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Ganadora del premio
Hugo a la mejor novela en 1962, uno de los pocos premios que cosechó su
autor, el prolífico y siempre polémico Philip K. Dick (1928-1982).
Heredera e innovadora en la tradición del subgénero llamado Ucronía, el
libro –al igual que todos los del subgénero- nos ilustra en una
respuesta al ¿Qué hubiese pasado si…?
Y, en este, caso, la última parte de la pregunta es si el eje hubiese
ganado la guerra. Así, asistimos a una historia alterna en la cual el
gran estadista Franklin D. Roosevelt es asesinado en 1933, siendo
sucedido por una serie de gobernantes incapaces que mantuvieron a los
EE.UU en un atolladero económico (causado por el crac de 1929) y
aislados del contexto mundial y de la guerra en progreso.
El resultado es la derrota paulatina de cada uno de los aliados, al no
tener la ayuda de los norteamericanos ni sus recursos para disponer una
contraofensiva, como en nuestra realidad se dio, especialmente en la
guerra en Europa, para la cual la intervención de los norteamericanos
fue crucial (recordemos: campañas de África del Norte, Sicilia, Italia,
Normandía, etc.) además de la enorme lucha por la soberanía del pacífico
(sobre la cual tuve la oportunidad de leer el muy explicativo libro
–desafortunadamente en italiano- La Guerra del Pacifico, de Franco Zadra) que terminó en la realidad de la novela cuando los japoneses
exterminaron a la flota norteamericana en un Pearl Harbor mucho mayor
que el que se dio en nuestro tiempo.
Así, el imperio británico (derrotado en El Alamein sin un Montgomery que
lidere) y la débil URSS (debilitada más aun por la razzia en el ejército
rojo infiltrado por la Abwehr) fueron sometidos, y los planes de dominio
del Eje se realizaron, juzgándose a los generales ingleses por crímenes
de guerra (a la Nuremberg, por crímenes cometidos en la defensa de
Inglaterra, que, de acuerdo a los personajes de la novela, fue una
batalla terrible.)
Así, Dick invierte el tema y nos muestra a una Norteamérica dividida en
tres, con un litoral del pacífico controlado por el Imperio japonés, una
costa este industrializada y bajo el control Nacional-Socialista y una
zona “tapón” en el medio oeste, que literalmente es tierra de nadie y de
todos.
Y es en este confuso teatro en el que nuestros personajes, probablemente
de los mejor construidos del universo Dickiano entran a escena. Resulta
interesante ver como la intencionalidad de Dick se hace clara pero
salomónica al mismo tiempo al querer transmitir la visión tanto de los
vencedores como de los vencidos, y es que, ante el horror de la guerra,
“vencedor” o “vencido” son sólo meras categorías convencionales que no
representan nada de valor real.
De este modo, tenemos al sr. Childan, californiano dedicado a vender
antigüedades artesanales (esencialmente de la guerra civil) a
conoisseurs japoneses que las compran como souvenirs, testimonios de una
cultura derrotada por el peso de una visión superior (esencialmente, la
suya) y resulta entre interesante y conmovedor el ver como subsume su
cultura ante el enfoque cultural dominante para encajar y tener una
predisposición conveniente para con sus clientes, a los cuales trata
como amos, quizás recordándonos el modo en que la cultura japonesa
enfatiza el cumplimiento cabal de todo servicio.
Al mismo tiempo, Childan está siendo engañado e involuntariamente,
engañando a otros, ya que sus extraordinarias “antigüedades” no son más
que replicas a escala industrial de las originales, baratijas para
aborígenes elaboradas por un potentado plutócrata de los que nunca
faltan y que es el enlace con dos personajes más:
Frank Frink, un judío viviendo una vida prestada, ya que los demás de su
raza (si cabe el término) han sido exterminados ya junto con los eslavos
y los africanos en el genocida furor nazi quien trabaja para el mismo
plutócrata elaborando las “antigüedades” que gente como Childan vende,
quien junto con su amigo Ed McCarthy se mandan al negocio propio
haciendo joyería artesanal, un primer intento de innovación que no
pasará desapercibido para los japoneses.
Su ex esposa, Juliana, quien huyendo de la realidad se muda a las
montañas a trabajar como profesora de Judo, encarna precisamente la
cualidad que complementa –y por ello repele- a la temerosa personalidad
de Frink, segura aparentemente por fuera, con una seguridad que enmarca
su latina belleza, esconde traumas, complejos y miedos de los cuales es
consciente, aunque sin el valor necesario para enfrentarlos y llegar a
una experiencia emocional saludable.
