
Mientras es de
conocimiento común que la ciencia ficción no está generalmente admitida
en los pulcros cuartos de dibujo de los guardianes de la versión
americana de la “Gran Tradición” de F.R. Leavis, ahora es un hecho casi
olvidado que otra cultura literaria americana alterna tampoco fue nunca
aceptada por entero con los brazos abiertos como parte del canon
oficial, una tradición literaria que parece ahora estar al borde de la
extinción, preservada en forma moribunda en un puñado de estudios
críticos, y en unas pocas librerías como City Lights en San Francisco y
la Shakespeare and Company en Paris.
Estoy hablando de lo que fue llamado el “Movimiento Beat” en su momento
de más grande y mas prominente florecimiento en los 1950s y 1960s. Las
novelas de Jack Kerouac y la poesía de Alan Ginsberg fueron el núcleo de
la Generación Beat, pero ciertos ensayos de Norman Mailer, notablemente
The White Negro, fueron también centrales para su estética. V,
de Thomas Pynchon ciertamente fue parte de esta cultura literaria
alterna, como lo fue Been down so long it looks like up to me de
Richard Farina, City of night de Rech, e incluso el temprano
Charles Bukowski.
Y mientras ni los Beats ni los escritores de Ciencia Ficción del período
ni los críticos de hoy generalmente reconocen la conexión, ambos son
avatares de una estética literaria característicamente americana,
enraizada en la naturaleza misma de América, una tradición literaria
americana alterna que siempre ha existido fuera de las leyes literarias.
Los Beats podrían haber parecido como salidos de ninguna parte hacia el
final de los 1950s con la publicación de The subterreans y On the road
de Kerouac y Howl de Ginsberg y el revuelo consiguiente en los más
importantes medios de comunicación culturales, pero culturalmente
hablando, fueron los descendientes espirituales de una vieja tradición
americana bohemia que había existido en la Greenwich Village por más de
un siglo y que había prosperado en el exilio en Saint Germain y
Montmartre en otra encarnación en los 1920s y 1930s.
Los ancestros literarios de los Beats fueron Henry Miller, Walt Whitman,
Mark Twain, Henry David Thoreau, William James, Ralph Waldo Emerson y
discutiblemente incluso Thomas Paine y James Fenimore Cooper.
Lejos de buscar entrar ávidamente en la gentil sociedad literaria, los
bohemios americanos formaron algo así como una proto contracultura
proscrita y en Greenwich Village, Paris, San Francisco, y el místico
campo, crearon su propia zona liberada. Liberada de la restrictiva moral
sexual de la época, la política convencional, y los códigos del vestir
de la sociedad “correcta.” Liberados de las restricciones gramáticas de
la prosa convencional y las restricciones formales de la estructura
literaria convencional. Liberada para explorar la sexualidad humana como
un gran tópico literario. Liberada de la realidad oficial. Liberados de
la noción de que "la vida es real y la vida es seria."
Francamente, Scarlet, no les importaba un comino.
Eran chicos malos, subterráneos, vagos del Dharma, negros blancos
viviendo en vecindarios de mala muerte, evitando trabajos reales,
vistiéndose como quien hace una declaración, involucrándose con el “amor
libre,” drogándose, bailando a otro ritmo, tomando como héroes a
personajes dudosos como Rimbaud, Billy The Kid, Baudelaire y Oscar Wilde,
y sus propio, proscrito demimundo como su país literario.
En esta otra América, los indios, negros, proscritos y gente de la calle
son los chicos buenos, y los vaqueros, policías y rectos son los chicos
malos. La religión no tiene nada que ver con la rígida moralidad
cristiana y todo que ver con los conceptos orientales de trascendencia
satorica, significado, entre otras cosas, que el sexo, las drogas y si,
el jazz y el rock and roll, pueden ser sacramentos funcionales de la
mente divina, y así, como lo dijo William Blake, “El camino del exceso
lleva al palacio de la sabiduría.”
