|
Matrices, a pesar de
habernos llevado a recorrer extrañas y oscuras costas se convierte en
una agradable sorpresa, siempre nos entrega lo inesperado, es una obra
abigarrada, heterogénea. En ocasiones los epítetos no captan la esencia
de la persona a quien van dedicados, más que “Reina del ciberpunk” es
una “Dama de lo oscuro”, quizás coquetear con el movimiento permitió que
alguien le arrimara el apodo. De los trece relatos de su antología tres
son sobre vampiros o entes similares, otro es sobre relaciones EPS
(percepción extrasensorial), dos practican un terror especial y sutil
(uno en un marco infantil que se eterniza y otro en un marco colectivo
que puede llegar a abarcar a la humanidad), una pareja describen ET’s
muy peculiares, un par se agrupa en la CF sociológica y sólo un trío
emerge como ciberpunk, pero una vez colgado el sambenito no hay quien se
lo quite.
Suele ser autobiográfica, pero no oculta su intención de ligar
acontecimientos vitales con neopautas esclarecedoras (“Matrices”). Sus
relatos no apuntan hacia la acumulación de tensión que se suelta con el
resorte de la frase o párrafo final, sino que nos arrastran a
territorios ignotos con una torsión repentina, son narraciones de viraje
casi todos ellos, ya sea que apunten hacia el castigo (“La venganza
es tuya”), la confusa debilidad ante lo inconfesable (“Fue el
calor”) o la demolición triste de las ilusiones (“Angel”).
Los personalizo por que adquieren un temperamento, una identidad propia
mientras los leemos, devienen inolvidables por que en cada uno existe
una concatenación armoniosa entre flujo constructivo, temática chocante
y elaboración cuidadosa de personajes, que brotan con una nitidez, de
tan precisa, dolorosa (“El guardián de mi hermano”).
Su oscuridad la envuelva, los rudimentos tecnológicos a los que apela
son sólo nervaduras que ayudan a sostener la portentosa cúpula gótica de
la CF que ejecuta, uno podría proferir: ¡Que tal mejunje!... y además
conectado con las novelas clásicas de los 40’ y 50’, pero en un contexto
desesperado, donde las salidas se han cerrado y la esperanza ha sido
desterrada. Pero no negaría que mueve y articula los referentes que
elige (“Seguir rockeando”) hasta conmovernos.
Disfrutan de un grafismo visual potente, que permite seguirlos en plano
secuencia, en zoom, en panorámico o montaje alternado (“El poder y la
pasión”), pero Pat controla su material y no se permite —consciente
de la trampa de la facilidad visual— deslizarse hacia lo banal,
experimenta con el lenguaje y a momentos parece convertir en puntos de
vista a los personajes para evitarnos la tentación cinéfila y nos obliga
a reflexionar, por eso algunos se albergan de lleno en la CF social (“El
día en que los Martel consiguieron el cable”). Cuando amaga derivar
hacia el policial (“Dos”), arriba a sus caletas ignotas (aquellas
de Hammett o Himes), al costado lóbrego de l@s human@s, así que la
resolución del misterio aunque ataña a los mecanismos impulsores del
texto, siempre deja espacio a lo esencial, que termina flotando como una
nata sobre abismos de desconocidos elementos, y esa sensación de
inacabado planta la zozobra en nuestras neuronas.
