Michael John
Moorcock es un hombre multifacetico, prolífico escritor de ciencia
ficción y fantasía. También se ha desempeñado como editor,
periodista, crítico, compositor y músico de grupos de rock como
Hawkwind.
Pero su fama esta indisolublemente ligada a la revista inglesa New
Worlds de la cual fue director durante su periodo más creativo.
Moorcock junto a un puñado de escritores ingleses a través de New
Worlds renovaron en esos años el genero de la Ciencia Ficción.
Hemos tomado una entrevista que salió publicada en la revista
española Zikkurath Ficción, allá por el lejano 1981.
ZIKKURATH:
¿Cómo empezó
New Worlds y qué te proponías con la revista?
Moorcock:
New Worlds
(«Nuevos Mundos») fue una revista que nació a mediados de los años
cuarenta. La editaba un grupo de aficionados y publicó los primeros
relatos de Ballard, y de otros autores que por aquel entonces empezaban:
Brunner, Aldiss, Roberts... En 1964, como se vendía muy poco, fue
comprada por otra empresa y se me encargó su dirección. El primer número
que dirigí tenía formato de libro de bolsillo («paper-back»), pero era
una auténtica revista: salió en mayo-junio de 1964 y era el número 142.
La revista era bimensual, pero se hizo mensual a partir del número 146.
El primer editorial señalaba la línea que he seguido desde entonces,
aunque quizá hoy sea un poco más sofisticado. Además, creía ingenuamente
que existían muchos autores envenenados por la misma frustración que
sentíamos Ballard y yo. Traté de encontrar nuevos autores interesantes
siguiendo una política que podría calificarse de «conservadurismo
iluminado»: publicar lo mejor de los nuevos escritores y lo mejor de los
viejos. Hubo bastantes protestas cuando comenzamos a hablar
explícitamente de sexo (que, por otro lado, para nosotros nunca fue
importante), en especial cuando aparecieron las primeras narraciones
fragmentarias de Ballard pertenecientes a su libro
La
exhibición de atrocidades, cuando criticamos con cierta dureza a
los grandes maestros de la llamada edad de oro de la ciencia ficción, y
en otras diversas ocasiones. Pero poco a poco los lectores aceptaron que
no se trataba de tonterías, y empezaron a discutir a partir de nuestros
mismos planteamientos.
Se trataba indudablemente de una cruzada, aunque en Inglaterra siempre
ha habido un clima más liberal que en Norteamérica. Intentábamos
seriamente encontrar nuevos caminos para ocuparnos de nuevos temas, pues
los contenidos siempre nos han interesado más que el estilo.
Nuestra «revolución» ha sido tomada por una revolución estilística, pero
nuestros objetivos principales eran el contenido y la estructura. Por
ejemplo, teníamos poco en común con lo que más tarde
Judith Merril y
Harlan Ellison
llamarían la «new
wave» («nueva ola») de la CF norteamericana. En cierto sentido,
intentábamos perpetuar la tradición moral de la literatura europea.
Algunos de nuestros autores eran muy conservadores en cuestiones de
gustos y estilo; por ejemplo, Dish que ha publicado mucho en
New Worlds.
Y aunque no tuviéramos mucho en común con los objetivos que se fijaban
los nuevos (o renovados) autores norteamericanos, como Ellison, Delany,
Zelazny, Lafferty o Silverberg, los admirábamos mucho y publicamos cosas
suyas en más de una ocasión.
Sin embargo, nuestro objetivo principal era la publicación de lo que
alguien calificaría de obras «experimentales», y en 1967, cuando la
empresa editora tuvo problemas financieros (no debidos a nuestra
revista), Brian Aldiss propuso al Arts Council (un organismo estatal
destinado a subvencionar las artes) que nos ayudara. Gracias al
entusiasmo de Angus Wilson, que entonces era presidente del organismo, y
a las cartas de conocidos críticos y estudiosos (solicitadas por Brian)
recibimos una subvención que si bien no era suficiente, nos dio el apoyo
moral que necesitábamos. Fue entonces cuando adoptamos el tamaño grande.
