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Un nuevo y fluido orden mundial está surgiendo
al iniciarse el siglo XXI y el tercer milenio de la era cristiana. Profundos
cambios en todos los ámbitos de la actividad humana están cuestionando
nuestras maneras de pensar y forzando una reinterpretación de lo que
entendemos por "progreso" y "desarrollo."
Nuestro tiempo es el producto de un conjunto muy especial de procesos
históricos que tienen sus raíces en las civilizaciones antiguas de Grecia,
Roma, China e India, y que evolucionaron lentamente hasta la mitad del
segundo milenio de la era cristiana. Estos procesos convergieron en la época
del Renacimiento y de la Revolución Científica para configurar la
ascendencia y diseminación mundial de la civilización occidental durante los
últimos 500 años. Mirando hacia el pasado con lo aprendido durante estos
siglos, es posible argumentar que lo que confirió a este período de la
historia su carácter peculiar y único fue la articulación y puesta en marcha
de lo que podemos llamar "el Programa Baconiano", cuyo principal arquitecto
fue Sir Francis Bacon, filósofo insigne y tesorero de la Corona de
Inglaterra.
El filósofo alemán Hans Jonas ha definido el Programa Baconiano en los
siguientes términos: "orientar el conocimiento hacia el dominio sobre la
naturaleza, y utilizar este dominio para mejorar la situación de la
humanidad" (Jonas, 1984, p. 140). Tres factores clave distinguieron a este
programa de otras maneras de visualizar la generación y utilización de
conocimiento en los tiempos de Bacon:
-
La toma de
conciencia acerca de la importancia de emplear procedimientos de
investigación adecuados (el método científico);
-
Una visión
clara del objetivo central de la ciencia (mejorar la condición
humana); y
-
Una
perspectiva práctica sobre las medidas necesarias para poner en
práctica el programa (instituciones científicas y apoyo
estatal).
Más tarde, particularmente durante la
Ilustración, la idea de progreso humano continuo, acumulativo y permanente
se transformaría en la fuerza impulsora del Programa Baconiano. La
combinación de estos tres factores, unidos a una fe en el progreso humano
sin límite, todos ellos firmemente anclados en la convicción de que la
humanidad ocupaba el lugar central y privilegiado en un mundo producto de la
creación divina, le dieron al Programa Baconiano su carácter especial y
único que le permitió resistir los embates del tiempo y perdurar hasta
nuestros días. Como consecuencia de la puesta en práctica de este programa,
la condición humana ha mejorado en forma tal que Bacon y sus contemporáneos
ni siquiera pudieron imaginar hace casi cuatro siglos.
La convicción de que la humanidad es capaz de avanzar en forma lineal,
continua e ilimitada hacia un mundo mejor —la idea del progreso — fue la
principal fuerza motriz del Programa Baconiano. Esta idea permitió movilizar
las energías humanas durante los siglos XVII, XVIII y XIX en Occidente para
emprender una serie de iniciativas en los ámbitos de la ciencia, la
tecnología, la producción y la organización social, las cuales alteraron
radicalmente las relaciones entre nuestra especie y el entorno biofísico que
nos rodea, así como las vinculaciones entre los seres humanos. A partir de
la noción helenística de que el conocimiento podía adquirirse en forma
organizada, la idea de progreso se fue transformando a través de la historia
de la civilización Occidental. Las concepciones cíclicas del universo, en
las cuales los eventos y las situaciones se repetían periódicamente a lo
largo de un "gran año", tuvieron que ser superadas antes de que pudiéramos
aceptar plenamente que los avances en nuestra capacidad de comprender y
dominar el mundo que nos rodea tienen un carácter acumulativo y abierto. La
fe en los designios divinos, que conferían un orden a la estructura del
cosmos —orden generalmente escondido o implícito, que planteaba a la
humanidad el desafío de develarlo—jugó un papel muy importante en la
evolución de la idea del progreso durante la Edad Media. El Renacimiento
añadió la revalorización del individuo y de las intervenciones deliberadas
como medio para mejorar la condición humana, mientras que los
descubrimientos científicos y geográficos de los siglos XVI y XVII
contribuyeron a fundamentar la creencia de que el progreso humano era algo
inevitable y basado en la acumulación de conocimientos.