Otras veces recurre a obturar nuestro intelecto para conmovernos, ofrece
un laberinto casi de aire y arena y luego en una ruptura de
compartimentos, que actúa cual revulsivo una y otra vez, nos enfrenta a
nuestras contradicciones (“Rescate en la ruta”), no le interesa
nuestra comodidad, nos advierte de los peligros que yacen bajo las
superficies, en apariencia tranquilas, de los suburbios USA, de los
rutilantes y engañosos panoramas que edifica el capital para distraernos
y domesticarnos, y todo eso construido con recursos populares que
abarcan desde las tonadillas (“Ini, mini, ipsatini”) las
discotecas y la música popular (“El cruce de Chico Lindo”)hasta
el jogging (“Otro que toma el camino”)
Matrices: Acude a un par de fenómenos de masas de distinta
índole: el magnicidio y la violencia emitida por la TV, que podemos
considerar triviales o agresivos según sean las convicciones en que nos
amparamos, pero a los cuales les abre un dimensión extra conectada con
la visión esquizoide del mundo que much@s televidentes comparten, y
probable origen de muchos comportamientos desquiciados y que estaría a
la base de una cierta anomia y resignación ante el poder, señalando que
con frecuencia serán personas “normales” en apariencia, bien ajustadas y
convencionales quienes irrumpan rasgando las mallas sociales para
reemplazarlas por los evanescentes pixeles de la realidad virtual. Queda
una duda respecto a la ordalía final: ¿representa una auténtica
inflexión donde realidad concreta y virtual se funden sin diferenciarse
o es la crisis psíquica del protagonista empujada a su máximo
esplendor?. Reitero, uno elige según su convicción respecto a la TV
Ini, mini, ipsatini: La sensibilidad con que se acerca a
la reproducción de la existencia de las familias de escasos recursos
establece un criterio simultáneo de análisis social y descripción
empírica de aquellos barrios que fueran su albergue, va implícito
entonces el factor salario, la migración por desempleo, ese trashumar en
una variante de “road movie” buscando un lugarcito tranquilo con mejores
perspectivas. Combina un puntiagudo y atroz apotegma: “igual te liquida
tu morada que un arma” con el arrepentimiento de Raskólnikov (Crimen
y castigo de
Fedor
Dostoievski) y la contrición del nervioso asesino de “Corazón
delator” (E.A.
Poe). El problema del protagonista consiste en porcentaje
significativo en no saber cuando detener los molinos de la imaginación,
lo cual mixturado con la tensión cotidiana generada por la pobreza, las
duras condiciones de vida y el remordimiento, demolerán su confianza en
los mecanismos del mundo. No importa el motivo de su grupo de referencia
para que lo designen como aquel que debe ser humillado (quizás un enlace
hacia las creencias cristianas de l@s muchach@s que lo conforman), lo
cierto es que el episodio tendrá el latido de un dolor exquisito y la
líquida fluidez de una corriente de lava basáltica, hasta que la emoción
del juego es sustituida por el licor lóbrego del miedo, y la alegría
intrínseca en correr, saltar, gritar, esconderse, es reemplazada por el
blanda melaza gris del terror que nos agarrota, nos vacía la mente de
pensamientos, y nos deja inermes para ser invadidos por los monstruos
que acechan en la oscuridad. Al final se levanta tozudo un interrogante
mayúsculo, y uno no sabe si estremecerse ante la ambigüedad de un adulto
que intenta cumplir con la cuota de amargura que le adjudicaron sus
pares en algún momento y que no supo resolver o… alegrarse que a uno
mismo no le tocara sufrir un destino semejante y tan horrible como para
mantenerse asustado de por vida.
La venganza es tuya: La satisfacción que destila en el
introito augura una performance destacada. El punto de partida es un
negocio sui generis, ingenioso, una genuina innovación, como vamos
enterándonos por pedacitos de los motivos que impulsan a la
protagonista, cada cual nos impulsa y suponemos que transitamos en una
dirección hasta que llegamos a la tumba y comprendemos cuando nos
conecta un uppercut a la mandíbula del intelecto lo equivocadas que eran
nuestras presunciones. La ambientación precisa, la construcción de
personajes adecuada, las explicaciones sápidas, bien lograda a pesar de
ser tan corta (la única objeción) y cuando queremos más al final de una
historia redonda es por que nos ha gustado más de lo habitual.
El día en que los Martel consiguieron el cable: Por un
momento rememoré “Las
poseídas de Stepford” de
Ira Levin, aunque
separadas por una década existía un hilo conductor, sin embargo, Pat
deriva hacia un doloroso engaño llevado hasta el máximo para extrema
gloria de una venganza conyugal, y aunque es cierto que nos resulta
difícil avizorar el viraje al que someterá las ocurrencias del relato,
la indignación cuando sospechamos lo que ocurrirá, está servida. Es
inevitable la solidaridad con la víctima y el desprecio hacia el
victimario, ya que si algo como lo sucedido pudiera ejecutarse a pedido
vegetaríamos en otro tipo de sociedad y si se sirviese oculto desde los
tenebrosos intersticios de la actual, de descubrirse sus trapisondas
tanto contratantes como empresarios deberían recibir un castigo
superlativo. Es CF rutilante en la forma y con tema asqueante, duro y en
extremo desfachatado, ya que constituye un asalto a los derechos humanos
individuales… y para fenomenal burla, los últimos desagradables momentos
del inmolado, antes de su transición al limbo, ascienden en intensidad
para agobiar al lector.