Tan poco reputado como podría ser, este anarquismo místico y libidinoso
era tan americano como el pie de manzana de mamá, tan viejo como el mito
del Oeste, como los trascendentalistas americanos del siglo 19, y
quizás, discutiblemente, tan viejo como América misma, la cual, después
de todo, fue colonizada por réprobos europeos y hombres de remesa, y
llevada a la revolución contra la corona por escandalosos
librepensadores y deistas como Paine, Franklin y Jefferson.
La literatura inicial en esta tradición cultivaba la noción del noble
piel roja y en un modo urbano posterior, el negro, como parangones, y
finalmente el mismo explorador de lo alternativo como un Negro Blanco
hecho por sí mismo, boddhisattvas del tercer mundo liberados de una
restrictiva sociedad blanca, de la cultura oficial y la realidad
oficial, espontáneamente a tono con la música de las esferas y viviendo
la vida del hombre natural.
Whitman cantó la canción de sí mismo, Miller se proclamó el sr. Sexus,
Ginsberg aulló, y Kerouac se lo llevó todo en el camino, La Ultima Thule
literaria era hacer la lectura de la poesía o la prosa el equivalente
existencial del Satori del mundo real, la reproducción de la experiencia
mística pico a encontrarse en el éxtasis sexual, la meditación zen, las
drogas psicoactivas, la contemplación de ciertos paisajes mágicos, la
música correcta, o idealmente todo lo anterior a la vez.
No es difícil ver porque tales gamberros literarios nunca fueron
exactamente bienvenidos en compañía literaria decente, donde estuvieran
sin duda harían su mejor esfuerzo para emborracharse, seducir a la
anfitriona, vomitar en el tazón del ponche y quizás golpear al anfitrión,
El código del Oeste demandaba nada menos.
No obstante, la literatura americana habría estado bastante muerta sin
los chicos malos. Estos escritores hicieron de la poesía un espejo del
paisaje psíquico, liberaron la prosa, haciéndola un medio poético libre
para usar el lenguaje real de la personas, y llevo la novela a donde los
ángeles más temían pasar.
No es de sorprender, entonces, que cuando Kerouac y Ginsberg emergieron
como iconos en los medios y Time transfigurara la generación Beat en los
“beatniks,” se convirtieron en los flautistas de Hamelin para una
generación de universitarios americanos que salían de los años grises de
la era Eisenhower.
Tampoco es de sorprender que cuando Bob Dylan, un icóno beatnik por
derecho propio, cogió una guitarra eléctrica y puso a todos al ritmo
conductor y a la energía adolescente del rock and roll. El verano del
amor y la contracultura estaban apenas a un paso, mientras toda una
generación se encontraba bailando al son del primer compás diferente de
América.
Mucho menos sorprendente aun cuando la contracultura colapsó hacia fines
de los 1970s, cuando América giró fuerte a la derecha durante la era Reagan, el movimiento Beat lo siguió a la papelera de la historia, que
Keruoac y Ginsberg y su gente no habían tenido sucesores literarios. Al
menos hasta donde los poderes que son pueden percibir, incluso el
recuerdo de todo el fenómeno y casi tanto de lo que lo hizo posible era
algo a lo cual imponer una amnesia cultural no fuese a ser que la
realidad oficial estuviese bajo amenaza.
Uno puede buscar en vano a través de las revistas literarias y líneas de
“ficción seria” de las grande editoriales americanas a la siguiente
generación de escritores bohemios y místicos americanos, y novelas
tratando de la cultura proscrita en algo siquiera remotamente similar a
sus propios términos casi no se encuentran en ninguna parte. Parecería
que una tradición literaria americana tan antigua como la nación hubiese
encontrado finalmente su culminación. Pero las apariencias engañan.
Ya que el lugar para buscar la encarnación actual de ese espíritu
literario no es ni Shakespeare y compañía, tampoco en la librería City
Lights y menos aún en Greenwich Village y North Beach sino en la Ciencia
ficción americana. Y allí está la historia.