Yo había invertido dinero en la revista junto con otros dos socios, pero
éstos tuvieron miedo y los plazos de aparición de
New Worlds
se fueron al cuerno. Además, sufrimos el boicot de las dos mayores
distribuidoras inglesas, la revista fue puesta en cuarentena en
Sudáfrica, Nueva Zelanda, Australia y otros sitios... conseguimos
mantenernos a flote gracias a la publicidad. Algunos periódicos hablaron
a nuestro favor y el veto de los distribuidores desapareció, al menos en
teoría. Y encima, en la Cámara de los Comunes hubo un tipo que hizo una
interpelación acusando al gobierno de emplear dinero público para
subvencionar una revista «pornográfica», y temimos perder la subvención.
La cosa se pasó por alto y quedé como único editor de la revista hasta
1971. Esto pasaba en 1968. En 1970 nos enteramos de que los
distribuidores que recibían el mayor número de ejemplares no los habían
distribuido. Perdimos los ingresos de seis meses, y como yo había sido
tan loco como para no haber formado una sociedad anónima, la deuda, de
unas tres mil libras, recayó sobre mí. No tenía dinero y tuve que cerrar
la revista con el número 201.
Posteriormente tanto en Norteamérica como en Inglaterra hubo gente
decidida a editar la revista cuatrimestralmente. Salieron cuatro
números. Los norteamericanos se rajaron enseguida y los del viejo grupo
financiamos parcialmente la edición inglesa. Por mi parte, tuve que
seguir pagando las deudas de la revista durante mucho tiempo.
ZIKKURATH:
¿Y cómo
valoras la experiencia? ¿Cuál era tu trabajo cotidiano?
Moorcock: Al principio trabajábamos
Lang Jones y yo, y luego se nos unió Charles Platt en calidad de
director artístico, lo que contribuyó a mejorar el aspecto de
New Worlds.
Sólo en ese período me pagaron mi trabajo.
Por lo general, dedico un par de días a la semana a la lectura. Lang
Jones revisaba los manuscritos, después de haberlos visto yo. Nunca
modificamos nada sin consultar al autor y siempre tuvimos en cuenta su
punto de vista. Cuando el autor no estaba de acuerdo con nosotros,
discutíamos hasta encontrar una solución satisfactoria para ambas
partes. Y lo mismo pasaba con los títulos.
Animábamos a los escritores que más nos gustaban a cada uno, lo que
implicaba que a veces se publicaban relatos que yo encontraba
insoportables. Pero siempre llegábamos a compromisos del tipo: yo
publico este relato que considero brillante porque tú publicas aquel
otro relato que consideras brillante.
Publicamos números dedicados a nuevos autores:
James Sallis,
Graham Hall, Mike Harrison, Graham Charnock y
Charles Platt.
Y los autores y la redacción nos reuníamos con frecuencia para discutir
algunas obras o la línea general de la publicación. En mi opinión los
mejores números son los de 1967-68, del 173 al 176, donde había
equilibrio entre artículos científicos, arte, ilustraciones, buenas
narraciones «convencionales» y buenas narraciones «experimentales».
De hecho mi trabajo en la revista dominaba mis días, y eso durante años.
ZIKKURATH:
¿Consideras,
pues, positivos los resultados?
Moorcock: Creo que logramos
bastantes cosas. Es indudable que conseguimos que cambiara la actitud de
muchos editores con respecto a las nuevas ideas que proponíamos. Hemos
animado a muchos autores a producir sus obras más interesantes y/o
mejores. Muchos han dicho que sin
New Worlds
no hubieran escrito, o bien no se habrían dedicado a la creación con
tanto interés. Así, Aldiss, Ballard, Disch, Sladek, Roberts...