Rescate en la ruta: La relación interespecies
sentipensantes será casi siempre sorprendente y no importa lo que
podamos especular nos superará lo que acontezca, ya lo han planteado de
modo espléndido Cherryh (saga de
Chanur) o Niven (los Pajeños de
La Paja en el Ojo de Dios),
McDevitt (tetralogía
de las Nubes Omega) o Lem (Edén
o Solaris),
Silverberg (Espinas o El hombre en el laberinto) o
Bradbury (Crónicas
Marcianas),
Weinbaum (Una
Odisea Marciana) o
Brin (Elevación de
los Pupilos). Pat elige un segmento impactante no por ser algo atípico
sino por su significado repleto de perversidad… y encima alienígena:
establecer concordancia con los deseos de ciertas especies como empleado
será terrible y aterrador, la ironía de tal situación socavará cualquier
coherencia, desmantelará los patrones organizativos de la autoestima y
colocará a la persona dependiente bajo el fuego de una permanente
entrega sin propósito discernible (siquiera para justificar el
sacrificio), es factible que enloquezcamos, mesurados o apacibles (tengo
clavado en las neuronas a Frederik Pohl y su “Nosotros, los comprados”)
pero ese vínculo cambiará nuestros comportamientos al extremo de que
también seamos incomprensibles (Damon Knight en “Stranger Station")
y aunque el contacto sea mínimo, al no conocer las redes simbólicas y
las secuencias jerárquicas que yacen tras la historia de las reglas que
enarbole el alienígena en cada episodio y los giros del lenguaje para
formularlas terminaremos por ser utilizados con frecuencia de manera
brutal, con el consiguiente impacto sobre el ego y la estructura
psíquica.
Seguir rockeando: El estilo vibrante, entrecortado, casi
jadeante, trasmite la carga de angustia y melancolía que suele
aglutinarse con frecuencia en el rock. Aunque parece estar más ubicado
en la ruta convencional del ciberpunk (pero no por eso mitigando el
escozor que suelen producirnos sus relatos) evoca a “La chica que estaba
conectada” de Alice Sheldon (James Tiptree
Jr.), y tal semejanza señala que
trasciende el marco de una época para ubicarse —desde el intento de
esculpir al personaje— en la galería de las puestas en escena que no
envejecen, al decirnos algo distinto cuando los releemos.. Lo encontré
hace algún rato en Qubit N° 15, revista cubana de CF digital donde
pude degustarlo por primera vez, en cuya ocasión a pesar de captar a la
protagonista como una adicta que podría librarse de sus ataduras con el
rock & roll, no extraje las consecuencias de ese proceso, ahora en la
relectura observo que es una esclava sin redención, lo que empuja a
reflexionar que ya se están plasmando en nuestra realidad algunas de las
tendencias allí señaladas (escaneo retinal para certificación financiera
o deformaciones corporales por moda), y si hacia esos turbulentos
meandros deriva el capitalismo, no habrá viraje tampoco para los
sirvientes que viajamos con él.
Otro que toma el camino: Estremecedora viñeta sobre el
contagio a través de las esquinas secretas y pavorosas que albergamos en
nuestra mente. Mientras leo en el autobús, en seguida recuerdo tanto
películas: Forrest Gump o relatos: “El corredor” de Ib Melchior
(también director de filmes de CF), novelas: La larga marcha de
Stephen King. Absorbente estampa dedicada a la manía de pertenencia a un
grupo, te lleva al centro del mismo y cuando un bache interrumpe la
lectura y miras a la calle te extrañas de no encontrarte entre los
corredores, de alguna forma lo expuesto se conecta con cruzar un país
trotando, con asesinatos cometidos ante el paso de los atletas o con un
tufo a psicosis colectiva, pero a pesar de las vecindades que se
establezcan, la diferencia estriba en el sutil terror que se instala en
las comisuras del relato (las manías secundarias que provoca el fenómeno
de miles de maratonistas que cruzan el continente sin descanso y sin
pausa como si estuvieran galvanizad@s por un poder sobrenatural, también
merecen ser observadas: groupies, snipers, frustrados participantes que
pululan en los bordes de la masa), en las bisagras de conecte entre los
episodios (esa exacta demolición que de sus andamiajes de amarre con la
realidad obtiene Pamela, la divorciada que cuenta las contingencias),
aunque intuimos lo que ocurrirá y nos angustia que suceda, sabemos que
la lógica implacable con que deviene nos llevará a resignarnos pero no a
aceptarlo. De su humus se extraen alocadas y variopintas
interpretaciones, ya que puede ser visto como un sueño de poder
adolescente, como la metáfora del cuerpo como máquina de movimiento
perpetuo, como un hipervirus sembrado entre nosotros para aniquilarnos,
como una energía frenética provocada por la renuncia a seguirse
adaptando a la sociedad y traducida en el impulso de CORRER, que al
final es como un orgasmo continuo..
