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La producción del Hongkones Wong Kar Wai a lo
largo de estos años (desde Once Upon a Rainbow, en 1982 hasta la reciente
Eros) lo ha convertido en buena parte, en un cineasta de culto, reconocido
por su especial (más bien convendría en llamarlo exótico) tratamiento de la
imagen, su amor por la improvisación (no tiene un guión fijo que seguir, lo
construye mientras filma) y su predilección por el melodrama, tal como se
puede ver en películas como Chungking Express (1994), Happy Toghether (1997)
o la aclamada Con ánimo de amar (2000) que tuvimos oportunidad de ver en el
cine comercial el año pasado así como en una retrospectiva organizada por el
Cinematógrafo de Barranco.
2046 (2004) es la obra de este autor que más cercanamente roza la ciencia
ficción, aunque este se niegue a afirmar que lo sea.
Como historia, está cercanamente relacionada con dos films anteriores: Happy
Together y Con ánimo de amar, en una especie de trilogía desconectada, ya
que no son continuaciones directas de la misma historia: así, en Happy
Together se hablan de las desventuras amorosas de Su Li Zhen (Maggie Cheung)
quien es la engañada protagonista de Con ánimo de amar, en la cual conoce a Chow
Mo Wan (Tony Leung Chui Wai) quien también es engañado por su esposa,
la cual, para sorpresa y espanto está involucrada junto con el esposo de Su
Li Zhen.
El romance que ambos viven, y que no llega a fructificar, deja una honda
marca en Chow, quien, tal como se puede ver en Con ánimo de amar, huye a
Camboya y luego, según podemos ver, a Singapur.
Es aquí donde comienza -y termina- la historia, tal como la narra el
director.
El primer elemento a destacar en la construcción del film -y de la historia,
que parece digna de una pluma de la magnitud de Ballard o M.J. Harrison- es la
tentación de la utopía, que es característica preponderante de la ciencia
ficción, 2046 es para Chow, inicialmente el número de la habitación de Su Li
Zhen y luego, por azares del destino, de otra conocida suya, Mimi -o Lulu- (Carina
Lau) quien encuentra la muerte en una habitación con ese número, y no
sabemos si como homenaje a su amiga o sólo como víctima de una curiosidad
morbosa, Chow intenta tomar la habitación, conformándose con la de al lado,
2047, a partir de la cual se desarrolla su historia, que es la historia de
sus romances y desencuentros amorosos.
Y es a partir de aquí que la realidad cede paso a la evasión y el relato
formal y realista cede ante la ciencia ficción y el manejo exótico tanto de
la imagen como de los tiempos de la historia, 2046, a partir de la idea
original inspirada por el drama de amor negado de Wang Jing Wen (Faye Wong)
y su novio japonés (Takuya Kimura) es el tiempo utópico, en el que, tras
todas las luchas (o como diría M. J. Harrison: after all the pushing and the
shoving) se alcanza la ansiada estabilidad, la felicidad sin cambios, pero,
como se sabe, nunca nada viene sin un precio o una restricción de por medio.
Lo cual también posee una componente política de por medio, ya que es el
2046 el año en que la China comunista ejercerá plena autonomía sobre Hong
Kong.
Volviendo a la historia, esta se desarrolla en dos capas, que, más que
superponerse, van al encuentro la una de la otra, explicándose mutuamente y
alimentándose. La primera, la realista, es el recuento de las pérdidas
amorosas de Chow, que se inicia con Su Li Zhen en el film anteriormente
mencionado y cronológicamente, mas no narrativamente continúa con otra Su Li
Zhen (Li Gong) una jugadora profesional con un pasado desconocido y un
guante negro siempre en la mano derecha, romance que se frustra,
irónicamente no por culpa de Chow sino por la incapacidad de Su para dejar
atrás aquello de su propio pasado que le aflige, cosa que tampoco es capaz
de hacer Chow, aunque, antes de aceptarlo, digerirlo y superarlo,
sencillamente lo evade viviendo tan disipadamente como puede.
