
La primera reflexión
apunta a que la calle no es sólo un límite entre propiedades, ni una
separación de actividades, sino una superficie de contacto, un espacio
de comunicación que en cada sociedad o planeta colonizado por humanos o
generado a partir del encontronazo entre etnias (y hasta por otras
especies: pienso en la adjudicación utilitaria que del espacio
exquisitamente proyectado de los conquistados kundalanos hacen los
conquistadores v’ornn en “El anillo de los cinco dragones” de
Eric van Lustbader, o de la construcción de las catedrales cristianas
sobre los restos de los templos de los indígenas americanos) posee y
asume ciertas reglas de juego que la van convirtiendo en un lugar con
una subcultura especial, con argot propio y ritmos específicos de
interrelación, es la vía por donde fluyen elementos esenciales para la
producción económica y para la reproducción social y cultural: dinero y
capitales, mercancías y materias primas, informaciones y plegarias,
trabajadores y contratantes, asesinos (aún pervive en mi memoria el
impacto de Terry Pratchett y su “Pirómides” desplazándose en los
tejados para cumplir con la tarea asignada por su gremio) y prostitutas,
máquinas y vehículos, saltimbanquis y corsos, procesiones de monjes y
feligreses y columnas de guerreros.
La segunda reflexión nos inserta en la exploración histórica: la cultura
magdaleniense (y otras denominadas “primitivas”) se caracterizaron por
la presencia arqueológica de hermosos murales, arpones de hueso, tallas
de asta, microlitos y azagayas, estatuillas y adornos, y por la
introducción de reformas a la vivienda y al espacio habitable,
confirmados por hallazgos de pavimento, tanto al aire libre como en
cuevas, y de albergues revestidos con suaves pieles, es evidente que
para las bandas constituidas por una treintena de familias el área común
y colectiva reservada para las manifestaciones sociales y religiosas era
esencial y podemos así considerarla un antecedente remoto de la calle,
lo cual queda palpablemente representado en las sagas de Jean Auel y
Michael & Kathleen O’Neal Gear.
Hacia el 3000 a.n.e. empiezan a aparecer en Mesopotamia las primeras
ciudades-estado y las primeras calles genuinas (si quieren captar el
sabor local brindado por un maestro del género, recomiendo a “Gilgamesh,
el inmortal” de Robert Silverberg) donde se mezclan el bullicio
comercial con los gemidos de las ejecuciones, para el 1800 a.n.e. en
varios puntos geográficos del planeta, se registra desde el punto de
vista urbanístico, el surgimiento de grandes poblados que crecen
espontánea y confusamente.
Sin embargo, en Mohenjo-Daro y Harappa, las desaparecidas urbes del
valle del Indo, encontramos precedentes suficientes para admitir que su
diseño, funcional y cómodo –que incluye baños temperados, red de
alcantarillas y recojo de basura- es ya deliberado, (de allí que algunas
descripciones de especies inteligentes en sus prolegómenos civilizadores
adjudicados por diversos autores se encuentran dentro de lo verosímil).
Los cretenses del período minoico ya contaban con calles pavimentadas,
desagües, casas de varios pisos y paredes decoradas con elegantes
frescos, la dulzura de vivir estallaba por doquier y podemos imaginarnos
que tal fusión de arte, servicios y cotidianidad bosqueja un
comportamiento psicológico tan similar al actual, que nos parecen
contemporáneos en sus inquietudes. Quizás por ese motivo han tenido una
atracción frecuente sobre ciertos autores tanto en relatos como en
guiones de TV (pienso en Dio de Damon Kningt o en algunos
capítulos de Star Trek).
No obstante, aseverar lo mismo de los conglomerados poblacionales
asirios, sumerios, hititas, y aún egipcios y chinos, sería reflexionar
con manga ancha, ya que las rigidez militarista y las elucubraciones
religiosas con su habitual descuido por la calidad de vida de la gente y
su apetito por la concentración de poder, se plasman en laberínticas y
enrevesadas callejuelas, atiborradas y muy probablemente hediondas;
usualmente la anchurosa avenida central flanqueada por estatuas de
dioses o animales míticos, es la extensión dispuesta para los desfiles
celebratorios de victorias bélicas, las manifestaciones públicas y las
artimañas ordinarias del comercio al menudeo, tanto Heinlein en “Ciudadano
de la galaxia” y Alan Dean Foster en “Abandonado entre las
estrellas” han captado y transpuesto ese colorido a sus relatos.
También en “Loto Dorado o las aventuras eróticas de Hsi-Men”, un
clásico de la literatura china, podemos tropezarnos, mientras se
desmenuzan los juegos eróticos entre los personajes, diversas
referencias a la forma como se despliegan los comercio-viviendas en la
calle, y cómo actúan quienes las transitan, laboran y habitan, asombra
la precariedad de los ambientes –con seguras consecuencias letales para
la salud- y lo deleznable de las construcciones –por la facilidad con
que se conquistan sus interiores-.
