CIUDADANO DE LA GALAXIA

Gracias al inefable Joselito (si no saben quien es, agradezcan a Dios), siempre he odiado las historias-con-niño, sobre todo, esas que empiezan con los niños perdiendo a sus padres, quedándose en la ruina o perdiéndose. Vamos, que hasta Pinocho se me hace difícil de soportar (Gepetto es un pobre y anciano carpintero… cuando Pinocho se convierte en un niño de verdad, ¿cuánto tiempo le va a durar su papi?).

Sin embargo, “Ciudadano de la galaxia” me ayudó (en algo) a reconciliarme con el género. No es que sea la aventura ideal, pero la manera trepidante que tiene Heinlein para narrar hace que uno se emocione de buena manera con las aventuras del niño Thorby, quien es vendido como esclavo a Baslim el Tullido, en uno de los Nueve Mundos fuera de la hegemonía de la “civilizada” Terra y su influencia. Cualquier parecido con Anakin Skywalker debe ser pura coincidencia…

Pero sigamos con la historia. El tal Baslim el Tullido no es quien dice ser: instruye a Thorby de una manera poco previsible para un mendigo, y deja entrever que él mismo es acaso algo más que un mendigo... lo cual es confirmado cuando los esbirros de una organización secreta aparecen en busca de Baslim. Éste debe separarse del niño, quien queda al cuidado de la tripulación de una nave de comerciantes, descendientes de finlandeses que se rigen bajo una estructura que podríamos llamar matriarcal. Estos enseñan a Thorby las artes de la navegación y el comercio, al mismo tiempo que lo adoptan, siguiendo los deseos de Baslim, quien realmente era algo más que un mendigo. Sin embargo, la nueva felicidad hallada por Thorby (quien ya es un adolescente) se termina abruptamente: el encuentro con militares de origen terrano implica el traslado de Thorby a la Tierra, por que como en los mejores culebrones, Thorby también es algo más que un mendigo.

Parece que no le costó mucho a Heinlein escribir esta novela. De un lado, nos muestra una galaxia en la que subsisten muchas de las características de la sociedad humana actual o relativamente reciente: comercio, viajes de exploración, esclavitud, abogados, burocracia, conflictos ideológicos... La acción bien pudo transcurrir en nuestro mundo, cambiando los Nueve Planetas por cualquier región alejada de la “civilización” (o también cercana a ésta, recuérdese que en varios países de América del Norte y del Sur la esclavitud se mantuvo hasta bien avanzado el siglo XIX), las naves espaciales por embarcaciones marítimas (piratas incluidos) y los extraterrestres (meramente decorativos en este caso) por exóticos nativos de la Amazonía o de la Polinesia. De otro lado, la acción se resuelve a punta de deus ex machina: nunca falta el tío o amigo providencial dispuesto a jugársela por entero a favor de Thorby, o que le proporciona información y ayuda justo en el momento en que más lo necesita.

Lo que no quita que “Ciudadano de la galaxia”, como novela juvenil (tan juvenil es, que en su parte final, el pobre Thorby no sabe qué hacer con sus recientemente adquiridas atribuciones y obligaciones de adulto), cumpla con su objetivo de entretener al lector, de paso que le imparte las “lecciones para llegar a ser todo un hombre” de Papá Heinlein. Sinceramente, algunos consejos no carecen de utilidad.

© Daniel Salvo; 22-08-07.
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Agosto 2007

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