La segunda es Bai Ling (Zi Yi Zhang) quien se muda a la habitación 2046 poco
tiempo después de la huida de Wang Jing Wen, aparentemente una amante de la
vida alegre, y tratada como tal por Chow, esconde una tremenda voluntad de
amar y entregarse que no encuentran eco en él, a pesar de su resolución y es
que ¿qué puedes hacer cuando el dolor es demasiado para confesarlo y por
ende, para enfrentarlo? Chow, demasiado centrado en su propio sufrimiento,
es incapaz de tender un puente hacia nadie, cosa que Bai Ling, tan
perseverante como es, no puede entender.
La última -y quizás, la verdadera protagonista de la película- es la propia Wang Jing Wen, con quien Chow establece un vínculo de complicidad literaria
y que le da la ilusión de la estabilidad, pero que no perdura por causa de
él mismo.
La segunda capa de la historia es el propio relato 2046, escrito por Chow,
en el que, en un misterioso tren que viaja en el tiempo, llevando a la gente
a ese 2046 donde nada cambia y la felicidad puede hallarse, pero Tak (Takuya
Kimura) , el protagonista de la historia (y también aparentemente el novio
japonés de Wang Jing Wen) va de regreso al presente, en un viaje solitario,
agotador e interminable, en un tren sólo ocupado por un gerente (Wang Sum,
quien también es, en el mundo "real" el Padre de Wang Jing Wen) y varias
azafatas androides, quienes no tienen reparos en acceder a los pedidos de
sus clientes cualesquiera sean estos, aunque estén sometidas a la ley
budista de las cinco descomposiciones de los seres celestiales, siendo así
que sus propias respuestas se ralentizan y sus rostros permanecen como una
máscara impenetrable que, en el momento menos pensado, estalla de emoción,
cual el reflejo de una humanidad que no pueden alcanzar salvo pretendiendo,
una curiosa analogía si nos percatamos que esa es precisamente la actitud de
Chow hacia el amor en general y que se resume en la frase que Tak repite una
y otra vez “Cuando quería guardar un secreto, subías a lo alto de una
montaña, hacías un hueco en el tronco de un árbol, susurrabas allí tu
secreto y tapabas el hueco con barro.” El secreto de Chow es la incapacidad
de admitir que su mundo se detuvo en 1960, cuando perdió a la primera Su Li
Zhen.
En otros aspectos, la fotografía, basada en planos fijos, cámaras lentas
sutilmente aplicadas y tiempos suspendidos, es soberbia, a cargo de Christopher Doyle, enfatiza el estilo del director especialmente en el
manejo del color, que se hace con una sobriedad sobresaliente y con
contrastes notables, tal como la diferencia entre la ambientación del
departamento de Chow, sombrío y discreto o el tren de 2046, de paredes rojas
y brillos metálicos que recuerdan al 2001 de Kubrick, las tomas casi
barrocas de los bares de Hong Kong llenos de gente, en comparación con las
solitarias calles que transita Chow, imponiendo, además de una forma de ver
determinada, un ritmo narrativo poco usual, intenso o amortiguado a veces,
pero siempre fluido, lo que nos habla de un claro punto de vista acerca de
la expresión de los personajes, sus emociones y motivaciones.
La musicalización, a cargo de Shigeru Umebayashi y Peer Raben, le agrega un
volumen de grandiosidad a la trama, ya que a los sutiles vientos se agrega
un intenso juego de cuerdas en los momentos claves que completan el cuadro y
compensan por la tradicional inexpresividad de los rostros orientales
(aunque de los ojos, eso es otro cantar) de modo tal que cada personaje
tiene una tonada determinada (por ejemplo, Siboney para Bai Ling) y que al
final, coalescen en una sola estructura.
A modo de conclusión podemos afirmar sin lugar a dudas que esta es una
película notable por más de un aspecto, primero, una inspiración enorme de
parte del director, que lleva la historia con maestría, haciendo de imagen,
movimiento y sonido una sola, bien ensamblada, unidad que no podría
mantenerse de no tener actuaciones tan sólidas, especialmente notables en
los casos de Leung, Zhang y Wong y que además se redondea con un discurso
sutil acerca de la imposibilidad de la utopía sin cambios, ya que, como
enseña el Tao –y como afirmaba Heráclito- no hay nada que no deje de
cambiar: cosa, persona, sentimiento y percepción. Y ese tal vez sea el
propósito —inescrutable— del director.
© Isaac Robles;
27-12-2006.
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