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La CF formaba parte de las imágenes y de los
acontecimientos cotidianos ya en la década del 70’ y no era marginal,
existía un cuerno resonando su llamada desde las carátulas de los discos y
su música, comenzando en los comics y tebeos y terminando por ensayos y
textos interpretativos, a partir del cine que tomaba alegremente por asalto
(aunque no siempre dando aviso de ello) los relatos de CF, por ejemplo, el
guión de ET se parece como una calcomanía a una novela de Gordon
Dickson y Ben Bova editada por Lidiun “No más duendes”.
Como ocurre con frecuencia tropecé con Foss sin proponérmelo y sin saberlo,
en portadas de novelas (Diarios de las estrellas – Viajes, del
siempre bien ponderado Stanislaw Lem), en fundas de discos (Ian Gillan Band)
y fundamentalmente en proyectos como The Joy of Sex (Alex Comfort),
la ciudad de Krypton para el film Superman y sobre todo el fenecido proyecto
de Jodorowski: Dune, que reunía una pléyade de talentos, que incluían
a Orson Welles, un cameo de Dalí, Pink Floyd, Chris Foss, H.R. Giger y
Moebius (sus más de tres mil dibujos, cuenta la leyenda, fueron la esencia
vital para El Incal), los bocetos de Giger terminaron plasmándose en Alien y
las naves de Foss terminaron trajinando en Star Wars, y es probable
que fragmentos diversos en El Quinto Elemento o dejando huellas
profundas en otros filmes. Así que por estas aventuras lo colocaba en un
lugar distinto de otros dibujantes, lo consideraba un autor como Meziéres,
Giraud o Bilal, un intelectual del transporte cósmico y otros frutos de la
CF.
Sus alucinantes diseños espaciales y robóticos plagados de bulbos, toberas y
espiráculos poseían credibilidad: por física e ingeniería, y trascendencia:
por su capacidad intuitiva para mezclarlos con el paisaje galáctico y
planetario y a pesar de su belleza sin cortapisas, siempre decir más que el
impacto inicial de color (realmente notable y potente) y forma (de renovada
a exquisita), se constituían en ilustraciones visionarias que adjuntaban al
arte una sensación de melancolía ante un universo delirante pero sólidamente
instalado, que posiblemente nunca moraríamos, pero cuyos elementos permitían
comprensión y adhesión, eran relatos muy visuales de una era por llegar.
Otro aspecto en su obra, suculenta en imaginación, era que al instante de
erigir sus edificaciones, de mover sus vehículos y planear sus mundos
fértiles en formas y acontecimientos, terminaba afirmándose en un terreno
peculiar, en el cual colindando con la verosimilitud impactante de su
resultado visual y con la firmeza conceptual de sus proyectos, y a pesar de
la libertad que parecía proporcionarle ese futuro vislumbrado que no se
encontraba sujeto a fidelidad alguna, prefería empotrarse en una especie de
hiperrealismo que en cierta forma lo enlazaba con la realidad preexistente,
sin eludir las implicancias emocionales, allí están para demostrarlo sus
cuadros sobre la soledad del explorador, sus encuentros con entidades
incomprensibles o con los restos arqueológicas de un pasado inescrutable,
sus terribles atardeceres y sus vacíos estelares empapados de nostalgia por
lo que vendrá.