Puede parecer extraño haber llegado tan lejos sin mencionar a William
Burroughs. Burroughs, después de todo, fue mentor de Kerouac y Ginsberg,
y la influencia estilística de trabajos como Naked Lunch es evidente en
todo lo que escribieron, así como sirvió como en conducto para la
influencia de Henry Miller, cuyos libros prohibidos, como los de Burroughs fueron por muchos años, sólo disponibles en ediciones Olimpia Press publicadas por Maurice Girodas en París.
Pero Burrounghs pertenece exactamente a este punto en la discusión
porque es la figura clave, el punto de tangencia literario entre la
corriente de anarquistas libidinosos que culminó en los Beats y la
corriente de la ciencia ficción que aun mana de la misma fuente.
La primera gran novela de Burroughs, Naked Lunch, aunque no fue
publicada hasta 1959, fue una gran influencia tanto en Ginsberg como
Kerouac, quienes reconocieron a Burroughs como su maestro literario. Y
Naked Lunch, con sus transformaciones biomorficas, sus obsesiones de
control mental maya, incluso sus burlones –y aleatorios- juegos
formales, ya estaban bordeando un tipo de ciencia ficción
Nova Express, con su mafia galáctica Nova y policía nova batallando en
secreto por el destino de la Tierra, con su concepto central de la
palabra y la imagen como virus de control mental, es ciencia ficción
bajo cualquier definición coherente. Uno ve el reflejo de esto en el
género en mucho del trabajo de Philip K. Dick, en el ciclo de Jerry
Cornelius de Michael Moorcock, en mis propias Bug Jack Barron y
Pequeños héroes, en las
“novelas condensadas” de J. G. Ballard, en la trilogía Neuromante de
William Gibson, y por cierto en la mayoría de los escritores asociados
con el movimiento cyberpunk.
Y el mismo William Burroughs fue influenciado por la Ciencia Ficción
americana. Ya que parece estar bien enterado del campo. Tomó toda una
sección de la novela de Henry Kuttner, Fury, y la rescribió, con el
reconocimiento debido, en su propia novela. Incluso aseguró los derechos
para volver la novela de Alan E. Nourse Blade Runner, en un “Guión” en
forma de novela, siendo esta la razón por la que los productores de la
película basada en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Dick,
tuvieron que comprar derechos de Nourse y Burroughs cuando decidieron
que era justo lo que necesitaban para cambiar el título de la película.
Cuando se trató de contenido y material temático, fue Burroughs quien
tomó prestado de la ciencia ficción americana, pero cuando se trató de
prosa y forma, pagó la deuda con intereses. Las líneas de prosa alusiva
en el ciclo de Cornelius de Moorcock tienen apuntalamientos teóricos en
Burroughs. Las novelas condensadas de J.G. Ballard y el terso estilo de
imágenes que creció de ellas reproduce el gran efecto estético de las
técnicas burlonas de Burroughs en una forma más controlada y coherente.
Las space operas semióticas de Delany Babel 17 y La Intersección
de Einstein también tratan de la palabra como un vector de control. El
Estilo Cyberpunk de Gibson ha absorbido sus lecciones del maestro Beat
secreto, e incluso Philip Jose Farmer hizo un explícito pastiche de
Burroughs en The Jungle rot kid on the nod, así como una novela corta
llamada Jinetes del salario púrpura, un trabajo verdaderamente beat
escrito en un estilo que hace tanto homenaje a Jack Kerouac como a James
Joyce y que es seguramente el mejor trabajo de ficción de Farmer.
Lo cual no significa decir que cuando el lector de ciencia ficción
promedio o incluso el escritor, aun hoy no piensa en nadie sino en
Edgar Rice cuando el nombre Burroughs es aludido, la principal
influencia en la ciencia ficción vino a través del movimiento de la New
Wave de los años 1960s y principios de los 1970s y su sucesor literario como
los chicos malos de la propia ciencia ficción, los Cyberpunks de los
1980s.