Hemos conseguido que muchos críticos, estudiosos y periodistas se
interesaran por lo que se podría llamar el «renacimiento de la
ciencia-ficción». Y si en Norteamérica nos han interpretado
erróneamente, se debe a que muchos lectores han sido informados de
segunda mano, a través de las antologías de
Judith Merril,
por ejemplo, la cual, aun siendo amiga nuestra, tenía unos puntos de
vista distintos. Y lo mismo
Harlan Ellison,
que siguió el camino de Judy con sus antologías Dangerous Visions
(«Visiones peligrosas»). En cualquier caso, muchas de las batallas que
se combaten hoy en Estados Unidos, entre nosotros hace tiempo que
terminaron.
Dejando a un lado la ciencia-ficción, conocemos a muchos músicos de rock
que afirman haber encontrado inspiración en
New Worlds,
y lo mismo artistas, escritores no de CF y poetas. Muchas ideas
nuestras, y muchos de nuestros colaboradores, han acabado en las páginas
de la prensa «alternativa». Es indudable que hemos contribuido a ampliar
el horizonte y el lenguaje (tanto en lo referente a ideas como a estilo)
de la CF.
ZIKKURATH:
¿Y qué no
habéis conseguido?
Moorcock: Al principio pretendíamos
demasiado. Luego comprobamos que nos ocupamos de los problemas de la
distribución demasiado tarde, y no llegamos por tanto a todos los
potenciales lectores. No hemos conseguido en absoluto convencer a la
mayoría de los fans de que, a nuestro parecer,
Heinlein y compañía no
valen nada, escriben mal, tienen ideas simplistas. No hemos conseguido
mejorar el nivel medio de la narrativa de CF, que en conjunto sigue
siendo abominable. No hemos llegado a convencer a la mayoría de los
editores norteamericanos de la calidad del material narrativo de
New Worlds,
puesto que siguen publicando la misma CF sensacionalista e inútil de
siempre, y no creo que esta preferencia se deba sólo a motivos
comerciales. En cualquier caso, aunque no hayamos creado un mercado
amplio para el tipo de narrativa que preferimos, hemos conseguido que
sea posible publicar ciertas cosas que hace muy pocos años, no
encontraban editor.
ZIKKURATH:
De momento
dejaremos a un lado
New Worlds
y pasaremos a ocuparnos del ciclo de Jerry Cornelius. ¿Cómo surgió?
Moorcock: Jerry Cornelius nació a
finales de 1964 como un desarrollo de Elric de Melnibone. Yo buscaba el
modo de enfrentarme a lo que consideraba eran los temas «calientes» de
nuestro tiempo: el progreso científico, los cambios sociales, la
mitología de la segunda mitad del siglo XX, y dado que Elric era un
mito, decidí escribir una aventura suya en los términos de nuestra
época.
La primera versión de El programa final, la escribí en unos diez
días, en enero de 1967. Tomé muchos elementos de la novela negra, tipo
Hammett, y no sólo de la CF. Creo que entonces encontré mi «voz» como
escritor. También me influyeron Ronald Firbank, y en menor medida,
William Burroughs, que en mi opinión no son tan distintos.
Pensé que había logrado unir la narrativa «seria» a la «popular», algo
que siempre había creído que podía hacer la CF (idea que se esconde
detrás de mucho de lo publicado en
New Worlds).
Es indudable que la CF sabe enfrentarse con argumentos importantes, es
una forma literaria vital y popular; pero también lo es, que no consigue
proponer los interrogantes morales, tradicionales y sofisticados que se
encuentran en la mejor literatura. Lo mismo que Ballard en
La
exhibición de atrocidades y en los relatos sucesivos, creí que
con El programa final había encontrado la solución. La solución
consistía en usar un personaje que aceptaba los problemas morales sin
discutirlos, dando al lector una narración dinámica. Es decir, el
argumento no era importante, pero existía para placer de todos los que
lo necesitan. Además, me gustan los libros con argumento bien
articulado.