Con el surgimiento y posterior triunfo del racionalismo durante los siglos
XVII, XVIII y XIX, la idea de progreso perdió gradualmente sus ribetes
religiosos. Durante la Ilustración se convirtió en una idea totalmente
secular, en la cual la providencia divina jugaba un papel marginal, si es
que jugaba papel alguno. El progreso adquirió un carácter específicamente
social y fue visto como el resultado de las acciones humanas. La idea de
progreso permanecería firmemente inserta en la mentalidad Occidental hasta
principios del siglo XX como una fuerza positiva y hasta inevitable.
Sin embargo, los eventos de los primeros cuatro decenios de lo que el
historiador británico Eric Hobsbawn(1994) llamó el "corto siglo veinte",
cuestionaron severamente las nociones de progreso humano continuo y sin fin.
Estos decenios fueron testigos de las guerras entre Rusia, China y Japón, la
carnicería de la primera guerra mundial, la revolución rusa y la emergencia
del totalitarismo comunista, el avance del fascismo y el nazismo en Europa,
el colapso de Wall Street en 1929 y la gran depresión norteamericana durante
los años treinta, el holocausto y la gran destrucción de la segunda guerra
mundial, y el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki. Estos trágicos
acontecimientos, que aniquilaron a decenas de millones de personas y
generaron incalculable sufrimiento, no permitieron continuar abrigando y
alimentando la concepción de que el progreso humano era acumulativo,
inevitable y permanente. Al socavarse esta creencia, los éxitos y logros del
Programa Baconiano —íntimamente vinculado a la idea de progreso— también
empezaron a ser cuestionados.
Un supuesto fundamental del Programa Baconiano fue que la humanidad ocupaba
el lugar central en un mundo creado por Dios. La descripción y
reinterpretación del mito de Prometeo por parte de Sir Francis Bacon ofrece
un planteamiento muy claro de su punto de vista que la intervención divina
había otorgado a nuestra especie un sitial privilegiado en el cosmos. Para
Bacon, "Prometeo significa de una manera clara y específica la Divina
Providencia... el trabajo especial y peculiar de la Providencia fue la
creación y constitución del Hombre." Luego añade:
"El propósito central de la parábola parece ser que el Hombre, si es que
examinamos las causas finales, puede ser considerado como el centro del
mundo; de tal manera que si el Hombre fuera extraído del mundo, el resto
parecería perderse, sin fin o propósito... Esto es porque todo el universo
trabaja conjuntamente al servicio del Hombre, y no hay nada de lo cual el no
derive un uso o fruto. Las revoluciones y trayectorias de las estrellas le
sirven para distinguir las estaciones y definir la ubicación de las
distintas partes del mundo. Los fenómenos en el cielo medio le permiten
pronosticar el tiempo y el clima. Los vientos empujan sus barcos y hacen
funcionar sus fábricas y motores. Las plantas y los animales de todo tipo
existen para proporcionarle vivienda y protección, para darle ropa,
alimentos y medicina, o para aliviar su trabajo, o para darle placer y
comodidad; todo esto debido a que todas las cosas existen para beneficio y
provecho del Hombre, y no para su propios fines" (Bacon,
1985, pp. 270-271).[2]
Esta creencia en la centralidad de la humanidad sería luego trasladada al
ámbito secular y mantenida en prácticamente todas las narrativas de la
evolución humana, si bien Dios sería dejado de lado en la mayoría de las
explicaciones científicas del origen del universo y de nuestra especie.
La supuesta superioridad y el carácter único de la humanidad, así como la
centralidad que nos hemos asignado en el orden del cosmos, han sido atacadas
desde varios frentes. Durante el siglo XX, y especialmente durante los
últimos cinco decenios, han surgido nuevos desafíos a las concepciones de la
realidad y de la condición humana que hemos heredado del Programa Baconiano.
Como consecuencia, estamos siendo forzados a mirarnos desde nuevos puntos de
vista y bajo nuevas luces. Esto hace necesario reposicionar a la humanidad
de una manera excéntrica en relación a los otros organismos vivientes y al
mundo que nos rodea.