Habiendo sido algo así como una figura central en todo esto yo mismo,
encuentro difícil discutir el asunto coherentemente sin poner a
consideración mi propio trabajo, lo cual puede ser considerado poco
elegante. Pero, por otro lado, al menos estoy en una posición ideal
para escoltar a la constelación de mis propias influencias literarias,
y, de algún modo soy típico en una escuela de escritores atípicos de
ciencia ficción. De niño, me embutí con un rango indiscriminado de
ciencia ficción de género, pero estaba también leyendo a Melville y a Twain, y para la época que estaba en la Universidad, Henry Millar,
Kerouac, Mailer y si, Burroughs, junto con Dick, Sturgeon y Bester.
El punto en esto es que desde mi muy adolescente punto de vista, estas
dos tradiciones literarias alternativas americanas, tenían algo en común
en su núcleo, y cuando comencé a escribir sabía que donde se
interceptaban era donde quería estar cuando creciera.
Tanto la literatura bohemia americana como la ciencia ficción americana
son anárquicas; siempre es el de fuera contra el sistema, con el de
fuera como héroe. Ambas tradiciones literarias están mucho más
interesadas en las experiencias pico de los proscritos en el límite que
de la vida cotidiana del hombre promedio. Ambas tradiciones literarias
son trascendentales, por lo cual ambas tratan con estados elevados de
conciencia, y los ven bajo una luz positiva. Ambos ven la realidad
oficial y el ahora con un dudoso escepticismo.
Suficientemente extraño, o quizás no lo suficiente, ambas tienen la
misma clase de dimensión extraliteraria, ya que ambas han creado
subculturas, el fandom de ciencia ficción por un lado y la “generación
beat” y transfiguración masiva, la contracultura, del otro.
Estaba por completo ignorante de la subcultura de ciencia ficción de
fans, convenciones y fanzines hasta después de ser un novelista
publicado, así que, a diferencia de muchos escritores típicos de CF, su
existencia como un grupo en el ambiente no tuvo efecto en mi desarrollo.
Pero en los años iniciales de mi carrera de escritor. Estaba bastante
consciente de la existencia del grupo Beat que estaba en el proceso de
transformarse en la contracultura. Había leido a Kerouac, Ginsberg,
Pynchon y Burroughs, e incluso en mis años de universidad en Nueva York,
había parado en las cafeterías East Village. Hice mi propio proceso en
el trabajo de caminos en México fuera de la Universidad antes de rentar
un ruinoso apartamento barato en el East Village, trabajar en una tienda
de sandalias y usar el producto, tener mis viajes de peyote, y ser
considerado un beatnik por mis padres. Me mudé a California antes de
escribir Bug Jack Barron. Fui a una de las primeras pruebas de ácido de Ken Kesey, atestigüé el ascenso y caída de Haight Ashbury y escribí para
la prensa subterránea.
Para mí, al menos, parecía sólo natural. Esto era claramente hacia donde
el futuro se desplegaba, y que mejor lugar para un escritor de ciencia
ficción que estar en aquella era en ascenso.
Tampoco era el único. Robert Scheckley, Avram Davidson y Philip K. Dick,
para nombrar a algunos pocos, ya habían viajado previamente en tales
círculos, Samuel R. Delany y Thomas M. Disch siguieron sus pasos y en
Inglaterra, el público de New Worlds era en buena parte, miembros del
movimiento Swinging London.
Y fue allí que la intersección se hizo más que un asunto de estilo de
vida alternativa. Ya que mientras la ciencia ficción tampoco fue
invitada a los sobrios cuartos de dibujo de Londres, era con mucho parte
del subterráneo cultural y literario general, y viceversa. La gente como
Moorcock y Ballard se movían fácilmente en ambos círculos. Y ambos
fueron teóricos literarios, quienes atrajeron un movimiento alrededor de
ello, la denominada New Wave, la cual aspiraba a la creación de una
“ficción especulativa” híbrida que simultáneamente liberaría a la
ciencia ficción de sus convenciones de genero y revitalizaría una
literatura general bastante madura con nuevos mundos de contenido.
Esta era una ciencia ficción mucho más auto-conscientemente preocupada
con el estilo y la forma que nada que le hubiese precedido, una ciencia
ficción al menos tan interesada en el espacio interior como en el
exterior, una ciencia ficción que conocía de calle, una ciencia ficción
que, como los beats, viese la evolución como un asunto de transformación
de conciencia y el mutante físico como héroe.