El guardián de mi hermano: Hermoso y triste, avanza cual
mecanismo, nos agarra y nos estruja y no nos abandona ni por un
instante, un tirón doloroso tras otro te lleva hasta el párrafo final.
Siempre la velocidad y potencia de los diálogos, una cierta teatralidad
en lo concerniente a los personajes y el manejo del espacio, proporciona
sostén a las peripecias y hacen creíble lo que después emergerá. Hay un
regusto clásico a lo Leiber en “Los que pecan”, una aproximación
a “Barrera siniestra” (Eric Frank Russell) aunque con un sabor
menos áspero y un acercamiento, casi aggiornamento a lo Chelsea Q.
Charbro en “Nómadas”. Fascinante aproximación a la realidad USA,
sin aspavientos la revienta, sin ambages la desnuda y su final apunta a
que tal cual es no existe alternativa. De la familia disfuncional
arrasada por el “American Way of Life” pasa a los sistemas de
circulación educativos y a los dispositivos de inhibición: no ver a esos
seres abominables a pesar de que coexisten e interfieren, es anonadante,
no importa lo que sean: extraterrestres que medran con discreción,
sociedades vampíricas encubiertas, grupos secretos transmutados por la
oleada de contaminación y capitalismo salvaje que devasta al planeta,
cumplen sus objetivos desde los resquicios sociales donde se ocultan,
ampliando su actuar de un sector a otro gracias a la erosión del
autorespeto y la corrupción. Dark hasta la médula, me permite comprobar
que es más un antecedente para Poppy Brite por ejemplo, que una
ciberpunk “avant la lettre”.
El cruce de Chico Lindo: De la mirada digital desde la
virtualidad (enormes pantallas envolventes) hacia la existencia pixelada
(sensores reproductores de pseudovida), existe un entronque entre la
ilusión de ser representado por una imagen irresponsable de juventud
eterna que no detenga en ningún momento la fiesta, y la alegría de la
cultura de discoteca, también hedonista y sin compromiso; cuando cato “Chico
Lindo” concurren sabores mezclados a mi remembranza:
Rudy Rucker y “Software”
pero sin su cientificismo,
Silverberg pero sin que Hokusai decore las
laderas del Fujiyama, Pohl y su saga de los Heechee pero sin sus
avatares existenciales,
Benford y su sextalogía del Centro Galáctico
pero sin el trashumar de sus humanos cercados por los robots, y todos
esos fragmentos vibrando en una coctelera con una cucharada gay en
líquido ciberpunk, pero con algo peculiar que de nuevo es el valor
agregado de Pat: concluye con una nota de rebeldía y esperanza. Muy
bueno.
Dos: Con frecuencia presenta giros sorprendentes, aquí
retuerce la telepatía hasta tornarla no solo irreconocible sino
indeseable y mudarla en una condena como la sufrido por el telépata
menguante de “Muero por dentro” (Robert Silverberg). No por tener
un poder y ser diferentes a los demás es fácil extraer provecho de esa
característica, que en lugar de ser un don se convierte en castigo.
Comparar la dureza amarga y muy real que brota de las circunstancias que
atraviesan los dos: una adolescente enamorada de su verdugo (si, ya se
que suena a masoquista, pero lo lleva en la sangre), que agrega la
distinción de malandrín (estafador en juegos de cartas) con los
tejedores telepáticos de “La mano izquierda de la oscuridad”
(Ursula K. Le Guin) o con los robots equipados con poderes mentales de la
serie Fundación de Isaac Asimov o con la Charlie de "Ojos de
fuego" (Stephen King) que suma la facultad pirokinética, no es para
equipararlos sino para distinguir el relato de Pat con su retorcida
correlación de pareja que transita de la deformidad a la crueldad, sin
dejar dudas respecto a que con frecuencia, conseguir la libertad
requiere de la violencia en alguna de sus manifestaciones.
