La lectura de
Fábulas de una abuela extraterrestre nos llevo a
contactarnos con Daína Chaviano por correo-e para pedirle unas
palabras sobre su obra y el permiso para publicar un fragmento de la
misma. Gentilmente Daína accedió a ello.
El nacimiento de un
libro siempre es un misterio, incluso para el propio autor. ¿De
dónde surge el primer rayo o la primera luz de una historia?
¿Quién sabe? A menudo, en ese proceso suelen intervenir varios
factores, conscientes e inconscientes. Fábulas de una abuela
extraterrestre no nació de una vez, sino que requirió de varios
partos simultáneos. Lo primero fue el título. No puedo recordar el
momento ni la circunstancia donde me encontraba cuando brotó de mi
cabeza. Pero allí apareció, y me dije: “Me encantaría hacer una
novela sobre una abuela extraterrestre”. Y comencé a escribir lo que
sería el primer capítulo, hasta que la abuela comienza a contar una
historia. Entonces me quedé sin saber cómo seguir. Aquello quedó
durmiendo durante varios meses hasta que un día en que me encontraba
sola en mi cuarto, en una de esas ensoñaciones de adolescencia, vi
la imagen de una doncella que corría enloquecidamente a caballo en
medio de un bosque, huyendo de un grupo de hombres, mientras las
ramas de los árboles a su paso destrozaban su vaporoso vestido.
Comencé a escribir aquella escena y, de pronto, me detuve porque me
di cuenta de que aquella era la historia que la abuela
extraterrestre le estaba contando a su nieto. Eso fue el inicio del
segundo capítulo. A partir de ahí, comenzó la novela.
Varias cosas se fueron sumando después. El personaje de Ana, la
estudiante que vive obsesionada con escribir y que no acaba de
adaptarse al entorno donde vive, tiene mucho de mí en aquella época.
También tenía yo una amiga con la que compartía esos extraños
experimentos que aparecen descritos en la novela. Incluso en la
novela incorporé fragmentos de esos experimentos de escritura
automática. Sin embargo, todos esos rollos amorosos son pura
ficción.
Una anécdota que no recuerdo haber contado nunca es que el capítulo
33, donde aparecen todas las conversaciones y comentarios de los
estudiantes cubanos en un aula, es completamente real. Cuando
teníamos clases de química inorgánica, yo me aburría soberanamente.
Un amigo y yo nos turnábamos para tomar las notas de clases.
Mientras uno de los dos atendía a clases, para explicarle al otro
después, el que quedaba libre copiaba, como si fuera una grabadora,
todos los comentarios que hacían los alumnos. Después los leíamos
fuera de clases, en voz alta, y nos reíamos como locos. En el aula
no sonaban tan disparatados, pero cuando los leíamos después aquello
parecía un manicomio. Lamento haber perdido todas aquellas
“grabaciones” escritas. Lo único que conservo está en ese capítulo
33.
Pero la novela requirió, más que nada, de una gran elaboración. Me
senté durante meses a pensar en la estructura y en las sub-tramas
que debían ir entrelazándose sin dejar resquicio alguno. Narrar tres
historias independientes que ocurren en mundos paralelos, con
personajes totalmente disímiles (algunos de los cuales pertenecen a
otra civilización), necesita de algo más que pura inspiración. Hubo
mucho trabajo consciente para que todas las piezas pudieran encajar
perfectamente y no dejar hilos sueltos. Esa experiencia marcó mi
manera posterior de enfrentar una novela, en la que suelo usar
esquemas, notas, y escribir una especie de esqueleto de todo lo que
ocurrirá después.
Fábulas de una abuela
extraterrestre