LA VERDAD IMPORTA

Raras veces escribo dos libros "universo" orientados al espacio uno detrás de otro. Hay tantos ambientes y situaciones posibles para las historias, y me gusta especialmente intercalar más novelas "adultas" situadas en la Tierra, en futuros casi plausibles. Sin embargo, mi serie de la elevación de relatos situados en el espacio en un futuro muy lejano demostraron ser tan populares que me arrastraron a escribir una reciente trilogía: Arrecife brillante, La costa del infinito y Los límites del cielo. Añadida a tres novelas anteriores: Navegante solar, Marea estelar y La rebelión de los pupilos, forman un núcleo de aventuras en la desvergonzadamente orgullosa tradición del space-opera..., aunque espero que con algunas ideas mezcladas en la mejor tradición de la ciencia ficción.

A un nivel, estas obras tratan de las implicaciones morales, científicas y emocionales de la "elevación", la aplicación de la ingeniería genética a otros animales para llevarlos hasta nuestra civilización con unos poderes de pensamiento equivalentes a los humanos. Muchos otros autores (p.e. H. G. Wells, Pierre Boulle, Mary Shelley y Cordwainer Smith) se ocuparon de este concepto general antes, pero todos ellos lo abordaron aproximadamente de la misma forma, suponiendo que el proceso sería objeto de abusos, que los humanos que concedían este don estaban locos y estropeaban las cosas estableciendo una cruel relación amo-esclavo con sus creaciones.

Por supuesto, ése es un resultado posible (y desdeñable). Todas ellas eran buenas historias con sus completos mensajes morales. Pero esa vena ya ha sido demasiado explotada, así que elegí otro enfoque distinto. ¿Y si algún día empezamos a modificar los animales superiores —y creo que realmente lo haremos—, guiados por la moralidad de la moderna sociedad liberal? Llenos de estilista hipertolerancia y ansiedad desprovista de culpa, ¿correríamos el peligro de matar a nuestros clientes con bondad? Más importante aún, estos nuevos tipos de seres sapiens se enfrentarían a auténticos problemas, aunque fueran bien tratados. El ajuste sería difícil. Uno no necesita imaginar la esclavitud para simpatizar con su situación.

Meditando sobre la noción de la elevación, se me ocurrió lo obvio que podía parecer el proceso para unos seres alienígenas que han viajado por las estrellas durante eones, encontrándose con incontables formas de vida presapiens y proporcionando a cada una de ellas un impulso, creando nuevas generaciones de viajeros estelares que a su vez harían lo mismo con otros, y así sucesivamente. La imagen resultante de una cultura extendiéndose de este modo por la galaxia me cautivó. Tendría grandes ventajas, pero quizá conduciría también a un tipo de aturdido conservadurismo cultural..., una obsesión con el pasado. Ahora supongamos que un joven clan de terrestres —no sólo humanos, sino también delfines y chimpancés elevados— se encontrara con una de esas vastas y antiguas civilizaciones. ¿Cómo serían tratados los recién llegados? ¿Cómo reaccionarían éstos?

Demasiados escenarios de ciencia ficción suponen estados de no explicado desequilibrio, en los cuales los exploradores humanos emergen justo a tiempo para tropezar con otros ahí fuera que poseen exactamente el nivel adecuado para ser interesantes competidores o aliados. De hecho, el estado normal de las cosas se convierte en uno de equilibrio: un equilibrio de ley, o quizá de muerte. Podemos ser la Primera Raza, como exploro en mi historia "Las esferas de cristal", o llegados muy tardíos, como se refleja en los libros de la Elevación. De cualquier forma, es muy poco probable que nos encontremos con alienígenas que sean nuestros iguales.