Entre los descubrimientos que requieren una revisión de nuestras
concepciones de la naturaleza humana y una revisión de los postulados del
Programa Baconiano podemos encontrar:
-
Los avances en
física de las partículas, que han cambiado nuestras ideas de la
realidad física y la noción de que existe un mundo externo,
totalmente separado e independiente de nosotros como
observadores e intérpretes;
-
Los
descubrimientos en cosmología cuántica, que nos están forzando a
modificar nuestras perspectivas sobre el origen y el destino del
universo, y sobre el lugar que ocupamos en él;
-
Los resultados
de investigaciones sobre la naturaleza del tiempo, que requieren
abandonar la noción de que este fluye de manera absoluta e
inmutable como telón de fondo para el progreso de la humanidad;
-
La necesidad de
aceptar que las actividades humanas están cada vez más
estrechamente acopladas con los ecosistemas biofísicos, que nos
está obligando a abandonar la idea de que la naturaleza existe
para ser conquistada por los seres humanos;
-
Los avances en
biotecnología e ingeniería genética, que nos están dando la
capacidad de alterar conscientemente la dirección de nuestra
propia evolución biológica;
-
Los desarrollos
en la inteligencia artificial, que han surgido para complementar
y plantear desafíos a las ideas convencionales acerca del
carácter único y especial de la razón humana; y
-
Los nuevos
avances en las ciencias y tecnologías de la información, que
están creando nuevos tipos de "realidades" y alterando
fundamentalmente la naturaleza y los patrones de interacciones
humanas.
Estos desafíos son producto de los avances
científicos y tecnológicos de la civilización Occidental, que acompañaron el
despliegue del Programa Baconiano. Su impacto combinado, que irrumpió con
fuerza atronadora al culminar el siglo XX, nos obliga a reevaluar el legado
de la era baconiana. Desde esta perspectiva, la interpretación del mito de
Prometeo que hizo Bacon debe ser actualizada, pero en términos más ambiguos
e inciertos y sin suponer que "el Hombre es el centro del universo".
En todos y cada uno de los campos mencionados, nuestro conocimiento está
avanzando a tal velocidad que es casi imposible ofrecer una descripción
precisa de la amplitud e intensidad de los cambios en marcha. Como
consecuencia de estos avances hemos tenido que aceptar nociones extrañas
acerca de la naturaleza probabilística del mundo físico, que no es algo
objetivo que "está allí" independiente de los seres humanos como
observadores, y también a considerar nociones aún más insólitas acerca de la
existencia de una multiplicidad de universos, cuya existencia no puede ser
comprobada con las herramientas de la ciencia moderna. Hemos tenido que
revisar nuestras ideas acerca del flujo lineal y continuo del tiempo, que ya
no puede ser considerado como referencia absoluta e inmutable para el avance
ilimitado del progreso humano. También nos hemos visto obligados a abandonar
nuestra concepción antropocéntrica del medio ambiente, y a reevaluar los
vínculos de reciprocidad que existen entre los seres humanos y el mundo
biofísico que nos rodea.
Al mismo tiempo, estamos en proceso de hacernos plenamente responsables de
guiar la evolución biológica de nuestra especie, estemos o no en capacidad
de aceptar esta enorme y portentosa responsabilidad; empezamos a enfrentar
al desafío de la inteligencia artificial, que nos ha demostrado que la
capacidad de razonar —aun en ámbitos claramente delimitados— no es una
facultad exclusivamente humana; y también hemos tenido que hacer frente al
rápido surgimiento del ciberespacio, un nuevo nivel de realidad, que quiebra
el dualismo materia-mente que ha impregnado la concepción moderna del mundo
en que vivimos. Por último, pero no menos importante, nos hemos dado cuenta
de que los avances tecnológicos están transformando las interacciones
humanas, fragmentando nuestro ser y alterando profundamente nuestro sentido
de identidad personal.
Estos desafíos hacen necesario reconsiderar los fundamentos del Programa
Baconiano. Los métodos de la ciencia moderna han evolucionado gradualmente a
lo largo de cuatro siglos desde los tiempos de Bacon, Descartes, Galileo
Newton, y de muchos otros pioneros de la ciencia moderna, pero
experimentarán transformaciones aún más radicales a medida que avancemos en
el siglo XXI y en el nuevo milenio. Nuestros esfuerzos por mejorar la
condición humana han tenido una serie de consecuencias inesperadas e
indeseables, que han hecho imposible cumplir plenamente y sin ambigüedad con
el precepto Baconiano de utilizar el conocimiento para beneficio de la
humanidad. Los arreglos institucionales para la generación y utilización del
conocimiento, junto con la idea de que el conocimiento es un bien público y
que apoyar la investigación es principalmente una responsabilidad estatal,
están siendo modificados en forma violenta, al mismo tiempo que la
privatización de vastas áreas de conocimiento científico avanza
aceleradamente. En forma adicional y como se indicó anteriormente, la
confianza en el carácter continuo e ilimitado del progreso humano ha sido
socavada por las catástrofes humanas del siglo XX. Más aún, la progresiva
pérdida de las dimensiones éticas y morales que Bacon —en su genuina y
profunda preocupación por el bienestar de la humanidad— había introducido en
su programa, es una de las causas principales de la paradoja de que el
extraordinario éxito del Programa Baconiano terminó por destruir sus propios
cimientos.