El conflicto dentro de la ciencia ficción entre la New Wave y la vieja
guardia fue bastante parecido al conflicto entre la contracultura y el
Establishment, torcido y recto, pero en retrospectiva puede verse que
incluso la ciencia ficción tradicional compartía las preocupaciones
trascendentales de los Beats, siendo la diferencia que los beats
buscaban trascendencia inmanente en medio del aquí y ahora mundano,
mientras escritores como Clarke y Bester y Dickson ambientan sus
transformaciones satíricas en el futuro o en otros planetas.
Esta es la razón por la cual se formaron subculturas alrededor de ambas
literaturas, ya que ambas literaturas incluían a protagonistas en el
camino de ladrillo amarillo al palacio de la sabiduría, ambos veían la
realidad oficial desde el punto de vista de extraños, ambos eran
mesiánicas en el mismo sentido, ambas ofrecían visiones políticas y
sociales radicales, y ambas oponían libertad individual a control
social, los chicos malos al Gran Padre. Ambas subculturas, por lo tanto
tenían su encanto inherente al eterno adolescente americano, y por
cierto ambas tuvieron su inicio en lo que se volvió la contracultura,
como testigos The Jefferson Airplane y Leonard Cohen, 2001 y
Easy Rider.
Por lo que detrás del apogeo del fenómeno contracultural estaba una
generación buscando liberarse de la realidad oficial y rehacerla a su
propia imagen creada por ellos mismo. O más bien, quizás, una imagen que
había sido creada para esta por On the The Road, Forastero en tierra
extraña, las canciones de Dylan y los Vétales, Duna y sus propios medios
de comunicación subterráneos.
Desde esta perspectiva. Los Slans de Van Vogt y los Beats de Kerouac,
los seguidores de Michael Valentine Smith y Bob Dylan, eran hermanos
bajo la piel, y el psicodélico héroe presiente de Duna de Frank
Herbert era el hermano del alma literario de Timothy Leary.
Cuando los comisarios culturales de las eras Nixon y Reagan finalmente
tuvieron éxito en reimponer la realidad oficial, privando a los
flautistas de Hamelin de su audiencia natural, el trascendentalismo
literario americano pareció esfumarse.
De hecho, así era, los poderes que son estaban determinados a que sus
hijos no fueran guiados a la montaña mágica de nuevo. La novela de
éxtasis místico o la gran aventura bohemia ya no podía encontrarse en
librerías universitarias excepto como mustias reimpresiones. La antorcha
que fue pasada por James y Emerson a Henry Miller, vía William Burroughs,
a Kerouac, Ginsberg, Farina y Pynchon parecía haberse sido apagada
finalmente.
O si?
Ya que mientras la larga tradición que culminaba en los beats estaba
desapareciendo de los estantes, la ciencia ficción se estaba volviendo
la lectura favorita de la juventud que queda literata. Se estaba
convirtiendo en cerca del 20% de toda la ficción publicada en los
Estados Unidos. Y mientras, la mayoría de esta pueden ser opacas
aventuras de acción y space opera o fantasía reaccionaria y retrógrada,
ha permanecido a lo largo de los 1980s una ciencia ficción americana que
ha mantenido el espíritu trascendentalista vivo. Se puede ver en el hilo
que corre desde Slan de Van Vogt a través de Las estrellas mi destino de
Bester, Forastero en Tierra extraña de Heinlein, Tres corazones y tres
leones de Poul Anderson, mucha de la obra de Gordon Dickson, Duna, la
mayoría del trabajo de Philip K. Dick, hacia el ciclo de Jerry Cornelius,
mis propios Bug Jack Barron y Jinetes de la antorcha, y a través de los
1980s y al filo de los 1990s, con The Gold coast de Kim Stanley Robinson,
Replay de Ken Grimwood, Vacuum flowers de Michael Swanwick, mi novela
Little Heroes, Música en la sangre de Greg Bear, y por supuesto los
Cyberpunks, con Neuromante de Gibson, Schizmatrix de Bruce Sterling, la
trilogía de Eclipse de John Shirley, y la nueva novela de Lewis Shiner
Slam.
