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Parece ser que los
seres humanos no pueden dejar de soñar con la utopía, con eso que puede
llamarse un mundo mejor. Las personas comunes solemos creer que ese
mundo mejor llegará en el futuro, sobre todo, en nuestro futuro. Ya sea
gracias al progreso tecnológico o la materialización de una ideología,
el porvenir tendrá que ser por fuerza mejor que el pasado.
Justamente, la narrativa republicana se inició con una novela que hoy
calificaríamos de ciencia ficción, titulada “Lima de aquí a cien años”,
de J.M. del Portillo, publicada por entregas en el diario El Comercio a
partir de 1843. El Perú de 1943 era una república pacífica, próspera y
carente de corrupción.
Parte de la acción transcurre en el Cusco, nueva sede de un restaurado
imperio incaico – con Inca y todo – que ha construido una pirámide de
tres kilómetros de altura. La novela, publicada nuevamente en la revista
“Ajos & Zafiros” número siete, nos demuestra que ya desde entonces
existía la noción de el retorno del pasado incaico, supuestamente
idílico, como condición necesaria para un futuro feliz en el Perú. En la
novela de Portillo, en el fondo, los conflictos entre peruanos no han
sido resueltos, puesto que cada quien ocupa su “espacio”. No hay una
república unida, después de todo.
En cambio, en la novela de Pedro Felipe Cortázar (Lima, 1925-….), el
retorno del Imperio Incaico supone una restauración total y extendida
del mismo en todo el territorio, acogiendo también a los descendientes
de europeos, asiáticos y africanos (egipcios incluidos).
A grandes rasgos, la trama podría resumirse en lo siguiente: después de
la caída del Tahuantinsuyo, algunos amautas habrían logrado conservar en
secreto la sabiduría de los antiguos y gran parte de la riqueza que hizo
famoso al Perú. Estas elites planean restaurar el Imperio Incaico, para
lo cual cuentan además con la participación voluntaria de los últimos
descendientes en línea directa de Catalina Huanca – la mítica cacica que
murió sin revelar dónde había ocultado sus inmensas riquezas – y de
Cristóbal Paullu Inka. ¿Quién fue este personaje? Pues el último hijo de
Huayna Cápac, hermano de Huáscar, Atahualpa y Manco Inca. Según la
historia, tras la muerte de Atahualpa, los españoles nombraron a Manco
Inca como soberano del Tahuantinsuyo, quien posteriormente se rebelaría
contra los españoles. Fue sucedido por su hijo Túpac Amaru I, quien
fuera capturado en 1572, acabando así la época de la resistencia más o
menos organizada contra los españoles. En cambio, Cristóbal Paullu Inca
será el gran colaborador de los españoles en contra de su hermano y de
los indígenas andinos, adquiriendo por ello un título de nobleza
español. Su descendiente es un periodista llamado Alejandro Roca, cuyo
nombre secreto es Alejo Kusirimachi Akostupa Inka II, quien conserva “el
secreto de la raza; la ubicación de los tesoros de sus regios
antepasados”. Está predestinado para convertirse en el Inca de un
imperio restaurado, al igual que Catalina Huanca – la actual - está
destinada a convertirse en su consorte, pese a lo cual, Alejandro le
sacará la vuelta con una hermosa morena… Cualquier parecido con la
realidad es pura coincidencia.
Así planteada, la historia suena fascinante, aunque no sea
necesariamente original (parece que hay más narraciones, poco conocidas,
que tratan el tema de la restauración del incario). Lamentablemente, el
autor no supo aprovecharla, dándole un desarrollo entre policíaco y
aventurero que se frustra a cada rato. En todos los capítulos, salvo el
final, los personajes enuncian extensos parlamentos sobre los planes que
van a ejecutar, para terminar por hacer cualquier otra cosa,
completamente alejada del supuesto objetivo inicial, esto es, la
restauración del incario. Eso sí, a ratos logra extrañas amalgamas, como
puede ser la aparición de un ex criminal de guerra nazi, la inserción de
Sendero Luminoso dentro del plan de restauración, un “cherry” para el
restaurante “La Granja Azul”, los supuestos vínculos entre un diario de
circulación nacional y un partido político de larga data, así como la
presencia de periodistas de una conocida revista de actualidad política,
cuyos nombres apenas han sido modificados para aparecer como personajes
ficticios. En una visión final – consecuencia de la ingestión de
alucinógenos -, podemos vislumbrar cómo sería un Imperio Incaico
restaurado, sabiamente regido por Manco Inca II, o Alejandro Roca, y
financiado por los ocultos tesoros incas: nombramiento de un Consejo de
los Amautas (además del Consejo de Ministros, formado por técnicos
calificados en las materias que más necesitaba el país), elegido por
diez años y renovable por tercios. Las Cortes de Justicia (sic) y el
Parlamento son disueltos. La paz está garantizada, incluso para los
vecinos “criollos y blancos” de los barrios residenciales, parapetados
en sus residencias temiendo un ataque de los habitantes de los barrios
marginales. El Palacio de Gobierno es destruido, estableciéndose la
ciudad del Cusco como nueva capital. En suma:
“Antes de los
diez años se logró restablecer la llamada “utopía andina”, la
autarquía alimentaria, eliminándose la dependencia del exterior
utilizando plantas y animales cuya domesticación había sido lograda
por los preíncas e incas”.
Lástima que solo sea
una visión.
© Daniel Salvo; 25-06-06.
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