Me sorprendieron ciertas reacciones de los editores ingleses que
opinaron que había escrito el libro para «descolocar» al lector. En
cualquier caso, fue publicado en Norteamérica por Ace Books.
Por entonces ya estaba escribiendo A Cure for Cáncer. Y aunque en
principio el personaje se llamaba de otro modo, luego me dí cuenta que
era una continuación de la primera novela de Cornelius. Decidí, pues,
tras pensar largamente en el asunto, dedicar una tetralogía a Jerry, en
la que cada volumen tratara de los distintos problemas morales
suscitados por El programa final.
Entretanto, este libro fue publicado en Inglaterra por Allison and Busby,
que prometieron publicar la tetralogía. Tardé tres años en completar
A Cure for Cáncer, que fue apareciendo por entregas en
New Worlds.
Luego escribí unos cuantos relatos más con Cornelius de protagonista que
aparecieron en antologías y en
New Worlds.
Y por entonces, otros autores quisieron escribir relatos sobre Jerry.
Así Brian Aldiss, Norman Spinrad, un poema de Lang Jones, más relatos de
M. John Harrison, Maxim Jakubowski. Obras que fueron recogidas en el
volumen titulado The Nature of the Catastrophe, en 1971.
También trabajé en un cómic para IT, la mayor revista underground
inglesa de la época, con Mal Dean como dibujante, en el que se recogían
muchas de las obsesiones del underground: misticismo, simplicismo
político y demás.
A nuestro modo, habíamos encontrado una forma «fría» de tratar un tema
«caliente». La esencia del ciclo de Cornelius está en su ironía, en la
concentración de la mayor cantidad de información en el menor espacio
posible, la obsesión por el universo de las imágenes contemporáneas, el
continuo aporte de metáforas sacadas de los campos más dispares: música
pop, astronomía, física, cibernética, etc. Las intenciones son serias,
aunque a muchos críticos se les haya escapado esta seriedad. En
Norteamérica las reacciones fueron más inteligentes entre aquella parte
del público que tiene práctica en lo que se llama «sociedad alternativa»
(hace años se llamaba «beat», y antes «bohemia»).
Desde los tiempo de El programa final el ciclo de Cornelius ha crecido
bastante, se ha hecho más complejo, está mejor escrito. Mi actitud
mental ha cambiado. Hoy, por ejemplo, no consigo comprender la CF.
ZIKKURATH:
Se me ocurren
varias preguntas que creo son aspectos distintos de la misma: ¿qué os
proponíais con
New Worlds?
¿Cuáles son los aspectos «serios» del ciclo Jerry Cornelius? ¿Qué
significa: «En cierto sentido, intentábamos perpetuar la tradición moral
de la literatura europea»? ¿Por qué dices que hoy no logras comprender a
la CF? ¿No hay excepciones a eso?
Moorcock: En principio está la
diferencia entre la tradición norteamericana de la CF, que es la de los
pulps (novelas de a duro), y la tradición inglesa de
Wells,
Huxley,
Orwell, etc. Nos
interesaba perpetuar esa tradición inglesa en términos contemporáneos:
producir una narrativa moderna libre de compromisos que llegase a su
propio público popular y continuase el diálogo con dicho público. La
tradición moral europea consiste en examinar las actitudes morales
frente a distintos sucesos que, con frecuencia, constituyen las
experiencias humanas básicas. George Elliot,
Henry James,
Conrad son
nombres que F. R. Leavis ofrecería como ejemplo de esta «Gran
Tradición». Flaubert,
Thomas Mann,
Sartre y Angus Wilson,
entre otros, son también representativos. Los métodos cambian según la
época y el temperamento del autor, pero el objetivo central del escritor
es examinar actitudes morales a la luz de los tiempos en que vive,
usando técnicas más sutiles que la sátira o la alegoría, poniendo a los
personajes en situaciones familiares, de modo que los elementos
dramáticos del texto queden próximos al lector.
