EL ASUNTO DEL DR. 30

Desde oscuro rincón de su gabinete, e! doctor 30 estaba continuamente asomado a la vida. Sabía que la iba a aprehender, y no desperdiciaba momento para atisbarla. Más que un espía, era un ¿pesquisa de la vida. Oculto tras una cortina, en su rostro estaba plena la inquietud. Su voz aprendía ya el tono con que daría el ¡alto! En sus manos vivía el temblor que precede al instante de ajustar las esposas en las muñecas del prófugo. Sus ojos describían el círculo de las boleadoras. Digamos: el gato y el ratón.

Cuando el doctor 30 anunció la clausura de su consultorio, hubo un movimiento de estupor en toda la ciudad. Con su celebridad, que era mucha, había amasado en pocos años una fortuna de varios millones. Enfermo sometido a su tratamiento, convalecía antes de una semana. Los cincuenta pesos que franqueaban la entrada parecían dar derecho a una póliza en esa casa de Seguros de la Salud. Sus miradas tenían virtudes balsámicas, pues los pacientes se robustecían en su presencia. Cada cura era un milagro. Los males más contumaces él los dominaba en seguida. En fin, una cumbre de la terapéutica, un sabio. Y de repente ¡zas!,en plena juventud (36años), se retira de la profesión.

¿Qué pasó? Comentarios. Chismografía. Suposiciones. Los diarios le hicieron reportajes; súplicas los amigos; en todo lugar se hablaba de su actitud con asombro. Nada. Ante cada interrogación el hombre hacía un ademán como de cubrirse, y era que se encapuchaba en un silencio desolador. Igual que del frío, se defendía de la curiosidad levantando las solapas de su silencio hasta taparse la garganta, las ja orejas, la boca y aun la nariz. Temía que por cualquier huequecillo de la indiscreción se le fugaran las palabras de la respuesta. Eso explicaba su mutismo.

¿Hay que decir cuál hubiera sido su contestación? Habría afirmado que abandonaba el ejercicio de la profesión, porque la profesión en sí no existía. La medicina era una farsa, una manera más o menos legal de aliviar, no de males, sino de pesos a los ingenuos. El médico era un defraudador de esperanzas, un postergador de la muerte.

La vida acepta un pagaré de un individuo para morirse tal día; llega el médico, cobra unos intereses, otorga una droga y el pagaré es renovado para otra fecha determinada. Total, el pagaré hay que levantarlo tarde o temprano. Y el día definitivo es absolutamente ajeno a la voluntad de la ciencia. Luego ¿para qué sirve la ciencia? Cualquiera está impelido a morirse cuando no quiere. Etcétera.

A tales conclusiones llegó cierta vez el doctor 30, después de leer e! siguiente telegrama aparecido en los diarios y comunicado por una agencia informativa:

"Nueva York. - Un hábil cirujano, el doctor Alexis Carrel. del Instituto Rockefeller, que está realizando experiencias desde hace varios años, ha podido conservar vivo, por medios artificiales y fuera del animal, un trozo de carne cuya vida ha durado más tiempo que la del animal mismo.
"Ha hecho el experimento sobre un pedazo de tejido conectivo del corazón de un pollo embrionario, que conservó vivo durante ocho años.
"Según el profesor Raymond Pearl, de la universidad John Hopkins, de Baltimore, la inmortalidad potencial de todos los elementos celulares esenciales del cuerpo humano ha sido plenamente demostrada.
"La idea de cultivar artificialmente ciertas plantas celulares, como los fermentos y algunas de las formas más inferiores de la vida animal, no es nueva. Pero guardar porciones de organismos animales superiores, vivientes y crecientes, era considerado hasta hace poco tiempo como un imposible. Es preciso hacer constar que esto ha podido realizarse gracias a una tentativa del doctor Loeb, del Instituto Rockefeller. Dicho doctor hizo experimentos sobre la fecundación artificial de los huevos de rana, llegando a conservar "specimens" de huevos que no habían sido fecundados, lo cual le condujo a practicar investigaciones sobre las ranas mismas. El doctor Loeb, pues, pudo así mantener vivas porciones de estos animalitos durante largos períodos de tiempo.
"El doctor y mistress Warren H. Levis, de Baltimore, hicieron después el importante descubrimiento de que los tejidos del pollo embrionario podían ser cultivados fuera del cuerpo, en soluciones inorgánicas, tales como el cloruro de sodio, la solución de Ringer, la solución de Kobe, etc. En estas soluciones no se producía crecimiento, pero los tejidos podían ser estimulados y adquirir un ligero aumento por
la adición de calcio y potasio, maltosa, dextrosa o productos de descomposición proteica.
"Otros biólogos continuaron esos estudios, y se comprobó que todo tejido celular animal podía ser cultivado casi como se hace con los fermentos en una solución de líquidos tomados de la sangre y tejidos del animal.
"El doctor Pearl arriba a estas conclusiones: "Nuestro cuerpo es muy complejo y la muerte proviene de la descompostura de una pieza de la máquina. Si todas se mantuviesen en buen estado, podríamos vivir, no ya cien, sino mil años".