Todo esto sugiere que estamos siendo testigos del ocaso de la era baconiana.
Nuestros intentos de responder a todos los ataques a la centralidad
prometeica de la humanidad y los desafíos al Programa Baconiano están
creando confusión, ansiedad y un sentido ampliamente compartido de que la
humanidad ha perdido el rumbo.
A medida que avanzamos en el nuevo siglo y en el nuevo milenio, la humanidad
se ha embarcado en un viaje hacia territorios desconocidos; un viaje cuyo
destino no podemos, al menos todavía, visualizar con claridad y que nos está
forzando a reevaluar La condición humana. Ambigüedades, paradojas e
incertidumbre acompañan esta transición, cuyas características e impacto son
comparables a las del Renacimiento y la Revolución Científica. Desde tiempos
inmemorables los seres humanos nos hemos distinguido en forma radical de las
otras especies, tal como se refleja en los mitos de la creación en todo el
mundo, que identifican a la humanidad como lo más avanzado del reino animal
y lo más cercano al reino de los dioses. Sin embargo, si bien prácticamente
todas las civilizaciones le otorgan a nuestra especie un lugar especial en
el orden cósmico, el carácter único, la preeminencia y la centralidad de la
humanidad en relación a la naturaleza y a otras criaturas vivientes ha sido
un tema particularmente dominante y recurrente en la cultura occidental.
Nuestra especificidad emerge de una extraordinaria e inusual interacción
entre biología y cultura. La especie humana es la única que posee un
lenguaje simbólico altamente desarrollado y, por lo tanto, es capaz de
adaptarse a las circunstancias cambiantes por medio del cambio cultural. Por
lo tanto, estamos excepcionalmente ubicados para obtener ventajas de la
interrelación entre las dimensiones biológicas y culturales de nuestra
evolución. Sobre la base del desarrollo del lenguaje, esta interrelación
proporcionó el cimiento para que los seres humanos tomemos conciencia de
nuestra propia existencia, proceso que surgió en gran medida a través las
interacciones entre miembros de nuestra especie. A su vez, esta toma de
conciencia nos permitió organizar e integrar nuestras capacidades físicas y
mentales para influenciar el entorno que nos rodea, mejorando así nuestras
perspectivas de evolución. La toma de conciencia de nuestra propia
existencia está estrechamente vinculada con el hecho de que podemos
anticipar el término de nuestras vidas, de que tenemos la certidumbre del
carácter finito de nuestra existencia y de nuestra inevitable temporalidad.
Esto ha sido una poderosa fuerza evolutiva que ha motivado a los seres
humanos a trascender los límites impuestos por la muerte biológica.
El lenguaje y la conciencia de nuestro propio ser permitieron el surgimiento
de las actividades intelectuales, acciones planificadas y el comportamiento
orientado hacia propósitos definidos, así como de una gran diversidad de
actividades sociales. Somos capaces de anticipar los resultados de nuestras
acciones y de desplegar nuestros esfuerzos en función de estas
anticipaciones. Tenemos la capacidad de diferir la gratificación de nuestras
necesidades, y de coordinar y organizar nuestras actividades en el tiempo.
Esperanza, expectativas y propósito emergen de esta capacidad de anticipar y
planificar, que nos confieren a los seres humanos un sentido del futuro
excepcional e inexistente en otras especies.
Nuestra herencia biológica y cultural como miembros de la especie humana nos
ha otorgado un gran número y diversidad de emociones finamente graduadas y
posibles de distinguir entre sí, que se suscitan y excitan de maneras
específicas por experiencias y situaciones que han sido comunes e
importantes durante la historia de nuestra especie. Desde esta perspectiva,
lo que nos hace verdaderamente humanos es la totalidad de nuestros propios
sentimientos, así como las estructuras de emociones, sensibilidades y
sensaciones que compartimos con otros individuos. Lo que somos y lo que
hacemos —así como lo que queremos ser y lo que queremos hacer— son producto
de nuestra evolución cultural y biológica, de la mezcla de inteligencia
adquirida con los sentimientos asociados a nuestra estructura genética, que
han evolucionado como resultado de la adaptación de la humanidad a
situaciones específicas y cambiantes a lo largo de decenas de miles de años.