Mi segunda motivación en esta serie era ecológica. Lo que estamos haciendo con nuestra Tierra me hace temer que hayamos "prendido" holocaustos ecológicos a través de la galaxia. El escenario común de ciencia ficción muestra a ansiosos colonos estelares gritando: "¡Llenemos el universo!" La frontera salvaje es una imagen muy satisfactoria, pero la expansión indiscriminada puede crear ecopáramos en sólo unos pocos años. Si esto ha ocurrido ya unas cuantas veces, ayudaría a explicar el aparente vacío que los científicos observan ahora, en el cual la galaxia parece tener otras pocas voces, si tiene alguna. Este esquema podría ser evitado si algo regulara la forma en que los colonos tratan a los planetas, obligándolos a tomar en consideración el largo plazo. El universo elevado presenta una forma en que puede ocurrir esto. Pese a toda su inescrutabilidad y ocasional malicia, mis galácticos muestran una alta prioridad a preservar planetas, hábitats y potenciales para nueva vida sapiens. El resultado es un universo ruidoso y disputador, pero uno lleno con mucha más diversidad de la que habría habido de otro modo.

Por supuesto, buena parte de la diversión ha sido meter todo esto en las cabezas de los personajes neodelfines y neochimpancés. El concepto de la elevación convierte esto en un excelente ejercicio de autor. Cuando los personajes parecen justo un poco demasiado humanos, eso es resultado (naturalmente) tanto de las medidas genéticas como culturales que fueron tomadas para hacer de ellos miembros de la cultura de la Tierra. Pero he disfrutado desde terreno seguro explorando hacia fuera, escuchando los más antiguos y más naturales instintos cetáceos y simiescos, que pueden poner en un aprieto a los orgullosos seres sapiens, del mismo modo que los fantasmas de la antigua prehumanidad turban a veces a los hombres y mujeres de la era moderna. Especialmente en los neodelfines, intenté combinar los últimos hechos científicos y modelos de cognición cetácea con mis propias exploraciones imaginativas de su vida "cultural" y emocional.

Finalmente, como todo buen relato, cada historia en el universo elevado trata de algún aspecto del bien y del mal..., o del sombrío reino entre ambos. Uno de los que he enfocado últimamente es la insidiosa y arrogante, pero muy común, suposición de que las palabras son más importantes que las acciones.

Durante siglos ha habido un constante conflicto entre quienes creen que las ideas son inherentemente peligrosas, o tóxicas, y aquéllos por otra parte que proponen que podemos criar niños osados y convertirlos en adultos maduros, capaces de evaluar escépticamente cualquier noción según sus méritos. Incluso hoy, hay en todas las alas políticas quienes sienten que alguna élite (de izquierdas o de derechas) debería de proteger a las masas de peligrosas imágenes o impresiones. La misma gente predica a menudo que "pensar algo es lo mismo que hacerlo".

Verán una conexión con esto en el renacimiento de la "magia", en la literatura de fantasía. Los protagonistas mágicos son casi siempre mejores, más fuertes y más poderosos que los demás personajes no porque hayan alcanzado su status a través de la preparación, o el mérito, o la discusión, sino debido a algún intrínseco poder o fuerza místico que los sitúa por encima de los demás mortales. En esas sociedades de fantasía, el poder o bien es heredado o se halla arraigado en el abrumador ego del Ubermensch, coaccionando a la naturaleza para que se doblegue ante su fuerza de voluntad. El esfuerzo cooperativo de hábiles profesionales que ha traído auténticas maravillas de ciencia y libertad en este siglo es desdeñado u olvidado. Los esgrimidores de palabras mágicas son reflejados como algo mejor que meros moldeadores de materia, en especial cuando esas palabras son palabras secretas, todopoderosas y (por supuesto) nunca compartidas con meros campesinos ignorantes. Este tipo de literatura rechaza el empuje igualitario de la civilización occidental, revirtiendo a más antiguas tradiciones que alababan y disculpaban el poder de las élites en todas las demás civilizaciones.

En mi historia "Tentación" —una aventura derivada de algunos acontecimientos plasmados en La costa del infinito— nos enfrentamos a esa antigua noción maligna, la siempre acechante tentación de las ilusiones. Como llegan a la conclusión los personajes de los delfines, es posible mezclar ciencia y arte. Podemos combinarlo honestamente con la extravagante autoexpresión. No somos seres limitados.

Pero ya se ha causado demasiado daño por parte de seres humanos que deciden que la persuasión es lo único que importa.

Todo no es subjetivo. La realidad importa también. La verdad importa. Todavía es una palabra con significado.

©
David Brin, 1999.

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Diciembre 2007

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