Nuestro proceso consiste en ocuparse del mundo exterior y no del mundo
subjetivo/interno del autor. Rechazamos, no tanto la CF, como la idea de
«novela moderna» a lo Joyce
o Virginia Woolf,
que creemos ha hecho decaer la narrativa contemporánea al estudiarse a
sí misma en lugar de a la sociedad. Pensamos que hay demasiadas
narraciones que hablan de cosas que nosotros, en cuanto autores,
deberíamos hacer antes de ponernos a escribir. Por eso encuentro tan
irritantes las obras «filosóficas» de Vonnegut, que parecen ideas y
apuntes que uno toma antes de comenzar a escribir un libro. Así que al
grupo de
New Worlds la CF nos interesaba porque hablaba del mundo objetivo,
porque tiene una tradición de ideas, porque es una forma literaria bien
definida.
No hemos rechazado nunca la narrativa, pero sí hemos buscado métodos
nuevos, más condensados, de ofrecer el elemento narrativo; en el límite,
hemos dado la narración por supuesto llegando incluso a prescindir de
ella, presuponiendo que el lector sabe que existe. En la CF, muchas
ideas, imágenes, y sobre todo metáforas interesantes, se pierden entre
un montón de narrativa aburrida y banal, por no decir mal escrita.
En consecuencia, los aspectos «serios» del ciclo de Cornelius son los
que examinan las actitudes morales frente a los hechos del presente,
desde todos los puntos de vista posibles. En las mejores obras, además,
se usa el concepto de entropía como metáfora social: la fragmentación de
la personalidad intenta emular los aspectos de la sociedad moderna que
se está desintegrando. Aunque el tono sea en ocasiones ligero, los
asuntos son serios: el asesinato político, la manipulación de la psique
individual, la erosión de las libertades personales y políticas, etc. La
actitud de Jerry, opino que es existencial: ¿cómo se puede vivir con
unos problemas semejantes? La opinión del autor, entre paréntesis,
ciertamente no está siempre de acuerdo con la de Jerry.
Sí, es cierto que no logro entender la CF de hoy. Las frases, me parece,
carecen de sentido, quizá porque es una prosa vacía. No sé. Cuando
entiendo algo, me aburro.
Todavía me gustan autores clásicos como Bester, Harness o Leiber, pero
aparte de Thomas Disch, Keith Roberts y otros dos o tres, las obras que
salen hoy no me interesan. Me irrita bastante, además e insisto, la
filosofía idiota de Heinlein
con su moralidad a lo
John Wayne. Bueno, en mis obras suelo proponer teorías filosóficas
más bien presuntuosas, por lo que no puedo meterme con los demás sin
aceptar la idea de que se metan con lo que yo escribo.
ZIKKURATH:
Se ha dicho
que el autor que más ha influido en
New Worlds
ha sido William
Burroughs. ¿Qué opinas de eso?
Moorcock:
Burroughs
no ha tenido tanta influencia como se piensa, puesto que todos nosotros
estábamos escribiendo ya antes de que él apareciese en escena. Lo que
significó para nosotros la publicación en Francia de sus primeras
novelas se puede resumir en una sola palabra: esperanza. Comprendimos
que no estábamos solos. Existían más personas que usaban la CF para
desarrollar su propio discurso, que utilizaban metáforas científicas
para estudiar la sociedad, y todo eso sin escribir lo que las revistas
especializadas de la época llamaban CF. En estilo y actitudes,
Burroughs
no nos parecía muy distinto a otros autores norteamericanos que usan el
tono declamatorio (por ejemplo,
Mailer), y
personalmente opino que el método y el tono de
Burroughs
están muy cerca de los de
Charles Fort.
Nunca se lo he dicho (es un hombre al que resulta muy difícil decirle
nada), pero imagino que
Fort es uno de
los autores que más le han influido.