El doctor 30 había venido observando que las ideas tienen propiedades idénticas a las de los vermes; bastaba dar un tajo a un gusano para tener dos gusanos. Así, el doctor 30 tomó entre las manos la idea del doctor Loeb, la colocó patas arriba sobre una cuartilla, a fin de que no se le fugara, tomó un bisturí y la dividió en dos partes. O sea, obtuvo dos ideas: una, el hombre puede ser inmortal, y otra, la muerte es un fenómeno contra natura.

Dueño de esas bases, el doctor 30 siguió trabajando en el prodigioso laboratorio de su cerebro. Daba cortes y cortes a las ideas, lo cual significa que las multiplicaba en grado superlativo. Tal sistema de trabajo dio origen a que se hacinaran sus pensamientos, pareciendo pegados como con cola. Mas el doctor 30, con serenidad pasmosa, se aplicó un procedimiento algebraico; alineó las ideas a guisa de cifras, redujo los factores semejantes y resolvió su conflicto a modo de ecuación. Sus ideas quedaron convertidas en una sola, pero tan grande que las contenía todas. Y FUE EL DESCUBRIMIENTO MÁS FORMIDABLE QUE HAYA LOGRADO HOMBRE ALGUNO.

Inmediatamente, el doctor 30 entró en un período de acción febriciente. Una vehemencia casi morbosa, insólita, se asió de su espíritu. Compró un cadáver, dos, tres, cinco, muchos cadáveres. Desde luego, puso especialísimo cuidado en que hubieran sido distintas las enfermedades que produjeron el deceso de los sujetos. Eso le sirvió para constatar que el bacilo de Koch, el de Pfeiffer, el de Friedelander. y los demás bacilos conocidos, si bien tenían diversa apariencia, poseían características comunes, cualidades que los asemejaban unos a otros, exactamente como si fueran parientes cercanos, como si pertenecieran a la misma familia.

Entretanto, por todo Buenos Aires se había difundido la noticia de que el doctor 30 estaba realizando investigaciones científicas destinadas a producir gran revuelo. La fantasía popular dio contornos fantásticos a las murmuraciones, y en pocos días el doctor 30 se tornó héroe nacional, vértice hacia el que confluían las miradas de todos los ciudadanos.

En este estado de cosas, e! doctor 30 anunció su partida para Europa. Y aquello fue el toque de rebato. Los periodistas sitiaron la casa del sabio, arrojando sus anzuelos a pesca de informes. Por fin, vencidas las vacilaciones del propietario, las puertas de la mansión se abrieron, y el doctor 30, ante los representantes de la prensa entera del país, formuló las siguientes declaraciones:

- Voy a París con el objeto de poner en conocimiento de la Academia de Medicina un descubrimiento que he tenido la suerte de realizar. Es algo sensacional, más allá de la lógica común, lejano de toda inventiva, incaptable hasta por la más audaz imaginación. Y es por eso mismo que me niego en absoluto a dar un detalle más al respecto. Adiós.