Por otro lado, al mismo tiempo que los afectados por las conspiraciones
tenemos a los conspiradores o los directamente implicados en estas. Por
el lado del Reich, al agente Bynes, quien no es más que un oficial de la
Abwehr (contrainteligencia alemana) tratando de advertir al Japón de las
temibles intenciones de las facciones del Partei, en disputa tras la
muerte de Martin Bormann, Reichskanzler quien sucedió a Hitler, el cual
dejó el mando por sífilis, el Señor Tagomi, encargado de negocios
imperial, quien sirve de excusa para una reunión que puede cambiar el
destino de ambos países.
Y además de esto, tenemos el verdadero motivo de las intrigas y las
intrigas detrás de las intrigas: el libro La langosta se ha posado,
en la cual Dick asume un discurso metaliterario, incluyendo una historia
dentro de otra, lo cual lo pone en la misma órbita de William Burroughs
y otros escritores de la llamada generación beat, (tal como se puede
leer en Ciencia Ficción y los Beats
de Norman Spinrad).
Su autor, Hawthorne Abendsen, podría ser una simbolización del mismo
Dick, y una prueba de la irrupción de nuestro mundo (el “verdadero”) en
el mundo reflejado por el libro, lo cual nos lleva al punto clave para
entenderlo: el uso del I-ching.
Es sabido que Dick usó el I-ching (o libro de los cambios, un oráculo
chino) para escribir el libro, decidiendo incluso sobre la forma en que
la trama habría de desarrollarse en algunos puntos, y es en boca de uno
de sus personajes: el general Tedeki, en el que ilustra el verdadero
propósito del oráculo, servir como una guía de referencia externa cuando
las escalas de valor personales y sociales se han ido.
Esta fijación por lo oracular, por escudriñar las interrogantes que
aguardan en el futuro se extiende a casi todos los demás personajes, los
cuales tienen en común en sus lecturas la referencia a un enorme
desastre cercano (el muro cae en el foso, si no me equivoco) el cual
todos perciben pero nadie parece entender sino hasta el final, cuando
Juliana se encuentra cara a cara con Abendsen a quien va a ver tras
matar a un asesino que había sido enviado a aniquilarlo y que la había
convencido para acompañarlo.
Aquí llegamos al cenit de la novela, en que las visiones se entrecruzan
y fragmentan hacia un vórtice de locura, donde la alusión (puesta de
manifiesto por toda una serie de pequeños detalles alrededor de la
novela) a la verdadera contextura del mundo conocido se hace más que
evidente ante el asombro de propios y extraños. Y es que el Oráculo,
como sistema externo de referencia es útil para cualquier realidad
alterna, en tanto la gente crea en él, y es lo que sucede.
Como nota aparte cabe mencionar que La langosta se ha posado no
es un esbozo de novela histórica (desde nuestro punto de vista) sino una
metametaficción, veamos: describe un mundo donde Tugwell fue presidente
de los EUA, los ingleses ayudaron a los rusos a vencer en Stalingrado y
a los norteamericanos en el pacifico, ocupando finalmente la hegemonía
principal en el mundo, entonces, hablamos de una ficción dentro de la
ficción dentro de la ficción, desde el punto de vista de nuestra
realidad, con lo cual Dick nos pone en un verdadero aprieto semántico
sin que ello desmedre la construcción de la novela.
Otro aspecto importante es el choque de visiones y culturas que expresa
Dick: la cultura alemana, al borde de la esquizofrenia a causa de la
fallida pretensión de emprender proyectos bajo la égida de la ciencia y
que, sin embargo, están amparados por una ética seriamente cuestionable,
para más referencias, el artículo de Manfred
Nagl resulta de lo más ilustrativo, que entra en contacto con una
cultura que valora la sutileza y la astucia, junto con el respeto por
las normas sobre todo lo demás (la cultura japonesa) ante lo cual, los
norteamericanos, emparedados en el medio, acaban por escindirse, lo cual
causa discriminadores y discriminados de ambos lados (cualquier parecido
con la situación del Perú es mera coincidencia) pero de la cual, Dick
deja en mucho mayor nivel a la oriental, acaso por el uso del I-ching o
tal vez porque, pese a su tan mentada superioridad, los japoneses saben
en el fondo que aquellos a quienes someten son tan humanos como ellos.
En resumen, un libro de lectura apasionante, en el que Dick muestra su
mejor mano y donde locura, ucronía y revelación entretejen una historia
que no deja lugar a la clemencia ni a la edulcoradamente feliz frase
final, dándonos una lección acerca de la evasión y sus nefastas
consecuencias, además de resaltar el papel de la libertad, a pesar,
incluso de las interferencias oraculares, que tal vez, previeron estas
palabras.
© Isaac Robles; 20-06-06.
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