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La actual profusión de
ediciones y autores de ciencia ficción, fantasía y terror ha llevado,
entre otras cosas, a forzar nuevamente los límites en los que se supone
se mueven los géneros. Hay quienes hablan del “fantástico” a secas, y
acaso tengan razón, como el denominador común para aquellas obras que se
apartan de lo que puede llamarse la literatura “realista”. También hay
quienes consideran ociosa toda discusión respecto a qué es y qué no es
la ciencia ficción, por ejemplo, sin reparar en que su opinión sobre
dicha discusión es de por sí discutible… y así ad infinitum. O ad
nauseam. El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra.
Ya que de nuevos (o viejos, según salgan las cosas) géneros se trata,
tuve la suerte de encontrarme con esta pequeña joya de lo que podríamos
llamar anti-ciencia ficción. ¿Qué cómo se come eso? Fácil. Primero los
ingredientes: los protagonistas son astronautas de la NASA, un
periodista y el villano. La misión consiste en efectuar el primer vuelo
tripulado a Marte en la nave Capricornio Uno, para que los
norteamericanos no pierdan el paso en la carrera espacial (la novela fue
escrita en 1978). El lanzamiento se efectuará desde cabo Kennedy y las
comunicaciones se monitorearan desde Houston, Texas. Pero cuando lleguen
a Marte, nuestros astronautas se encontrarán con…
Nada.
Por que no habrá vuelo a Marte.
Por que todo es un engaño, un truco para convencer a los políticos a fin
de que no desmantelen el programa espacial. Salvo el lanzamiento de un
módulo espacial a baja órbita, la misión Capricornio Uno no será más que
una breve película filmada en un hangar pintado de rojo y una serie de
comunicaciones radiales entre los astronautas y sus familiares.
Pero hay algunos problemas. El primero, que a los astronautas les
informan a última hora que no va a haber misión a Marte. Se les pide su
colaboración en la nueva misión, esto es, en el simulacro. A
regañadientes, colaboran con todo lo que se les pide – simular informes
de vuelo, comentar lo precioso que se ve todo desde el espacio, poner la
bandera norteamericana en la superficie de “Marte” y recitar el
consabido discursito “Doy este paso en el camino de toda la humanidad
hacia la paz” – y se preparan para “volver” a casa. Pero han
transcurrido cerca de 200 días, y han tenido tiempo de sobra para
reflexionar, lamentablemente en voz alta, acerca de lo que están
haciendo. Su sentido de la ética y la verdad resultaría incómodo para
más de un alto funcionario de la NASA, temeroso de que se vayan de boca
y digan la verdad. Los astronautas pasan a convertirse en un dolor de
cabeza. La NASA simula entonces un accidente que destruye al Capricornio
Uno en su reingreso a la atmósfera terrestre, comunicando al mundo que,
luego del exitoso aterrizaje en Marte – a fin de cuentas, lo único que
importa- , los valientes astronautas han muerto. Ahora, solo falta
eliminarlos de verdad.
Otro de los problemas es un acucioso, mujeriego y borrachín periodista
con un olfato único para captar incoherencias. Como aquella imperdonable
de tener amigos en la NASA que detectan que las señales radiales
provenientes de Marte siempre pueden ubicarse a 450 kilómetros de
distancia. O aquella otra del astronauta recordando a su esposa un viaje
que nunca hicieron, aludiendo en realidad a otro viaje en el cual
visitaron un set de filmación, a lo que se suma un fallido atentado
contra la vida del periodista. Definitivamente, algo se pudre en la NASA,
y empieza a investigar.
Lo que sigue, en lugar de una carrera espacial, es una carrera contra la
muerte. ¿Quién ganará, los astronautas y el periodista, luchando por
revelar la verdad acerca del viaje a Marte, o la NASA, que en esta
novela despliega una insólita faceta que la asimila al más siniestro de
los servicios secretos?
“Capricornio Uno” fue llevada al cine por la Warner Brothers en 1978,
dirigida por Peter Hyams y protagonizada por Elliot Gould, Brenda
Vaccaro, Karen Black y Telly Savalas.
Y ya que hablamos de cine, recuerdo haber visto en mi infancia una
película soviética que en castellano se tituló “Un gran viaje al
cosmos”. Un grupo de niños es seleccionado para pasar unos días en una
nave o estación espacial –se supone que cualquier niño soviético podía
hacerlo-, en la cual transcurren las peripecias típicas: enfrentamiento
con la computadora, lluvia de meteoritos, conflictos interpersonales.
Solo que al final resulta que nunca hubo tal viaje, que todo era un
simulacro, aunque en este caso, los engañados fueron los niños (salvo
uno, que se guarda lo que sabe), pues dicho simulacro es en realidad una
preparación para un futuro viaje que harán cuando sean mayores. Recuerdo
las imágenes finales, con los niños saliendo por una puerta y la gente
recibiéndolos con flores.
También, a nivel local peruano, tenemos la película “Un marciano llamado
deseo”, dirigida por Antonio Fortunic en 2003, curiosa comedia basada en
un supuesto encuentro sexual entre una ingenua dama y un extraterrestre
fingido en base a purpurina azul y oro. Nuevamente, tenemos todos los
elementos tópicos de la ciencia ficción, excepto la ciencia ficción
misma.
© Daniel Salvo; 15-08-06.
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