Para el desplazamiento fluido, rápido o meramente eficiente de tan
polícromos protagonistas, la tecnología tanto real como literaria ha ido
proporcionando algunos de sus artilugios de transporte más llamativos,
desde tilburíes y cuadrigas hasta cámaras de éxtasis y puertas
multidimensionales de acceso aleatorio, y los arquitectos planificadores
de mundos-anillos, villas de placer y capitales imperiales las ofertas
más variadas y anonadantes: ya en 450 a.n.e. Hipódamo de Mileto había
preparado y presentado a Pericles un proyecto de reconstrucción de El
Pireo (puerto de Atenas), que en el área mediterránea surge como el
primer intento de obra urbana planificada registrado (rememoremos por un
instante que se considera a la Acrópolis uno de los conjuntos
arquitectónicos más hermosos levantados por manos humanas para ubicarnos
en el proyecto sugerido). El concepto griego de ágora, como ámbito para
deliberar, debatir y conseguir consenso, es un precursor de la
definición de calle, tal y como la presentamos en las líneas iniciales.
El desorden multitudinario y dinámico de las callejuelas de la Suburra
romana, con sus talleres de artesanos que producen ánforas masivamente
para el trasiego de vino, aceite y cereales, los baños y sus termas, las
nubes de esclavos acarreando mercancías o literas, extienden lo helénico
hasta fusionarlo con lo latino bajo el rubro de grecorromano. En
diversas ucronías o mundos alternativos (Poul Anderson, Lyon Sprague de
Camp, David Brin) ha quedado plasmado tal periplo.
Otro aviso de lo que llegará a ser la calle, brota en las postrimerías
del medioevo, del enfrentamiento entre autoridad y experimentación,
durante las épicas batallas por ampliar las fronteras del conocimiento y
que darían como resultado el nacimiento del Segundo Paradigma
Científico, ya que de acuerdo al principio de autoridad se moraba y se
permanecía aparentemente en un mundo ordenado –y sin fisuras en lo
filosófico-, que se expresaba en el sitio que cada gremio y persona
tenía adjudicado (recogido por autores diversos, desde Jack Vance con
sus collares decapitadores -que de paso portan cuantiosa información
sobre sus usuarios- en la trilogía de Durdane, o en las
categorías y subcategorías de seres que nutren las páginas de la
Instrumentalidad de Cordwainer Smith); mientras que con la apertura
hacia la experimentación y el descubrimiento permanente de nuevos
conceptos se provocaba un desbarajuste de los planos de la sociedad… y
del burgo, que dejan de estar predeterminados para ser meramente facetas
que deben ser investigadas, exploradas, explotadas e invadidas cuando se
posee la fuerza, la inteligencia o el dinero para tales acciones. La
pérdida de la inmanencia, el desencantamiento del mundo y el novísimo
proceso económico capitalista que deflagra, arrojarán a las calles una
turbamulta de personajes, una muchedumbre de marginados, de seres que
han perdido el sentido de la existencia y no le encuentran relevo; no es
casual y si comprensible que fuera reemplazado por el afán áureo, ya que
tal anhelo permitía volver a establecer puentes y metas en el marco de
vida prometido por la nueva estructura socioeconómica de la ascendente
burguesía (en cierta forma, China Mieville se dedica a exponerlo en “Perdido
Street Station”).
Posteriormente, una vez consolidado el transcurso de los
acontecimientos, para evitar que los protagonistas de levantamientos y
asonadas urbanas aprovechen los inverosímiles recovecos y vericuetos
generados por el diseño intestinal de las callejas para levantar sus
barricadas, prolongando así los combates y enfrentamientos y empujando a
crisis irreparables a los gobiernos de la realeza, son derribados y
reconstruidos barrios enteros en las capitales europeas, y al
delinearlos a regla y cordel quedan desprovistos de parábolas serenas
que suavicen la dureza de las rectas avenidas, para que las balas
represivas pudieran recorrerlas raudamente y con eficacia.
Luego, tras la presencia de las multitudes en pugna o de apoteosis
teñidas por lo ideológico y el enfrentamiento bipolar, el colofón al que
hemos arribado ha sido: multiplicidad de historias y retribalización de
occidente -con impregnaciones orientales, americanas y africanas- y como
nos augurará Carlos Fuentes desde el advenimiento del Siglo XXI-, una
era sin culturas centrales y sin “egocentrismo cultural”, propulsado por
las migraciones y el barroco hacia el heterogéneo, multidimensional e
innovador crisol del universo de la postmodernidad que ya moramos, hacia
una “sociedad del conocimiento”, como insinúan por ejemplo, David Brin,
Gregory Benford, Greg Egan, Neal Stephenson, Greg Bear, Nancy Kress o
Bruce Sterling.
Puesto que podemos constatar la presencia de estas preocupaciones en un
fragmento significativo de la CF actual, que esas concreciones y sus
momentos de transición indudablemente se encuentran registrados en las
peripecias que nos entregan -en ocasiones con profundidad, en otras
apenas ligeramente-, en diversas novelas y relatos del género. Algo que
no podemos hacer extensivo al mainstream, pegado en un alto porcentaje
por las posaderas, al légamo de lo trivial contemporáneo.
© Luís Bolaños, 20-09-2006
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