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Quizá debido a que la
editorial Cultural Cusco es más bien conocida por dedicarse a las
publicaciones de tratados de derecho, esta novela no ha tenido la
repercusión que merecería, tanto por la originalidad del tema que trata
como por lo singular de su enfoque. Para ser un autor primerizo, el
diplomático Zózimo Roberto Morillo (Lima, 1959) lo ha hecho bastante
bien.
Al inicio de la novela, aparece como personaje Georg Cantor, genial
matemático que vivió entre 1845 y 1918 e inventó la teoría de los
conjuntos. Este Cantor personaje va a tomar parte de un encuentro con
los “Hermanos de la Luz”, misteriosos seres extraterrestres que
le traen un importante mensaje. Cantor escribirá un relato pormenorizado
de lo acontecido durante este encuentro, que luego olvidará por completo
haber redactado.
Abro un paréntesis para introducir algunos datos extraídos de la
Wikipedia: los descubrimientos matemáticos de Cantor tuvieron un fuerte
impacto en sus convicciones religiosas. Le dio por interpretar el
infinito absoluto (reunión de todos los infinitos, y por lo tanto el
último de ellos – este infinito no es concebible por la mente humana)
como Dios, y escribió artículos religiosos sobre el tema. Murió en una
clínica psiquiátrica, pobre y sin que sus padres reconocieran su genio.
Hoy en día, la comunidad matemática reconoce plenamente su trabajo, y
admite que significa un salto cualitativo importante en el raciocinio
lógico.
Años después, en pleno siglo XXI, un sacerdote y también matemático
comunicará al mundo que, tomando como punto de partida las teorías de
Cantor, ha logrado desarrollar un algoritmo, una fórmula matemática que
permitiría probar la existencia de Dios. Esta noticia, como no podía ser
menos, provoca un revuelo a nivel mundial y una serie de reacciones,
algunas de índole bastante curiosa, como puede ser el inicio de acciones
terroristas por parte de un movimiento psicoanalítico fundamentalista,
para quienes Dios no puede ser otra cosa que la proyección del superego.
Asistimos también a un futuro bastante cercano y parecido a nuestro
presente, donde no faltan algunos avances tecnológicos, (por ejemplo, un
microprocesador que insertado en el cerebro permite el tratamiento de
enfermedades mentales como el autismo), o el espantoso descubrimiento de
un agujero negro desde el cual estaría por “emerger” otro universo hecho
de materia más densa, que podría acabar con el nuestro.
Ha de precisarse que los conocimientos y especulaciones matemáticas
expuestas en este libro son algo complicadas de entender, al menos para
quienes tenemos una cultura (digo, es un decir) basada principalmente en
el cultivo de las letras. Empero, las teorías e hipótesis que
continuamente formulan los personajes son fascinantes en sus
implicaciones.
El matemático protagonista de la novela considera necesario exponer sus
conocimientos a como dé lugar, por lo que escribe "La sociedad del
tríptico", un thriller basado en sus convicciones acerca de la lucha
entre el bien y el mal, la creación y el destino último de la humanidad,
donde mezcla a partes iguales la teoría de conjuntos, especulaciones
teológicas con reminiscencias gnósticas y la tópica trama de todo
thriller que se respete: un grupo de iniciados – la Sociedad del
Tríptico – custodia desde tiempos antiguos una pintura en la que se
grafica un saber que debe permanecer oculto a ojos profanos. Un
asesinato será el detonante para que un investigador entre en contacto
con los miembros de la misteriosa organización.
A su vez, esta novela dentro de la novela incluye otro texto ficticio,
los “Cuadernos de Dobira”. Dobira es un mundo extraterrestre en
el cual también se desarrolla un conflicto que enfrenta a las fuerzas
del bien y del mal.
Los tres textos también funcionan como relatos independientes, siendo el
mejor desarrollado el que involucra al sacerdote-matemático y sus
especulaciones matemático-teológicas en su contexto de “futuro cercano”.
En contraste, “La sociedad del tríptico” adolece de una trama
algo infantil – hay un “juicio popular” de lo más hilarante – y “Los
cuadernos de Dobira” cae en un exceso alegórico: los personajes son
meras representaciones de ideas y conceptos.
Sin embargo, el balance general es positivo: pocas veces se puede leer
un texto con esa perspectiva cosmológica –presente en toda la novela –
que lleva a un tiempo a la duda respecto de las propias convicciones
acerca del infinito, la existencia y lo que conocemos como realidad, y
al mismo tiempo, a admirar ese misterio insondable, ese milagro de los
milagros, que es el universo.
Y también, a admirar a quienes tratan de comprenderlo.
© Daniel Salvo; 15-08-06.
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