|
Rafael Pinedo logra una demostración cruel:
que sus personajes han pasado de ser “humanos”, a ser “objetos” sexuales,
militares, etc., expone un proceso donde borrando los matices que encuentras
en una persona, despojándola de sus atributos, pelándola hasta el hueso,
puede entonces presentarnos un cuadro de degradación postapocalíptico
manejable y creíble… más allá de lo increíble. No requiere describir, sólo
ponerlos en acción, y eso es suficiente para su coherencia.
Intuitivo y feroz, parece transido de una potencia reveladora que lleva a
desnudar los esquemas reales que yacen tras la criatura humana. Una y otra
vez nos asombraremos ante las decisiones terribles que asumen los figurantes
sin que se les mueva un pelo, sin que la solidaridad emerja; la novela nos
dice que despojados de aquellas pinceladas, aquellos barnices culturales que
hemos construido con tanto empeño para sentirnos seguros, abrigados, etc.
somos una bestia más en la llanura.
Es probable que en su condición, compartida por much@s latinoamerican@s, de
crítico motivado por nuestra historia (en especial por sus rasgos de
argentino, antropólogo y escritor, aunque no lo explicite, que no es
necesario, se siente) Pinedo impregne su obra de pesimismo, demuela la
cultura y no deje títere sin cabeza, ya que a pesar de ser corta sintetiza
esquemas lo suficientemente sangrientos y degradantes como para que a uno se
le revuelvan las tripas. A contrapelo de la mayoría de los autores USA, que
siempre logran convertir, a través de una rendija de esperanza (verbigracia:
“El Cartero” de David Brin), la hecatombe en éxito, acá presenciamos la
crónica de una cruenta degradación, que llegará a atentar contra la propia
reproducción de la especie, predicción que se presiente en la acumulación de
ritos y tabúes desnaturalizadores, y que con coherencia se palpa en la
impronta de la desintegración, en la huella anticipada de la desaparición,
que carga ese clan (similar a los otros que recorren el ruinoso paisaje que
les toca morar) que tiende a reducirse a lo elemental, sin alcanzar a
librarse de la complejidad.
Ni siquiera el sexo, que empapa y transcurre en casi cada página, o por lo
menos así queda la impresión, es una muestra que trate de rescatar algo
agradable en medio de ese infierno, aunque se intente llevar como una
pequeña “fiesta”, como un ritual gratificante en lo específico (y a veces en
sus celebraciones particulares como Karimbon), fracasa… los resultados
corroboran que la corrupción ha contaminado hasta la médula a la horda. Sus
fiestas, por ejemplo, se convierten en actos que no poseen significado, sólo
placer y gratificación inmediata, el/la tipo (a) se acerca, acaricia la
entrepierna de la otra persona y esta accede si se voltea para ser
penetrada, o si se dispone a hacerlo, a ser “usad@”.
Luego, la indiferencia se adueña de los sentimientos, y al momento de nacer,
se cierra el bucle de la ironía, ya que el lugar donde tod@s caen y hacen
plop es el barro supuestamente primordial, hecho drenado de significado
porque a nadie le importa nadie, las únicas personas que fueron algo
encariñadas, los denominan “raros” y así clasificados como raro, rara, y
rarita, se entrelazan las existencias de las dos personas (lo más cercano a
un par de amig@s para Plop) con las que el protagonista se siente
transfigurado, advierto que son lo suficientemente atractivas pero que uno
se engañé por un instante, pero los mazazos tupidos que nos llueven desde
las peripecias nos indican que acá la transitoriedad apunta a la entropía
final y no a las reconstituciones del status quo.
Los protagonistas colectivos están completamente aplastados por la forma en
que sobreviven, sin revelar su lengua, bajando la cabeza, casi cada acto es
o puede ser considerado tabú. Ese despojamiento conduce a la inmovilidad
pensante, a la muerte de la mente, en un orbe en proceso de descomposición
es el paso previo para adaptarse a la animalidad presentida, y lo peor es
que mantienen la suficiente clarividencia intelectual para comprender que
ese es el camino que recorren y esa lucidez exacerba su barbarie.
Plop, el personaje principal, es hijo de una cantora de regular talento,
quien resulta un personaje condescendiente y flexible, en el sentido que
abusan de ella pero sigue con el optimismo como estandarte, cosa que la
diferencia de Plop, que terminará como un personaje rencoroso, frío,
fascista, autoritario. Claro está, que dichas facetas de su personalidad
aparecen de poco en poco y cada una posee motivaciones que funcionan
lógicamente es su pavoroso entorno y bloqueadoras de cualquier otra medida.
Las jerarquías trazadas por Pinedo beben de los esquemas perversos que la
antropología ha reseñado, pero elevados a una potencia devastadora, de una
ferocidad abrasadora. El modo de vida y su orden, es completamente cruel,
allí están los Voluntarios Dos, quienes perecen como si fueran carne de
cañón, sirviendo de carnada para los momentos peligrosos, y cada uno sabe
que está destinado a morir en corto tiempo; entonces, al transitar a
voluntario dos, o a servicio dos, caes en un tobogán que apresura tu
extinción, en una realidad de por si ya peligrosa y precaria.