De allí que si uno escarbaba un poco, empezaban a aparecer las nervaduras
mitológicas (estatuas y moais), pero asimismo los andamiajes conceptuales
sustentadores de tecnología bélica futurista, de colosales batallas
estelares, de la megacolonización a ultranza, de las arquitecturas,
estaciones y hangares del espacio exterior, de sorprendentes edificaciones y
domos levantadas en cualquier medio, la ruptura de los ecosistemas para
domeñarlos, o las centrales de comunicación elevadas a la n, mezclados con
las ruinas de tecnosociedades ya superadas, con torres y ciudades iluminadas
por la melancolía y donde parece residir la tristeza a pesar de sus avances
técnicos (reminiscencia inmediata: la hiperurbe Desafío del agonizante
planeta Worlorn, en Muerte de la Luz, de George R. R. Martin), o
quizás los artilugios mecánicos vigorosos y hasta peligrosos cubiertos de
extrañas grafías, robots con frecuencia entre patéticos y sentimentales,
procesos productivos al galope arrancando rocas, perforando montañas o
pulverizando asteroides, ataques piratas y urbes flotantes, colisiones,
explosiones y accidentes terribles, obeliscos y helicópteros, fauna y flora
con características inolvidables,
Aunque la abundancia de su obra relativa al cine y la CF obturan casi todo
el espacio que le dedican los mass media, para enlazarlo con las gráciles y
casi adolescentes figuras que se solaza en exponer baste recordar las
ilustraciones que realizó para esa pionera incursión médica en el tema de la
sexualidad de los 70’ (El placer sexual), personalmente me seducen
Exhibition y Sexy Pilot, que paso a comentar.
Cuando la observo, la primero que acude a mi
mente es la versatilidad que muestra Chris, alguien que transita de la high
tech al kamasutra sin esfuerzo, que combina vena creativa, propósito,
esplendoroso color, aerógrafo audaz, lápiz fino, texturas delicadamente
elaboradas, metales y meteoritos, artefactos cuasi inteligentes y seres
humanos diminutos al pie de sus construcciones megalíticas, que capta el
borbotear de las emociones y las vierte en moldes supuestamente brillantes,
coloridos, objetivos y metálicos (cuando en realidad habitualmente trasuntan
padecimiento y una cierta desesperación), y que simultáneamente se introduce
sin ambages en la interpretación gráfica de un ensueño adolescente.
Chris intenta quebrar un enigma, capturando la dulzura femenina tras la
aparente dureza juvenil, cual caramelo relleno que cede ante la presión de
los dientes (expresada en ese gesto desafiante, en la manera como empuña la
palanca de control, con las obvias connotaciones que se derivan y la
ambigüedad de su mueca que posee una carga implícita de blanda lujuria); las
bandas de plastitela, las ajorcas, rodillera y correajes la circundan
enfatizando su naciente voluptuosidad, cabellera lujuriosa y ensortijada,
los pechos como dos aves que anuncian el vuelo y que en la gloria de los
pezones concentra la miel de venideras fogosidades, el ombligo insinuante,
las líneas de tan suaves palpitantes, los labios golosos y las fosas nasales
expandidas en pos de inéditos sabores y olores, la mirada abierta y sin
subterfugios de quien está dispuesta a recorrer caminos experimentales sin
declinar invitaciones, reclinada muellemente y aferrada al mango nos
transmite versos sugerentes y nos empapa con su luminosidad núbil, nos
encandila con la aterciopelada suavidad de su piel que compite en atraernos
con la pseudolencería que retiene su carne; luego, con su incipiente
erotismo y su arrumaco sarcástico comunica en el marco de una paleta de
pálidos ocres, al abrir las piernas en torno al fulcro de mando, que la
incógnita oscura entre sus sedosos y torneados muslos será develada,
sentimos que es un ser repleto de ocultos apetitos, pretendemos acertar con
el significado de sus guiños y trasladar acertadamente esas recreaciones de
enunciados que brotan del corazón de la piloto a acciones exorcizantes que
nos permitan ser aceptados.
Con la cabeza inclinada sobre el hombro en un gesto impreciso nos contempla
entre tentadora e interrogante, parece que oscilara entre la exhibición
moderada de sus gracias y la decisión siempre sensible de expresar sus
auténticas preferencias, mientras sus clandestinos y bonitos encantos están
por revelarse. Extiende las piernas, afirma el derriere, proyecta levemente
los pezones, entreabre la boca en un mohín que plagia el deseo, y se
transmuta en una encantadora nínfula que nos recuerda las torturas que
atravesó Humbert Humbert, el protagonista de Lolita, en la novela de
Vladimir Nabokov.
© Luís Bolaños;
27-12-06. |