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Esta es una de las novelas que, a mi juicio, pertenece a un nuevo género, a
saber, la “ciencia ficción vergonzante”. Este nuevo género se compone de
obras de ciencia ficción escritas por autores de reconocida (y elogiada)
trayectoria mainstream, que no saben a qué malabarismo verbal recurrir para
decir que lo que han escrito NO es ciencia ficción. Pertenecen al selecto
club Margaret Atwood, Kazuo Ishiguro, Michael Houllebecq y, ahora, Philip
Roth.
Supongo que deberíamos incluir también a cierto tipo de lectores que,
apegados a una concepción “aristocratizante” de la literatura, consideran
impensable que un autor de trayectoria se “rebaje” a escribir en esos
géneros.
Lo positivo de todo esto es que la ciencia ficción, aunque a regañadientes,
ha comenzado a ser tomada un poco más en serio por el mainstream. Digamos,
como una opción que el escritor de prestigio puede utilizar para “trascender
los géneros”. Es decir, si el escritor quiere jugar con la ciencia ficción,
pues está en su derecho, faltaba más. Pero no lo confundan con un escritor
de ciencia ficción, jamás. Y si por casualidad lo hacen, ya se encargará el
mismo autor de prestigio de sacarlos del error. ¿No es así, querida Margaret
Atwood?
Para la presente obra, por suerte, la tenemos fácil. “La conjura contra
América” es una ucronía, unos Estados Unidos alternativos en el cual el
aviador Charles A. Lindbergh (famoso por ser el primero en sobrevolar el
Océano Atlántico sin escalas), antisemita y simpatizante del nazismo (en la
vida real, fue condecorado con la Cruz de Servicio del Águila Alemana por el
mismísimo Hermann Göring), se convierte en el presidente de los Estados
Unidos de América en 1940. ¿El secreto de su éxito? Prometer a los
norteamericanos que no se involucrará en la guerra europea, firmando
posteriormente un pacto de no agresión en Islandia con los alemanes. Gran
parte de la población de los Estados Unidos puede respirar con alivio: los
muchachos no serán enviados a Europa para morir por la causa de otros
países, tal como lo planeaba Franklin Roosevelt.
Pero hay un grupo de norteamericanos para los cuales la presencia de
Lindbergh en la Casa Blanca no es precisamente tranquilizadora: los
norteamericanos de ascendencia judía. Como en “Un mundo para Julius”,
veremos a este nuevo mundo nazi-americano desde la perspectiva del pequeño
Philip Roth, un niño judío residente en la ciudad de Newark, quien empezará
a notar los cambios que se operan primero en el seno de su familia, y luego
en el entorno urbano, hasta la siniestra apoteosis encarnada en un
antisemitismo triunfante a lo largo de todo el país. Lindbergh no deja de
azuzar a la población con el cuco de la conspiración judía contra el modo de
vida norteamericano, y aunque dice lamentar las penurias que atraviesan los
judíos en Europa, su hostilidad hacia estos nunca deja de ser evidente.
Al empezar su período de gobierno, el presidente Lindbergh baja el tono de
su discurso antisemita a uno más moderado, llamando incluso a colaborar con
él a un influyente rabino y a su novia, tía del pequeño Philip. Los judíos
no tienen nada que temer, proclaman. Sin embargo, los padres de Philip no se
tragan el cuento. Peor aún, un primo de Philip que siempre ha vivido con su
familia tras morir sus padres, se enlista en el ejército canadiense para
luchar en el frente europeo. Como resultado, quedará lisiado de por vida al
amputársele una pierna, convirtiéndose en blanco de burlas e invectivas por
parte de sus parientes, tanto de los que estaban a favor de luchar contra
los nazis como de los simpatizantes de una actitud más contemporizadora. El
hermano mayor de Philip, por el contrario, se convertirá en un ferviente
seguidor de los programas “de integración” elaborados por el gobierno,
programas que tienen el objetivo de convertir a los niños judíos en
“auténticos” norteamericanos…
Fuera del ámbito familiar, pronto se hace evidente que el gobierno de
Lindbergh es una amenaza para los judíos de los Estados Unidos. Una escalada
de actos y manifestaciones antisemitas, provocados desde diversos frentes,
culmina en escenas de violencia y muerte. Las ideas nazis sobre las razas,
conspiraciones anticristianas, dominación mundial a través de las finanzas y
otros absurdos mitos antisemitas se convierten en ideología, y como nunca,
los Roth, que en un principio se nos presentan como personas cuyo judaísmo
no es precisamente militante, “descubrirán” que han dejado de ser
considerados norteamericanos para pasar a ser “judíos”. Y eso significa que
cualquier cosa puede ocurrir con ellos. Ser cambiados de domicilio, por
ejemplo. Cancelar sus reservaciones de algún hotel. Y sobre todo, la
posibilidad de ser las siguientes víctimas de algún pogrom…
En plena explosión antisemita, que parece estar a punto de convertir a los
Estados Unidos en un país con toques de queda, campos de concentración,
lugares reservados para “auténticos norteamericanos”, un acontecimiento
sorpresivo – un deus ex machina, todo hay que decirlo – cambiará de manera
radical (y poco verosímil) el curso de los acontecimientos. Digamos que una
vez avanzados en tanto horror, los norteamericanos “se dan cuenta” de lo que
han estado haciendo y de lo que estaban a punto de convertirse. De modo que
vuelven a ser el pueblo fuerte, unido y democrático capaz de enfrentar a los
nazis y a los fascistas. Que lo diga sino Martin Luther King…
Quizá lo más objetable de la novela es la rapidez con que se resuelven las
cosas. Philip Roth lleva bien el ascenso del antisemitismo en los Estados
Unidos hasta convertirse en una ideología capaz de engendrar acciones
organizadas, para luego desplomar esta construcción de un soplo.
Paradójicamente, esto acercaría más a “La conjura contra América” hacia el
campo de la fantasía, pues menos creíble que unos Estados Unidos fascistas
son unos Estados Unidos capaces de enmendarse de un día para otro. Como si
en 1943 Adolf Hitler se retirara a un convento y las SS se convirtieran en
vigilantes de sinagogas.
En más de un aspecto, “La conjura contra América” se parece a “El hombre en
el castillo”, escrita por otro Philip, nuestro conocido Philip K. Dick. Sólo
que en la novela de Dick los nazis han ganado la segunda guerra mundial y
han dividido el territorio norteamericano en tres partes, ocupadas por
alemanes y japoneses.
“El hombre en el castillo” obtuvo un Premio Hugo en 1962 a la mejor novela
de ciencia ficción. Con semejante antecedente, ¿por qué tantas resistencias
a considerar a “La conjura contra América” una novela de ciencia ficción?
¿Hasta cuándo esa actitud vergonzante?
© Daniel Salvo; 16-05-06.
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