Los escritores que más nos han influido no eran autores de CF, y cada
uno tenía sus propias preferencias. Ballard considera sus maestros a
Melville y
Joyce; a Lang Jones le
gustan Nabokov y
Borges;
Disch es un entusiasta de
Thomas Mann y de
los escritores de terror y misterio del XIX. A mí siempre me han gustado
Ronald Firbank
y Dickens.
ZIKKURATH:
¿Hablame de
ti?
Moorcock: Me casé con Hilary
Bayley en 1962. Tenemos tres hijos, un viejo perro pastor, miles de
gatos y un pez. Vivimos en la zona menos elegante de Londres, en
Landbroke Grove, desde 1966. Entonces la zona estaba habitada por
obreros; después, en parte gracias a las locuras londinenses de hace
unos cuantos años y a un artículo del Time, Portobello Road (que es
paralela a Landbroke Grove), se ha convertido en una especie de
atracción turística. Afortunadamente, también es el centro de la
sociedad alternativa inglesa, por lo que resulta cómodo vivir en la zona
donde, por otra parte, viven casi todos nuestros amigos. Ahora hemos
comprado una casa en el Yorkshire, pero no estamos seguros de si nos
apetece instalarnos allí, y eso que quizá sea el campo más hermoso de
Inglaterra.
He trabajado esporádicamente con el grupo de rock Hawkwind (el nombre
nació, en parte de una serie mía, Hawkmoon, y en parte de que el líder
de la banda se tira pedos en cantidad, es decir, hace mucho wind,
«viento»). He escrito también en el periódico underground Frendz, que
hoy es la única publicación underground inglesa distribuida
nacionalmente. Sigo anhelando volver al camino con un grupo de rock. Me
gusta viajar, y los camerinos miserables...
Nací en Londres en 1939. Estudié en muchos colegios. De algunos fui
expulsado. A los quince años dejé de estudiar. A los 16 años ya escribía
regularmente para la Tarzan Adventures. A los 17 era director de la
publicación. A los 18 dejé el trabajo y me fui a París introduciéndome
en lo que entonces se llamaba ambiente beat.
Escribí mi primer relato maduro en colaboración con Barrington J. Bayley,
y se publicó en
New Worlds,
creo que en el 59. Trabajé en una editorial de novelas policíacas,
también hice tebeos. En 1961 anduve tocando blues por los locales más
siniestros de Suecia, Dinamarca, Alemania y Francia. En París sufrí un
colapso producido por el hambre. Me desperté en la embajada inglesa y me
repatriaron.
Cuando me casé busqué un trabajo serio, y fui contratado por el partido
liberal en la época del «revival liberal». Escribí panfletos, documentos
políticos, discursos, y enseguida les perdí el respeto. Me echaron.
Publiqué mi primera novela en 1963: The Sundered Worlds. Ese año
también salió The Stealer of Souls y escribí otro par de obras.
Pasé una mala época hasta que en 1964 empecé a trabajar en
New Worlds,
como ya he dicho antes.
En 1967 fui a los Estados Unidos por primera vez. Participé en la
convención de Nueva York, encontré el ambiente deprimente y luego sufrí
una depresión nerviosa. En 1968 recibí el premio Nébula por He aquí
el hombre. Entonces empecé a escribir mucha fantasía. La situación
empezó a mejorar: mis obras se vendían bastante bien y las críticas de
He aquí el hombre y El programa final, por lo general,
eran entusiastas. Desde entonces, creo que me he centrado. Ya no tengo
muchos problemas y la época de mis vagabundeos parece haber terminado.
Continúo escribiendo obras de fantasía, que me tomo en serio, pero mis
energías van a libros difíciles de los que estoy bastante contento.
Todavía encuentro tiempo para divertirme sin hacer nada en particular y,
por suerte, no veo demasiado a menudo a editores, escritores y gente por
el estilo.
©
Zikkurath Ficción N° 2, enero-1981
(Entrevista
por: Paul Walker)
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