Tras eso, el telégrafo preñó el mundo de un estremecimiento inexpresable. La seriedad del doctor 30, sus inmaculados antecedentes de honradez profesional, su autoridad de hombre de estudio, todo alejaba la sospecha de que pudiera tratarse de un chantaje o de un castillo en el aire. Y el doctor 30 se marchó a París escoltado por bandadas de inquietantes conjeturas. Cada ciudad de la tierra aguzaba sus oídos. De todo pecho humano volaba una pregunta hacia su corazón. Allá en París la torre Eiffel se empinaba para verlo por encima del mar. El Arco del Triunfo se abría como un abrazo para estrecharlo. Palpitaban todas las cúpulas de los edificios, como anchos senos maternales de piedra. Y en cada bocacalle amanecía una interrogación.

No es posible describir las horas de expectativa que vivieron los habitantes de la Ciudad Luz, y con ellos los del resto del planeta, cuando el doctor 30 ocupó su sitial en la Academia de Medicina, al lado de tanta eminencia. A su pedido, se había resuelto celebrar una sesión rigurosamente secreta. Y aquellos maestros ocuparon sus asientos con una emoción tan crecida como si fueran a escuchar el juicio final. El momento, pues, no podía ser más solemne.

El doctor 30 comenzó así su discurso: "Señores: Como sois la primera autoridad científica del mundo, he creído que es a vosotros a quienes únicamente tenía que dirigirme. No lo he hecho todo aún, y de vosotros dependerá la prosecución de mi obra, pues es vuestra ayuda la que vengo a solicitar. El descubrimiento que he conseguido realizar, y que luego apreciaréis en toda su magnitud, ha producido en mí la convicción de que la medicina es una mentira. No debe haber médicos, sino investigadores. El hombre nunca está sano; solamente está "mejor". No hay enfermedades; la enfermedad es sólo una. Y aquí os tengo que decir cual es mi hallazgo: He descubierto que la muerte es la enfermedad, y que hay el bacilo de la muerte. Todos los que tenemos por bacilos, no son tales, sino simples formas, meras modificaciones del bacilo único, del bacilo de la muerte. ¡Ayudadme, compañeros, a aislar el bacilo de la muerte! Sólo cuando eso hayamos alcanzado, podremos combatirla con eficacia, podremos quizás hasta crear una vacuna preventiva contra ella, porque el hombre muere de muerte, no de otra cosa. ¡Y, naturalmente, los médicos no tendremos ya razón de ser!..."

En ese instante todos los sabios de la Academia de Medicina de París se levantaron de sus butacas como movidos por un resorte general, y luego de decir: "¡Ese hombre es un loco! ¡Que lo bajen!", dejaron desbordar el torrente de una carcajada.

El doctor 30 no se inmutó. Bajó serenamente de la tribuna, se dirigió al guardarropa desde donde le enviaban un abrazo las mangas del sobretodo, se embutió en él, calzó el sombrero, caminó, traspuso el umbral de la ilustre Mansión y se metió en el túnel de la noche.

© Alberto Hidalgo
Tomado de: Cuentos; 2005
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Alberto Hidalgo
La cuentistica de Alberto Hidalgo no ha sido estudiada como merece constatando las múltiples vetas que exploró: Ciencia Ficción, el relato fantástico, y, en general la prosa vanguardista.
Numerosas razones explican la ignorancia, el desentendimiento o el somero interés en la obra de Hidalgo. La principal de orden extra-literario. El escritor arequipeño no ceso de fustigar -con razón o no- a figuras y figurones del ámbito nacional y mundial a través de sus libelos. Los agraviados respondieron con ataques análogos o, lo que fue peor para la memoria de la producción de Alberto Hidalgo, la depreciacion o el silencio por parte de la crítica literaria "oficial"; damnificada directamente o amiga de algunos "apaleados" por la pluma de Hidalgo.
Él fue un poeta introductor de la vanguardia en el Perú y conspicuo actor de las corrientes de renovación literaria en el Perú y Argentina. Se codeó con los más importantes escritores de su época (Valdelomar, Mariategui, Borges, Huidobro, Gomez de la Serna, entre otros)
   
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