LA FLOTA DE LAS ESTRELLAS

Poul Anderson (1926-2001) es un autor que ya ha sido citado numerosas veces en esta página. Hoy en vísperas de la pronta publicación de una de sus últimas novelas por la Factoría de Ideas, Génesis (2000), reseñamos las dos primeras partes de su última saga, tan llena de esos personajes entrañables, de esos pequeños detalles y esa proyección cósmica a largo plazo digna de todas las novelas del autor.

Corre el futuro cercano. Se ha descubierto un planeta habitable en Alfa Centauro y la multinacional Fireball Enterprises planea colonizarlo. Pero hay un problema; Fireball está bajo la continua vigilancia del gobierno de los EEUU, el cual a su vez es un títere de una nueva ideología totalitaria, la de los Avantistas, que creen que el ser humano es solo un engranaje más del gran reloj cósmico, teniendo peligrosos paralelos con la derecha conservadora actual de esa misma nación. Contra ellos se levanta Fireball y su dinámico líder, una simulación virtual o “Emulación” del fallecido Anson Guthrie, quienes creen, como buenos capitalistas, en el valor del individuo. Desgraciadamente Guthrie se halla bajo las líneas enemigas y su respaldo enviado a la lejana colonia se encuentra siendo reprogramado a favor de los Avantistas; pero eso no es sino el comienzo de una larga historia que involucra a poderosas IAs, experimentos sociales y colonias estelares altamente evolucionadas…

Y es que Anderson resumió los logros de toda una vida de éxitos en esta serie. Aunque los no-humanos (la serie de la Liga Polesotécnica y las novelas de Dominic Flandry), el viaje en el tiempo (la serie de La Patrulla del Tiempo) y el transporte FTL brillan por su ausencia, el autor logra una obra más realista y madura al usar conceptos físicos más cercanos al mundo “real” como lo son las naves relativistas y la idea vingeana de la Singularidad Tecnológica (expresada en los Sofotectos). Como siempre hay una mano de obra emprendedora privada que representará lo mejor de la civilización (Fireball y después los colonos de Deméter y Proserpina); hay exóticos contratos sociales (como la sociedad selenita de mutantes, que por momentos recuerda en su exotismo al Gethfennu de la Liga Polesotécnica) y gobiernos represivos (primero los Avantistas, luego los Sofotectos); pero lo que hay sobre todo —y como siempre— en un Anderson ya maduro que tiene toda una vida de carrera como autor, es la aventura humana. Esa aventura se ve en los heroicos retratos cortos de la exploración del sistema de Alfa Centauro o en la exploración del Anillo de Kuiper; en los esfuerzos por crear un nuevo tipo de contrato social entre el ecosistema del planeta Deméter y la sociedad humana. En los esfuerzos de los insatisfechos con el orden por introducir caos, no de naturaleza destructiva o anarquista, pero en la expresión de nuevas opciones inesperadas para el establishment.

Y también se recoge ciencias modernas, como el modelo de la Teoría Gaia que realiza soberbiamente en el personaje de Madre Démeter, las modificaciones genéticas necesarias para vivir en otros mundos o las IAs en crecimiento exponencial que son los Sofotectos, basados en ideas de científicos tan serios como Hans Moravec y otros.

Además Anderson no solo es revolucionario escribiendo sobre tecnologías futuras sino sobre sociedades que tendrán tanto en común y tan poco que ver con nosotros como la Roma o la Grecia clásica. Su sociedad de selenarcas es una muestra de ello; también el lingo que usan para hablar sus personajes cotidianamente donde inglés y español trastocan sus papeles (y que fue “experimentalmente” traducido con pésimos resultados por NOVA CF).

Pero a la vez es un conservador en el mejor estilo de Heinlein (y probablemente esta última saga fue un modo de honrar al Maestro), al pensar —de modo realista— que serán los individuos y el capital privado el que llevarán al ser humano al espacio y finalmente a las estrellas, ante la complacencia de los gobiernos. Esto se ha demostrado con el reciente concurso que la NASA ha dado a empresas privadas para diseñar mejores transbordadores, puesto que la administración actual invierte poco dinero —en comparación a ciertas deshonestas prácticas— en ella.

¡Y hay pleno sentido de la maravilla en ella! Desde los sinnoiontes, seres humanos enlazados a la Teramente —el non plus ultra de las IAs— mediante nanonáquinas, que trabajan para su beneficio, hasta plantearse la tarea de demoler el planeta fugitivo Faetón con cargas de antimateria. Por no hablar de las muchas clases de “Metamorfos” que existen tanto dentro como fuera de la Tierra, seres modificados genéticamente para varias funciones (algo similar pero no tan extremo como lo narrado en Historia Natural de Justina Robson) un buen caso y realmente remarcable es el de los Keiki Loana: humanos modificados para vivir en el agua, cual nuevos nómadas del Océano. Además se llega a sugerir que las IAs evolucionan a tal grado que llegan a estar más allá de la comprensión humana.

También hay héroes: la intrépida piloto de la nave espacial Cernícalo Kyra Davis y el progresista Anson Guthrie son una muestra de ello. O los atormentados selenarcas Rindalir y Niolente. Los personajes de Anderson están descritos con su fuerza típica y su determinación a toda prueba, además de su capacidad para evolucionar, de modo que no se quedan atrapados en simples cliches. Hasta sus “villanos”, como los Avantistas o en última instancia la Teramente son capaces de cambiar de posición y aceptar la derrota o el cambio. Ni siquiera son villanos de verdad. Solo son las fuerzas estabilizadoras de la sociedad.

Lo mejor es que en la segunda novela regresa sobre sus pasos y nos muestra hechos previos a la muerte de Guthrie cuando su esposa Juliana vivía y como llegó a gestarse la compleja sociedad lunar que es descrita solo con el rabillo del ojo en la primera; al mismo tiempo, relatae los eventos que pasaron en el sistema solar después de la partida de Fireball y su grupo de disconformes a Alfa Centauro. Y lo hace con tal gracia que no desconcierta al lector, sino que complementa su lectura y su conocimiento de las muchas exóticas sociedades futuras de ese mundo.

En resumen es un Anderson más maduro, más sabio y con mejor prosa que todo lo que se ha leído de él en muchos años, y sin embargo sigue siendo “ese” Anderson que comenzó con Vault of the Ages (1952) y Pánico en la Tierra (1954). con una manufactura exquisita y sabia, llena de esas ideas deliciosas que hacen tan únicas sus novelas, y de esa madurez de la que las producciones de Hollywood carecen y desearan para si mismas. La trama que hemos cubierto se resume en las novelas Cosecha de Estrellas (1993) y Las Estrellas Son de Fuego (1994) y nos queda pendiente el revisar las dos novelas finales de la saga: Harvest the Fire (1995) y The Fleet of Stars (1997). Espérense a que tenga un poco de plata y las compro vía abebooks, ¿ok? Para los que busquen las dos primeras partes de la tetralogía —inexplicablemente incompleta, debido a su nivel de calidad— búsquenlas en Ediciones B, colección NOVA CF, y si pueden presionen a su director Miquel Barceló para que las publique. Joyas como esta no pueden terminar incompletas en las manos del lector hispanohablante, ¿no les parece?

© Daniel Mejía; 8-12-07.

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