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De Stanislaw Lem (Polonia, 1919-2006) ya hemos
hablado mucho en Velero 25, y seguirá dando que hablar. En la obra que ahora
nos concierne: “Eden”, confronta el punto de vista humano a un territorio
alienígeno donde no se pueden hacer comparaciones que recuerden algo
familiar.
¿Suena aterrador, no? Pues si. Y es que Lem a su manera, es maestro en el
terror existencial.
Para empezar, despersonaliza a los personajes dándoles solo títulos no
nombres: Así pues tenemos una tripulación de seis personas –el coordinador,
el ingeniero, el físico, el químico, el cibernético y el doctor- que se
estrellarán en un planeta lejano que no ha sido explorado, lejos de todo
contacto con la (nunca mencionada) civilización interestelar humana, y
dejados a sus propios recursos.
Luego, tenemos a una tripulación que está sola con sus propios odios y
demonios personales contra un mundo que no pueden reconocer o entender y que
a cada paso se vuelve más enigmático.
Añadan a eso, una civilización nativa no muy amigable y poco menos que
comprensible que actúa de forma hostil contra ellos, sin explicación alguna,
y el plato está servido. El tío que le puso “Eden” al planeta debía estar
bien drogado a la hora de hacerlo.
Desde “ardillas” que se vuelven en “murciélagos” a “bosques” que se
entierran a la menor señal de peligro, o la civilización alienígena que bien
podrían ser dos especies diferentes. Los aliens de ocasión son nombrados
“Dobles” por los astronautas varados, por componerse de dos seres
diferentes. Un ser “exterior” podríamos decir, que es la parte móvil, y un
ser “interior” que dirige sus acciones. Claro que quien lleva la batuta en
este dúo, nunca es aclarado por Lem; y mejor así, porque conservan su
misterio. Desde el principio vemos que esta no es una novela de CF
cualquiera.
Entre el dilema de conseguir tecnología para reparar su nave, y hacer
contacto con una civilización de comportamiento incomprensible, Lem nos
muestra la pesadilla que estos hombres viven en su periplo por un planeta
que admiten no llegar a comprender (bastante lejano de las triunfantes
novelas de Star Trek, ¿no lo creen?).
Lem nos plantea aquí, una civilización alienígena cuyo comportamiento está
basado en el miedo y la desinformación, en la ¿ciencia? de la “Procústica”
(uno de esos deliciosos juegos de palabras que tanto le gustan al polaco).
La ciencia del terror en total. Se puede ver aquí una crítica directa a la
extinta URSS y sus países satélites donde la represión estatal estaba al
día; pero, sobre todo se ve lo limitada que es la capacidad humana de
realmente comprender al Otro. Cuando los seis expedicionarios capturan (o
mejor dicho se deja capturar) a un doble, tienen la oportunidad de
establecer comunicación con este extraño pueblo, pero para comprender el
lenguaje del alienígena deben filtrarlo a través de una computadora que
tiene sus propios prejuicios lingüísticos: los límites de los humanos que la
programaron. De modo que al final solo oyen lo que quieren –o están
limitados a- oír, no lo que el Doble les dice. No captan ninguna noción
realmente alienígena aparte de la extraña Procústica. No se entiende al otro
porque no se acepta dejar atrás los prejuicios propios.
La discusión de los tripulantes por saber que diablos les está diciendo el
doble y que están entendiendo ellos es poco menos que una deliciosa diatriba
de lógica. ¿Dónde estaba el traductor universal en esos momentos? (Como
saben que solo funciona para humanoides, se darán cuenta que en este caso no
servía)
Baste decir que al final, y sin la cooperación de los dobles (más bien su
oposición), obtendrán los recursos que necesitan para dejar el planeta y en
una frase irónica el coordinador y el ingeniero se pondrán de acuerdo en que
hay mundos mucho más interesantes.
Así pues Lem nos deja en esta novela algo más que un simple relato de
aventuras espaciales y como una educación en ciencias duras puede sacarte de
un planeta lejano; nos deja una reflexión seria y concisa sobre que tan
extraña puede ser en cuerpo y mente una cultura ajena; como los prejuicios
de creer poder entenderlo todo, pueden no ser válidos siempre; como la
capacidad humana para entender el universo es limitada; como la humanidad en
su arrogancia no se explora a si misma a la hora de explorar al otro. En
resumen, una pequeña Gran Historia sobre el Hombre y la Vida misma.
© Daniel Mejía; 03-04-06.
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