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Se suele pensar que para un escritor de
ciencia ficción, o ya puestos, para un lector, el tema de los
extraterrestres es pan comido. Un tópico más, como las naves espaciales.
Nada más difícil, en el momento presente.
Y me refiero al momento presente, esto es, inicios del siglo XXI, por
que ya ha muerto Stanislaw
Lem, quien nos “demostró” que un eventual contacto extraterrestre
sería imposible. Ahí están “Solaris”,
“El invencible” y otras obras suyas para el recuerdo.
Es decir, ya no podemos ir por ahí poniéndoles piel verde y antenas a
los rusos o a los chinos. O pretender que E.T. es un niño perdido a
quien sus papis andan buscando. Un extraterrestre en serio, aunque sea
dentro de la ciencia ficción, tiene que parecer de otro mundo.
Ahora, frente a éste reto, creo que los autores no tienen más remedio
que aceptar las limitaciones del caso, y ponernos a la vista
extraterrestres “mas o menos”, es decir, lo suficientemente exóticos
como para admirarse pero lo suficientemente humanos como para
entenderlos. Como dicen por ahí “si no, no hay novela pues”. O cuento.
Pero esto no tiene por qué constituir algún demérito (si caemos en el “lemismo”,
o doctrina que postula que toda la ciencia ficción no escrita por
europeos es basura). Los extraterrestres, naves espaciales o cualquier
otra cosa que surja de la imaginación del escritor es solo un recurso al
servicio de la trama. Según esa necesidad, le daremos al extraterrestre
las características que querramos.
Así por ejemplo, el extraterrestre Klaatu de “El día que paralizaron
la Tierra” sería inverosímilmente idéntico a un ser humano. Pero el
objetivo de la película no es especular sobre la biología extraterrestre
y sus características, sino mostrarnos las consecuencias de la guerra
fría y hacer un llamado a la paz mundial.
Y qué decir del extraterrestre más humano de todos, ese que se hace
pasar por periodista bobo en el diario “El Planeta”. Si pues, nada más y
nada menos que Superman, o Clark Kent, o Kal-El… ¡es extraterrestre! ¿O
Krypton ya dejó de ser “otro planeta”? Aunque en eso de parecerse a los
humanos, los guionistas de “Superman” cayeron en el ridículo: incluso
tenía un grupo de supermascotas (el superperro Krypto, un supergato, un
supermono y un supercaballo que hasta formaron su propia “Legión de
Supermascotas”). En última instancia, tal parece que el planeta Krypton
es una copia al carbón de nuestra Tierra, solo que más avanzada
tecnológicamente.
En mi opinión, los extraterrestres más inquietantes son aquellos que son
físicamente idénticos o muy parecidos a nosotros, pero que en el fondo
guardan uno o más detalles que constituyen la diferencia, detalles que
suelen ser insalvables. Son quizá metáforas de lo humano, de alguien que
desea con todas sus fuerzas encajar o ser parte de una sociedad o
familia, pero tiene el estigma de ser “diferente”. Haga lo que haga, se
vista como se vista, será siempre un extraterrestre, un ser ajeno a este
mundo. Tanto “El extraño” de H.P. Lovecraft como “El hombre
que cayó a la Tierra” de Walter Tevis ilustran ésta tipología.
Superado el momento de un eventual primer contacto, ¿cómo sería el
devenir de la humanidad, coexistiendo con seres de otros mundos? En la
saga de Chanur, de J.C.
Cherryh, descubrimos qué sucede cuando un terrestre llega por accidente
a una zona de la galaxia que es compartida por varias razas
inteligentes. La forma es lo de menos (humanoides felinos, serpientes
plateadas, manojos de sogas o seres multisexuales), tal parece que la
única conclusión lógica es o aprender a compartir o desaparecer (o
eliminar). Da escalofríos pensar que pueda existir una inteligencia
capaz de acabar con una especie simplemente para ahorrarse el esfuerzo
de tratar de entenderla.
Sin embargo, no es necesario salir de la Tierra o esperar al futuro para
constatar un conocer extraterrestre. Recordemos lo ocurrido en 1492:
unas naves parten de España a cruzar un espacio desconocido, arribando a
una tierra que no figura en sus mapas. Y encuentran (no “descubren”) a
otros seres, idénticos pero de piel más oscura, idiomas distintos y
costumbres inexplicables. Y lo mismo de este lado del charco: ven llegar
unas naves extrañas, de las que descienden seres barbudos y cubiertos de
metal, animales imposibles y armas de una tecnología insospechada:
¿acaso no pensaron, unos de otros, que se trataba de seres de otros
mundos? ¿Acaso no fueron, por un buen tiempo, auténticos extraterrestres
unos para otros?
Esperemos que un eventual y auténtico contacto con seres extraterrestres
no tenga las mismas consecuencias que el ocurrido hace ya más de
quinientos años.
© Daniel Salvo;
29-01-07
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