Angel: Transido de congoja, invadido de nostalgia, un
viento de exilio se cuela por las rendijas emocionales que levanta este
fábula sobre un ET, especie de ángel caído condenado a compartir su
agonía con nosotros, pero la aparente liviandad de lo proferido no logra
ocultar un voluminosos fardo de critica social (como acontece con
frecuencia en sus obras, este tema se infiltra y llega a ser primordial
en algunos momentos). Muy visual, parece fácil adaptarlo al cine, es
notable como maneja su material, quizás por eso surge nítida la pulsión
esperanza-desesperanza (propuesta por
Edgar Morin como una de las tres
esenciales en este momento de crisis ambiental planetaria). Presenta una
de las mejores descripciones de la amistad entre marginales, ambos
expiando: el terráqueo su hermafroditismo, el ET su caída celestial
sufriéndola de tal forma que antes del término de su condena habrá
perecido, creo que el especial Queer de
Gigamesh 44 se enriquecía si
colocaba en su índice un comentario sobre “Angel”. Pero aún
informando tanto no he destripado el relato, en el reposa un universo de
contactos fraternos y reglas escondidas que hieren, llevado a un ritmo
que cautiva y que lo enriquece mientras los protagonistas se construyen
ante nuestra vista por sus decisiones y fallas y donde otr@s autor@s se
desvivirían por complacer y ser bland@s y complacientes para no sacudir
al cliente, Pat lo transfigura en tenacidad y filo, por eso a pesar de
que usar la Tierra como cárcel es un argumento frecuente —desde series
de TV (Hard Times on Planet Earth) a novelas (Los señores del
tiempo de Wilson Tucker)—,
Cadigan consigue insuflarle una
melancolía y una sensación de fracaso que lo diferencian y la guardan en
la memoria.
Fue el calor: Hubiera deseado un párrafo más, no para
aclarar el sentido de lo leído sino para excitarme y transitar hacia una
dimensión donde arquitectura, texturas, contexto, clima, costumbres,
música y sexo se funden… gracias a la pasión.
Nueva Orleáns con su
particular diseño urbanístico, el jazz con su síncopa deslizante sobre
la melodía recreándola, la luz amarilla que inunda las calles, las
mujeres hermosas que sudan y sonríen, las costumbres liberales, el vudú
que se asoma hasta en el
Mardi Grass y la urbe que se abre como un fruto
multicultural para ser paladeada, era el mejor sitio para exhibir esta
historia de arrechura y obsesión por el goce, claro que le denominan
“calor”.
El poder y la pasión: De nuevo cuando leo un relato de Pat
se me inundan los ojos con las imágenes de un film: Vampiros de
John
Carpenter, donde Soames podría ser un Jack Crow (James Woods)
desagradable. Repite el método de apoyarse en un chocante y enredado
giro que nos descoloca, el amor por la tortura campea, las imágenes
sangrientas se descuelgan por los bordes de la página, las acciones
dinámicas y mortíferas proliferan, y la crucifixión es descrita como un
asesinato lento que reaparece como tatuaje-trampa para no muertos; pero
el despliegue de los eventos conduce a un final satisfactorio y sin
fisuras y erige como interlocutor un monstruo que más allá de lo feroz
logra ganarse un lugar es ese costado deplorable que tod@s acarreamos en
nuestra mente… y nos agrada.
Las introducciones poseen el extraño sabor de la autenticidad, te
invaden con su honestidad pero terminas mirando hacia una dirección que
no colinda con la expuesta en el cuento; parecen redactadas expresamente
para desconectarte (en un ejercicio de extrañamiento brechtiano), a
pesar de su validez y de su criterio de certidumbre iluminan sólo la
zona de su vida que fue impactada por el tema del relato y por lo tanto
termina exponiendo con éxito el motivo que tuvo para crearlo… en ese
instante, si le creemos o no aquello que nos dice, no rompe el encanto
de la historia que se desenvuelve por si misma sin muletas.
La carátula es lamentable y poco inspiradora, En cambio, el prólogo de
Elvio Gandolfo es fiel por lo que recoge y exacto por lo que escoge para
exponerlo, con suficiente información para despertar gusto e interés,
pero con la distancia requerida para no revelar los intestinos del
libro. De aspecto leve, para no estorbar el contacto con la autora, uno
cree que se desliza por sus frases sin casi alterarse pero luego
encuentra que nos ha dejado huella. Los agradecimientos y la dedicatoria
muestran una persona de múltiples vínculos emotivos y preocupada por los
suyos.
© Luís Bolaños; 30-07-07.
Si desea enviar algún comentario pulse
aquí
|