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La verdad, tenía muy pocas expectativas
respecto a esta película. El trailer te hablaba de un pobre pingüinito que
no podía cantar y que por ende no podía encontrar la “canción del corazón”,
elemento clave para conseguir la felicidad. Como pueden leer, suena a
melcocha pura.
Por suerte, tengo un hijo que justo ese día estaba desocupado, y que quería
ir al cine. Le sugerí ver otra película, pero el infante insistió con que
quería ver “El pingüino”, así que me resigné a pasar una matiné entre ñoña y
lacrimógena.
Pero, vaya sorpresa, la película no era lo que parecía. Desde el inicio se
me hizo sospechosa: el director era George Miller (el mismo director de Mad
Max, nada menos) y las voces de los pingüinos (al menos en la versión
original) las hacían Nicole Kidman, Hugo Weaving, Hugh Jackman, Robin
Williams y gente que así nomás no se presta a estas cosas.
Más aún: resultó ser una película de ciencia ficción… desde el punto de
vista pingüino. Y encima, muy buena. Como para darle un Hugo (o un Petete,
salvando las distancias).
Empieza así: dos pingüinos emperadores engendran a Mumble, un pingüinito
bastante mono pero “diferente” al resto de los pingüinos emperadores: tiene
colores distintos y no puede cantar. Pero baila excelente, lo que constituye
una especie de anatema en la rígida y fundamentalista sociedad pingüina. Los
dirigentes del pueblo de los pingüinos emperadores dictamina que, debido a
la “rareza” de Mumble, los peces han desaparecido. Por ende, para que vuelva
la pesca, Mumble es expulsado, yendo a dar a otras tierras, pobladas por una
simpática variedad de pingüinos que me han reconciliado con el castellano
caribeño (con mi hijo vimos la versión doblada y fue divertidísima).
Mientras tanto, suceden algunos extraños eventos: la escasez de alimentos se
intensifica. Aparecen otras aves (gaviotas) con extraños artefactos
adheridos a las patas. Se empieza a murmurar acerca de abducciones y
mensajes de seres de otros mundos. Hace su aparición un pícaro y sensual
Gurú (pingüino) quien lleva al cuello una suerte de collar, “regalo” según
él de unos misteriosos alienígenas venidos de muy lejos. Dado que Mumble ha
perdido su lugar en el mundo y no tiene otra cosa que hacer, decide dedicar
su existencia a la búsqueda de los alienígenas, esperando que tengan las
respuestas a sus muchas interrogantes.
Parte entonces a tierras (o mejor dicho, hielos) lejanas, encontrando otras
poblaciones de pingüinos, bajitos y de cabeza negra, con quienes congenia de
inmediato: estos nuevos amigos aprecian tanto el canto como el baile,
aspecto en el que Mumble es un experto. Dado que no son precisamente los más
populares entre sus congéneres, se unirán a Mumble en su búsqueda de los
alienígenas, la cual se vuelve perentoria debido a que uno de los pingüinos
está padeciendo debido a su continua exposición a uno de los artefactos
extraterrestres. O encuentran a los alienígenas para que se lo saquen, o
muere…
Es difícil continuar sin destripar la película. Sólo puedo decir que el
aficionado a la ciencia ficción se sentirá gratamente sorprendido con las
alusiones a obras clásicas como “Encuentros cercanos del tercer tipo”
(postulando a la música como un medio de comunicación universal) y una
escena tomada del cuento La orilla del mar de Algis Budrys, capaz de
provocar escalofríos al más pintado pingüino. De paso, se critican ciertas
actitudes muy humanas como el racismo, el fundamentalismo religioso, y deja
un hermoso y realmente conmovedor mensaje sobre una posible (en el sentido
de realizable) hermandad entre diferentes especies vivientes. Para qué
negarlo, al final solté mi par de lagrimones.
Sin contar que también puede verse como una película para niños, con
canciones, bailes, bromas y unos pingüinitos de lo más simpático. ¿Qué más
se puede pedir?
© Daniel Salvo;
27-12-2006.
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