La capacidad de integrar emoción y razón, sentimientos y pensamientos, es un
resultado de esta combinación de evolución cultural y biológica que es
exclusiva de nuestra especie. Esta integración genera una prodigiosa
diversidad de respuestas individuales y colectivas a los desafíos que
plantean el entorno biofísico, la interacción con otros seres humanos, y
nuestras propias aspiraciones y motivaciones. Este enorme número de
respuestas potenciales se filtra a través de estructuras sociales
relativamente estables —instituciones, valores, mitos, rituales— que
configuran una variedad de sistemas articulados entre sí que mantienen
unidos a los grupos humanos, generan orden y seguridad, y nos permiten
sobrevivir, desarrollarnos y prosperar.
Nuestras vidas no están determinadas en forma exclusiva por la biología o la
cultura, o solo por pasiones y razones. Emitimos juicios de valor acerca de
Lo que es mejor o peor, bueno o malo, entretejiendo nuestros sentimientos y
nuestro intelecto. Esto genera la posibilidad de elegir y de tener libertad,
con su inevitable corolario: la responsabilidad. En contraste con otras
especies, nosotros somos directamente responsables de nuestro futuro
individual y colectivo. Más aún, como resultado del éxito del Programa
Baconiano, también nos hemos hecho responsables del futuro de la humanidad
en su totalidad y del futuro de otras especies en nuestro planeta.
Desde esta perspectiva, lo esencial de la condición humana consiste en esta
peculiar combinación de evolución biológica y cultural que, a través de la
emergencia del lenguaje y de la toma de conciencia de nuestra existencia,
nos ha conferido a los seres humanos una extraordinaria ventaja evolutiva
sobre otras especies en la tierra. Sin embargo, estamos embarcados ahora en
el proceso de alterar el entorno y los fundamentos de estos dos tipos de
evolución, y también la forma en que se despliegan. Estamos transformando
nuestro entorno biofísico en un grado nunca visto, modificando los patrones
de comunicación e interacción humana que le dan forma a la cultura, y
creando nuevos tipos de realidad para proyectar nuestros sentimientos y
ejercer nuestras facultades intelectuales. Estamos también expandiendo
nuestras capacidades físicas y mentales por medio de una gran variedad de
aparatos artificiales que hemos creado, y adquiriendo la capacidad de
controlar y dirigir nuestra evolución biológica. En el ocaso del Programa
Baconiano, estamos cambiando las reglas del juego de la evolución para los
seres humanos, y esto hace necesario una revisión y transformación de
nuestro concepto de la naturaleza humana.
En medio de toda esta confusión y turbulencia, podríamos aventurar que la
crisis y los desafíos que confrontamos al agotarse el Programa Baconiano son
algo que la humanidad tendrá que enfrentar una y otra vez. Nuestro
conocimiento y nuestras capacidades avanzan indefectiblemente, solo que La
mente humana sobrepasa continuamente sus propias creaciones. Para cuando
nuestra comprensión —y aún menos nuestros hábitos, instituciones y valores—
alcancen a los productos de nuestro intelecto, nos habremos desplazado, una
vez más, hacia territorio ignoto. Hacemos esto al expandir y transformar el
ámbito de la experiencia humana, y también creando nuevas realidades,
generando nuevos problemas, y descubriendo nuevos misterios a ser develados.
Más aún, podríamos considerar esta incesante búsqueda de nuevas
interpretaciones de la condición humana, de nuevas maneras de resolver el
acertijo de nuestra existencia contingente, como un atributo excepcional de
la especie humana.
A lo largo del camino, reconstruimos nuestras realidades individuales todo
el tiempo y nuestra realidad colectiva de vez en cuando. Sin embargo,
estamos viviendo en un período muy especial de la historia humana en el cual
la realidad está siendo reconfigurada para todos los miembros de nuestra
especie. Estamos iniciando una difícil transición hacia algo cuyos rasgos no
podemos aún discernir con claridad. En el albor de la era posbaconiana
debemos embarcarnos en la búsqueda de un nuevo programa. Quizás tomará
decenios, o quizás más tiempo, para articular un nuevo programa para toda la
humanidad con la claridad y coherencia que podemos —400 años después de los
hechos— atribuirle al Programa Baconiano.
