|
La primera impresión,
vívida, fue de desconcierto y a medida que profundizaba en la lectura
aparecían múltiples guiños culturosos hacia la CF: Hal como el ordenador
de 2001, Aleister el hijo como Crowley, Clarke el mayordomo como Arthur,
y proliferaban las comparaciones, con Casa inteligente de Catherine
Willheim, con el relato de Ballard Los mil sueños de Stellavista, con
la mansión de troncos Sara Risa de la novela Un saco de huesos de Stephen King o esa frase de Brecht
"Lo mismo asesina una casa que un
hacha", y conceptualmente el diseño resbalaba hacia el Bauhaus, los
suprematistas y la arquitectura funcional de Aalto y Tange pero
mezclados con la desmesura de la Torre de Babel (y si, había un regusto
a Ted Chiang), y la combinación estilística de la Brasilia como urbe y
del Juego de la Gente como novela de John Brunner, en fin que era como
un cebiche mixto tan nutrido de especies que uno se quedaba largo rato
anonadado no por la amnesia del protagonista sino por la versatilidad de
los sabores evocados.
Rememoré cuando atacaba los suntuosos párrafos iniciales del Ulises de
Joyce y la parvedad de mi mente que me obligaba a degustar por oleadas,
quiero decir cuando el aluvión de ideas amenazaba sofocarme me detenía y
me dedicaba a imaginar por puro gusto durante un rato. Allí comprendí
algunos comentarios sobre la densidad de Enrique, no por que fuere
pesado leerlo, sino por que alude a la combinación surtida de capas que
cubren cada línea como un hojaldre... o como un Esponja de Menger, que
se dispersan cual hormiguero enloquecido bajo la piel de las frases
cuando uno las penetra, lo cual une al regocijo explorador con la
sensualidad del descubrir, por ejemplo, que el personaje da un salto
hacia el futuro de 15 años a través de un bucle o lazo temporal, cuya
explicación será uno de los motores de la novela (aquí ipso facto
derivamos al debate sobre ciclo, flecha o espiral del tiempo según
Jeremy Rifkin, vinculado además a la figura de Hal como "analista
simbólico", quizás por eso lo primero que pide apenas “nace” es un
psiquiatra o analista de la psiquis). Lo que nos asombrarán serán los
motivos para que sufra tal aceleración, perceptible en el rimero de
chispas en forma de recuerdos que lo deslumbran, reminiscencias de
acontecimientos, quizás no sucedidos, pero sin embargo acumulados en el
olvido y el deterioro del cuerpo.
Quisiera referirme a que recurrir en el mismo capítulo y en el marco de
una terapia psicoanalítica, a la geometría obscena y enloquecedora de
las ruinas de los templos lovecraftianos y al holograma de Pribram (págs.
40-42) demuestra la intención de fusionar filosofía con ciencia,
literatura con psicología, de crear un campo común de encuentro para
repensar el mundo, está señalado en apotegmas como: “reconstruir el
concepto (de arquitectura) a partir del ladrillo”, o sea (como diría un
estudiante universitario) en romance hologramático se puede ingresar por
cualquier ángulo y por cualquier sitio con imagen integral, enfoque
holístico, metodología sistémica y actitud prospectiva y recrear el
universo literario y ese retorno al origen será otro de los leit motiv
del texto. Hay que leerlo al resplandor de la frase “Entonces la Casa lo
atacó”.
El plano de la comunicación intercepta con los demás, y de que manera.
Recuerda a alguien que ha sido privado parcialmente de los procesos que
culminan en la conciencia de ser y que trata de recuperarla y
reorganizar su patrón organizativo, en un juego que se desintegra
frecuentemente con las formas y sombras incluidas en los planos,
molduras, esquinas y paredes de la Casa. Y que tienden a reemplazar a
cualquier otra experiencia en un borrado permanente para que emerja una
única lectura: la de la Casa, que se va convirtiendo en una
omnipresencia, en un encierro, en una prematura erosión de la vida, en
una cuasi muerte.
