LA RUEDA DEL PROGRESO

El sutil brillo de la aurora despertó a Mateo Puchuri, al tiempo que un diminuto zumbador-despertador que no alteraba su sistema nervioso terminaba de desperezarlo. Mateo dejó su cama. Impecable en su traje de dormir, se dirigió al cuarto de baño. Aún no eran las seis de la mañana, verificó con orgullo. Su hoja de servicios del mes sería, otra vez, excelente.

Ya en el cuarto de baño, se desnudó, para que los sensores exotérmicos temperaran el agua de acuerdo a la temperatura ambiente y a la de su cuerpo. El agua, en forma de potentes chorros intermitentes, brotó de sendos dispositivos ubicados en el cielo raso y en las paredes, aseando su cuerpo de manera total. Cuando terminó su vigorizante ducha, Mateo recogió con satisfacción el reporte sanitario automático, expelido por una pequeña máquina situada junto a la puerta del sanitario. Como siempre, el reporte mostraba que su estado de salud seguía siendo óptimo. Colocó la tarjeta plastificada ante el sensor digital, para que a su vez éste registrara la información y la enviara a la Central de Control de Salud de la provincia. Mateo hubiera podido solicitar una de los nuevos sensores interconectados, los cuales enviaban la información en forma automática, pero prefería hacer las cosas a la antigua. Tras unos segundos, el dispositivo que cerraba la puerta del cuarto de baño se abrió, y Mateo pudo salir. No quiso ni pensar qué pasaría si la máquina hubiera reportado algún desperfecto en su salud. La rueda del progreso no podía detenerse.

En el siguiente compartimento de su vivienda, Mateo encontró una muda de ropa limpia y una ración de desayuno conforme a las especificaciones del reporte enviado a la Central de Control de Salud. La ropa, como siempre, le quedaba a la medida y lo protegería del frío glacial de la puna. El desayuno, además de tener un balance perfecto de las vitaminas, minerales y carbohidratos requeridos para un hombre de su talla y contextura, estaba exquisito. Los cocineros de la Central de Control de Salud sabían combinar los últimos avances en nutrición con la mejor tradición de la culinaria andina.

Luego de vestirse y desayunar, Mateo dejó su cómoda vivienda para dedicarse a pastorear las vicuñas que el Estado le había asignado. Los animales, en busca del nutritivo ichu genéticamente modificado que crecía en las alturas, lo llevaban siempre lejos del pueblo. Saludó con una sonrisa a los vigilantes armados que, silenciosamente, abrieron las rejas de las cercadas tierras de pastoreo. El Estado era el único dueño de esas tierras, como no podía ser de otro modo, por lo que el símbolo del partido, la Rueda del Progreso, ondeaba al viento en numerosas banderas y estandartes.

La Rueda del Progreso. Nunca un partido tuvo un nombre y un símbolo más adecuado. Desde los lejanos tiempos en que la humanidad entera había reconocido las bondades evidentes de los principios de gobierno del partido; habían cesado las guerras, el hambre y el caos. El mundo entero se conducía ahora bajo la égida del partido. Claro, había quienes no estaban conformes, como siempre, aduciendo razones esotéricas como igualdad, democracia y otras extrañas ideologías. Mateo conocía la historia de la humanidad previa a sus días, una sucesión interminable de conflictos, hambruna y miseria. Hasta que al fin, guiados por los principios de un grupo de visionarios que actuaban bajo el estandarte de la Rueda del Progreso, la humanidad había logrado al fin el gran sueño, la sociedad perfecta donde a nadie le faltaba nada y todos cooperaban de acuerdo a sus capacidades. Nada le era negado a nadie, según sus verdaderas necesidades y aptitudes. Mateo continuaba la tradición de sus ancestros, ser pastor de vicuñas, así como algunos de sus amigos eran mineros, enfermeros o basureros. Y respecto a esa obsesión por ir a las ciudades que evidenciaban algunos de sus conocidos, ¿para qué? En las alturas donde vivía, tenía de todo para ser feliz.

Hacía siglos, la región en la cual vivía Mateo había sido un lugar muy pobre, una “zona de extrema pobreza”, según la antigua nomenclatura. Los niños morían y los jóvenes trataban de emigrar a otros lugares. Parecía increíble que esa misma zona fuese ahora un emporio de riquezas naturales, cuya explotación estaba a cargo de los propios moradores, siendo estos los primeros beneficiarios de dicha explotación, según las estadísticas y comunicados oficiales. Su cuota de contribución al Estado era óptima, lo cual era debidamente recompensado por las autoridades con ofertas de trabajo en otros lugares. Pero el prefería seguir cuidando vicuñas, de las que obtenía la renombrada lana Puchuri, uno de los pocos productos artesanales que aún se producían en el mundo, y por ende, de gran demanda entre los altos mandos del partido. Mateo sabía que el Estado podía asignarle una colocación mejor – remunerada con dinero de verdad y no con productos de consumo directo - y proporcionarle jóvenes aprendices para realizar el trabajo pesado; pero prefería dedicarse él mismo a pastorear el ganado, trasquilar e hilar el mismo las madejas de lana de vicuña por ser una tradición familiar, pero sobre todo, por una razón que lo llenaba de orgullo: a la familia del máximo dirigente del partido, cuyo símbolo era la Rueda del Progreso, les encantaban.

Miró con orgullo la bandera que ondeaba a lo lejos, con la imagen impresa de la Rueda del Progreso. Recordó que, según sus lecciones de historia, en tiempos remotos se la había llamado esvástica.

© Daniel Salvo; 2006
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Daniel Salvo (Lima, 1967)

En junio de 2002, inició la publicación de Ciencia Ficción Perú, página web que reseña las obras de autores peruanos, tanto de Lima como de provincias. Actualmente, colabora con Velero 25.  Es miembro de Coyllur - Asociación Peruana de Ciencia Ficción, Terror y Fantasía donde junto a otros aficionados  desempeña una activa labor de difusión y análisis del genero de CF en el país.

"...Nací en 1967 en una provincia al sur de Lima. A los 11 años, leí en forma casi simultanea a Vargas Llosa y una novela de Clark Carrados llamada MEGASISTEMA, publicada en Bruguera, lo que marcó mi gusto por la ciencia-ficción. Tiempo después, leí las antologías de Bruguera, y algunas novelas de Silverberg, T.J. Bass y Clark Ashton Smith.

En 1986, empiezo a estudiar derecho, con mediocres resultados, sin dejar de leer ciencia-ficción, ahora con mayor acceso a novedades..." 

Daniel Salvo tiene en preparación (laaargo plazo), un volumen de cuentos de ciencia-ficción con el título tentativo EN LAS RUINAS DE UTOPÍA.
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