UNA VOZ EN EL OÍDO

Allá arriba, donde el aire se rarifica
los sentidos comienzan a fallar,
¿O tal vez no?

Nunca habría podido considerarse al mayor August Cantrell, de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, como un hombre nervioso. No se llega muy lejos en la Aviación siendo nervioso y, ciertamente, nunca se permite a alguien nervioso pilotar un avión a reacción de un valor superior al millón de dólares, que es lo que el mayor Cantrell estaba haciendo allí.
Pero, con nervios o sin ellos, el mayor sintióse algo raro cuando oyó la voz en su oído izquierdo.
—Mayor Cantrell —dijo la voz—, me gustaría decirle dos palabras.
Ante todo, debemos decir ahora que el mayor Cantrell no estaba desacostumbrado a oír voces en sus oídos. Por el contrario, las oía con frecuencia. Un piloto de reactores equipado con un casco con auriculares se acostumbra rápidamente a este fenómeno. Pero esta voz tenía un algo, algo que le resultaba imposible localizar, que le preocupaba.
Conectó su laringófono.
—¿Quién habla? —preguntó—. Aquí el mayor Cantrell —dio su identificación— sobre Omaha, Nebraska. ¿Quién llama?
—Mi nombre —dijo la voz— es Quadgop. No es necesario que use el micrófono. Puedo oírle bastante bien sin él.
—Esta es una longitud de onda del Arma de Aviación de los Estados Unidos —interrumpió Cantrell—. Corte la emisión y desaparezca inmediatamente.
—Por favor, mayor, si tuviese la bondad de escucharme un momento —dijo la voz— le podría explicar lo que sucede.
—Más le valdrá que sea buena esa explicación —contestó el mayor. Si algo odiaba eran los bromistas pesados, especialmente los que enredan con los teléfonos y las radios, tratando de ser divertidos.
—Muy bien —dijo la voz que se había autodetenninado Quadgop—. Entonces, desconecte su micrófono.
El mayor se lo pensó y se encogió de hombros. ¿Qué podía perder? Dio una ojeada a su alrededor para ver si había algún otro aeroplano cerca del suyo, pero el aire estaba vacío en muchos kilómetros a la redonda. Apagó el micrófono de su garganta. Después de todo, esto podía ser otra de las pruebas de la Fuerza aérea. Lo dudaba, pero siempre existía la posibilidad de que lo fuera.
—Pero si es una broma —comentó en voz alta—, alguien se va a encontrar en problemas.
—No es ninguna broma; se lo aseguro, mayor —dijo Quadgop.
—¡Hey! —el mayor comprobó su laringófono. No cabía duda de que estaba apagado—. ¿Como me oyó?
—Oh, tenemos nuestros métodos —contestó Quadgop, riendo entre dientes.
—¿Tenemos? ¿Quiénes son ustedes? —preguntó suspicazmente Cantrell.
—Se lo explicaré enseguida. Antes que nada, deseo asegurarme de que mi identificación es correcta. ¿Es usted el mayor August Cantrell, de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, número de Serial O633919?
—En efecto —afirmó Cantrell.
—¿Escribió usted el libro titulado «La Fuerza Aérea y los Objetos Volantes No Identificados»? —insistió Quadgop.
—Sí, lo hice —aseveró Cantrell—. ¿Y...?
—En ese libro usted decía que no creía que todo visitante extraterrestre tuviera que ser belicoso o con miras de conquista, por lo que debería ser tratado con cauteloso respeto y demostraciones de amistad siempre y cuando no se mostrase él hostil.
Era casi una perfecta cita de su libro.
—¿Sigue usted todavía creyendo lo que dijo? —preguntó Quadgop.
—Claro que sí —dijo Cantrell. Luego se rio.—Ya lo entiendo, ahora. Me están tomando el pelo. A continuación me dirá que es usted un extraterrestre; de Venus, supongo.
—No —dijo Quadgop, con un cierto tono de irritación en la voz—, no somos de Venus. Provenimos de Merca, un planeta a
unos cuatrocientos años luz de aquí, bastante más lejos que Venus.
—Venga, venga, termine de una vez con esto —contestó Cantrell, esforzándose en sonreír. Pero había algo en aquella voz que era extrañamente convincente, aún para él.
—Mayor Cantrell —dijo Quadgop, irritándose todavía más— le elegimos a usted para ser nuestro primer contacto porque creímos que sería algo más comprensivo, más receptivo hacia nosotros. No queremos luchar con los terrestres, queremos ser recibidos como amigos. Creemos que usted se hallaría en una excelente posición para iniciar las negociaciones por nuestra cuenta. Por favor, no obre como si todo esto fuera un engaño.
—De acuerdo —aceptó Cantrell— concedamos por un momento que están contando la verdad. Sin embargo, no acabaré de creérmelo hasta que los vea a ustedes.
—Es razonable —asintió Quadgop.
—Supongo que, cuando los vea, sabré que no son ustedes terrestres, ¿eh? —preguntó el mayor—. Quiero decir que, según las informaciones más difundidas, son ustedes hombrecillos verdes, de unos ochenta o noventa centímetros de altura.
Quadgop rió con sorna.
—Tiene usted una idea completamente errónea de nuestro tamaño, mayor, y puedo asegurarle que no somos verdes. Somos bípedos mamíferos de simetría bilateral. Francamente, somos casi iguales en apariencia a los terrestres.
—Oh, claro —dijo el mayor con sarcasmo—. Iguales a nosotros, sólo que llevan uniformes como los de Flash Gordón y pistolas de rayos estilo Buck Rogers.
—Créame, mayor —intervino Quadgop—; si me viese, sabría instantáneamente que no soy un terrestre.
—Escuche, Quadgop —dijo pacientemente Cantrell—. Me gustaría creer que esto no es simplemente una broma, pero he visto a varios de los muchachos fastidiados por tragarse algún cuento como éste. Si, por lo menos, pudiera probar...
—Mayor —interrumpió Quadgop—, ¿puedo confiar en usted?
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que no tratará usted de matarme, ¿verdad que no?
—¡Claro que no! ¿Por qué infiernos iba a hacerlo?
—De acuerdo, entonces. Confiaré en usted. Debo confiar en usted. Es la única solución.
—¿De qué está hablando? —interrogó Cantrell—. ¿Es que va a hacer descender aquí su platillo volante o qué?
—Oh, nada tan complicado como eso —respondió Quadgop—. Simplemente quítese el casco; eso es todo.
—Quitarme el cas... Pero, ¿por qué?
—Porque estoy sentado en su auricular izquierdo —contestó Quadgop.

© Randall Garret;
Título original: Small Miracle
Traducción: Luís Vigil
Tomado de: Anticipación
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