La vieja Gorom, quien adiestra al chico Plop, termina siendo el personaje
más humano, encima de representar los residuos de alguna condición humana,
probablemente por sus recuerdos que convierten la “vejez” en depositario del
conocimiento residual; aparte de ser la única en todo el cuento que encarna
cierta sabiduría, sin embargo es también alguien que siente agostada la
esperanzas, notorio en el modo agresivo en que sugestiona a su criado… o en
ciertos momentos de su relación con Plop.
En algún momento encontré semejanzas con “Los ojos de un dios en celo”, pero
la densidad social expuesta por Carlos Gardini ha desaparecido en Rafael
Pinedo. Las propias duras, extravagantes, caprichosas y brutales
circunstancias de tu estancia en la banda, son ya el modo en que vas siempre
a vivir, son una especie de destino atroz e insensible ante lo que ocurrirá…
y que te ocurrirá, por que la resignación impregna cada impulso, cada
movimiento, en los sucesos que ocurren; quizás por eso, resonando como una
campana que trae ecos de un pasado distinto, algo que acaece y deviene casi
mágico, son aquellas lecturas del mundo contenidas en los papeles que
atesora secretamente la anciana Goro, en como lo cuentan los fragmentos de
libros que comparte con Plop, y cuando leen acontecimientos como el Big Bang
que ninguno entiende, intuyen que poseen una poesía para comprender ese
universo que pierden cotidianamente por sus pecados ecológicos y sociales
del pasado; más allá de las limitaciones, sin embargo Plop y Goro serán
conscientes que esos documentos decían algo con significado, que no entraba
dentro de sus rasgos de apatía, colisión y desgaste habituales.
La transformación que sufre la tierra, por efecto de guerras o
acontecimientos que quedan en la zona de penumbra del mito, es tremenda:
pasa de ser el planeta multivariado que conocemos a un lugar inerte, árido,
oxidado, y sucio, o azotado por lluvias y tormentas en otros instantes, un
aniquilador remedo de clima; todas estos caracteres que se dan en el mundo
las adquiere la misma sociedad mínima en que se ha constituido el “grupo”, y
el resultado es completamente inexpresivo, seco, ausente de emociones
humanas, estropeado, enmohecido, sin objetivos allende de la violenta
supervivencia, y además sucio con el fanatismo y tosquedad con que ejecutan
esos diagramas de comportamiento a que han quedado reducidos.
Luego Pinedo introduce dos personajes que serían, si el relato no fuera
deprimente, quienes inserten o le darían algún tipo de calor a las
ocurrencias: Tini y Urbus, con quienes se llega a notar cierto tipo de
triángulo romántico, inicialmente Plop sólo abusa de aquellos que no
respeta, a su amiga Tini le reserva respeto, así que nunca llega a “usarla”,
caso contrario a lo que sucederá con la esclava, observado de ese modo la
tensión social genera que Plop ansíe lo sexual vinculándolo a lo
autoritario, mezcla que lo empezará a degenerar, la creatividad de la cual
hacia gala se extravía y al no practicar parámetros para el respeto,
transitará al desprecio y a la pérdida de esa capacidad -que parecía innata-
de vigilar las reacciones de su tribu. El dictador se ha constituido, pero
sobre bases muy precarias, la venganza de la pandilla se precipitará apenas
acuda en su auxilio la ocasión. Simétrico encadenamiento con la asunción del
cargo de cabecilla por Plop, que empieza su periplo en el poder con un acto
de venganza, indicando que no escapa a los condicionamientos establecidos
por las circunstancias de su pueblo, en cada ocasión en que fue “usado” en
contra de su voluntad descubrió la manera de revertir la relación utilizando
un tabú y ascender logrando que castigaran al otr@ cuando los descubrían,
como si Plop descubriera la puerta o el pretexto para asesinarlos.
Lo cierto es que la acumulación de defunciones, en una sociedad fanática
como la esbozada, significa acaparamiento de poder, ruta que recorre Plop;
en su génesis como mecanismo de defensa, pero ulteriormente con claridad y
ambición. Para rubricar que nadie escapa al marco que lo forjó, una vez
usufructuario del poder ingresará a una espiral creciente en busca de
masacres, de muerte, de sexo.
Quizás una corroboración postrera: el relato está impregnado de
verosimilitud, su ritmo es trepidante, lo agarras y no puedes soltarlo, el
lenguaje es terso y pulido, a pesar, o precisamente por dedicarse a una
visión aterradora que redactada de otra forma sería excrementosa; ni aburre
ni falta el respeto a nuestra imaginación, y aunque duela decirlo, nos
sumerge momentáneamente en las ruinas de lo que sería una sociedad que
mantuviera la actual presión sobre ecosistemas y personas… y nos embruja.
© Leonardo Bolaños & Luís Bolaños; 20-01-06.
Si desea enviar algún comentario pulse
aquí
|