Dediquemos un párrafo a la disquisición filosófica: Hal parece debatirse
entre el estrecho haz constituido por los efectos de la entropía y el
paisaje tumultuoso del magma envolvente y omnipresente del tiempo como
creador, para evadirse de la comprensión de la una y escamotear la
presencia del otro llega en su ayuda la amnesia. Previamente elude tomar
contacto de manera inmediata con el fluir temporal en una actitud que lo
aproxima a la negación del “campo de presencia” de Merleau-Ponty. Carece
de intencionalidad, se deja arrastrar por la espuma cuántica de los
hechos, ha borrado su conciencia pero continúa como sujeto cognescente,
a pesar de la ausencia de las proyecciones de retención y protección. No
obstante, se distiende y se extiende desde las relaciones iniciales con
su hijo, por lo cual quizás Husserl habría querido revisar las
categorías que sostienen a Hal... ¿o lo protuberan? No quepa duda: el
sedimento filosófico ricamente condimentado es otra de las directrices
de Enrique, su humus es el tiempo, la identidad del ser, la realidad del
mundo y el amor que asoma, aunque atado a exigencias no sólo emocionales
sino cardinales.
Tampoco puedo dudar del sentido del humor que empapa casi cada párrafo,
por ejemplo, aceptar la arquitectura como koan, en su versión de
adivinanza para descifrarla y leerla o como manual de instrucciones para
discípulos que les permita guiarse hacia la solución del fantasmal
laberinto lovecraftiano en que por momentos parece transformarse la
mansión (quizás por ahí, aparezca un vínculo con la Casa Encantada en la
Colina de Shirley Jackson)... o como un ejercicio de sinestesia donde
los ecos permiten atravesar la opacidad de lo visionado para arribar a
la transparencia, o quizás que los ejercicios gimnásticos conviertan al
cuerpo en una puerta sobre las dimensiones extraviadas, pero actuantes
en esa peculiar morada.
La críptica interferencia entre protagonista y mansión por otro lado
tiende a menoscabar o diluir la distancia entre realidad y creación
artística, ya que de cierta manera elusiva, tras la amnesia, Hal es su
propia reconstrucción, eso si, azarosa y con líneas desactivadas, que
tendrá que descubrir por que no existen planos ni gráficos de
referencia; y la perplejidad se entroniza como argumento que justifica
el límite que brota, a medida que la gestión efectuada semeja dilucidar
el enigma de por que la obra arquitectónica posee un único lector...
aunque sea en monólogos lanzados en el río de las épocas diversas del
futuro.
En síntesis, lo que Enrique ofrece en un palimpsesto complejo y fractal
(casi un teseract) en el cual se inscriben los distintos procesos de
interacción entre paisaje, volumen, diseño, transcurrir del acontecer y
personas que los moran y recorren para recibir significados (como
androides cuya argumento utilitario consiste en dejarse imprimir sentido
por la Casa) y un demiurgo (Hal) que lo interpreta jugando con cierto
dramatismo a una reinterpretación permanente, mediante un lenguaje
especial expresado en un poema (cuya descripción lo acerca al pastiche
desopilante), y que conduce indefectiblemente al laberinto como cárcel y
al núcleo blanco de la nada, simbolizado por el itinerario de iniciación
en territorio inexplorado (al norte del Círculo Polar Artico), el
encuentro con el chamán que maneja las técnicas arquitectónicas y el
hallazgo del motivo que después se ocupará en reproducir.
Hay temas que no revelo para evitar predisponer al lector, pero advierto
que el final resultará una sorpresa, una evasión de la órbita
aparentemente prefijada, ya que no se consumará el sacrificio pero si
estallará blandamente el amor paternal. La lectura deliciosa y con
tendencia a la explicación erudita teñida de burla, nos mantiene
lúcidos, lástima que sea tan corta, pero así dice lo que quería su autor
exponer. Agrego que la edición pulcra y límpida, lo suficientemente
fuerte como para que uno no dude de leerla en el autobús y con la
calidad suficiente para que se desee compartirla, es un elemento más
para gozar de su lectura. Incitante, extraña y altamente recomendable.
© Luís Bolaños; 25-05-06.
Si desea enviar algún comentario pulse
aquí
|