El protagonista, como el Héroes de las mil caras de Joseph Campbell, el
Siddharta de Hesse, el Gully Foyle de Bester, el Paul Atreides de Dune
–el ingenuo que se encuentra a sí mismo fuera de la realidad oficial, en
el camino a lo largo del vector de una búsqueda de visión que
transformará no sólo su lugar en el mundo sino su conciencia.
Y para que esto se logre fuera de la realidad oficial –en un planeta
lejano, en un demimundo secreto, incluso en una realidad incorpórea como
el Ciberespacio de Gibson o la Noosfera de Bear- visto como el reino de
lo trascendente.
Conciencia elevada producida por drogas o su transfiguración tecnológica
a dispositivos electrónicos o alteraciones biológicas. El Nereo es un
mutante psíquico hecho-por-sí-mismo, y el mutante como subterráneo,
desviado, vago del Dharma, transformador proscrito del mundo.
Y al menos en algún grado, al libre juego del estilo de prosa y la forma
inherente en la tarea de atestiguar la realidad de una conciencia en
evolución moviéndose a través de un ambiente bizarro, forma y estilo
manejadas por la función no dentro del minimalismo estilo Bauhaus, pero
dentro de la prosa Mcluhaniana de Bug Jack Barron, el lirismo lisérgico
de los estados visionarios de Paul en Duna, el estilo cybernado de
Neuromante, la apoteosis psicodélica de Las estrellas mi destinmo, donde
la prosa supercargada de Alfred Bester literalmente estalla fuera de
la forma puramente literaria y se vuelve una sinfonía fantasmagórica de
palabras, poesía concreta, e ilustración imaginista, o la más y aun más
radical de Bester Golem 100, la cual utiliza el modo transliterario
desde la primera página.
Si la historia cultural Americana nos muestra algo, es que siempre ha
habido una audiencia para la literatura que invoca a estos espíritus de
la vasta profundidad del sueño americano. Cuando Whitman cantó la
canción de sí mismo, cantaba acerca de América, el viaje de Huck Finn
por el Missisipi con el Negro Jim llevó directo a los Negros blancos en
el camino de Kerouac, a los Slans de Van Vogt, los Fremen de Herbert,
los Cynberpunks de Gibson, ya que hay algo en el espíritu proscrito
americano que siempre se glorifica en ser un forastero en tierra
extraña.
Si Einstein nos enseña algo, es que la energía no puede crearse ni
destruirse, sólo transformarse eternamente. No toda la piedad y
conocimiento de los guardianes de la realidad oficial podría realmente
meter al genio de vuelta en la botella, porque nació con América misma,
vive en la misma sangre y huesos de la tierra. Es el sueño de América
consigo misma.
El colapso de la contracultura dejó a ese tiempo onírico colectivo
americano si un aquí y ahora creíble para su viaje en balsa por el
camino de ladrillo amarillo. Pero la energía no puede ser destruida por
la presión revolucionaria, sólo forzada a mutar en una forma actualmente
viable.
Y así, cuando el transcendentalismo se halló a sí mismo vestido en noche
de sábado sin ningún lugar a donde ir, hizo lo que las metrópolis
nómades de Ciudades en vuelo de James Blish hicieron, aferrarse a los
generadores de anti-gravedad para volverse vagos del Dharma, leyendas
de los caminos del espacio, para seguir el eterno camino entre las
estrellas, hacia el futuro, hacia el ciberespacio, hacia la noosfera
literaria. Así la ciencia ficción américana se volvió el único heredero
superviviente a través del destino y las circunstancias a Twain y Miller
y Burroughs y Ginsberg y Kerouac, a Huck Finn y Billy the Kid y los
vagos del Dharma, a la secreta canción de América para sí misma
La Gran rueda gira
Y lo que se va, regresa
Esos fueron días de milagros y maravillas
Esta es la llamada lejana
© Norman Spinrad.
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