en el talento honesto de los trabajadores. Miren alrededor suyo. Nunca
hubo suficientes jefes para supervisar todo ese trabajo. Del Independence
Hall al dique de Grand Coulee, estas cosas fueron construidas bien y en
orden por artesanos que fueron honestos hasta los huesos.
Creo que casi todos los políticos son honestos… hay cientos de políticos,
mal pagados o no pagados, haciendo su mejor esfuerzo sin gracias o gloria
para hacer trabajar nuestro sistema. Si esto no fuese cierto nunca
hubiésemos pasado de las trece colonias.
Creo en Rodger Young. Tú y yo somos libres gracias a incontables héroes
anónimos de Valley Forge o el Río Yalu. Creo en —estoy orgulloso de
pertenecer a— los Estados Unidos. A pesar de los defectos en los
linchamientos a la mala fe en los altos estamentos, nuestra nación ha tenido
las más decentes e internamente amables prácticas y políticas exteriores que
se encuentren en cualquier lugar de la historia
Y finalmente, creo en toda mi raza. Amarillos, blancos, negros, rojos,
marrones. En la honestidad, el coraje, la inteligencia, la durabilidad, y la
bondad de la sobrecogedora mayoría de mis hermanos y hermanas en este
planeta. Estoy orgulloso de ser un ser humano. Creo que hemos llegado tan
lejos por un pelo. Que siempre lo lograremos apenas por un pelo, pero que
siempre lo lograremos. Sobrevivir. Resistir. Creo que este embrión lampiño
con el doloroso caso del cerebro agrandado y el pulgar oponible, este animal
apenas salido a los simios durará. Durará más que su planeta natal —Se
esparcirá a las estrellas y más allá, llevando con él su honestidad y su
insaciable curiosidad, su ilimitado coraje y su noble decencia esencial.
En esto creo.
La señora
Heinlein recibió una ovación de pié.
© Robert A. Heinlein,
1952
This I Believe
Traducción de: Isaac Robles Si desea enviar algún comentario pulse
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