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Uno de los pocos libros que he terminado
con alivio y temblando.
Con alivio, por que es como una pesadilla sin solución de continuidad.
No hay ni siquiera el engaño de un falso final feliz con vuelta de
tuerca, ni final ambiguo o salidas filosóficas tipo Matrix.
Peor aún, ni siquiera queda el consuelo de pensar que se trata sólo de
una ficción. Bien sabemos que las leyes de mercado se aplican
indefectiblemente… aquí y en la China.
Estamos a fines del siglo XXI. El mundo no ha progresado tanto
tecnológicamente como para diferenciarse del nuestro de manera radical.
Hay colonias en Marte, pero son tan importantes para el ciudadano común
como las bases de la Antártida de hoy en día. Las telecomunicaciones son
más veloces, las armas más potentes, los ricos se han hecho más ricos,
las repúblicas bananeras siguen siéndolo.
Excepto que ahora, matar por dinero es legal. Un acto oleado y
sacramentado por la legislación vigente, que puede además convertirse en
espectáculo, generando así un efecto de incremento de riqueza (abundan
las personas asquerosamente ricas en esta novela).
Precisemos. No se trata de cualquier tipo de asesinato. El protagonista,
Chris Faulkner, es un zektiv (ejecutivo), ambicioso como el que más,
dispuesto a todo para llegar a lo que considera la cima, esto es, el
control de una de las oficinas de la megaempresa en la que trabaja. La
oficina que se ocupa de intervenir (y fomentar) conflictos
internacionales, para luego colocar armas, provisiones, pertrechos.
Y si para llegar a esa cima Chris Faulkner debe matar, pues lo hará.
Sólo que en este futuro (es triste decirlo, bastante probable), el
asesinato sólo se considera un crimen si lo comete algún pobre diablo.
En cambio, si se produce en el contexto de un duelo entre vehículos (a
modo de una justa medieval entre caballeros de armadura), en el cual dos
zektivs compiten por un puesto o un aumento salarial, no es un crimen.
Es uno de los tantos métodos que tiene el mercado de colocar a los
mejores al mando de todo.
Debo confesar que, conociendo parte del argumento por la contraportada,
se me hacía bastante inverosímil un futuro así, donde la fuerza bruta y
el desprecio por la vida humana puedan constituirse en condiciones
determinantes para el ascenso de un hombre de negocios… hasta que caí en
la cuenta de que eso ya está ocurriendo desde hace mucho en uno u otro
lugar. Si bien no siempre contamos con pruebas, casi todos “sabemos” de
alguna vendetta entre empresarios rivales, algún acoso sexual que trae
como resultado un ascenso o de algún regalo oportunamente entregado a
algún intachable representante del Poder Judicial.
De modo que si ya contamos con la base, esto es, las leyes de mercado
operando a plena potencia… ¿qué falta para que se legalicen ciertas
prácticas? La respuesta de Morgan es deprimente por lo acertada: tan
sólo falta que alguien rico y poderoso las realice, para que se
conviertan en norma. Como ha ocurrido con casi todas las normas que
rigen nuestra civilizada sociedad. Claro, también hay normas “tuitivas”,
dadas a favor de los más débiles miembros de nuestra sociedad. Pero
díganme en qué país se cumplen primero estas leyes en lugar de las leyes
que favorecen a los otros.
Superado el escollo de la suspensión de la incredulidad (vamos, si
Morgan fuera peruano, la habría tenido más fácil), se nos pinta el
posible mundo de finales del siglo XXI, hiperviolento y despojado casi
por completo de cualquier asomo de solidaridad. Los pocos “buenos” que
aparecen en la novela tienen muchas razones pero poco poder.
Claro que Chris Faulkner no es inmune a los efectos que conlleva el
sobrevivir en esta sociedad. A veces busca alguna salida, como integrar
algún organismo internacional de beneficencia, o trasladarse a algún
país escandinavo. Pero la sensación de inutilidad y el discurso vacío de
estas opciones sólo le devuelven las ganas de seguir viviendo en el
mundo creado por las leyes de mercado: Chris Faulkner es un engranaje
consciente de serlo, y le gusta, aunque su vida no sea otra cosa que un
eterno correr hacia una cima inalcanzable. No importa si en el camino
mueren algunos cuantos, pues las inexorables leyes de mercado nos dicen
que los ineficientes no tienen razón de ser.
¿Ciencia ficción, literatura prospectiva, panfleto de denuncia al estilo
“La granja de los animales” de George Orwell? Un libro que ningún
perfecto idiota latinoamericano, ni su contraparte, debería dejar de
leer.
© Daniel Salvo; 21-11-07.
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