Esta búsqueda debe construirse sobre los logros de la era baconiana,
aprovechando su extraordinario éxito, pero también aceptando sus
limitaciones. Tres indicios sugieren una dirección posible para nuestra
búsqueda. En primer lugar, necesitamos ampliar lo que se transformó en un
estrecho rango de consideraciones —vinculadas principalmente al ejercicio de
nuestras facultades racionales— que fueron plenamente incorporadas en la
puesta en marcha del Programa Baconiano. Quizá esto requiera poner a las
consideraciones éticas, emocionales y estéticas —es decir, los sentimientos—
en el mismo nivel que la razón, integrando todos ellos en el diseño de un
nuevo Programa.
El segundo indicio se deriva del hecho que, en el proceso de poner el
Programa Baconiano en práctica, la civilización occidental apabulló a las
otras civilizaciones. En solo algunas centurias cambió radicalmente todos
los aspectos de la condición humana para la mayoría de nuestro planeta.
Otras culturas y civilizaciones tuvieron que absorber, adaptarse y responder
a los avances de la perspectiva occidental. En el camino, las contribuciones
potenciales de las perspectivas y maneras de pensar, vivir y hacer de otras
civilizaciones se perdieron, o al menos fueron dejadas de lado. Quizás es
tiempo de reconsiderar esta situación y empezar a recuperar una diversidad
de perspectivas culturales sobre la condición humana. Sin embargo, esto debe
hacerse manteniendo una posición ética firme y responsable, evitando las
manifestaciones extremas del relativismo cultural en las cuales cualquier y
todo comportamiento aparece como justificable.
El tercer indicio surge de la presencia perdurable del mito de Prometeo —que
se extiende por más de 2500 años— en la civilización occidental. La
influencia de la interpretación de Bacon de este mito continúa hasta
nuestros días, y tendemos a visualizar a Prometeo —el titán que robó el
fuego a los dioses— como símbolo de la heroica búsqueda de conocimiento para
beneficio de la humanidad. Sin embargo, esta interpretación del mito no dice
nada acerca del impacto de esta búsqueda en el mundo que nos rodea, y acerca
de la forma en que transforma nuestra propia humanidad. Tampoco tiene nada
que decir acerca del hecho que solo una parte de la humanidad se ha
beneficiado de las riquezas que ha generado esta búsqueda.
El futuro de la humanidad, la centuria y el milenio que estamos iniciando,
estará condicionado por el éxito que tengamos en diseñar y poner en práctica
un nuevo Programa para guiar la evolución humana en la era posbaconiana. Es
posible que una de las primeras tareas en esta transición sea la de
reinterpretar y ampliar el sentido y el significado profundamente occidental
del mito de Prometeo, lo que implicaría incorporar elementos de los mitos de
creación de otras culturas. Como bien nos recordó el escritor guatemalteco
Augusto Monterroso en su cuento El Eclipse, otras civilizaciones han sido
capaces de adquirir conocimiento y develar los secretos del universo sin la
valiosa ayuda de Occidente.
[1] Este ensayo es
parte de un programa de estudios e investigación sobre el fin de la era
Baconiana que viene desarrollando el autor desde 1989. Se basa en un
documento de trabajo publicado por FORO Nacional/Internacional-Agenda: PERÚ,
en dos artículos publicados en revistas académicas, y en el segundo capítulo
de un libro publicado recientemente en el Reino Unido (Sagasti, 1997,1998,
2000, 2004). El primero de los trabajos mencionados contiene una extensa
lista de referencias y está disponible en inglés para los interesados que lo
soliciten a foroagenda@amauta.rcp.net.pe. Se agradece el apoyo de la
Corporación Carnegie de Nueva York, y en particular a David Hamburg,
Patricia Rosenfield y Akin Adubifa, por el apoyo recibido para llevar a cabo
parte de este programa de estudios.
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[2] La traducción ha sido realizada por el autor, buscando
conservar el significado más que la literalidad del texto. Nótese el uso de
"Hombre" para referirse a la humanidad en su conjunto, lo que era
generalizado y prevaleciente en los tiempos de Bacon.
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Referencias
.- Bacon, Francis, The essoys, Londres: Penguin Books, 1985.
.- Hobsbawn, Eric, The age of extermes: a history of the world 1914-1991,
New York: Pantheon Press, 1994.
.- Joñas, Hans, The imperative of responsibility: in search of an ethics for
the technologicaí age, Chicago: The University of Chicago Press,
1984.
.- Monterroso, Augusto, "El Eclipse", en Cuentos, fábulas y lo demás es
silencio, México: Editorial Alfaguara, 1996.
© Francisco Sagasti, 01-2006
Tomado de: UnoDiverso; Enero 2006 Año 2 N° 2
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