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En los oscuros años
setenta (oscuros para mí, no necesariamente para otros), estrenaron una
película que no me dejaron ver, pues fue censurada para mayores de 21
años (sí, así eran las cosas hace treintipico años). Actuaba David Bowie,
que por cierto me parece el actor más acertado para interpretar al
extraterrestre. Años después, hicieron un remake para la televisión,
pero mejor es olvidarse de semejante ñoñez.
El tiempo siguió su marcha, y ya en los ochenta apareció el milagro de
los milagros de la ciencia ficción, la siempre grata y recordada
Biblioteca de Ciencia Ficción de Hispamérica. Sí, los libritos azules
que aún pueden encontrarse, aunque a cuentagotas, en algunos lugares de
Lima. Un despliegue editorial que, lamentablemente, dudo que vuelva a
ocurrir. De la gran mayoría de los 100 títulos publicados, puede decirse
que eran buenos, bonitos y baratos. Y entre ellos, estaba esta joya de
la ciencia ficción, de esas que con justicia uno dice que han sido
injustamente olvidadas.
Y es que se trata nada menos que la historia de un extraterrestre del
vecino planeta Anthea, que ha venido a invadir la Tierra. ¿Que es una
historia trillada? Pues no tanto.
Resulta que en Anthea (¿Marte? ¿Venus?) solo quedan unos cuantos
antheanos, y para colmo, los recursos hace rato que se les agotaron. La
única oportunidad de sobrevivir es invadir la Tierra, rica en recursos y
poblada por una suerte de simios primitivos. Pero como se les han
agotado los recursos, los antheanos con las justas pueden construir una
nave pequeña y enviar a un solo agente. ¿Puede un antheano solitario
conquistar un planeta? Sorprendentemente, sí.
La misión del antheano, quien asume el nombre terrestre de Thomas Jerome
Newton, consiste en hacerse archimillonario, explotando las patentes
resultantes de registrar varios inventos antheanos de gran demanda en
nuestro mundo: cinematografía de alta definición, explosivos más
seguros, equipos de sonido de alta fidelidad… Inventos que pronto lo
convierten, efectivamente, en el hombre más rico del mundo, tanto, que
se encuentra en capacidad de construir una nave espacial para traer al
resto de sus compañeros antheanos, para iniciar una incruenta pero
indefectible invasión a nuestro mundo.
Lo malo es que, a diferencia de otras historias sobre malvados invasores
extraterrestres, nadie contaba con la peculiar psicología del señor
Newton. En un principio, está más que dispuesto a lograr sus metas de
antheano. Pero, a medida que pasa más tiempo entre nosotros, comienza a
desarrollar un lado humano. No es que repentinamente sienta lástima por
los habitantes del planeta que planea invadir, o que dude de la
moralidad de su misión, sino que empieza a disfrutar de los aspectos
añadidos de la cultura terrestre: la comida y la bebida, para las cuales
su organismo es asombrosamente tolerante. Y pensar que los chinos no
pueden comer queso…
El hecho es que empezamos a descubrir que mister Newton está más que
estresado por su misión. Gracias al alcohol, al cual se aficiona como un
borracho cualquiera, se “suelta” como cualquier parroquiano y confiesa
estar tan perdido, asustado y sicoseado como el burgués más cabal.
Tanto, que el secreto que rodea a su misión comienza a resquebrajarse,
ingresando a su mundo de “antheano invasor” tanto amigos como enemigos.
Por cierto, el desarrollo de los personajes secundarios es magnífico: el
profesor de ciencias que cree haber realizado el descubrimiento de su
vida, la solterona solitaria necesitada de afecto, los encargados de la
seguridad nacional que no saben cómo desenvolverse ante una amenaza
extraterrestre.
Sin embargo, Newton llega a adaptarse tanto a la maquinaria terrestre
(norteamericana, en todo caso), que prácticamente no puede escapar de su
involuntariamente adquirida situación de inmigrante bien adaptado: nadie
puede ya dejar de verlo como el próspero señor Newton, así revele su
verdadera naturaleza de antheano.
Lo más destacable es que Tevis logra crear un extraterrestre bastante
plausible, pese a que según Stanislaw Lem un verdadero ser
extraterrestre sería por fuerza tan ajeno a nuestra experiencia, que un
contacto sería imposible. Para el pobre mister Newton, hacer contacto es
el menor de sus problemas.
De paso, el autor aprovecha la oportunidad para efectuar una acerba
crítica de la sociedad norteamericana de su tiempo, de su
superficialidad y de su inacabable sed de dinero… y de lo seductores que
resultan dichos aspectos aparentemente inevitables del sueño americano.
Los Estados Unidos de Norteamérica pueden ser la tierra de las
oportunidades incluso para un extraterrestre invasor, pero también
pueden ser una trampa que funciona atrayendo y sacando a luz las
características más negativas de los seres humanos.
Y de algunos extraterrestres.
© Daniel Salvo; 02-02-07.
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